Loading...

EL LIBRO EN QUE DESAPARECIó EL MUNDO

Wolfram Fleischhauer  

0


Fragmento

Título original: Das Buch in dem die Welt verschwand
 Traducción: Lidia Álvarez Grifoll
 1.ª edición: noviembre 2011

© 2003 by Droemersche Verlagsanstalt Th. Knaur Nachf. GmbH & Co. KG,
 Múnich, Alemania
 © Ediciones B, S. A., 2011
 Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Este libro fue negociado con AVA International GmbH, Alemania (www.ava-international.de), y Ute Körner Literary Agent, S.L. (www.uklitag.com)

ISBN EPUB:  978-84-666-4982-7

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

Nadie muere hoy día de verdades mortales; hay demasiados contravenenos.

 

F. NIETZSCHE

PRÓLOGO

 

¡La velocidad era impresionante!

Nicolai Röschlaub miraba fascinado por la ventanilla. Las casas y los árboles pasaban volando. El ruido del tren acallaba todos los demás sonidos. Pero no sólo los sonidos, constató fascinado, también los olores desaparecían en aquella nueva forma de viajar. Exceptuando el hedor del carbón que quemaba en la locomotora de vapor.

Aturdido, buscó un punto en el que reposar la mirada por un momento. Pero estaba claro que el ferrocarril exigía cierta adaptación de la vista. Sólo se podía contemplar sosegadamente lo que se encontraba muy alejado y de lo que casi sólo podía distinguirse el perfil. En cambio, intentar observar las cosas más cercanas era imposible, de tan deprisa que pasaban. «Es inaudito», pensó. Las cosas visibles estaban ahí. Pero no podían percibirse en detalle porque pasaban de largo a toda prisa, a más de veinte kilómetros por hora.

Agotado, apartó la mirada del mundo que desfilaba ante él y la dejó vagar por el compartimiento. Parecía ser el único al que la velocidad daba quebraderos de cabeza. Su nieta Theresa, que estaba sentada enfrente, también miraba impertérrita hacia el exterior y era evidente que disfrutaba del panorama. Ver su imagen le sentó bien. ¡Qué descanso! Ahora comprendía por qué le habían aconsejado que no mirara por la ventanilla. Su semblante se relajó. Necesitaba descansar del veloz movimiento. Al cabo de un rato, Theresa pareció notar que la miraba. Se volvió hacia él y, con una expresión embelesada en el rostro, le dijo:

—¿A que es magnífico?

—Por supuesto —contestó él—, magnífico.

Al decirlo, se aferró inconscientemente a los brazos del asiento tapizado.

Núremberg desapareció detrás de ellos. En pocos minutos estarían en Fürth. Desde el viaje inaugural del ferrocarril Ludwig, el 7 de diciembre de 1835, la sensación de los primeros días por los trenes de vapor se había apaciguado, pero en aquel momento, tres años y medio después, continuaba siendo algo especial viajar por la primera línea ferroviaria alemana. Los vagones estaban llenos a rebosar. Cuando le ofrecieron un viaje en tren desde Núremberg hasta Fürth por sus méritos en la lucha contra la última epidemia de cólera, Nicolai Röschlaub había declinado la invitación. ¿No era demasiado viejo para esas aventuras? ¿Y Núremberg? Hacía más de cincuenta años que, siendo un joven médico, había pasado allí unos meses desdichados. No obstante, la ciudad estaba unida a un recuerdo del que aún podía sentirse orgulloso: allí había dibujado su primer mapa pandémico. En aquella época, se habían reído de él e incluso lo habían atacado. Ahora lo respetaban por unas ideas que en otra época sólo le valieron burlas y escarnio. Sin embargo, a sus setenta y cinco años, ¿tenía que viajar por media Alemania para realizar un viaje en ferrocarril de unos pocos kilómetros?

