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EL MARTE LARGO (LA TIERRA LARGA 3)

Terry Pratchett

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Fragmento

1

Los Altos Megas:

Mundos remotos, en su mayoría aún deshabitados incluso en 2045, treinta años después del Día del Cruce. Allí arriba uno podía estar completamente a solas. Una única alma en un mundo entero.

Eso le hacía cosas raras a la mente, pensó Joshua Valienté. Al cabo de unos meses de soledad, te volvías tan sensible que te creías capaz de percibir si otro humano, aunque fuera una sola persona, llegaba para compartir tu mundo. Un único humano más, quizá en la otra punta del planeta. La princesa y el guisante, que se diría. Y las noches eran frías y grandes y la luz de las estrellas apuntaba toda hacia ti.

Y aun así, pensó Joshua, incluso en un mundo vacío, bajo un cielo vacío, siempre tenías a otra gente metida en la cabeza. Gente como la mujer de la que se había separado y su hijo, y su ocasional compañera de viajes, Sally Linsay, y todas las personas de la afligida Tierra Datum, que aún sufría las secuelas de Yellowstone, cinco años después de la erupción.

Y Lobsang. Siempre Lobsang…

Dados sus inusuales orígenes, Lobsang se había convertido por fuerza en una especie de autoridad sobre la obra conocida en Occidente como El libro tibetano de los muertos.

Su título más familiar para los tibetanos quizá fuera el de Bardo Thodol, que podría traducirse más o menos como «Liberación por el oído». Ese texto funerario, que tenía por objeto guiar la consciencia a través del intervalo entre la muerte y el renacimiento, no tenía una única edición reconocida por consenso. Sus orígenes se remontaban al siglo VIII y con el tiempo había pasado por muchas manos, un proceso que había dejado en herencia versiones e interpretaciones diferentes.

A veces, cuando Lobsang repasaba el estado de la Tierra Datum, primer hogar de la humanidad, en los días, meses y años que había seguido a la supererupción de Yellowstone de 2040, hallaba consuelo en el sonoro lenguaje de aquel texto venerable.

Consuelo si se comparaba con la noticia que le había llegado desde Bozeman, Montana, en la Tierra Oeste 1, por ejemplo, apenas unos días después de la erupción. Una noticia a la que habían respondido sus amigos más próximos…

En un día normal, la comunidad que crecía en aquella huella de Bozeman, un paso al oeste del original, debía de ser una típica colonia de cruce, pensó Joshua mientras se ponía el mono de seguridad una vez más. Un grupo de cabañas de troncos estilo Abraham Lincoln penetraban en un bosque cuya madera se estaba extrayendo de forma paulatina para exportarla al Datum. Un corral, una pequeña capilla. Aquella copia de Bozeman incluso carecía de instalaciones que sí se encontraban en puntos más lejanos de la Tierra Larga, como un hotel, bares, un ayuntamiento, una escuela o una clínica; al estar tan cerca del Datum, era demasiado fácil cruzar a casa para encontrar todo eso.

Pero aquel día, 15 de septiembre de 2040, no era un día normal en ninguna de las Américas paralelas, pues una semana después de que la gran caldera estallase, en la Tierra Datum la erupción de Yellowstone aún continuaba. Bozeman, Montana, estaba a apenas unos ochenta kilómetros de la ininterrumpida actividad volcánica.

Y a un cruce del desastre, Bozeman Oeste 1 se había transformado. Aunque era un día soleado, de cielo azul y hierba verde —allí no había cielos volcánicos—, el pueblo estaba abarrotado de gente, de personas hacinadas en las cabañas y en tiendas plantadas deprisa y corriendo o sentadas sin más en lonas extendidas sobre el suelo. Personas tan rebozadas de ceniza del volcán que presentaban un color gris uniforme, en la piel, el pelo y la ropa, como si fueran personajes de una serie televisiva antigua en blanco y negro, Te quiero, Lucy, cortados y pegados digitalmente sobre el soleado verdor de aquel magnífico día de otoño. Hombres, mujeres y niños, todos tosiendo y sufriendo arcadas como si de la década de 1950 también se hubieran traído el tabaquismo.

El paisaje que rodeaba el pueblo, entretanto, se lo habían apropiado los funcionarios de la Agencia Federal de Emergencias y la Guardia Nacional, que habían marcado el terreno con rayos láser, cinta policial y hasta meras rayas de tiza para señalizar las manzanas y edificios del Bozeman del Datum. Algunos de esos contornos se adentraban en el bosque y la maleza, terreno que allí aún se encontraba en estado salvaje. Los funcionarios habían numerado y etiquetado esas parcelas y se dedicaban a enviar a voluntarios de vuelta al Datum de forma sistemática, para ir tachando mapas computarizados en sus tabletas y así garantizar que no quedase una sola persona en la comunidad entera.

