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EL MONJE DE MOKA

Dave Eggers  

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Fragmento

PRÓLOGO

Mokhtar Alkhanshali y yo convenimos en vernos en Oakland. Él acaba de regresar de Yemen, tras escapar con vida por los pelos. Ciudadano estadounidense, Mokhtar había sido abandonado a su suerte por su gobierno para esquivar las bombas saudíes y a los rebeldes hutíes. No tenía manera de salir del país. Los aeropuertos estaban destruidos y las carreteras de salida resultaban impracticables. No se planearon evacuaciones, no se prestó ayuda. El Departamento de Estado dejó en la cuneta a miles de estadounidenses de origen yemení, que se vieron obligados a apañárselas solos para huir de una guerra relámpago: la aviación saudí arrojó en Yemen decenas de miles de bombas fabricadas en Estados Unidos.

Espero a Mokhtar (pronunciado Mook-tar) frente a la cafetería Blue Bottle de la plaza Jack London. El resto del país está pendiente del juicio que está celebrándose en Boston, donde dos jóvenes hermanos han sido acusados de detonar diversos artefactos durante el maratón de la ciudad, que han causado nueve muertos y cientos de heridos. Por encima de Oakland sobrevuela un helicóptero de la policía, que vigila una huelga de estibadores en el puerto. Estamos en 2015, catorce años después del 11S y el séptimo de gobierno del presidente Barack Obama. Como país, hemos progresado desde la intensa paranoia de la época Bush; en cierta medida el acoso a nuestros compatriotas musulmanes ha remitido, pero cualquier delito cometido por un estadounidense musulmán reaviva las llamas de la islamofobia durante unos cuantos meses.

Cuando llega Mokhtar, me parece mayor y más contenido que la última vez que lo vi. El hombre que hoy baja del coche viste pantalones chinos y chaleco de punto. Lleva el pelo corto y engominado y la perilla acicalada. Camina con calma preternatural, el torso apenas se mueve mientras las piernas lo transportan al otro lado de la calle y hasta nuestra mesa en la acera. Nos estrechamos la mano y observo que en la derecha luce un gran anillo de plata, de delicada filigrana y enorme rubí engastado.

Entra en el Blue Bottle a saludar a los amigos que trabajan allí y a sacarme una taza de café etíope. Insiste en que espere a que se enfríe antes de bebérmelo. El café no debería tomarse demasiado caliente, dice; el calor enmascara el sabor, retrae las papilas gustativas. Cuando por fin nos acomodamos y el café se ha enfriado, comienza a contarme la historia de su cautiverio y liberación en Yemen, me habla de su juventud en el distrito Tenderloin de San Francisco –en muchos sentidos, el más conflictivo de la ciudad– y de cómo, mientras trabajaba de portero en un bloque de pisos de lujo del centro, descubrió su vocación por el café.

Mokhtar habla rápido. Es muy divertido y profundamente sincero, e ilustra sus anécdotas con fotografías que ha sacado con el móvil. A veces pone la música que escuchó durante un episodio en particular del relato. A veces suspira. A veces le asombra su vida, su buena suerte, ser un niño pobre del Tenderloin que ahora disfruta de un éxito considerable como importador de café. A veces se ríe, sorprendido de no estar muerto, dado que sobrevivió a un bombardeo saudí en Saná y fue secuestrado por dos facciones diferentes cuando Yemen sucumbió a la guerra civil. Pero fundamentalmente quiere hablar de café. Mostrarme fotografías de cafetos y caficultores. Hablar de la historia del café, de las historias de hazañas y aventuras que han conducido al café a su actual condición de combustible de gran parte de la productividad mundial y mercancía global de setenta mil millones de dólares. La única ocasión en que ralentiza el discurso es cuando describe la preocupación que causó a familiares y amigos al quedar atrapado en Yemen. Sus grandes ojos se humedecen y Mokhtar hace una pausa, se queda un momento mirando las fotos del teléfono antes de recuperarse y continuar.

Ahora, que estoy terminando este libro, han pasado tres años desde nuestro encuentro de aquel día en Oakland. Antes de embarcarme en este proyecto, era bebedor ocasional de café y escéptico en lo tocante al café de especialidad. Me parecía demasiado caro y consideraba que cualquiera que se preocupara tanto por la preparación del café o su origen, o que hiciera cola por ciertos cafés preparados de determinados modos, era tonto y pretencioso.

Pero visitar cafetales y caficultores por todo el mundo, desde Costa Rica a Etiopía, me ha educado. Mokhtar me ha educado. Visitamos a su familia en el Central Valley californiano y recolectamos bayas de café en Santa Bárbara, en la única plantación cafetera de Norteamérica. Mascamos qat en Harar y, en las colinas que se alzan sobre la ciudad, paseamos entre algunos de los cafetos más antiguos del planeta. Al volver sobre sus pasos en Yibuti, visitamos un campo de refugiados polvoriento y desastrado cerca del puesto costero de Obock y vi a Mokhtar pelear por recuperar el pasaporte de un joven estudiante de odontología yemení que había escapado de la guerra civil y no tenía nada, ni siquiera identidad. En las montañas más remotas de Yemen, Mokhtar y yo bebimos té azucarado con botánicos y jeques y escuchamos los lamentos de quienes no tenían ningún interés en la guerra civil y solo anhelaban la paz.

Después de todo esto, los votantes estadounidenses –gracias a sus colegios electorales– eligieron presidente a un hombre que había prometido impedir la entrada de musulmanes en el país «hasta que descubramos lo que ocurre». Tras la investidura, intentó por dos veces prohibir a los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana viajar a Estados Unidos. La lista incluía Yemen, quizá un país más incomprendido que cualquier otro. «Espero que en los campos tengan wifi», me dijo Mokhtar tras las elecciones. Era una broma macabra que circulaba por la comunidad musulmana estadounidense, basada en la suposición de que Trump, a la primera ocasión –si, por ejemplo, un musulmán provocaba un atentado terrorista en territorio nacional–, propondría el registro o incluso el internamiento de los musulmanes de Estados Unidos. Cuando hizo la broma, Mokhtar llevaba una camiseta con el lema HAZ CAFÉ, NO LA GUERRA.

El sentido del humor de Mokhtar invade cuanto hace y dice, y confío en haber capturado en estas páginas ese humor y la forma en que moldea su manera de ver el mundo, incluso ante los mayores peligros. En un momento dado de la guerra civil yemení, una milicia capturó y encarceló a Mokhtar en Adén. Como se ha criado en Estados Unidos y se ha empapado de la cultura pop americana, se le ocurrió pensar que uno de sus captores se parecía a Karate Kid; cuando Mokhtar me relataba el episodio, siempre llamaba Karate Kid al captor. Al emplear este apodo no pretendo subestimar el peligro que corrió Mokhtar, pero me parece importante reflejar la actitud de un hombre casi imposible de inmutar y que considera la mayoría de los peligros meros impedimentos temporales a otras preocupaciones más fundamentales: localizar, tostar e importar café yemení, y el progreso de los agricultores por los que lucha. Y además sospecho que

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