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EL MANIPULADOR

Frederick Forsyth  

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Fragmento

EPÍLOGO

–No creo equivocarme si aseguro aquí que todos nosotros estamos profundamente agradecidos a Denis –dijo Timothy Edwards– por su excelente exposición de los hechos. Ya que se ha hecho muy tarde, propondría que el asunto fuese analizado por mí y mis compañeros, con el fin de ver si se puede introducir alguna variante en el aspecto administrativo del caso que nos ocupa, y que os comuniquemos nuestro punto de vista mañana por la mañana.

Denis Gaunt tuvo que levantarse para ir a devolver el expediente al secretario del Departamento de Archivos. Cuando regresaba a su silla, Sam McCready se había ido ya. El Manipulador se había marchado sigilosamente cuando Edwards terminaba su intervención. Gaunt se lo encontró diez minutos después en su despacho.

McCready estaba en mangas de camisa, había colocado su chaqueta de algodón en el respaldo de una silla y daba vueltas por la habitación sin ton ni son. En el suelo había dos cajas de cartón de las que se utilizan para embalar botellas de vino.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó Gaunt.

–Recogiendo mis cuatro cosas.

No tenía más que dos fotografías enmarcadas, que guardaba en uno de sus cajones, sin que se le hubiese ocurrido nunca colocarlas encima del escritorio. Una de ellas era de May y la otra de su hijo, tomada el día de su graduación. Con una tímida sonrisa y envuelto en su negra toga académica. McCready las metió en una de las cajas.

–¡Estás loco! –dijo Gaunt–. Tengo la impresión de que les hemos doblegado. No a Edwards, claro está, pero sí a los dos superintendentes. Estoy convencido de que han cambiado de idea. Los dos sabemos perfectamente que te tienen cariño, que quieren que sigas en la Firma.

McCready cogió su reproductor de discos compactos y lo metió en la otra caja. De vez en cuando le gustaba poner alguna obra de música clásica, a un volumen muy bajo, y escucharla cuando estaba sumido en sus pensamientos. En realidad, apenas había suficientes cachivaches como para llenar las dos cajas. Y, por supuesto, no había ninguna fotografía de esas que se cuelgan en las paredes estrechando la mano de algún personaje famoso; el par de cuadros que adornaban el despacho, con reproducciones de pintores impresionistas, pertenecían al Servicio Secreto. McCready se incorporó y contempló las dos cajas.

–No es gran cosa, en realidad para treinta años de servicios –murmuró

–¡Sam, por el amor de Dios! Todavía no se ha acabado todo. Aún pueden cambiar de idea.

McCready giró sobre sus talones y cogió a Gaunt por ambos brazos.

–Denis, eres un gran tipo. Has realizado un buen trabajo aquí. Todo lo has hecho lo mejor que has podido. Y voy a pedir al Jefe que te deje a cargo de este Departamento. Pero todavía tienes que aprender a discernir cuál es la parte de cielo en la que brilla el sol. Esto se ha terminado. El veredicto y la sentencia habían sido dictados ya hace algunas semanas, en otras dependencias públicas, por otras personas.

Denis Gaunt se dejó caer en el sillón de su jefe, sintiéndose miserablemente mal.

–Pues entonces, ¿a qué demonios representar toda esa pantomima? ¿Para qué esa junta?

–¡Bah!, tan sólo para que esos hijos de puta se entretuviesen un poco. Lo siento, Denis, tendría que habértelo dicho. ¿Querrás cuando puedas enviarme estas cajas a mi apartamento?

–Podrías aceptar uno de los empleos que te han ofrecido. Aunque sólo sea para fastidiarlos –insistió Gaunt.

–Mira, Denis, como dijo el poeta: «Un instante placentero y desbordante de vida gloriosa vale más que toda una existencia en las sombras.» Y para mí, calentando un asiento allá abajo, en la biblioteca del archivo, o rellenando cuentas de gastos, sería como llevar una existencia en las sombras. Ya he tenido mis momentos de gloria, he dado cuanto he podido, ahora se ha acabado. Estoy fuera. Y allá afuera hay todo un mundo lleno de sol, Denis. Me iré a ese mundo, y te aseguro que pienso divertirme y disfrutarlo.

