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EL MERCADER DE LIBROS

Luis Zueco  

5


Fragmento

Prefacio

Hubo un tiempo donde los libros cambiaron el curso de la historia; una época en la que se descubrían nuevos mundos, donde se formaban inmensos imperios y la razón se abría paso frente a los dogmas más sagrados.

Muchos entonces temían a las palabras, pensaban que los libros eran peligrosos, podían cambiar la mente de las personas, provocar la caída de religiones y reinos.

Si los libros han cambiado la historia una vez, ¿por qué no van a ser capaces de hacerlo de nuevo?

Existe un desacuerdo extendido sobre qué hito concreto supuso el final de la Edad Media. Para algunos fue el descubrimiento de América por Cristóbal Colón el 12 de octubre de 1492. Hay otros que creen que fue la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, fecha esta última que tiene una singularidad que muchos olvidan: coincidir con la invención de la imprenta por Gutenberg.

Tendemos a delimitar las etapas históricas por conflictos militares y políticos. Pero la realidad es que al Medievo le sigue el Renacimiento, y si hay algo que caracteriza este periodo es el resurgir de la cultura, de las ideas, la tecnología, los descubrimientos y el humanismo. Y todo ello fue solo posible con la imprenta.

Esta novela se ambienta en los inicios del siglo XVI, cuando la imprenta ha cambiado para siempre el mundo y ha hecho, por fin, los libros accesibles para una gran parte de la población.

Los libros ya no se ocultan en oscuros monasterios, sino que se comercia con ellos en los centros de las ciudades. Los nobles y burgueses construyen sus propias bibliotecas. Se vuelven a publicar obras clásicas y se pone en marcha un mundo editorial mucho más parecido al actual de lo que podemos imaginar.

Hay auténticos best sellers, géneros de moda como los libros de caballerías, publicaciones por entregas; y aparece por primera vez el periodismo con las relaciones de sucesos.

El acceso a los libros y la difusión de su contenido cambian el mundo, y provocan unas nuevas mentalidades que llevarán al descubrimiento de América, al surgimiento de movimientos dentro de la Iglesia cristiana, a la aparición de algunos de los más célebres artistas de la historia y al logro de hazañas inigualables, como la vuelta al mundo.

Es una época tan maravillosa, tan plagada de personalidades y logros que algunos de ellos aún permanecen olvidados para el gran público. Como que en los primeros años del siglo XVI muchos de los viajes a América en realidad buscaban la mejor manera de llegar hasta las Islas de las Especias en Indonesia. O que las finanzas y los banqueros tenían tanta o más influencia política que hoy en día. O que surge el concepto de biblioteca moderna y que se construye la biblioteca más grande que el mundo hubiera visto jamás, en España, la cual pretendía almacenar todos los libros y panfletos que se imprimían en Europa.

En el siglo XVI, Sevilla era la ciudad más próspera de Occidente, a su puerto llegaban las riquezas de América y en sus calles se dirimía el futuro de Europa. Entre sus murallas se creó la primera biblioteca moderna, el primer centro de saber occidental, y lo hizo bajo el mando del hijo del descubridor de América, Hernando Colón, quien reunió durante su vida esta biblioteca de casi 20.000 títulos. Una cuarta parte de ellos se encuentran ahora depositados en la Biblioteca Colombina de Sevilla, a los pies de la Giralda, pero muchos otros se han perdido o se han dispersado por todo el mundo. Esta biblioteca fue el primer intento de reunir todo el saber universal, clasificarlo y hacerlo accesible para utilizarlo a la hora de gobernar un imperio.

La Edad Media no concluyó con el asedio de un castillo, ni con una carga de caballería, ni viajando a los confines del mundo. El Medievo terminó el día que un hombre humilde, un comerciante o un artesano, pudo ir a una librería de su ciudad y volver a su casa, sentarse junto al fuego y leer en su propia lengua un libro como la Ilíada de Homero.

PARTE I

EL SACRO IMPERIO ROMANO

1

El laurel

Los libros tienen su orgullo,

cuando se prestan, no regresan nunca.

THEODOR FONTANE

Junio de 1516, Augsburgo

El mundo ha renacido de las cenizas. Estamos saliendo de una época oscura, de mil años de penumbra, ignorancia y sumisión. La nueva era recuperará la grandeza olvidada. Los hombres volverán a ser héroes, a decidir su propio destino.

Úrsula había oído estas palabras cuando era niña; le fascinaban, aunque tardaría en comprender su significado. Su madre había insistido en que debía aprender a leer; que, a pesar de que había quien creía que solo era cosa de hombres, una mujer debía estar instruida. Su madre le había explicado que cuando ella era pequeña no había libros, pues los libros impresos apenas tenían unas decenas de años. A Úrsula le costaba imaginar un mundo sin libros.

Antes se copiaban a mano en el interior de los monasterios. Antes los libros eran tan caros que solo los reyes y grandes nobles podían pagarlos. Por eso llamaban a aquellos tiempos antiguos la época oscura, porque no tenían como ahora la luz de los libros.

Su madre era una mujer hermosa, todavía joven, de cabellos lisos y rojizos y un cuello fino que estilizaba su figura. Se llamaba Eleonor y no era alemana sino francesa. Úrsula sabía que el reino de Francia era uno de los más grandes y poderosos de Europa; le agradaba ser medio francesa.

Eleonor insistía en que uno no es de donde nace, sino de allí donde le quieren. Y ella era feliz en Augsburgo, donde había conocido a su esposo, Federico Müller, un ricohombre con negocios en minas y ganado, y donde había formado una familia, un hogar, en una casa cerca de la catedral. Úrsula era su única hija y la quería moldear a su gusto. A los trece años le había regalado un anillo de oro, un regalo que emocionó a la pequeña Úrsula, tanto que no se lo quitaba jamás. Su madre le había explicado que una dama debía lucir sus joyas: ella ya era toda una mujer y merecía comenzar a tener sus propias alhajas.

Aquella tarde, ambas acudieron a ver a una tía del padre, que estaba enferma. Al volver de la visita encontraron un inesperado revuelo en la plaza, y eso que no era día de mercado.

—¡No puedo creerlo! —Su madre puso esa cara que tan bien conocía Úrsula y que no presagiaba nada bueno.

—¿Qué sucede, madre?

—Es otra vez ese condenado juego. —Y suspiró.

Desde hacía unos años se había vuelto popular un juego de pelota por equipos, sobre todo entre los más jóvenes, pero también en los hombres adultos, que lo aprovechaban para realizar apuestas de toda índole. Aun así, no era habitual ver tanta gente congregada para un partido. Había una buena razón: los contrincantes. Se enfrentaban los equipos de los hijos de las dos familias más ricas de Augsburgo: los Fugger y los Welser.

El equipo Welser lo capitaneaba Bartolomé, el hijo mayor, llamado como su padre y conocido por su ambición, y de quien todos esperaban que continuara y ampliara los negocios de su familia. Bartolomé era de los muchachos más altos y corpulentos de la ciudad. Junto a él estaban sus hermanos pequeños, Lucas y Uldarico.

Los Welser se decían descendientes del general bizantino Belisario, uno de los más afamados militares de la historia, que recuperó buena parte del Imperio Romano de Occidente de las garras de los invasores bárbaros.

Sus rivales, en todos los aspectos, eran los Fugger. Con ellos competían por ser la familia más rica no solo de Augsburgo, sino de todo el Sacro Imperio Romano Germánico.

En el último año, nadie había conseguido derrotar a los hermanos Welser. El juego gozaba de mucha popularidad, a pesar de que hacía una década que un príncipe, Felipe de Habsburgo, esposo de Juana de Castilla, había muerto tras participar en un partido.

Los contrincantes tomaron posiciones. Úrsula observó impresionada la corpulencia de Bartolomé Welser. Comenzaron sacando los Fugger; el primer punto fue muy disputado, como si fuera el final de partido en vez del inicio. Finalmente, Antón Fugger golpeó con todas sus fuerzas para adelantarse en el marcador, ante el asombro de los presentes.

Solo fue un espejismo, pues los siguientes puntos fueron para Bartolomé Welser, que imponía su físico y dotaba de una potencia imparable a sus tiradas. Los Welser obtenían un punto tras otro sin apenas competencia, pues los dos hermanos Fugger, aunque eran rápidos y lograban devolver muchas pelotas, no lanzaban buenos golpes.

Fue entonces cuando el tercero de los jugadores del equipo Fugger atizó la pelota con su mano izquierda, sorprendiendo a todos y marcando un tanto. Los siguientes tres puntos cayeron también del lado Fugger, todos ellos por lanzamientos del mismo joven, menos contundentes que los de Bartolomé Welser pero provistos de gran destreza.

—Madre, ¿quién es ese muchacho que juega tan bien?

—No lo sé, pero no es un Fugger, eso te lo puedo asegurar.

—¡Es el hijo del cocinero de los Fugger! —gritaron desde el público.

—¿Habéis oído, madre?

—Sí, hija, hoy en día permiten a cualquiera mezclarse con nosotros; ¡qué vergüenza!

Úrsula no quitaba ojo a los movimientos del muchacho.

Se llamaba Thomas Babel y era zurdo. Por mucho que sus padres le hubieran obligado a utilizar su mano derecha, él tenía el instinto de desenvolverse con la izquierda. Usaba la derecha para todo, escribir, comer y golpear la pelota, pero seguía conservando la destreza de su nacimiento y en aquel juego no podía evitar utilizarla. Quizá por eso era un jugador tan valioso, podía golpear con ambas manos aquel balón de cuero.

El partido se igualó, en buena medida porque también los hermanos Fugger contribuyeron. Aunque menudos, eran tenaces y no daban un punto por perdido; salvaban bolas para que Thomas se encargara de marcar la mayoría de los puntos. En el otro bando, Bartolomé estaba secundado por sus hermanos, que golpeaban con una violencia inusitada, aunque eran menos hábiles y precisos que él, y maldecían una y otra vez cuando los Fugger devolvían sus proyectiles.

La partida llegó igualada a su desenlace; en el punto decisivo, el más joven de los Fugger, Antón, resbaló, y cuando la pelota iba a perderse, su hermano Raimundo llegó de forma milagrosa, rodó por el suelo y la devolvió en un alarde de destreza. Bartolomé Welser se vio sorprendido por esta reacción y, a duras penas, pudo golpear la bola. Thomas aprovechó la situación y asestó el golpe definitivo que hizo erigirse campeón al equipo de los Fugger.

El griterío fue ensordecedor, pues no solo presenciaban el partido los jóvenes de Augsburgo; gentes de toda condición y edad se habían ido reuniendo en el campo de pelota atraídos por la competición, por la emoción del juego, incluidos los ilustres padres de los contrincantes.

El equipo de los Fugger recibió como premio a su victoria una corona de laurel dorada, a modo del trofeo que se entregaba a los vencedores en la antigua Grecia. Los hermanos Fugger hablaron entre sí y decidieron obsequiársela a su compañero, Thomas, por haber sido el principal artífice de la victoria.

El público aplaudió el gesto; lo que nadie esperaba es que Thomas se dirigiera hacia el gentío, se abriera paso hasta llegar a una joven y le ofreciera la corona de laurel.

Úrsula la aceptó ruborizada ante el estupor de su madre, que la cogió del brazo y la sacó del público.

—¡Dame ahora mismo eso! ¿Qué se ha creído ese descarado?

—No, madre. Es un regalo... —Y la escondió tras su espalda.

—¡He dicho que me la des! No lo repetiré más.

La joven suspiró resignada, pero antes de entregársela, arrancó una hoja de laurel y se la guardó.

2

La cena

Thomas Babel perdió a su madre cuando solo tenía seis años, en un parto prematuro. Ni ella ni la niña que trajo al mundo sobrevivieron. El solo recuerdo que conservaba de su madre era una medalla de la virgen que ella siempre llevaba consigo. Sus abuelos y tíos habían muerto mucho antes de que él naciera, a consecuencia de una epidemia de peste que sufrió la zona, así que su padre era su única familia.

Desde muy niño, su padre le había leído cuentos todas las noches. En una liturgia íntima, sentado al borde de la cama, pasaba las páginas de ejemplares que pedía prestados. El tiempo parecía pasar más lento y las historias que le contaban lo hacían viajar a otros reinos, a otras épocas.

Marcus Babel era oriundo de Augsburgo y muy querido en la ciudad; trabajaba como cocinero para la influyente familia Fugger, acaudalados banqueros con negocios en toda la Cristiandad. Jacobo Fugger era el cabeza de la familia; se rumoreaba que prestaba dinero a príncipes y reyes y que tenía más que ver en la elección del papa que los propios cardenales de Roma.

La amistad de Marcus con Jacobo Fugger le proporcionó a Thomas un regalo inesperado. El cocinero hizo valer su buena relación para pedir al banquero que Thomas fuera educado con sus dos sobrinos, Raimundo y Antón Fugger. Jacobo no tenía hijos y sus hermanos habían fallecido, así que estaba a cargo de ellos, a la postre los únicos herederos de la familia. El primero era tres años mayor que Thomas, y el segundo, un año más pequeño. Siempre habían jugado los tres en los jardines de la enorme residencia que poseían los Fugger, así que para los jóvenes fue una alegría poder recibir clases también juntos.

Solo con el paso de los años, Thomas llegaría a comprender lo importante que serían esas lecciones diarias a las que su padre lo obligaba a asistir. Así descubrió el latín, idioma que pronto dominó; no era en cambio tan hábil con las matemáticas, y eso que se esforzaba todo lo posible.

Tenían por maestro a Klopp, un monje de cabello escaso y blanquecino que contrastaba con una frondosa y alargada barba. Era un hombre esbelto, de notable estatura, aunque los años le pesaban tanto que andaba encorvado, como si llevara una roca sobre la espalda. Sin embargo, cuando se alzaba sobre su bastón sacaba a relucir un porte imponente.

—¡Thomas! Te he dicho mil veces que prestes más atención. La lectura exige concentración, no basta con repetir las palabras escritas en voz alta.

—Lo intento, pero las palabras se escapan de mi cabeza, no consigo que se queden dentro.

—¡Santo Dios! Qué paciencia me ha dado el Señor contigo. Tienes que comprender lo que lees, ¿es que no lo entiendes? —decía mientras los hermanos Fugger no paraban de reír.

—Leo perfectamente, maestro.

—Pero no captas el significado de las frases —le regañaba Klopp con toda la indulgencia de la que era capaz—. Corres demasiado, así no te puedes enterar de lo que lees.

—Sí que lo hago.

—Eso es imposible, nadie puede leer y entender lo que lee tan rápido. ¿De qué te sirve correr tanto?

—No puedo evitarlo —se defendió Thomas.

—En las bibliotecas de los monasterios tienen a monjes copiando manuscritos sin parar, muchas veces no saben ni leer, lo prefieren para no perder el tiempo intentando comprender lo que solo deben copiar. ¡Eso es justamente lo contrario a lo que tienes que hacer tú!

En el siguiente texto, Thomas hizo lo mismo; lo leyó tan rápido que le dio tiempo de mirar de reojo a los Fugger. Los hermanos eran casi iguales, solo se diferenciaban en los cuatro dedos más alto que era el mayor, Raimundo. Vestían de forma similar, con el cabello largo y peinado hacia los lados. Tenían los ojos oscuros y eran menudos, como su tío Jacobo Fugger. De los dos, Antón era el más espabilado, y destacaba en todo lo que Thomas fallaba, especialmente en los números y las cuentas. De todas las enseñanzas del hermano Klopp, a Thomas lo que más le fascinaba eran las anécdotas sobre la historia de Roma y Grecia que les contaba en las clases de latín y griego.

Para presentar el proyecto de creación de una serie de asilos en la ciudad, una noche de septiembre se organizó un espléndido banquete en el palacio de los Fugger, al cual asistió la flor y nata de Augsburgo: el gobernador, ricos comerciantes, nobles, artistas y parte del cabildo de la ciudad. Las influencias de los Fugger llegaban hasta el mismísimo emperador Maximiliano I. Además eran mecenas del arte y, actualmente, acogían en su casa a un conocido pintor, Alberto Durero, de cuyos cuadros hablaban maravillas.

Fue Jacobo Fugger el Viejo quien sentó las bases de los negocios de la familia. Su sucesor, Jaco

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