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EL LIBRO DE LOS MUERTOS (DOCTORA KAY SCARPETTA 15)

Patricia Cornwell  

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Fragmento

Roma

Borboteo de agua. Una tina de mosaico gris empotrada en un suelo de terracota.

El agua mana lentamente de una antigua espita de latón, y la oscuridad se derrama por la ventana. Del otro lado del antiguo vidrio ondulado están la piazza y la fuente, y la noche.

Ella está sentada en silencio en el agua, y el agua está muy fría, con cubitos de hielo a medio disolverse, y no hay gran cosa en sus ojos; ya no queda apenas nada en ellos. Al principio, sus ojos eran como manos tendidas hacia él, suplicándole que la liberara. Ahora sus ojos son del azul amoratado del anochecer. Lo que había en ellos, fuera lo que fuese, casi se ha desvanecido. Pronto estará dormida.

—Toma —le dice él, al tiempo que le alcanza un vaso soplado a mano en Murano, ahora lleno de vodka.

Está fascinado con zonas de ella que nunca han visto el sol; son pálidas como la caliza. Cierra el grifo casi por completo y el agua cae en un hilillo. Él observa su respiración rápida y oye el castañeteo de sus dientes. Sus pechos blancos flotan a ras del agua, delicados cual flores blancas. Los pezones, erectos por efecto del frío, son prietos capullos rosas.

Entonces él piensa en lápices. En cómo les arrancaba de un mordisco las gomitas rosas cuando estaba en el colegio, y le decía a su padre y a veces a su madre que no necesitaba gomas porque no cometía errores, cuando lo cierto era que le gustaba mordisquearlas. No podía evitarlo, y eso también era cierto.

—Te acordarás de mi nombre —le dice.

—No me acordaré —responde ella—. Puedo olvidarlo. —Le castañetean los dientes.

Él sabe por qué lo dice: si ella olvida su nombre, él podría reconsiderar el destino de la mujer.

—¿Cuál es? —la insta—. Dime cómo me llamo.

—No lo recuerdo. —Solloza, temblorosa.

—Dilo —insiste él mientras le mira los brazos bronceados, recubiertos de bultitos debidos a la carne de gallina, el vello rubio erizado, sus jóvenes senos y la oscuridad entre sus piernas bajo el agua.

—Will.

—¿Y el resto?

—Rambo.

—Y te parecerá gracioso —dice él, desnudo, sentado en la tapa del retrete.

Ella menea la cabeza rotundamente.

Miente. Se había reído de él cuando le dijo su apellido. Se rio y dijo que Rambo era un nombre ficticio, un nombre de película. Él le aseguró que era un nombre sueco. Ella le contestó que no era sueco. Él insistió en que era sueco. ¿De dónde se creía ella que procedía? Era un apellido auténtico. «Claro —se burló ella—. Como Rocky», y rio. «Búscalo en internet —le dijo él—. Es un apellido auténtico», repitió, y no le hizo gracia tener que explicar su apellido. De eso hacía dos días, y no le guardaba rencor por ello, pero lo tenía presente. La perdonaba porque, a pesar de la opinión de todo el mundo, ella sabe sufrir hasta lo insoportable.

—Saber que mi nombre será un eco... —dice él—. No supone la menor diferencia, en absoluto. Nada más que un sonido ya pronunciado.

—Yo no lo pronunciaría nunca. —Pánico.

Tiene los labios y las uñas azulados, y tiembla de manera incontrolable. Se queda mirándolo fijamente. Él la insta a beber más, y ella no se atreve a negarse. El más leve acto de insubordinación, y ya sabe lo que ocurre. Un gritito siquiera, y ya sabe lo que ocurre.

Está tranquilamente sentado en la tapa del retrete, con las piernas abiertas para que ella pueda ver su excitación, y temerla. Ya no suplica ni le dice que haga lo que quiera con ella, si es que la retiene por eso. Ya no lo dice porque sabe lo que ocurre cuando le insinúa que le haga lo que quiera: eso da a entender que ella no se prestaría de buen grado ni lo desearía.

—Eres consciente de que te lo pedí con educación, ¿no? —le dice él.

—No lo sé. —Le castañetean los dientes.

—Sí lo sabes. Te pedí que me lo agradecieras. Es lo único que te pedí, y me porté bien contigo. Te lo pedí con educación, y tú luego vas y te buscas esto —le recrimina—. Tenías que obligarme a hacer esto. —Se levanta y observa su propia desnudez en el espejo encima del lavabo de terso mármol—. Es tu sufrimiento lo que me obliga a hacerlo, ¿sabes? Y yo no quiero hacerlo. Así que me has hecho daño. ¿Te das cuenta de que me has infligido una herida crucial al obligarme a hacer esto? —dice su desnudez en el espejo.

Ella asegura que lo entiende, y sus ojos se desperdigan por el aire cual fragmentos de cristal cuando él abre la caja de herramientas, y su mirada desperdigada se posa sobre las cizallas y cuchillos y sierras de finos dientes. Él levanta un saquito de arena y lo deja en el borde del lavabo, saca unas ampollas de pegamento y las deja allí también.

—Haré todo lo que quieras —vuelve a insistir ella—. Te daré todo lo que quieras.

Él le ha ordenado que no vuelva a decirlo, pero acaba de hacerlo.

Introduce las manos en el agua y la frialdad es como una dentellada. La coge por los tobillos y la levanta. La sujeta por las pantorrillas frías y bronceadas. Percibe el pavor en sus músculos aterrados mientras le sostiene con fuerza los talones fríos. La tiene sujeta un poco más que la vez anterior, y ella forcejea y se agita y se retuerce violentamente, provocando el sonoro chapoteo del agua fría. La suelta. Ella toma aire a bocanadas y tose y lanza gritos ahogados, pero no se queja. Ha aprendido a no quejarse; le ha costado lo suyo, pero ha aprendido. Ha entendido que todo esto es por su propio bien y está agradecida por un sacrificio que cambiará su vida —no la de ella, sino la de él— en un sentido que no es bueno. No fue bueno. Nunca será bueno. Ella debería estarle agradecida por el regalo que él le ha hecho.

Coge la bolsa de basura que ha llenado con hielo de la máquina del bar y vierte los últimos trozos en la bañera, y ella le mira mientras le resbalan lágrimas por las mejillas. Dolor: asoman sus oscuras aristas.

—Allá los colgábamos del techo —dice él—. Les golpeábamos en los lados de las rodillas, una y otra vez. Allá. Entrábamos todos en el cuartito y les soltábamos patadas en los lados de las rodillas. Es para morirse de dolor y, claro, te deja para el arrastre, y, claro, algunos morían. Eso no es nada en comparación con otras cosas que vi allá. No trabajaba en esa cárcel, ¿sabes? Pero no me hacía falta, porque ese comportamiento estaba muy extendido. Lo que la gente no entiende es que no fue una estupidez filmarlo, fotografiarlo. Fue inevitable. Tienes que hacerlo. En caso contrario, es como si nunca hubiera ocurrido. Así que la gente saca fotos. Se las enseña a otros. Basta con uno. Basta con que las vea una persona. Entonces todo el mundo las ve.

Ella mira la cámara en la mesa con tablero de mármol contra la pared de estuco.

—En cualquier caso se lo merecían, ¿verdad? —añade—. Nos obligaron a ser algo que no éramos, así que ¿quién tuvo la culpa? Nosotros no.

Ella asiente. Tiembla y le castañetean los dientes.

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