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EL MONASTERIO (TRILOGíA MEDIEVAL 3)

Luis Zueco

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Fragmento

Dramatis personae

Dramatis personae

Personajes históricos

Abad Sancho Marcilla Muñoz, abad del monasterio de Veruela desde el año 1362 hasta 1383, su enterramiento se conserva en el muro sur de la sala capitular.

Bertrand du Guesclin, excepcional caballero bretón del rey Carlos V de Francia. Líder de las compañías Blancas, fue enviado para apoyar a Enrique de Trastámara frente a Pedro I el Cruel. Recuperó la frontera aragonesa y fue nombrado primer conde de Borja.

El príncipe de Gales, Eduardo de Woodstock, primogénito y heredero del rey Eduardo III de Inglaterra y padre del rey Ricardo II de Inglaterra. Fue llamado el Príncipe Negro, brillante líder militar famoso por sus victorias sobre los franceses en las batallas de Crécy y Poitiers.

El infante Alfonso, primogénito y heredero del rey Jaime I de Aragón, murió antes que su padre, a los treinta y ocho años, y fue enterrado en el monasterio de Veruela contraviniendo lo indicado en su testamento, donde pedía descansar en el convento de los Predicadores de Huesca.

Hugh de Hastings, caballero inglés que participó en la batalla de Ariñez o de Inglesmendi.

Monjes del monasterio de Santa María de Veruela

El prior Antón, mano derecha del abad, gobierna el monasterio en su ausencia y supervisa todo lo que allí sucede.

El decano Esteban, responsable de la cilla o bodega/almacén del monasterio y encargado de la producción de vino y de otros cultivos, como el aceite.

El decano Adolfo, el monje de mayor edad, ha conocido a los últimos ocho abades de Veruela.

El hermano Cipriano, monje portero, uno de los puestos de más responsabilidad; debe dormir junto a la puerta de entrada del monasterio.

El hermano Julián, más conocido como el señor de las aguas, es el encargado de todas las corrientes de agua, acequias, barrancos, embalses y ríos de los dominios de Veruela.

El hermano Timoteo es el arquitecto de la congregación, vela por el buen estado de todas las construcciones.

El hermano Saturio, responsable del herbolario y el semillero; a su cargo están los cultivos de todas las granjas.

El hermano Ramiro es el boticario de Veruela, dispone de una estancia para almacenar todos sus utensilios, libros y herramientas. Cuida de los enfermos.

El hermano Bartolomé, además de ser el encargado de la sala de los muertos, ayuda a los decanos y al prior.

El hermano Rogelio es el monje que atiende la hospedería, donde pueden alojarse forasteros dentro del monasterio.

El hermano Hugo, el más joven de la congregación, todavía no tiene asignada una función específica, pero es el que más tiempo pasa en la biblioteca.

El lego Octavio fue encargado de la cilla. Ahora se encarga de la carpintería y ayuda al decano Esteban.

El lego Prudencio está a cargo de las dependencias de los legos y sus necesidades.

El lego Isidoro es el ayudante principal del arquitecto.

Personajes laicos

Bizén de Ayerbe, ayudante de un notario real de Zaragoza, lo acompaña para reclamar los restos del infante Alfonso por orden del rey Pedro IV de Aragón.

Marta y Elena son dos hermanas que viven en los dominios del señorío del monasterio de Veruela.

Atilano y el Tuerto, cedidos al servicio del monasterio, forman parte de la guardia que defiende sus murallas.

Plano del Monasterio de Veruela

PLANO DEL MONASTERIO DE VERUELA

Las horas

LAS HORAS

La jornada cotidiana dentro de un monasterio cisterciense estaba regulada por las llamadas «horas canónigas» que se establecían en función de la salida y puesta del sol. Estas serían las correspondientes al mes de octubre de 1363, el tiempo en que se desarrolla la novela.

Maitines: antes del amanecer, sobre la 1.30 h.

Laudes: sobre las 3 h.

Prima: a la salida del sol, sobre las 6 h.

Tercia: tercera hora después de amanecer, sobre las 9 h.

Sexta: mediodía, a las 12 h.

Nona: sobre las 14 h.

Vísperas: tras la puesta del sol, en torno a las 18 h.

Completas: antes del descanso nocturno, a las 20.30 h.

Capítulo 1

Aquella mañana no había un atisbo de viento. Una espesa y heladora niebla avanzaba como un manto, penetrando como cuchillos afilados por todos los rincones del camino. El frío de aquel día era húmedo, el peor que existía. Por mucho que Antonio Martínez de la Peira se cubriera con la capa de lana que portaba, no podía evitar tiritar. Tenía los dedos tan entumecidos que apenas lograba sujetar las riendas del caballo. Parecía como si el mismísimo infierno se hubiera helado y la niebla fuera un aliento que proviniera de sus más profundas entrañas. Estaba convencido de que aquel endiablado tiempo era castigo divino por la guerra entre reyes cristianos que se llevaba librando desde hacía demasiados años.

Él era notario general por toda la tierra y señorío del rey de Aragón, aunque no era oriundo de ese reino. Había nacido en la costa, en una villa de nueva fundación, Bilbao, de la que tuvo que emigrar siendo niño. Antonio Martínez de la Peira, a quien todo el mundo llamaba don Antonio, era uno de esos hombres en los que, aunque uno esté observándole todo el día, resultaba imposible descubrir la edad que realmente tenía. Siempre iba callado, examinando todo a su paso. Sus ojos se clavaban sobre cualquier objeto o detalle que le llamara la atención, y sus oídos se abrían a todas las conversaciones, por banales que parecieran.

Don Antonio solía aceptar todo tipo de encargos, no como la mayoría de sus competidores, que se circunscribían a las grandes ciudades del reino. Había oído las historias que se contaban sobre la tierra a la que se dirigían y, aun así, había accedido a viajar hasta ellas. Porque él era hombre pragmático y siempre guardaba cierta incredulidad hacia todo lo que fueran leyendas o habladurías, que de eso tenía harta experiencia, y sabía que la mayoría resultaban falsas e interesadas, otras se alimentaban de la ignorancia y, la mayoría, solo eran un cúmulo de casualidades.

Así que mantenía un alto grado de recelo sobre todo lo que contaban de aquella montaña junto al gran río Ebro, justo en la frontera entre los tres grandes reinos cristianos al sur de las montañas del Pirineo.

La compañía que escoltaba a don Antonio estaba protegida por ocho hombres de armas dirigidos por Ramiro de Aguilera, un curtido caballero que hacía pocas preguntas y que había sido el único que accedió a llevarlos hasta aquellas tierras fronterizas. Tampoco había sido fácil encontrar un notario como él. Los frailes del convento de los Predicadores de Huesca le habían pagado bien por aceptar el encargo. De la reunión que mantuvo con ellos, don Antonio había deducido que aquel era un viaje que los frailes llevaban largo tiempo anhelando, esperando que se propiciaran las circunstancias idóneas y por fin debían de haberse producido, aunque no sabía exactamente los motivos.

Habían cabalgado por la amplia ribera del frondoso río Ebro hasta su último afluente, el Huecha, antes del vecino reino de Navarra. Allí remontaron el cauce y siguieron por un valle que discurría por una planicie. La niebla les ocultaba de los castillos que lo controlaban, aunque el notario real sabía que existían más peligros que salvar hasta llegar a su destino que las fortalezas que se encaramaban a su paso sobre los riscos y cerros.

En la capital del reino había corrido la voz de que el príncipe de Gales acababa de cruzar los Pirineos con un potente ejército formado por seis mil mercenarios, más de dos mil aquitanos y, al menos, mil ingleses. Todo ello gracias al beneplácito del rey de Navarra, que intentaba mantenerse equidistante de sus vecinos, como si eso fuera posible. El monarca navarro parecía ignorar un axioma de cualquier guerra: cuando dos reinos se enfrentan, solo puede haber aliados o enemigos. Y eso se podía extrapolar a cualquier conflicto. Las medias tintas solo son para épocas de paz, y esta no era una de ellas.

El príncipe de Gales tenía el firme propósito de apoyar al depuesto rey de la Corona de Castilla, Pedro el Cruel, que se preparaba para reclamar su trono. Se auguraban fatídicos tiempos de guerra. Don Antonio dudaba de si volverían a alcanzar la Corona de Aragón. Hasta ese momento el monarca aragonés había apoyado a Enrique de Trastámara, el rey usurpador de Castilla, y había poderosas compañías de mercenarios franceses asentadas en el Moncayo para proteger la frontera. Era probable imaginar que los franceses estarían dispuestos a combatir al príncipe de Gales en cuanto el rey usurpador las reclamara y les prometiera oro. Los reinos de Inglaterra y Francia llevaban varias décadas guerreando, cansados y aburridos de pelearse por tierras de Normandía y Aquitania. El sur de los Pirineos parecía su nuevo escenario de batalla. Como si estuvieran dispuestos a guerrear durante cien años si hiciera falta.

Aunque nunca se luchaba antes de Cuaresma, los franceses no podían permitirse regresar a sus feudos. Así que habían permanecido en el Moncayo buscando la manera de sobrevivir hasta que retornaran las hostilidades en verano. Que el príncipe de Gales hubiera cruzado los Pirineos lo cambiaba todo, y a bien seguro precipitaría los acontecimientos.

Con estos prolegómenos, nadie en el reino se atrevía a acercarse a la frontera con Castilla, pero el notario real olía una oportunidad donde otros solo percibían peligros e imprudencia.

La compañía prosiguió por una calzada empedrada, que llevaba hasta una aldea de nombre Bulbuente, propiedad del monasterio al que se dirigían. Un puñado de chozas en torno a un castillo con una torre desmochada, cuyos muros se habían hundido hacía escasas fechas a tenor de los restos todavía en pie. La fortaleza mostraba evidencias de un incendio, con una acusada brecha en su muralla. Aunque su aspecto era lastimoso, guardaba vestigios de haber sido una construcción poderosa.

—No es bueno acercarse —advirtió Ramiro de Aguilera montado en un imponente corcel castaño—, esas ruinas pueden guardar malas sorpresas.

El caballero que dirigía aquel grupo tenía un cuello abultado, era de pronunciada cabeza y en su cara ancha refulgían dos ojos profundos y pardos, que miraban desafiantes, reafirmando su gallardía y entereza.

Don Antonio

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