Denis Gaunt tenía todo el aspecto de estar asistiendo a un funeral.

–Te veré otra vez dando vueltas por aquí –dijo en tono porfiado.

–No, no me verás.

–El Jefe te dará una fiesta de despedida.

–No habrá fiesta que valga. No puedo soportar el barato vino espumoso. Tan sólo serviría para que se divirtieran a mi costa. Eso es lo que Edwards hace cuando se muestra afable conmigo. ¿Me acompañas abajo hasta la entrada principal?

La Century House es como una ciudad, como un condado en pequeño. Cuando atravesaban el pasillo en dirección al ascensor para bajar a la primera planta y, cuando cruzaron el enlosado vestíbulo, por doquier aparecían compañeros y secretarias que le decían a su paso:

–¡He…, Sam!

–¡Hola, Sam!

Ninguno decía «Adiós, adiós, Sam!», aunque era eso lo que pensaban. Algunas secretarias se detuvieron a su lado como si quisieran arreglarle la corbata por última vez. McCready inclinaba la cabeza en señal de saludo, sonreía y pasaba de largo.

La puerta principal se encontraba al fondo del vestíbulo. Al otro lado, la calle. McCready se preguntó si debería de utilizar la indemnización que le correspondía para comprarse una casita en el campo, donde se dedicaría a cultivar rosas y plantar calabacines, a ir a la iglesia los domingos por la mañana y a convertirse en uno de los pilares de una pequeña comunidad. Sin embargo, ¿cómo llenaría sus días?

Lamentó no haberse dedicado nunca a uno de esos pasatiempos absorbentes como los que muchos compañeros practicaban, la cría de peces tropicales o a coleccionar sellos de correos o a corretear por las montañas del País de Gales. ¿Y qué podría contar a sus vecinos? «¡Muy buenos días! Me llamo Sam. Y soy un ex funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, ahora estoy jubilado, y no puedo revelarles maldita cosa de lo que hice en esas dependencias.» A los viejos soldados les está permitido que escriban sus memorias o que se dediquen a aburrir a los turistas en algún confortable bar. Pero no a aquellos que se han pasado sus vidas en lugares envueltos por las sombras. Ésos deben permanecer callados para siempre.

Miss Foy, del Departamento de Pasaportes, cruzaba en esos momentos el vestíbulo, chocando rítmicamente sus altos tacones contra las losas. Era una viuda de proporciones esculturales, que aún no habría cumplido los treinta años. Un gran número de residentes de la Century House había probado fortuna con Suzanne Foy, pero no en valde era conocida como La fortaleza inexpugnable.

Los dos se cruzaron en el vestíbulo. La mujer se detuvo y dio media vuelta. De algún modo inexplicable, el nudo de la corbata de McCready había descendido hasta la mitad del pecho. La mujer le levantó el nudo, se lo arregló y se lo colocó a la altura del botón del cuello. Gaunt contemplaba la escena. Denis era demasiado joven como para acordarse de Jane Rusell, por lo que no pudo establecer la comparación que saltaba a la vista.

–Sam, deberías tener a alguien que fuese a tu casa para que te diese algún alimento espiritual –dijo ella.

Denis Gaunt siguió a la viuda con la mirada cuando ésta terminó de cruzar el vestíbulo en dirección al ascensor, contoneando sus caderas Se preguntó, extrañado, qué sería lo que Miss Foy podría darle a uno en calidad de alimento espiritual, o viceversa.

Sam McCready abrió la puerta de cristal que daba a la calle. Sintió en pleno rostro el azote de una ola de calor veraniego. Se volvió, se llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó un sobre.

–Dales esto, Denis. Mañana por la mañana. A fin de cuentas, es justo lo que están deseando.

Denis cogió el sobre y se lo quedó mirando.

–¿Conque lo llevabas encima durante todo este tiempo? –dijo–. Lo escribiste hace ya días. Eres un maldito granuja, astuto y taimado.

Pero Denis estaba hablando a la bamboleante puerta.

