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EL LIBRO MALDITO

Kaj Korkea-aho  

4


Fragmento

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Durante los treinta años que Mickel Backman llevaba viviendo y trabajando en la Åbo Akademi, se habían llevado a cabo constantes recortes en el departamento de Literatura. La crisis económica había afectado a toda la universidad, aunque había golpeado con especial virulencia a los departamentos pequeños y a las especialidades más costosas. Como profesor, Mickel se había cansado de comentar con el decanato que ese desmantelamiento conducía a una enseñanza superficial que socavaba por completo el propósito de la Literatura Comparada. Lo escuchaban, asentían y todos se mostraban de acuerdo con él, pero nada podían hacer ante las órdenes procedentes de arriba que exigían efectividad y un profesorado que se adaptara con rapidez a los nuevos tiempos.

La máquina automática de café del departamento también estaba en peligro. Llevaba tanto tiempo sin funcionar, allí en el pasillo, que incluso la nota LA MÁQUINA DE CAFÉ ESTÁ FUERA DE SERVICIO tenía un aspecto lamentable. Sin embargo, nunca había dinero para repararla. A principios de otoño, la asociación de estudiantes organizó una velada de lectura de poesía a fin de recaudar fondos para la máquina, pero había que cambiar el compresor y el dinero no alcanzó para tanto. La nueva propuesta consistía en vender la máquina y comprar una cafetera. Por lo que Mickel sabía, se había creado un grupo en Facebook contrario a esta medida, y en el último número de Bullen, la publicación del departamento de Humanidades, incluyeron una airada carta sobre los peligros del café molido.

Cada vez que Mickel veía la máquina averiada que nadie podía permitirse el lujo de reparar, pensaba en la misma metáfora: la máquina como imagen representativa del movimiento estudiantil. Ese irónico activismo de los estudiantes por salvar la máquina... quizá fuera fruto de su sensación de impotencia. No obstante, su erróneo compromiso con las trivialidades resultaba desconcertante, ya que tenía lugar al mismo tiempo que se recortaban asignaturas y se desmantelaban facultades enteras sin encontrar oposición alguna, siguiendo la premisa neoliberal de la rentabilidad. De ahí que Mickel no comprendiera la obsesión de esa generación por el café caro y sofisticado.

Durante una pequeña pausa en la clase de la mañana, mientras observaba el aula con exceso de alumnos, Mickel pensó en la máquina de café y en la pasividad de los estudiantes.

Veintiocho alumnos sentados en silencio: unos tomaban apuntes, otros miraban inexpresivos al frente, algunos echaban un vistazo por la ventana. En menos de una hora, Mickel había hablado de la consagración del modernismo literario. Había intentado iniciar un debate sobre las razones por las que los suecofinlandeses habían encabezado el movimiento en Escandinavia, pero, como de costumbre, los estudiantes se habían mostrado apáticos. A algunos se les notaba la resaca. Y, además, el grupo era demasiado grande. Nadie quería comenzar, destacar de la masa.

—Como sabéis, el modernismo surgió como una reacción contra todo lo convencional, y era en esencia un movimiento antinacionalista. No le interesaban las normas ni los ideales. Sus seguidores deseaban experimentar, encontrar nuevos enfoques para abordar la literatura y el pensamiento en general.

Dio unos pasos. Sus movimientos rígidos y afectados le otorgaban un aspecto robótico. Los alumnos lo llamaban «Iron Man». Con el tiempo a Mickel había llegado a gustarle ese apodo; pensaba incluso que su rigidez de espalda le confería cierto carácter. Lo mismo le sucedió a su propio maestro, el difunto profesor Thomas Simpson, que solía tararear las más extrañas melodías y alcanzó la inmortalidad con el sobrenombre de «Tom Bombadill».

—¿Alguna pregunta? —dijo Mickel con una voz nada parecida a la de un robot, sino cálida y amable. Tranquila.

Se oyeron unos sonidos apenas perceptibles: articulaciones y músculos que se estiraban, espaldas que se relajaban, nalgas que se movían sobre las sillas. Nadie solía hacer preguntas.

Pero de repente alguien carraspeó y dijo:

—¿Así que fue a causa del modernismo por lo que unos cuantos memos empezaron a creer que eran escritores?

Se escucharon varias risitas. La voz pertenecía a un muchacho que estaba prácticamente tirado en su silla. A Mickel le resultaba difícil distinguir la expresión de su rostro, aunque el cabello pelirrojo y la voz le resultaban familiares. Ah, claro, Werther Fogh, el hijo único de Kristina, una buena compañera de Mickel Backman en la institución. Se trataba de uno de esos alumnos que asistían a varios cursos sin un objetivo determinado, y que se presentaban a algunos exámenes aunque rara vez se dignaran a asistir a las clases, a no ser que el tema fuera especialmente interesante.

—¡Sí, justo eso fue lo que pensaron muchos críticos literarios de la época! —replicó Mickel con una sonrisa—. Decían que la literatura tenía que ser realista. ¡Y bella! Debían guardarse las formas. Y de repente llega un grupo de jóvenes, la mayoría auto­didactas, ¡y lo ponen todo patas arriba!

Werther Fogh soltó un resoplido. El joven no parecía tener ganas de debatir, aunque Mickel suponía que esa tampoco había sido su intención.

—¿Alguna pregunta más? —Mickel aguardó un momento, a continuación se sentó y su espalda tensa protestó a causa del movimiento, lo que le hizo esbozar una mueca de dolor—. ¿Habéis elegido ya todos al autor modernista sobre el que escribiréis vuestro ensayo?

Mickel dejó que los alumnos se expresaran. Muchos deseaban escribir sobre Kafka, Woolf y Södergran. Le complació oír que una chica había escogido a Henry Parland. Werther Fogh eligió a Karin Boye, cuyo nombre pronunció en tono hastiado. Pero no fue hasta que le llegó el turno al último estudiante de la última fila cuando Mickel se sintió realmente sorprendido al oír el nombre del autor sobre el que quería escribir.

Por no decir aterrorizado.

—Leander Granlund —dijo el joven, un estudiante llamado Pasi Maars que solo cursaba dos asignaturas de literatura.

Al principio, Mickel pensó que había oído mal y le pidió al muchacho que repitiera el nombre. Cuando lo escuchó por segunda vez, tuvo que esforzarse por mantener la voz serena e impasible.

—¿Dónde has oído hablar de él?

—Escribió un libro titulado De los oscuros dolores de la vida.

—Leander Granlund nunca fue publicado.

Se oyó la risa ahogada de Werther Fogh, que quería llamar de nuevo la atención.

—Bueno, uno puede ser modernista aunque su obra no se haya publicado, ¿no?

Volvieron a oírse algunas risitas.

Mickel bajó la vista a sus apuntes, sobre todo porque no deseaba que nadie viera su rostro en ese momento. Esperó un rato antes de responder.

—Tienes razón. Pero no se ha escrito mucho sobre Leander Granlund. Pasi, te será más fácil si... —alzó la mirada y sonrió al rostro borroso del fondo del aula— eliges a otro autor. Por ejemplo, Hagar Olsson...

—He oído que Leander Granlund es muy interesante.

Mickel se alisó la pernera del pantalón.<

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