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EL MALENTENDIDO

Irène Némirovsky  

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Fragmento

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Se tumbó cuan largo era en la arena caliente, que crujía bajo sus pies. Cerró los ojos, relajó el cuerpo y se quedó aún más quieto para, con cada centímetro de piel abrasada por el sol, con todo el rostro ofrecido a la resplandeciente luz del cielo de agosto, pálido de calor, disfrutar de una sensación única de dicha silenciosa, perfecta, casi animal.

Alrededor, ágiles y semidesnudos, deambulaban hombres y mujeres, jóvenes y atractivos en su mayoría, e increíblemente bronceados. Otros, tumbados al sol en grupo, secaban sus chorreantes cuerpos, como él. Adolescentes de torso desnudo jugaban a la pelota en la orilla, como sombras chinescas deslizándose por la arena clara. Cansado tras el largo baño, Yves cerró los ojos. El fulgor del mediodía atravesaba sus párpados y lo sumía en unas tinieblas de fuego, en las que rodaban grandes soles a la vez oscuros y deslumbrantes. Las olas rompían con ruido de potentes alas, colmando el aire con su sonoro batir. Una aguda risa infantil arrancó de su letargo a Yves; unos rápidos piececitos pasaron corriendo junto a él y, al instante, un puñado de arena le salpicó el cuerpo. Se incorporó.

—¡Pero bueno, Francette! —exclamó una voz de mujer indignada—. ¿Quieres portarte bien y venir aquí ahora mismo?

Ya del todo despierto, Yves se sentó con las piernas cruzadas y los ojos bien abiertos. Vio una atractiva silueta femenina enfundada en un bañador negro, que tiraba de la mano de una niña de dos o tres años, regordeta y muy vivaracha, con un casquete de pelo rubio, desteñido por el sol hasta volverse pajizo, y un cuerpecito rollizo y tan oscuro como el de un negrito.

Las observó mientras se dirigían al agua. Con placer inconsciente, causado tanto por la pequeña como por la guapa mamá, las siguió con la vista largo rato. No había logrado distinguir el rostro de la adulta, que sin embargo tenía una figura tan grácil como una pequeña estatua. Sonrió al imaginar el cúmulo de circunstancias que habrían sido necesarias en París para disfrutar de aquel espectáculo, que tan natural parecía allí. Según la veía en ese momento, con las líneas y las sinuosidades de su cuerpo perfiladas en el fino bañador, aquella mujer, morena y rosa, le pertenecía un poco también a él, un desconocido, puesto que se mostraba casi tan desnuda como lo habría estado frente a un amante. Quizá por eso, cuando la joven desapareció entre la multitud de bañistas, Yves sintió una pequeña, fugitiva angustia, una de esas extrañas pesadumbres que son a los grandes disgustos lo que el pinchazo de una aguja a la herida de un cuchillo.

Se tumbó sobre un costado con una leve y repentina sensació

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