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EL MENTIROSO

Mikel Santiago  

5


Fragmento

2

Después supe que había pasado más de veinticuatro horas en un estado cercano al coma. No se temió por mi vida, pero mi letargo llegó a mosquear a los médicos y estuve conectado a algunos ordenadores muy potentes que registraban cada pestañeo, latido o pedo que mi cuerpo emitía. Fui despertándome de manera muy paulatina, todavía en esa mezcla entre sueños y realidad.

Erin se encontraba a mi lado durante todo ese tiempo. La veía hablándome, cogiéndome de la mano, besándome. Yo intentaba preguntarle algo. «¿Qué ha ocurrido? ¿Volveré a andar?» Pero estaba sedado y no tenía fuerzas para hablar. Me dormía y soñaba con cosas extrañas. Una fiesta en la que sonaba Chet Baker y donde había animales vestidos de traje y corbata. Fuese lo que fuese lo que me habían inyectado, era un producto de primera.

Cuando finalmente desperté de esa especie de odisea de sedantes, amnesia y pesadillas, Erin estaba allí, hablando por teléfono junto a una ventana.

—No, al final le he pedido a Gurutze que me sustituya. Por lo menos el lunes. Quizá también el martes...

Supongo que hablaba de su colegio. Erin trabajaba en una escuela. Era maestra. Le había costado encontrar su verdadera vocación, así que a los veintinueve todavía era bastante novata.

—Estoy preparando las clases aquí, en el hospi...

Yo la miraba y la escuchaba hablar con alguien. ¿Leire?

—Sí. Un golpe muy fuerte en la cabeza. Lo demás está bien.

Seguro que era Leire. Ese tonillo medio infantil solo lo utilizaba con ella. Ambas eran hijas únicas, habían crecido juntas y se trataban como hermanas.

Ella no se había dado cuenta de que estaba despierto, así que la observé en silencio mientras hablaba. Llevaba el pelo recogido en una coleta. La cara sin maquillar. Camiseta y vaqueros. Yo siempre le decía que era como más me gustaba, al natural, solo con un toque de aroma de jabón. «Si hubiera tenido una maestra como tú, me habría colado hasta las cejas», le solía decir. A lo que ella contestaba: «Son críos de ocho años». Pero a los ocho años también te puedes enamorar, aunque creas que solo es un dolor de tripa.

Por fin, en algún momento, se dio cuenta de que me había despertado.

—¡Álex! —dijo al verme con los ojos abiertos—. ¡Leire, te tengo que dejar! ¡Álex acaba de despertarse! ¡Sí! —Colgó y soltó el teléfono en la mesilla. Se sentó en la silla y me cogió las manos entre las suyas—. ¿Cómo estás?

—Bien. Me duele un poco la cabeza. Y tengo mucha sed. De hecho, me muero de sed.

—Vale, espera.

Se puso en pie como un resorte, salió fuera y volvió al cabo de unos segundos con un vaso de plástico. También entró una enfermera, que miró la máquina, tocó unos cuantos botones, dijo que el médico se pasaría en unos minutos y volvió a dejarnos solos. Erin se sentó a mi lado y me acarició mientras yo bebía el agua.

—Despacio...

—¿Qué ha pasado?

—Tuviste un accidente, ¿te acuerdas? Casi te matas, pero estás bien.

—¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Un largo día —dijo Erin—. Es domingo. ¿Qué pensabas?

—No sé, que igual habían pasado años.

Se rio.

—¿Tan vieja me ves?

—Estás preciosa, Erin. Estás más guapa que nunca.

Erin me cogió la mano y la besó. Después se apoyó suavemente en mi almohada.

—Gracias a Dios que estás bien. Pensaba que... Bueno, he pensado de todo. Te diste un golpe muy fuerte en la cabeza. ¿Puedes moverte bien?

Moví los pies, las rodillas, los brazos. Todo parecía en orden.

—¿El golpe es grave? —pregunté.

—No —dijo ella—, tan solo una conmoción. Te saliste en una curva. Fue algo aparatoso, pero dicen que el airbag te salvó.

Yo lograba recordar algunas imágenes muy borrosas. Un hombre muerto. En el suelo de una fábrica.

—¿Le hice daño a alguien?

—A un pino. Quizá tengas que pagar por eso. Por lo demás, tuviste mucha suerte.

Erin me contó lo que la Ertzaintza le había explicado: que yo iba conduciendo sobre las seis y media de la mañana por una pequeña carretera (la R-5678) que conecta Gernika con uno de los valles del interior. Al parecer me salí de la trazada y caí de frente contra un pino. El morro de mi furgoneta, una GMC, lo rompió en dos antes de arrugarse un poco.

—Pero ¿qué ocurrió? —Erin sonaba preocupada—. ¿Ibas mirando el móvil? No pasa nada, todo el mundo lo hace, pero claro, la gente se mata con esas chorradas.

—No sé muy bien lo que pasó —dije.

Erin me explicó que fue un camionero el que llamó al 112. Este buen samaritano se bajó del camión y me encontró KO, durmiendo sobre el airbag. El hombre debió de oler a gasolina de la segadora que portaba detrás y se temió que aquello fuera a convertirse en una pira. Se dio prisa por sacarme de allí y me tendió en la ladera de la montaña. Eran las siete de la mañana del sábado.

