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EL MAESTRO

Màrius Mollà  

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Fragmento

Prólogo

Al oír las pisadas vacilantes acercarse por el pasillo detrás de la puerta, Raquel apagó la vela y en un movimiento rápido se metió en la cama. Había estado un buen rato acurrucada junto a Arnau, hablándole de esto y de aquello, hasta que se quedó dormido y, después, se le había hecho tarde guardando la ropa limpia. El día había sido demasiado largo y estaba demasiado cansada como para inventar nuevas disculpas. Solo esperaba haber oscurecido la habitación a tiempo, antes de que él estuviera lo suficientemente cerca como para distinguir el reflejo a través de la rendija por debajo de la puerta.

Estaba ya cubierta con la sábana cuando cayó en la cuenta de que llevaba la chaqueta todavía sobre el camisón. Se la había puesto para abrir un momento la ventana y ventilar el dormitorio y se había olvidado de ella. Ni siquiera en pleno verano molestaba una manga más en esas tierras de montaña. Pero si no se la quitaba, a él le extrañaría y querría saber el motivo por el que llevaba una chaqueta para dormir. Sobre todo a finales de julio. ¿Es que acas­o se había vuelto loca? No era que le importara la posibilidad de que ella tuviera frío o se encontrara destemplada, nada de eso. Era solo por la simple gracia de discutir, algo que a él se le daba francamente bien: bastaba que un detalle le descuadrara para aferrarse al mismo y agrandarlo hasta la exageración, hasta convertirlo en una razón lo suficientemente consistente y sólida como para hacerla sentir un mísero ser sin espíritu. Quizá se había dejado acostumbrar tras múltiples intentos de lucha; las fuerzas acaban por flaquear si al final del túnel no se halla luz esperanzadora alguna. Y más de diez años a oscuras eran muchísimos.

Pero la cuestión que la ocupaba ahora era la chaqueta: ¿se la quitaba? Si se decidía a hacerlo tendría que tomarle como mucho unos segundos... ¿Le daba tiempo? Escuchó la respiración profunda de Arnau en la cama al otro lado de la habitación y le transmitió un poco de confianza y de paz. Se le oía tan reposado en su sueño que por un momento imaginó que el día pudiera serle igual de plácido. No iba a negarle ese momento de calma a su hijo, tenía que evitar a toda costa la discusión con su esposo. Raquel se deshizo de la sábana, salió de la cama, corrió descalza al armario y, en un gesto rápido, lanzó la chaqueta a su interior antes de cerrarlo y regresar a la cama. No quiso encender la vela para no perder tiempo y para evitar una mayor probabilidad de que él la descubriera, pero la noche era harto cerrada como para distinguir el saliente del baúl a los pies de la cama y Raquel acabó clavándoselo en mitad de la espinilla desnuda. Se llevó la mano a la boca para ahogar el grito, aunque no pudo hacer nada para impedir el pequeño estruendo que acababa de provocar. La suerte no era algo que la hubiera acompañado nunca y no iba a ser diferente en esta ocasión: la puerta se abrió justo en ese instante rompiendo toda posible quietud.

El rostro de Bartomeu apareció bañado en las sombras provocadas por una lámpara de queroseno. La mueca grotesca puso a Raquel en alerta: el hoyuelo del mentón más hundido que nunca y las ojeras que enterraban su mirada hueca en una expresión cadavérica, más cercana a la de la muerte que a la de un hombre; bien podría haber sido el demonio en persona y el retrato no habría cambiado. Raquel se quedó paralizada, incierto todavía el lado hacia el cual se inclinaría el fiel de la balanza.

—¿Qué estás haciendo aún despierta?

Ya se había pronunciado. Raquel seguía escuchando la respiración profunda de su hijo, a pesar de que su marido no la tuvier­a en cuenta para medir su tono.

—Quería acabar de organizar la ropa.

Bartomeu dejó la lámpara en el taburete que hacía de mesilla y fue a cerrar la puerta a su espalda. Impedía así todo fisgoneo a los curiosos, a los que no tenían voz en los asuntos de su familia.

—¿Será que el día no tiene horas, que tienes que hacerlo de noche?

Ahí estaba: siempre había un momento en toda disputa que ejercía de punto de inflexión ante lo que vendría después. En ese dormitorio, entre su marido y ella, en ese momento, el papel lo desempeñaba la pregunta que no esperaba respuesta y que, sin embargo, tampoco podía ser ignorada. Ninguna palabra que saliera de esa boca fruncida podía ser ignorada.

—De día he estado haciendo otras tareas. No me ha dado tiempo a acabar. Lo siento.

Explicar a Bartomeu que se había pasado un buen rato echada al lado de su hijo en la cama hablándole de cómo había transcurrido el día, sin más, y escuchando sus preguntas, fantaseando sobre los animales que le llamaban la atención, era casi impensable, una pérdida de tiempo; algo de lo que avergonzarse incluso. Para su marido, Arnau era rarito y cuanto menos complaciente fuera con él, mejor. La fuerza bruta y las órdenes eran las únicas medicinas que necesitaba. No era así cómo pensaba ella, que querí­a a su hijo por encima de todo; seguramente representaba lo único bueno que había surgido de ese matrimonio prematuro, aunque bueno no significara siempre fácil: sí, Arnau se había metido en más de un problema, no pretendía negarlo.

—Ja, ja, ja...

Las carcajadas de Bartomeu atronaron entre las cuatro pa­redes.

