Loading...

EL LIBRO SIN NOMBRE (SERIE EL LIBRO SIN NOMBRE 1)

Anónimo  

0


Fragmento

CABRONET.tif

Treinta

Tras la aterradora charla con Cromwell, Dante y Kacy se dirigieron a la feria con un plan en mente. Como muchos otros, se fueron directamente a la carpa de boxeo, aunque por razones distintas a las de la mayoría.

Al cabo de un rato viendo los distintos combates, llegaron a una conclusión evidente: debían apostar su dinero a favor de Cabeza de Martillo. Había ganado cuatro veces sin mostrar signos de fatiga. Pero ellos no iban a apostar dinero, sino sus propias vidas.

Después de sus encuentros con la Dama Mística y el profesor Bertram, Dante estaba convencido de que necesitaban un guardaespaldas. Si iban a vender el Ojo de la Luna, buscarían algún tipo de respaldo. Escoger al tipo más duro en un desafío de boxeo sin guantes parecía la mejor manera de actuar. Aunque Kacy veía que Cabeza de Martillo era el hombre para el trabajo, Dante tenía ciertas dudas. Quería verlo en acción una vez más, ya que sospechaba que todas las peleas estaban amañadas.

No es que el quinto oponente de Cabeza de Martillo causara sensación al subir al cuadrilátero. Era un individuo calvo y bajito, vestido en una pulcra túnica anaranjada de kárate y pantalones negros holgados. Tras una breve discusión con el árbitro (en la cual debió de contarle las pocas reglas del combate), se presentó al monje ante el público. El maestro de ceremonias con sombrero de copa y frac tomó una de las muñecas de Peto, lo condujo al centro del cuadrilátero y gritó en el micrófono:

—¡Damas y caballeros! El retador de nuestro siguiente combate viene de una isla en el Pacífico. ¡Aplaudan a Peto el Inocente!

El segundo del pequeño luchador, vestido con el mismo uniforme, esperaba en una esquina del cuadrilátero, medio desencajado.

Al anuncio le siguió un tremendo abucheo, como si la gente anhelara ver un baño de sangre. Peto era apenas la mitad del tamaño de Cabeza de Martillo y no parecía respaldado por las apuestas.

Dante negó con la cabeza. Sin importar lo convincente que fuera la siguiente victoria de Cabeza de Martillo, todavía no se decidía a poner su vida en manos de aquel matón tatuado. Kacy debía convencerlo de lo contrario. Quería salir de allí lo antes posible. No era un lugar seguro.

—Muy bien. Si Cabeza de Martillo gana ésta, le haremos una oferta —sugirió la chica—. No podemos esperar para siempre.

—De acuerdo. Pero deja que hable yo.

—¿Cuánto le ofrecerás?

—Unos cinco mil dólares.

—¿Cinco de los grandes?

—Crees que es demasiado, ¿no? —preguntó Dante.

—Bueno... pues sí. Pero si piensas que es lo que vale, adelante.

—Por eso te amo, Kacy. —La besó en los labios. Fue suficiente para calentarle el corazón y calmar sus nervios.

Cruzaron a través de la multitud sudorosa hasta acercarse al cuadrilátero. Dante esperaba poder hablar con Cabeza de Martillo antes de que comenzara.

—¡Oye! ¡Grandullón! —gritó entre la multitud.

De inmediato quedó claro que Cabeza de Martillo no podía escucharlo, así que Dante se dirigió a su esquina. El segundo del boxeador sería su siguiente escala. Era un tipo bastante grande y peludo con todo el cuerpo tatuado a base de serpientes, cuchillos y palabras como «Muerte» y «Escogido». Era casi treinta centímetros más alto que el contrincante Cabeza de Martillo... ¡y sólo era el segundo!

—¿Puedo hablar contigo un momento? —gritó Dante al oído del hombre.

—No. Vete a la mierda.

—Entonces, ¿me dejas hablar con Cabeza de Martillo después del combate? Quiero proponerle un negocio.

—¡Lárgate antes de que te meta la cabeza por el trasero!

A Dante le mosqueó el tono del hombre, y estaba listo para pelearse con el segundo. La navajada que había recibido ese día, en la oficina de Cromwell, ya se había curado (aunque no iba a admitirlo ante Kacy), así que sabía que podía dar unos cuantos golpes si la situación lo merecía.

—Vete a tomar por culo —gruñó Dante.

—¿Cómo dices?

—Hijo de puta... Cara de mono...