McCready, con la chaqueta echada al hombro, giró a la derecha y se dirigió hacia el puente de Wetsminster, a unos ochocientos metros. Se aflojó el nudo de la corbata y se lo bajó hasta la altura del ombligo. Era una calurosa tarde de julio, una de esas tardes que tanto abundaron en la gran ola de calor que distinguió al verano de 1990. El tráfico de las primeras horas de la tarde pasaba por su lado en dirección a la Old Kent Road.

«Sería agradable encontrarse en esos momentos frente al mar –pensó–, con las aguas brillantes meciéndose en el Canal de la Mancha y las hermosas tonalidades azules reluciendo bajo el sol.» Quiza debería de comprarse una casita de campo en Devon, con su propia barca esperándole siempre en el puerto. Sería lo mejor, después de todo. Y podría invitar a Miss Foy para que fuese a visitarle allí, con el fin de que le llevara algún alimento espiritual.

La estructura del puente de Westminster se alzó frente a él. Al otro lado del gran edificio del Parlamento, cuyas libertades y estupideces ocasionales había tratado de proteger durante treinta años de su vida, alzaba sus torres hacia el cielo azul. La alta torre del Big Ben, recientemente restaurada, lanzaba destellos de oro bajo la luz del sol junto a las indolentes aguas del Támesis.

Al cruzar el puente se encontró a mitad de camino a un vendedor de periódicos, que estaba de pie junto a una pila de ejemplares del Evening Standard. Cuando miró hacia abajo, vio unos grandes titulares. Destacaba el mensaje:

BUSH-GORBY: TERMINA OFICIALMENTE LA GUERRA FRÍA

McCready se detuvo para comprar el periódico.

–¡Muchas gracias, jefe! –le dijo el vendedor de periódicos, quien señaló con un gesto los titulares y añadió–: Ya se ha terminado todo, ¿no?

–¿Terminado? –inquirió McCready.

–¡Pues claro! Toda la crisis internacional. Ya es cosa del pasado.

–¡Qué pensamiento tan dulce! –asintió McCready antes de proseguir su camino.

Cuatro semanas después Sadam Hussein invadía Kuwait. Sam McCready escuchó por la radio aquella noticia cuando se encontraba pescando mar adentro, a dos millas de distancia de las costas de Devon. Reflexionó sobre lo que acababa de oír y decidió que había llegado el momento de cambiar de cebo.

CAPÍTULO PRIMERO

Mayo de 1983

El coronel ruso salió de entre las sombras, deslizándose lenta y sigilosamente, convencido de que había visto y reconocido la señal. Todos los encuentros con el agente británico eran peligrosos y tenían que ser evitados dentro de lo posible. Pero, en ese caso él mismo lo había solicitado. Tenía cosas que decir, que solicitar, asuntos que no podían ser enviados en un mensaje que luego se confiaría a un buzón falso. En un cobertizo, situado más abajo de la línea del ferrocarril, una de las láminas de metal del tejado estaba suelta, ahora golpeteó y gimió al ser azotada por una ráfaga de viento en medio de las tinieblas que anunciaban la próxima aurora. El hombre volvió la cabeza, verificó cuál había sido la causa del ruido, y clavó la vista de nuevo en el sendero de sombras que pasaba cerca de la plataforma giratoria de la locomotora.

–¿Sam? –llamó en voz baja.

Sam McCready también había estado esperando. Se encontraba allí desde una hora antes, envuelto en la oscuridad de aquella estación abandonada en los suburbios de Berlín Oriental. Había visto, o más bien escuchado, la llegada del ruso, y, no obstante, se había quedado esperando para asegurarse que no se oían más pisadas deslizándose entre el polvo y los escombros. No importaba el número de veces que uno repitiese una acción así, el nudo en la boca del estómago jamás desaparecería.

A la hora acordada, convencido de que se encontraban solos y satisfecho por la falta de compañía, McCready había rascado la cabeza de una cerilla con la uña del pulgar, de tal modo que la llama produjo un único y breve destello y se extinguió en seguida. El ruso, al advertir el brillo, había salido de la vieja chabola destartalada. Ambos hombres tenían serias y poderosas razones para preferir la oscuridad, ya que uno de ellos era un traidor y el otro un espía.