Los ojos brillantes de su nieta lo habían inclinado finalmente a aceptar el ofrecimiento. La jovencita de diecisiete años estalló de alegría cuando se enteró de la invitación. ¡Qué emocionante! Y le contagió el entusiasmo. Haría el viaje por ella. Y ella lo acompañaría. Sí, se sentía orgulloso de que la joven conociera con él la aventura del progreso. ¡El ferrocarril! Estaba en boca de todos. ¿Acaso no representaba el futuro por el que había luchado toda su vida, el dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, la marcha triunfal de la razón y la ciencia?

Theresa volvía a mirar por la ventanilla y no se hartaba del espectáculo.

—¡Mira! —exclamó divertida—. Los caballos se espantan en la avenida.

Nicolai titubeó, pero luego volvió a mirar fuera. No sólo se espantaban los caballos. Los niños pequeños también lloraban de miedo al ver pasar bramando la máquina de vapor, mientras padres y madres saludaban con la mano a los viajeros.

—¿Por qué lloran? —preguntó Theresa con las mejillas enrojecidas por la excitación.

—El estruendo de la locomotora los asusta —contestó Nicolai—. ¡Tienen miedo!

Theresa saludó a los curiosos. Luego hizo bocina con las manos y gritó:

—No tengáis miedo. Todo irá bien. ¡Vamos hacia un nuevo mundo!

Naturalmente, los transeúntes no pudieron oírla a causa del ruido del tren, pero algunos jóvenes lanzaron al aire sus sombreros como si quisieran confirmar sus palabras. Los niños continuaban llorando impasibles.

Theresa miró radiante a su abuelo. La expresión en el semblante del anciano había cambiado de golpe.

—¿Qué te pasa? —preguntó preocupada—. ¿No te encuentras bien?

—No, no. Estoy bien —la tranquilizó—. Sólo tengo que acostumbrarme a esta velocidad.

Se levantó un momento y volvió a sentarse.

Vamos hacia un nuevo mundo.

La frase había desatado un eco inquietante en su interior. Oía una voz. ¿Cuánto hacía que no había oído aquella voz? Y ahora volvía como si todo hubiera ocurrido ayer.

«Nicolai, es demasiado para nosotros. Tienes que negarte.»

Cerró los ojos, pero no sirvió de nada. Las palabras seguían resonando en su mente.

«Refleja el cielo y nos conduce a la locura.»

Abrió instintivamente los ojos y dirigió la vista al cielo. También esa perspectiva había cambiado. Sí, bien mirado, resultaba superflua; la ruta estaba establecida y el clima no podía perjudicar a una máquina de vapor que rodaba por unos carriles de hierro. Aun así, la visión del cielo azul, en el que se cernían algunas nubes blancas, continuaba siéndole familiar. Era el panorama que se veía por la ventanilla lo que le daba mala espina.

No le gustaba lo que veía. Desde una diligencia se podía contemplar el horizonte, y también briznas de hierba, incluso las piedras del suelo. El mundo estaba quieto mientras uno se movía por él. Allí, en cambio, resultaba al revés. Aunque sabía perfectamente que no era así, tenía la sensación de que él mismo estaba quieto dentro de aquella máquina, de que se había convertido en parte de ella y había dejado de formar parte del mundo que se veía pasar a toda velocidad. Sólo existían Núremberg y Fürth. Salida y llegada. Pero ¿qué había ocurrido con el espacio que había en medio? Seguía estando allí y podía verlo. Sin embargo, se había transformado. Ya no había espacio, sólo un intervalo. Uno se encontraba... en ningún sitio. «Nicolai, por favor, ven conmigo. Es la única posibilidad que tenemos de permanecer en el mismo mundo.»

Theresa se puso a charlar emocionada. Que si podremos hacer esto y aquello cuando volvamos a Núremberg. Que aquello era increíble. Que en un solo día se podía ir de Núremberg a Fürth, y regresar.