En cierto sentido, todo aquello era una muestra del misterio básico de la Tierra Larga, pensó Joshua. Ya había pasado un cuarto de siglo desde el Día del Cruce, cuando él y otros chicos de todo el mundo se habían bajado de internet el plano de un sencillo artilugio electrónico llamado «caja cruzadora», habían accionado el interruptor según indicaban las instrucciones… y habían «cruzado», no una puerta ni una ventana, no una sala ni una calle, sino hacia otra dirección distinta por completo. Habían cruzado a un mundo de bosque y pantano, por lo menos los que habían partido de Madison, Wisconsin, como Joshua. Un mundo prácticamente idéntico a la Tierra —la vieja Tierra, la Tierra Datum— con la salvedad de que allí no había gente. O mejor dicho, no la había habido hasta que aparecieron chicos como Joshua, que se materializaron de la nada. Joshua no tardó en descubrir que podía cruzarse otra vez, y otra, hasta que se descubría uno paseando por toda una cadena de mundos paralelos, cuyas diferencias respecto del Datum aumentaban poco a poco… pero sin un solo humano a la vista. Los mundos de la Tierra Larga.

Y allí delante tenía la dura y básica realidad del asunto. Los Estados Unidos del Datum estaban cubiertos en ese momento por un manto abrasador de ceniza y polvo volcánicos; y, aun así, a un solo cruce de distancia, era como si Yellowstone no existiera en absoluto.

Apareció Sally Linsay, mientras apuraba un café en un vaso de poliestireno que luego dejó con cuidado en un cubo para su posterior limpieza y reutilización. Buenos hábitos de pionera, pensó Joshua distraído. Sally llevaba puesto un mono limpio de una pieza, pero tenía ceniza en el pelo, la piel del cuello, la cara y hasta en las orejas, en todos los puntos que dejaban al aire las máscaras de la Agencia Federal de Emergencias.

La acompañaba un soldado de la Guardia Nacional, prácticamente un crío, con una tableta. El joven comprobó sus identidades, el número que llevaban en la pechera del mono y la manzana de la ciudad a la que se desplazarían en esa ocasión.

—¿Están listos los dos?

Sally empezó a ajustarse de nuevo la máscara, un respirador con unas gafas estilo steampunk.

—Ya van siete días.

Joshua recogió su propia máscara.

—Y no creo que vaya a acabar dentro de poco.

—Oye, ¿dónde está Helen ahora?

—Ha vuelto al Quinto Infierno. —El chico de la Guardia Nacional alzó las cejas, pero Joshua hablaba de su hogar, una comunidad situada a más de un millón de cruces de distancia del Datum, allá en los Altos Megas, donde vivía con su familia: Helen y su hijo Dan—. O está de camino. Dice que es más seguro para Dan.

—En eso tiene razón. El Datum y las Tierras Bajas van a ser un desastre durante varios años.

Joshua sabía que Sally estaba en lo cierto. Se habían producido alteraciones geológicas de escasa importancia en las Tierras Bajas, ecos de la gran erupción del Datum, pero el «desastre» en los mundos jóvenes lo estaba causando la llegada masiva de refugiados.

Sally miró a Joshua de reojo.

—Seguro que a Helen no le hizo gracia que te negaras a volver con ella.

—Mira, fue duro, pero yo me crié en los Estados Unidos del Datum. No puedo abandonarlos como si tal cosa.

—O sea que decidiste quedarte y usar tus superpoderes de cruce para ayudar a los damnificados.

—No me vengas con esas, Sally. Tú también estás aquí. Venga, si naciste en el mismísimo Wyoming…

Sally estaba sonriendo.

—Ya, pero yo no tengo una mujercita que intenta llevarme a rastras. ¿Fue una bronca gorda? ¿O un enfurruñamiento largo de los suyos?

Joshua apartó la vista, se ajustó la máscara con un furioso tirón a las correas de la nuca y se subió la capucha. Sally se rio de él, con la voz ahogada por su propia máscara. Se conocían desde hacía ya diez años, desde que Joshua había emprendido su primera travesía de exploración de la Tierra Larga profunda… solo para descubrir que Sally Linsay ya estaba allí. Ella no había cambiado mucho.

El muchacho de la Guardia Nacional los colocó junto a una tira de cinta policial.

—La propiedad en la que van a entrar queda justo delante de ustedes. Ya han salido un par de niños, pero nos faltan tres adultos. Según los informes, uno es fóbico. El apellido es Brewer.

—Entendido —dijo Joshua.

—El Gobierno de Estados Unidos agradece todo lo que están haciendo.

Joshua miró a los ojos de Sally, detrás de las gafas. Aquel chico no pasaba de los diecinueve años. Joshua tenía treinta y ocho y Sally, cuarenta y tres. Se resistió a la tentación de pasarle la mano por el pelo rubio al

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