—¿A dónde ibas tan temprano?

—Yo...

Barba negra, ojos sin brillo.

—¿Qué te pasa? —preguntó Erin al cabo de unos segundos.

—Es que no lo sé —respondí—. No lo recuerdo bien.

—¿Qué quieres decir?

—No me acuerdo de nada, Erin.

Ella dejó escapar un «guau» entre los labios antes de cogerme las dos manos, con delicadeza.

—No te preocupes —dijo—. Te diste un buen golpe en la cabeza. Seguro que es normal. ¿Qué es lo último que recuerdas?

Cerré los ojos y rebobiné mis recuerdos. Pasé por una imagen de un hombre muerto, pero aquello era imposible. Yo no había matado a nadie. Seguí hacia atrás.

—El pícnic en la casa de Leire.

—¡Pero si eso fue el jueves por la tarde! —Las mejillas de Erin se encendieron un poco—. Bueno. Tranquilo. Seguro que es algo normal.

Dijo eso, aunque su tono de voz indicaba lo contrario.

—A ver. Esa noche me llevaste a casa, pero no dormiste conmigo. Al día siguiente, viernes, tenías trabajo. Creo que era en el jardín de Txemi Parra, el actor...

—¡Sí!

Recordé esa imagen. El jardín de Txemi. Él estaba vestido con ropa deportiva y bebíamos unas cervezas en su terraza. Aunque esa imagen podía pertenecer a cualquier viernes. Siempre hacíamos lo mismo.

—Después del trabajo yo fui a hacer unas compras —siguió diciendo Erin—. Este fin de semana íbamos a celebrar nuestro aniversario. ¿Te acuerdas de eso? ¿Del viaje a Toulouse?

—Puede... Sí...

—Bueno, veamos. A la vuelta de Bilbao fui al Club a jugar unos dobles. Y al terminar me tomé una cerveza. No te llamé. No puedo decirte más sobre el viernes.

Entonces entró gente en la habitación. Un médico con un aspecto estupendo —moreno, pelo negro muy brillante—, seguido por otros dos más jóvenes, chico y chica, y la enfermera de antes. El médico le pidió a Erin que nos disculpara un instante.

—Hola, soy Jaime Olaizola, el neurólogo. ¿Cómo estás?

—Bien... Bueno... Me acabo de despertar. Me duele un poco la cabeza.

—Muy bien. Te voy a examinar. Por favor, recuéstate.

El doctor Olaizola sacó una linternita de su bata y me proyectó una luz en los ojos mientras me hacía un montón de preguntas. Qué tipo de dolor sentía, si estaba mareado, si tenía náuseas... Me pidió que me sentara en la cama. Lo hice y la enfermera me retiró una cura que tenía en la parte posterior de la cabeza. El doctor la estuvo observando un rato.

—¿Recuerdas cómo te hiciste la herida?

—No —dije—. Se lo acabo de decir a mi novia. No recuerdo nada.

Noté un tenso silencio en la sala. Los otros doctores jóvenes se miraron el uno al otro.

—¿Quieres decir que has perdido la memoria?

—Sí.

—Bueno, vamos a ver. —El doctor Olaizola se giró hacia la joven estudiante de Medicina—: Sandra, ¿cómo actuamos ante un caso de amnesia contusional?

La chica dio un paso al frente. Era bajita, con cara de ser la lista de la clase. Su compañero tenía más aspecto de merluzo.

—Deberíamos establecer si es anterógrada o retrógrada. Y establecer el límite temporal de la amnesia.

—Muy bien, Sandra —dijo Jaime con aires de profesor—. ¿Qué es lo último que recuerdas, Álex?

Noté las miradas de todos aquellos doctores sobre mí. Me sentía como un conejillo de Indias. Si respondía mal, quizá me abrieran el cerebro para mirar dentro. Cerré los ojos.

Barba negra, ojos sin brillo. Gafitas descolocadas sobre la nariz. Está muerto.

—Recuerdo el jueves por la tarde. Fuimos a casa de unos amigos a hacer un pícnic.

—El jueves por la tarde —dijo el doctor—, eso son más de veinticuatro horas hasta el momento del accidente.

—¿Es malo?

—Es bastante tiempo, pero plausible. Una amnesia retrógrada puede ocupar minutos; en otros casos, como el tuyo, son horas. Lo que está claro es que esta contusión tiene la culpa. ¿Vivís juntos tu chica y tú?

—No, solo llevamos un año saliendo.

—Claro —sonrió el doctor Olaizola—, demasiado pronto para irse a vivir juntos, ¿no?

Sandra y el otro estudiante se sonrieron también. Un pequeño descanso de normalidad dentro del absurdo.

—¿Con tus padres?

—No —y omití explicar que no había tales padres—, vivo con mi abuelo.

—¿Jon Garaikoa? —dijo él—. Le conozco. Mi equipo lleva su caso.

—¿Por qué es tan importante con quién vivo? Si es algo grave, puede decírmelo directamente a mí

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