—Dicen que pronto habrá ferrocarril a Múnich, ¿lo sabías? —prosiguió—. El trayecto, que ahora dura cuarenta y ocho horas, se podrá cubrir en sólo seis. ¡Seis horas! Si lo recorres dos veces, has ganado seis días de vida.

Nicolai asintió con un movimiento de la cabeza, aunque no le prestaba demasiada atención. «No debería haber vuelto a esta región —pensó—. Demasiados recuerdos asociados a ella.»

Sin embargo, al cabo de un momento comprendió que su cambio de ánimo no se debía únicamente a la región. Y tampoco eran las reacciones de Theresa a aquel viaje en ferrocarril lo que le molestaba. Hurgó en el bolsillo de su chaqueta y palpó el libro que había comenzado a leer hacía unas semanas. El libro de aquel joven poeta alemán proscrito que vivía en París. Su lectura lo había conmovido de un modo espectral. Sí, ¿acaso había sido aquel libro lo que finalmente lo había movido a emprender el largo viaje para ver de nuevo su mundo, el mundo de ella?

¿Acaso no oía desde hacía semanas su adorable voz? La voz de Magdalena.

«No te he mentido, Nicolai. Y no te he engañado. Pero ¿podía confiar en ti?»

—¿Por qué no? —musitó en silencio—. ¿Por qué?

«Yo quería, pero ¿me habrías comprendido? Te he entregado mi cuerpo...»

El corazón le dio un vuelco. No, no soportaba aquel recuerdo. No allí. No así. Pero se había abierto una puerta. Sin hacer ruido. En silencio. Después de tantos años.

 

 

—Mañana no regresaremos a Hamburgo —le dijo a Theresa por la noche.

—¿Nos quedamos otro día en Núremberg? —replicó la muchacha emocionada.

—No. Iremos al campo. Me gustaría visitar a alguien.

—¿Tienes amigos aquí? —preguntó ella sorprendida.

—No. Pero cerca de aquí vive una persona a la que hace mucho que no veo. Y no creo que vuelva pronto a esta región. ¿Sabes montar a caballo?

—¿Montar?

Pronto se comprobó que Theresa no sabía. La tentativa de subir a la muchacha a un caballo fracasó. Tenía mucho miedo y el caballo parecía notarlo.

«Se monta en un tren de vapor —pensó desconcertado Nicolai—, en una máquina de la que no comprende nada y que tiene cien veces más fuerza que este equino, ¿y un caballo le da miedo?»

—Pueden ir en diligencia hasta Wolkersdorf y recorrer el resto del camino a pie —propuso el caballerizo.

Dubitativo, Nicolai miró de reojo a su nieta, a la que se le notaba que no le apetecía nada aquella excursión imprevista.

—¿Tenemos que ir al campo? —preguntó Theresa decepcionada—. ¿Y en diligencia? Qué aburrido y cansado. Todavía tenemos por delante el regreso a Hamburgo.

—Esta región es muy bella, señorita —intentó consolarla el caballerizo—. Sobre todo ahora, en otoño.

—Alquilaremos un coche —decidió Nicolai.

—Pero ¿adónde vamos? —preguntó enojada Theresa.

—Deja que sea una sorpresa.

 

 

Nicolai no había pensado que el viaje a Wolkersdorf le provocaría semejante inquietud. A medida que se acercaban a la pequeña ciudad, los recuerdos de los extraños acontecimientos y vivencias del año 1780 acudían a su mente con mayor viveza. ¿Cómo era posible que no hubiera pensado en ellos durante tanto tiempo? Observó con curiosidad el entorno y enseguida se dio cuenta de que pronto pasarían por delante del castillo de Alldorf. Sin embargo, al ver en la lejanía los muros derruidos del castillo, abandonado desde hacía años, tuvo una conmoción. Se le petrificó la mirada, se le paró el corazón y asió instintivamente el cordel de la campanilla, que el sol de otoño había calentado. El castillo parecía haber estallado sobre la colina. ¿Lo habían arrasado las tropas revolucionari

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta