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EL úLTIMO REGALO

Sebastian Fitzek  

0


Fragmento

1

Hoy

Iba desnudo y lo estaban abriendo en canal.

No era una sensación. Estaba pasando de verdad.

Allí, en aquel momento, en las baldosas de la vieja lavandería de la cárcel, al pie de la secadora industrial.

Milan solo oía sus propios gemidos brutales. Sin la mordaza, sus gritos habrían resonado por toda la cárcel. Aunque eso hubiera dado igual, porque habían pagado bien para que los dejaran solos con el nuevo toda la noche.

Eran cinco. Tenía a dos arrodillados sobre los hombros, otros dos le sujetaban las piernas y el quinto, una mole jadeante de ciento veinte kilos y aliento a salchicha, le metía por el culo algo que le daba la sensación de que era un garrote de púas recubierto de alambre de espino. Aunque seguramente solo se trataba del puño con el que lo estaba violando.

De pronto cesó la presión, tan de repente que sufrió un calambre y le tembló todo el cuerpo. El dolor continuaba; algo más abrasador que el calentador de una sauna le ardía en las entrañas, pero al menos pudo mover los brazos y ponerse boca arriba.

Una sexta cara, nueva, apareció sobre él. Aquel hombre, mayor que los demás, con una marcada raya al lado y ojos azul del Caribe tras unos gruesos cristales, no había estado presente cuando le dieron una paliza en la ducha ni tampoco luego, en el momento en que lo arrastraron hasta allí.

Lo miraba con la curiosidad de un niño que fríe un insecto con una lupa.

—¿Así que tú eres el policía?

Milan asintió con la cabeza mientras el hombre le quitaba la mordaza.

—Yo soy Zeus. Me conoces, ¿verdad?

Zeus, el dios de la cárcel. Milan volvió a asentir con un gesto. Había que estar en muerte cerebral o en coma para no saber quién era el hombre que había tomado el nombre de la deidad griega y que ejercía realmente el control de la cárcel de Tegel.

—Escúchame bien. Los tipos como tú estáis en lo más bajo de la cadena alimentaria. Aquí tienes menos derechos que las pelusas del ombligo de Plancha.

Zeus sonrió a la mole, que se estaba subiendo los pantalones. Milan quiso morirse. Si lo que había tenido dentro era el pene de aquel tío, debía de ser como una manguera antiincendios.

—Solo tienes una opción... A menos que quieras que Plancha te demuestre su especialidad. ¿Sabes por qué lo llamamos así?

«¿Porque lo aplasta todo?»

—Porque le gusta planchar ropa. Le encantan las planchas. Como esta de aquí.

Uno de sus esbirros tatuados le pasó una, viejísima.

—Plancha la va a poner a doscientos grados. Y mientras coge temperatura, tienes la oportunidad de contármelo todo. La verdad y nada más que la verdad, con la ayuda de Dios. —Se arrodilló, se tocó la raya para comprobar que seguía en su sitio y continuó—: Compartes celda con Garrapata. Un tío legal. Tienes suerte, responde por ti. Dice que lloras dormido. Y que podrías ser un yeti.

—¿Un qué?

—Inocente. Hay tan pocos aquí dentro como yetis ahí fuera.

Sus compinches le rieron el chiste, que sin duda habían oído mil veces.

—¡Cuéntame tu historia! —insistió el jefe.

—¿Qué?

—¿Es que hablo en chino? —Le sacudió una bofetada—. Quiero saber por qué estás aquí, policía. Pero oye, ándate con cuidadito. —Se quitó las gafas y se señaló los ojos—. ¿Sabes qué es esto?

Milan no contestó a la pregunta retórica, entre otras cosas porque intentaba no vomitar mientras el dolor se reavivaba como una llamarada.

—Es mi detector de mentiras. Si percibe algo, Plancha lo verá. Solo tengo que pestañear y te meterá ese trasto ardiendo hasta el duodeno. ¿Nos entendemos?

Plancha asintió con una sonrisa. Milan tenía lágrimas en los ojos.

La saliva se le acumulaba en la boca. Tuvo que tragar dos veces hasta estar preparado.

Preparado para aprovechar su oportunidad de contárselo todo a Zeus. La historia, tan increíble como aterradora, que lo había llevado hasta la cárcel pasando por el infierno.

Para ganar tiempo y seguir vivo al menos unas horas más, empezó por el principio.

2

Dos años antes

—¿Está usted sola?

—Sí.

—¿Y el personal de cocina?

—Ya se han ido. Estoy haciendo caja. Aquí no queda nadie.

—Está bien. De todos modos, no tenga miedo —dijo Milan.

La mujer al otro lado del teléfono soltó una risa histérica.

—¿Que no tenga miedo? ¿Es que la policía se ha vuelto imbécil? Me llamáis para decirme que se os ha escapado un loco y que está a punto de secuestrarme. ¿Y se supone que NO DEBO ASUSTARME?

La joven camarera que se había identificado como Andra Sturm parecía capaz de arrancar un trozo de la barra del restaurante para poner en fuga con él a cualquier agresor. Pero Milan sabía que una voz ruda y fuerte por teléfono no siempre se correspondía con la persona real tan bien como sucedía en su propio caso. A lo mejor Andra era un delicado angelito y su tono cortante se debía a la angustia mortal que le acababa de causar. En cualquier caso no era nada tímida, y eso lo impresionó. Parecía el tipo de mujer a la que le gustaría conocer mejor, aunque en aquella situación ese pensamiento era muy poco profesional.

—¿Me está escuchando?

—Qué va, me he tapado los oídos. Pues claro que estoy escuchando.

A través del parabrisas, Milan observó la entrada del local, tomó aire y dijo, con toda la calma que la situación permitía:

—Punto número uno: el sospechoso no se nos ha escapado. Lo seguimos desde hace dos horas, incluso controlamos su móvil. Por eso sabemos que la ha llamado poco antes que yo. ¿Es así?

—Sí —contestó Andra tras una pausa. Seguramente había asentido primero con la cabeza antes de darse cuenta de que eso no se oía por teléfono—. Me preguntó si todavía quedaba alguien aquí.

Era un milagro que la camarera hubiera contestado al teléfono. Una llamada cinco minutos antes del cierre solo puede traer molestias, y más teniendo en cuenta que el All-American-Diner no era la clase de sitio adonde se va con

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