—Así que no te ha dado tiempo a acabar. Seguro que si no estuvieras de cháchara con todo el mundo y te dedicaras solo a trabajar no te pasaría esto...

Raquel se sentó en la cama asintiendo, del todo doblegada ya ante él. Ella no importaba, era insignificante, como bien le había dicho su esposo mil veces en mil malos momentos. Su intención era no decir nada más hasta la mañana siguiente. Hacía ya unos segundos que la respiración dormida de Arnau había dejado de ser audible. ¿Se habría despertado? Solo pensaba en acallar esa voz reprobatoria; lo que menos necesitaba su hijo era sentirse responsable. Pero, por desgracia, Bartomeu no había terminado. Su tono arrastrado fue ganando en intensidad.

—¡Ya me gustaría a mí estar todo el día de parloteo! ¿De qué habláis? ¡Como si hubiera tantos temas de conversación! A no ser que os dediquéis a cotillear, claro. ¿Hablas a Ramona y a las demás chismosas de mí, de lo que pasa entre nosotros?

Bartomeu curvó el cuerpo hacia delante apoyando las manos en la cama y plantó su rostro delante del de su mujer, muy cerca. Los vapores del alcohol alcanzaron a Raquel y tuvo que tragarse una náusea. Con ella, también tragó saliva y se preparó para lo que venía. No era la primera vez. De reojo, percibió cómo su hijo se escondía debajo de las sábanas y de la almohada en un vano intento por no oír. «Lo siento, lo siento, lo siento...», se repetía ella en silencio, deseando que su disculpa pudiera alcanzar los oídos de su hijo en una especie de truco mágico para que fuera consciente de cuánto le dolía hacerle pasar tan a menudo por momentos como ese. Definitivamente su esposo tenía razón y ella no era suficiente para él.

—¿No me respondes? —Bartomeu agarró la fina barbilla de Raquel para controlar su mirada y obligarla a centrarla en él. Sus manos llenas de callos y durezas eran fuertes.

Raquel negó con la cabeza mientras pronunciaba un tímido no.

—¿Me llevas la contraria? ¡Así que tengo una esposa grosera, además de chismosa!

—Me refería a que...

—¡Cállate! Se acabó el hablar tanto.

Bartomeu clavó entonces su mano en la boca de Raquel. Al hacerlo se aseguró de cubrir también gran parte de la nariz. Cuando su mujer trató de zafarse, comenzó a apretar más y más.

—Habla solo cuando yo te diga y con quien yo te diga, ¿me entiendes?

Con el movimiento limitado, Raquel asentía ahora nerviosa, solo a fin de que Bartomeu le permitiera el paso del aire, pero su marido no dejaba de apretar. Él forzó más los dedos de la mano para asegurarse de que la nariz quedaba completamente cubierta. Por mucho que Raquel sacudiera la cabeza para escapar de esa asfixia no lo conseguía. Sus intentos por respirar se traducían en ráfagas atropelladas de gemidos ahogados que pretendían filtrarse por entre los dedos de quien la quería ahogar. Cada vez más seguidas, más frenéticas, más desesperadas... Mientras Bartomeu la obligaba a echarse hacia atrás hasta apoyar la espalda para utilizar el camastro como soporte en su intención, el pecho de Raquel ascendía y descendía procurando absorber todo el oxígeno posible, pero seguía vacío...

La habitación en penumbra empezó iluminarse con pequeños destellos al tiempo que una punzada de dolor atravesaba su cráneo. El aire no llegaba y esa garra diabólica seguía presionando su boca, su nariz... Los ojos le vibraban tan secos como sus pulmones. Dirigió una última mirada a la cama de Arnau. Al no verlo allí se permitió entregarse al fin de su esposo: su hijo había salido del dormitorio, de esa cámara de tortura, y estaría seguramente a salvo. Raquel sentía que la oscuridad en la que había vivido tantos años se cernía lenta sobre ella. Ya no podía ver nada, solo sentía que se hundía más y más en ese colchón que acabaría enterrándola. De pronto, la mano se retiró y fue la desgraciada conciencia de ello la que le hizo comprender que el infierno no había ter­minad­o todavía. Bartomeu, no contento con lo que acababa de suceder, se soltó los pantalones y obligó a su mujer a tumbarse de bruces sobre la cama...

PRIMERA PARTE

Principios básicos de la Escuela Moderna

1. La educación de la infancia debe fundamentarse sobre una base científica y racional; en consecuencia, es preciso separar de ella toda noción mística o sobrenatural.

2. La instrucción es parte de esta educación. La instrucción debe comprender también, junto a la formación de la inteligencia, el desarrollo del carácter, la cultura de la voluntad, la preparación de un ser moral y físico bien equi­librado, cuyas facultades estén asociadas y elevadas a su máximo de potencia.

3. La educación moral, mucho menos teórica que práctica, debe resultar principalmente del ejemplo y apoyarse sobre la gran ley natural de la solidaridad.

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Mil hombres, mil vidas. ¿Por qué habría de tener importancia el deambular de cualquiera de ellos aquel primer miércoles de agosto de 1914?, se preguntaba el viajero con la frente pegada al cristal del vagón. Conocía sin embargo la respuesta: ninguna vida valía más que otra, por mucho que la trascendencia de cada sujeto fuer­a tan diversa a su paso por este mundo. Esa misma heterogeneidad la recogía el paisaje que discurría ante él a través de la ventanilla,

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