McCready salió de entre las sombras para que el ruso pudiese verlo, se detuvo unos momentos, con el fin de corroborar que el otro también estaba solo, y avanzó unos pasos.

–Yevgeni, amigo mío, ha pasado tanto tiempo…

A los cinco pasos pudieron verse con toda claridad, comprobar que no había habido sustitución, ni truco alguno. Ése era siempre el peligro en un encuentro cara a cara. Podían haber detenido al ruso y doblegado su voluntad en los centros de interrogatorio, permitiendo así que la KGB y la SSD de la Alemania Oriental pudiesen tender una trampa a un importante agente del Servicio de Inteligencia británico. O bien el mensaje del ruso podía haber sido interceptado, y le dejaban ir hacia su propia trampa, a la que seguiría la larga noche de los interrogatorios, que culminaría con el tiro de gracia en la nuca. La madrecita Rusia no conocía el perdón para su selecta minoría de traidores.

McCready no abrazó al otro, ni siquiera le estrechó la mano. Algunos informadores necesitaban el contacto personal, el alivio que producía el roce de los cuerpos. Pero Yevgeni Pankratin, coronel del Ejército Rojo, destinado al cuerpo de las fuerzas soviéticas acantonadas en Alemania, era una persona más bien fría; un hombre al que le gustaba mantener las distancias, que sabía contenerse y que hasta disfrutaba de su propia arrogancia.

Había sido detectado por vez primera en Moscú, en 1980, por un perspicaz agregado comercial de la Embajada británica, durante una conversación amistosa y de carácter trivial, sostenida con fines diplomáticos, pero en el curso de la cual el ruso deslizó una repentina observación harto displicente sobre su propia sociedad. El diplomático no hizo el menor gesto, ni dijo nada sobre el particular, pero registró lo ocurrido y lo comunicó. Quizá se tratase de una posibilidad. Dos meses más tarde, tuvo lugar una primera tentativa de aproximación al militar. El coronel Pankratin se había mostrado evasivo, pero sin expresar su rechazo. Esto se valoró como positivo. Algún tiempo después, el coronel había sido trasladado a Potsdam, al cuerpo de las fuerzas soviéticas estacionadas en Alemania, un ejército de trescientos treinta mil hombres y veintidós divisiones, que mantenía a los ciudadanos de la Alemania Oriental en la esclavitud, conservaba a la marioneta de Honecker en el poder, seguía intimidando por el terror a los berlineses del sector occidental y lograba que la OTAN continuase en estado de alerta, dispuesta a lanzar en cualquier momento una ofensiva aplastante a través de las praderas de la Alemania central.

McCready se encargó personalmente del asunto; ése era su coto privado. En 1981 realizó su propio intento de aproximación y Pankratin fue reclutado. No hubo aspavientos, ni efusiones acerca de los sentimientos íntimos que uno necesitaba comunicar a alguien para poder coincidir con sólo una escueta petición de dinero.

Aquellos que traicionan a su patria lo hacen por diversos motivos: resentimiento, ideología, carencia de perspectivas, odio a un superior, vergüenza ante las pintorescas preferencias sexuales de los jefes, miedo a ser llamado de vuelta y caer en desgracia, etcétera. En cuanto a los rusos, solía ocurrir debido a la honda desilusión que les producían la corrupción, la mentira y el sobrinazgo que veían por doquier a su alrededor. Pero Pankratin era el auténtico mercenario; sólo quería dinero. Un buen día se iría de allí, decía; pero cuando lo hiciera, tenía la intención de ser rico. Había solicitado ese encuentro de madrugada en Berlín Oriental con el fin de jugarse el todo por el todo.