Kacy temía que algo así sucediera. Dante tenía la mala costumbre de ponerse gallito. De vez en cuando, sentía la necesidad de mantenerse firme cuando alguien lo provocaba.

El segundo de Cabeza de Martillo bajó la escupidera que tenía en las manos y encaró a Dante.

—Dilo de nuevo. —Su tono era casi agradable.

Se produjo una pausa incómoda mientras Dante consideraba su respuesta. Kacy le hizo un favor al interponerse y responder por él.

—¿Qué le parecería a tu amigo ganar cinco mil dólares por unas horas de trabajo? —Esbozó una radiante sonrisa.

El segundo seguía mirando fijamente a Dante, pero había escuchado la oferta de Kacy y lo estaba pensando. Por fin dijo:

—Chicos, esperad a que termine esta pelea y entonces podremos sentarnos a conversar. Luego Cabeza de Martillo tiene un descanso. Podremos discutir vuestra oferta.

—Gracias —dijo Kacy, todavía sonriendo.

Dante y el hombre continuaron mirándose hasta que Kacy logró llevarse a su novio de vuelta a la multitud.

Segundos más tarde, la campana dio inicio al combate. Fue una pelea corta. Dante y Kacy observaron, intimidados, cómo Cabeza de Martillo cargó a través del cuadrilátero para dar un golpe rápido antes de que la campana dejara de sonar. En dos segundos, su contrincante casi saltaba del ring. Sin embargo, Peto recuperó la compostura con sorprendente rapidez, y entonces, para sorpresa de casi todos los presentes (incluyendo a Dante y a Kacy, pero no a Sánchez), le dio a Cabeza de Martillo la peor paliza de su vida.

En primer lugar, con increíble velocidad, el tipo dirigió un golpe sólido a la garganta de Cabeza de Martillo, que lo dejó de rodillas, luchando por respirar. En una fracción de segundo le siguió una patada voladora al lado de la cara y, antes de que Cabeza de Martillo supiera qué sucedía, su tráquea estaba cerrada.

Se apagaron las luces, Cabeza de Martillo...

La pelea terminó en menos de treinta segundos. Al principio, la multitud se quedó aturdida y en silencio. Todos los hombres que habían apostado a que ganaba Cabeza de Martillo (y eran muchos) querían creer que la pelea estaba amañada. Por desgracia, esta vez no era el caso. Cabeza de Martillo nunca dejaría que lo golpeara con tanta facilidad un oponente tan pequeño y lamentable.

Cuando por fin el público comprendió lo que había sucedido, se mezclaron las burlas y los aplausos. Burlas porque casi todos habían perdido dinero, y aplausos porque era sorprendente ver que un oponente con menos posibilidades ganara de manera tan convincente a un tipo tan fornido como Cabeza de Martillo.

Confundidos por el clamor, Peto y Kyle se quedaron en el cuadrilátero mientras se llevaban a Cabeza de Martillo. Peto se había ganado la posición del luchador a vencer. Ahora todos en la carpa deseaban verlo pelear de nuevo. La pregunta era: ¿quién sería su próximo oponente?

CUADRADO

CABRONET.tif

Treinta y uno

Sánchez estaba extasiado. Había ganado mil dólares con la victoria de Peto. Tan sólo le había costado la entrada del monje y una apuesta de cincuenta dólares. Si hubiera tenido el valor de poner el dinero a que el monje ganaba en el primer asalto, hubiera recibido mucho más. No le molestaba demasiado. Pero los monjes le debían un favor. Había pagado su entrada; con suerte, podría explotar a esos desgraciados y hacer que Peto peleara de nuevo.

Kyle agradeció que Sánchez le ofreciera cincuenta dólares de sus ganancias. Los monjes habían ganado mil dólares gracias a la rápida caída de Cabeza de Martillo ante Peto, entregados a regañadientes en billetes sucios por el maestro de ceremonias. Pero Kyle había aceptado, feliz, los cincuenta adicionales de Sánchez. Era obvio que le habían pillado el gustillo al dinero, y también a las apuestas, pensó el camarero del Tapioca. Aquellos dos bichos raros podrían llegar a ser amigos suyos.

En menos de veinte minutos, Peto había despachado al nuevo contrincante, llamado Gran Neil, con que habían reemplazado a Cabeza de Martillo. Sánchez, quien ahora actuaba como mánager de los dos monjes, negoció con el maestro de ceremonias de manera que Peto pudiera pelear contra todos los participantes. Muy pronto, Sánchez, l

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta