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EL MISTERIO DE LAS CABRAS Y LAS OVEJAS

Joanna Cannon  

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Fragmento

La Avenida, número 4
21 de junio de 1976

La señora Creasy desapareció un lunes.

Sé que era lunes porque era el día que pasaban los basureros y toda la avenida olía a sobras de comida.

—¿Qué se traerá entre manos? —Mi padre señaló con la cabeza el visillo de la ventana de la cocina.

El señor Creasy deambulaba por la acera en mangas de camisa. Cada pocos minutos se detenía y, muy quieto, miraba con atención alrededor de su coche, un Hillman Hunter, y se inclinaba hacia el aire como si escuchara algo.

—Ha perdido a su mujer. —Como estaban distraídos, cogí otra tostada—. Aunque lo más probable es que por fin ella se haya pirado.

—¡Grace Elizabeth! —Mi madre, que estaba delante de la cocina, se dio la vuelta tan deprisa que algunas gotas de gachas de avena se desplazaron con ella y cayeron al suelo.

—Repito lo que dijo el señor Forbes —dije—. Margaret Crea­sy no volvió a casa anoche. Puede que por fin se haya pirado.

Los tres observamos al señor Creasy. Miraba con mucha atención los jardines de las casas, como si fuera posible que la señora Creasy hubiera acampado en el arriate de plantas perennes de otra persona.

Mi padre perdió el interés y empezó a hablar con el periódico extendido delante.

—¿Es que escuchas a escondidas a nuestros vecinos? —me preguntó.

—El señor Forbes hablaba con su mujer en el jardín. Yo tenía la ventana abierta. Los oí sin querer, y eso está permitido. —Se lo expliqué a mi padre, pero dirigiéndome a Harold Wilson, el que había dimitido como primer ministro, que me miraba fijamente con su pipa desde la primera plana.

—Recorriendo la avenida arriba y abajo no se encuentra a una mujer —dijo mi padre—, aunque quizá tendría más suerte si probara en el número doce.

Observé la cara de mi madre cuando le respondió con una sonrisa. Daban por sentado que yo no entendía la conversación, y era mucho más cómodo que lo creyeran así. Mi madre dijo que yo estaba en una «edad difícil». Como yo no me consideraba una niña especialmente difícil, supuse que se refería a que a ellos les resultaba difícil.

—Quizá la hayan secuestrado —dije—. Quizá sea peligroso que vaya al colegio hoy.

—No hay ningún peligro —me dijo mi madre—, no te pasará nada. No lo permitiré.

—¿Cómo puede una persona desaparecer sin más? —Observé al señor Creasy, que iba y venía por la acera. Tenía los hombros caídos y caminaba sin levantar la vista de los za­patos.

—A veces la gente necesita tener su propio espacio —respondió mi madre mirando hacia los fogones—, se embarulla.

—Margaret Creasy sí que se embarullaba. —Mi padre pasó a la sección de deportes y agitó las páginas hasta que quedaron derechas—. Preguntaba demasiado. Se enrollaba como una persiana y no había forma de escapar.

—Se interesaba por la gente, Derek. Hasta las personas casadas se sienten solas a veces. Y no tenían hijos.

Mi madre me miró un instante como si reflexionara sobre si el último dato tenía alguna importancia, y a continuación echó unas cucharadas de gachas en un cuenco grande que tenía corazones violetas alrededor del borde.

—¿Por qué habláis de la señora Creasy en pasado? —pregunté—. ¿Está muerta?

—No, claro que no. —Mi madre dejó el cuenco en el suelo—. ¡Remington! —llamó a voces—, mamá te ha preparado el desayuno.

Remington entró en la cocina sin hacer ruido. Antes había sido un perro labrador, pero había engordado tanto que cualquiera lo diría.

—La señora Creasy aparecerá —comentó mi padre.

Había dicho lo mismo del gato del vecino. Desapareció hace años y desde entonces nadie lo ha visto.

