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EL LEOPARDO (HARRY HOLE 8)

Jo Nesbo

0


Fragmento

1

El ahogamiento

Se despertó. Parpadeó ante aquella oscuridad profunda. Abrió la boca y respiró por la nariz. Volvió a parpadear. Notó que le caía una lágrima, notó que disolvía la sal de otras lágrimas. Pero ya no le bajaba la saliva por la garganta, tenía la cavidad bucal reseca y dura. Se le habían tensado las mejillas por la presión interior. Tenía la sensación de que el cuerpo extraño que tenía en la boca fuera a reventarle la cabeza. Pero ¿qué era, qué era? Lo primero que pensó al despertar era que quería descender otra vez. Bajar a esa profundidad cálida y oscura que la había rodeado. El líquido que él le había inyectado seguía surtiendo efecto, pero ella sabía que el dolor se iba acercando, lo notaba en la percusión lenta y sorda del pulso y en el fluir atropellado de la sangre en el cerebro. ¿Y él, dónde se habría metido? ¿Estaría allí mismo, detrás de ella? Contuvo la respiración, aguzó el oído. No oía nada, pero sí sentía la presencia. Como un leopardo. Alguien le había contado que el leopardo era tan silencioso que podía acercarse y llegar al lado de su presa en la oscuridad, que podía ajustar sus jadeos y respirar a tu ritmo. Contener la respiración cuando tú contienes la respiración. Le dio la impresión de que sentía el calor de su cuerpo. ¿A qué esperaba? Dejó de contener la respiración. Y en ese momento, creyó notar en la nuca la de otra persona. Se giró, agitó los brazos, pero solo encontró aire. Se acurrucó tratando de encogerse, de esconderse. Inútil.

¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente?

Empezó a pasarse el efecto de la droga. Fue solo una décima de segundo. Pero suficiente para darle el anticipo, la promesa. La promesa de lo que estaba por venir.

El cuerpo extraño que le habían puesto delante en la mesa era del tamaño de una bola de billar, de metal brillante, con agujeros pequeños troquelados y figuras y símbolos en relieve. De uno de los agujeros sobresalía un hilo de color rojo con un lazo que, automáticamente, le recordó al árbol de Navidad que iban a decorar en casa de sus padres la víspera de Nochebuena, dentro de siete días. Con bolas brillantes, duendecillos, cestas, luces y banderas de Noruega. Dentro de ocho días cantarían el salmo «Grande es la Tierra», y tendría la oportunidad de ver el brillo en los ojos de sus sobrinos a la hora de abrir los regalos que les llevaba. Todo lo que habría hecho de un modo totalmente distinto. Todos los días que habría vivido con mucha más intensidad, con mayor honradez, los habría llenado de alegría, de aire y de amor. Los lugares que había recorrido solo de paso; los lugares a los que se dirigía. Los hombres a los que había conocido, el hombre que le faltaba por conocer. El feto del que se libró a los diecisiete, los hijos que aún no había tenido. Los días que malgastó pensando en aquellos que tendría en el futuro.

Al final, dejó de pensar en cualquier cosa que no fuera el cuchillo que le pusieron delante. Y en la voz dulce que le dijo que tenía que meterse la bola en la boca. Y ella obedeció, naturalmente que sí. Con el corazón martilleándole en el pecho, abrió la boca todo lo que pudo y empujó la bola hacia dentro de modo que el hilo quedara colgando por fuera. El metal tenía un sabor amargo y salado, como las lágrimas. A

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