Pankratin se abrió un poco la gabardina y dejó ver un voluminoso sobre de color pardo, que de inmediato ofreció a McCready. Sin denotar emoción alguna se puso a describir lo que aquél contenía, mientras McCready lo ocultaba debajo de su cazadora. Nombres, lugares, estrategias, distribución de las divisiones, órdenes internas, movimientos de tropas, acantonamientos, rampas de lanzamiento… Lo más importante, desde luego, era lo que Pankratin tenía que comunicar acerca de los «SS-20», los terribles misiles soviéticos de alcance medio y de plataforma móvil, con ojivas de triple carga nuclear, dirección independiente y programados para hacer blanco en alguna ciudad británica o del resto de Europa. De acuerdo con las revelaciones de Pankratin, los estaban trasladando hacia los bosques de Sajonia y Turingia, cerca de la frontera con Alemania Occidental, desde donde su alcance de tiro abarcaba una circunferencia que pasaba por Oslo, Dublin y Palermo. En el mundo occidental, largas columnas de personas ingenuas y sinceras marchaban enarbolando las banderas del socialismo para pedir a sus propios Gobiernos que desmantelasen sus defensas como un gesto de buena voluntad por la paz.

–Esto tiene un precio, por supuesto –dijo el ruso.

–Por supuesto.

–Doscientas mil libras esterlinas.

–Concedidas. –En realidad, esa suma no había sido concedida aún, pero Sam McCready sabía que su Gobierno la sacaría de algún sitio.

–Hay algo más. Me he enterado de que he sido propuesto para un ascenso a general de División. Y para un nuevo destino. De vuelta a Moscú.

–Felicidades. ¿Y de qué, Yevgeni?

Pankratin hizo una pausa para acentuar el efecto que sus palabras iban a causar.

–De subdirector, en la Junta de Jefes de Estado Mayor, en el Ministerio de Defensa.

McCready estaba impresionado. Tener un hombre en el mismo corazón del número diecinueve de la calle Frunze, en Moscú, sería algo incomparable.

–Y cuando pueda salir del país quiero un bloque de apartamentos. En california. A mi nombre. En Santa Bárbara quizás. He oído decir que aquello es muy hermoso.

–Lo es –asintió McCready–. ¿No preferiría asentarse en Inglaterra? Nosotros cuidaríamos de usted.

–No. Quiero el sol. El de California. Y un millón de dólares, estadounidenses, en mi cuenta del país.

–Lo del apartamento puede arreglarse –dijo McCready–. Y también lo del millón de dólares. Siempre que el producto sea bueno.

–No se trata de un apartamento, Sam, sino de un bloque de apartamentos. Para poder vivir de las rentas.

–Yevgeni, lo que estás pidiendo es una suma que oscila entre los cinco y los ocho millones de dólares. No creo que mi gente tenga tanto dinero. Ni siquiera para tu mercancía.

Los dientes del ruso relucieron tras su bigote militar en una breve sonrisa.

–Cuando me encuentre en Moscú, la mercancía que os ofreceré superará en mucho vuestras más osadas aspiraciones. Ya encontraréis el dinero.

–Esperemos entonces a que te hayan ascendido, Yevgeni. Entonces hablaremos de ese bloque de apartamentos en California.

Cinco minutos después se separaban; el ruso de uniforme, para regresar a su despacho en Potsdam; el inglés, para regresar a su base de Berlín Occidental tras haber cruzado el Muro. Lo estarían esperando al otro lado del paso fronterizo llamado «Checkpoint Charlie». El paquete también atravesaría el Muro, pero lo haría por otra vía más segura, aunque mucho más lenta. Solamente cuando lo recuperase en el lado oeste, Sam abordaría el avión para regresar a Londres.

Octubre de 1983

Bruno Morenz golpeó con los nudillos la puerta y penetró en la habitación al escuchar la jovial invitación de «¡Adelante!». Su superior se encontraba solo en el despacho, apoltronado en su importante sillón de cuero giratorio, detrás de su importante escritorio. Estaba removiendo delicadamente el prirner café del día, en una taza de porcelana china que le había servido la atenta Fräulein Keppel, la solícita solterona que se ocupaba de satisfacer cualquiera de sus legítimas necesidades.

Al igual que Morenz, Herr Direktor pertenecía a esa generación que podía recordar el fin de la guerra y los años que siguieron, cuando los alemanes tenían que preparar su café con extracto de achicoria y tan sólo los estadounidenses de las tropas de ocupación y, a veces, los británicos podían permitirse el lujo de beber verdadero café. Pero aquello pertenecía al pasado. Diet

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