Tilly me esperaba junto a la puerta del jardín, con un jersey que habían lavado a mano y que se había dado tanto de sí que le llegaba a las rodillas. Se había quitado las gomas de las coletas, pero aun así tenía el pelo como si todavía las llevara.

—Han matado a la señora del número ocho —le dije.

Caminamos en silencio por la avenida hasta la carretera principal. Íbamos juntas, aunque Tilly tenía que dar más pasos para mantenerse a mi altura.

—¿Quién vive en el número ocho? —me preguntó mientras esperábamos para cruzar la calle.

—La señora Creasy.

Lo dije en voz baja, por si acaso el señor Creasy había ampliado la búsqueda.

—Me caía bien la señora Creasy. Me estaba enseñando a hacer punto. Nos caía bien, ¿verdad que sí, Grace?

—Claro que sí, muy bien —dije.

Cruzamos la carretera y llegamos al callejón que había al lado del Woolworths. Aunque todavía no eran ni las nueve, las polvorientas aceras ardían y yo notaba que la ropa se me pegaba a la espalda. Los conductores iban con las ventanillas bajadas, de modo que en la calle se desparramaban fragmentos de música. Cuando Tilly se detuvo para cambiarse de hombro la cartera, me quedé mirando el escaparate. Estaba lleno de cazos y cacerolas de acero inoxidable.

—¿Quién la ha matado? —Un centenar de Tillys me hablaron desde el escaparate.

—Nadie lo sabe.

Vi a Tilly hablar a través de las cacerolas.

—¿Dónde estaba la policía?

—Supongo que vendrán más tarde —respondí—, deben de tener mucho trabajo.

Caminamos por los adoquines y con el golpeteo de las sandalias sobre la piedra parecíamos todo un ejército de pies. En invierno, con el hielo, nos agarrábamos a la valla y la una a la otra, pero ese día el callejón se extendía ante nosotras como un cauce cubierto de bolsas vacías de patatas fritas, hierbajos sedientos y polvo blanco y fino como harina que nos ensuciaba los dedos de los pies.

—¿Por qué te has puesto el jersey?

Tilly siempre llevaba jersey. Incluso con un calor abrasador, estiraba las mangas hasta que le cubrían los puños y las convertía en guantes. Tenía la cara de un color rosa muy pálido, como las paredes de nuestra sala de estar, y con el sudor se le habían deslizado unos rizos castaños sobre la frente.

—Mi madre dice que no debo pillar nada.

—¿Cuándo dejará de preocuparse? —Me enfadé y no supe por qué, lo que me enfureció aún más, y mis sandalias armaron mucho ruido.

—Creo que nunca. Me parece que es porque está sola. Tiene que preocuparse el doble para no quedarse atrás.

—No volverá a pasar. —Me paré y le retiré la cartera del hombro—. Puedes quitarte el jersey. Ahora no hay peligro.

Se me quedó mirando. Costaba adivinar los pensamientos de Tilly. Sus ojos, escondidos tras las gafas de culo de botella y montura negra, y el resto de su persona revelaban muy poco.

—Vale —dijo, y se quitó las gafas.

Se sacó el jersey por la cabeza, y cuando apareció al otro lado de la lana tenía la cara roja y con manchas. Me lo dio y lo volví del revés, como hacía mi madre, lo doblé y me lo puse sobre el antebrazo.

—Ya ves —dije—, no hay ningún peligro. No te pasará nada. No lo permitiré.

El jersey olía a jarabe contra la tos y a un jabón que yo no conocía. Lo llevé hasta que llegamos a la escuela, donde nos disolvimos en una riada de niños.

Hace un quinto de mi vida que conozco a Tilly Albert.

Llegó hace dos veranos en la parte de atrás de una gran furgoneta blanca y la descargaron junto con un aparador y tres sillones. La vi desde la cocina de la señora Morton mientras comía un bollito de queso y escuchaba la predicción meteorológica para los Broads de Norfolk. Nosotras no vivíamos en los Broads de Norfolk, pero la señora Morton había pasado unas vacaciones allí y le gustaba mantenerse informada.

La señora Morton se había quedado conmigo.<

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