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EL MURO DE LA MEMORIA

Anthony Doerr  

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Fragmento

El muro de la memoria

Hombre alto en el jardín

Alma Konachek, de setenta y cuatro años, vive en Vredehoek, una zona residencial por encima de Ciudad del Cabo: un lugar de lluvias cálidas, lofts con grandes ventanales y automóviles silenciosos y depredadores. Detrás de su jardín, la Montaña de la Mesa se alza inmensa, verde y ondulada; más allá de la galería de la cocina, un millar de luces urbanas parpadean y se van consumiendo tras cortinas de niebla cual llamas de vela.

Una noche de noviembre, a las tres de la madrugada, Alma despierta al oír que la verja de seguridad que protege la puerta principal se abre con un traqueteo y alguien entra en su casa. Siente una sacudida y derrama un vaso de agua sobre la mesita de noche. Una tabla del entarimado de la sala de estar cruje. Oye lo que podría ser una respiración. El agua gotea en el suelo.

Alma consigue emitir un susurro: «¿Hola?».

Una sombra cruza fugaz el vestíbulo. Oye el roce de un zapato en las escaleras, luego nada. Entra una ráfaga de aire nocturno en la habitación: huele a flor de frangipani y carbón vegetal. Alma se lleva un puño al corazón.

Al otro lado de las ventanas de la galería, retazos de nube iluminados por la luna sobrevuelan a la deriva la ciudad. El agua derramada se desliza hacia la puerta del dormitorio.

«¿Quién anda ahí? ¿Hay alguien ahí?»

El reloj de caja de la sala marca los segundos con firmeza. A Alma le retumba el pulso en los oídos. Tiene la sensación de que el dormitorio rota muy lentamente.

«¿Harold? —Alma se acuerda de que Harold está muerto, pero no puede evitarlo—. ¿Harold?»

Otro paso desde el piso de arriba, otro quejido de una tabla. Transcurre algo así como un minuto. Quizá oye a alguien bajar la escalera. Tarda otro minuto entero en armarse de valor para ir hasta la sala arrastrando los pies.

La puerta principal está abierta de par en par. El semáforo al final de la calle parpadea ámbar, ámbar, ámbar. Las hojas guardan silencio, las casas están a oscuras. Cierra de un tirón la verja de seguridad, da un portazo, echa el cerrojo y escudriña por la celosía de la ventana. Menos de veinte segundos después está ante la mesita del vestíbulo, manejando torpemente un bolígrafo.

«Un hombre —escribe—. Hombre alto en el jardín.»

El muro de la memoria

Alma está descalza y sin peluca en el dormitorio de arriba con una linterna. El reloj de la sala de estar hace tictac sin parar, liquidando la noche. Hace un momento, Alma estaba haciendo algo muy importante, está segura. Algo de vida o muerte. Pero ahora no recuerda lo que era.

La única ventana está entreabierta. La cama del cuarto de invitados está pulcramente hecha, la colcha alisada. En la mesita de noche hay un aparato del tamaño de un microondas, con la leyenda «Propiedad del Centro de Investigación de la Memoria de Ciudad del Cabo». Tres cables salen del mismo en espiral y se conectan con algo que se parece vagamente a un casco de ciclista.

La pared delante de Alma está cubierta de recortes de papel. Diagramas, mapas, hojas de bordes mellados con multitud de garabatos. Entre los papeles relucen cientos de cartuchos de plástico, cada cual del tamaño de un librillo de cerillas, con un número de cuatro cifras grabado y clavado a la pared por un único orificio.

El haz de la linterna se posa sobre una fotografía en color de un hombre que sale caminando del mar. Alma toca los bordes con las yemas de los dedos. El hombre lleva remangados los pantalones hasta las rodillas; su expresión es mitad mueca, mitad sonrisa. Agua fría. Sobre la foto, con una caligrafía que reconoce como propia, se lee el nombre «Harold». Conoce a ese hombre. Puede cerrar los ojos y recordar la carne rosada de sus encías, los pliegues del cuello, sus manos de nudillos grandes. Era su marido.

En torno a la foto, los retazos de papel y cartuchos de plástico se prolongan hacia fuera en capas abigarradas y superpuestas, anclados con chinchetas y chicle y clavitos. Ve listas de tareas pendientes, anotaciones, dibujos de lo que podrían ser bestias prehistóricas o monstruos. Lee: «Puedes confiar en Pheko». Y «Tomar la Coca-Cola de Polly». Un folleto reza: «Inmobiliaria Porter». Hay frases más raras: «dinocéfalos, pérmico tardío, cementerio de vertebrados gigantescos». Unas hojas de papel están en blanco; otras revelan un chaparrón de tachaduras y borraduras. En media página arrancada de un folleto hay una frase repetidamente subrayada con mano trémula: «Los recuerdos no están ubicados en el interior de las neuronas sino en el espacio extracelular».

Algunos cartuchos también llevan su caligrafía, debajo de los números. «Museo.» «Funeral.» «Fiesta en casa de Hattie.»

Alma parpadea. No recuerda haber escrito en los cartuchitos, arrancado páginas de libros ni colgado cosas en la pared.

Se sienta en el suelo en camisón, con las piernas estiradas. Entra una ráfaga de viento por la ventana y los recortes de papel cobran vida, bailotean, tiran de las chinchetas. Unas páginas sueltas trazan remolinos sobre la alfombra. Los cartuchos repiquetean ligeramente.

Cerca del centro de la pared, el haz de la linterna vuelve a dar con la fotografía del hombre que sale andando del mar. Mitad mueca, mitad sonrisa. «Es Harold —piensa—. Era mi marido. Murió. Hace años. Claro.»

Del otro lado de la ventana, más allá de las coronas de las palmeras, más allá de las luces de la ciudad, el océano está bañado en luz de luna, luego queda en sombra. Luz de luna, luego sombra. Pasa un helicóptero. Las palmeras aletean.

Alma baja la vista. Tiene un papel en la mano. «Un hombre —pone—. Hombre alto en el jardín.»

El doctor Amnesty

Pheko conduce el Mercedes. Las torres de apartamentos reflejan el sol matinal. Los sedanes ronronean en los semáforos. Por seis veces Alma mira con los ojos entornados los indicadores que pasan fugaces por su lado y le pregunta adónde van.

—Vamos a ver al doctor, señora Alma.

¿El doctor? Alma se frota los ojos, insegura. Intenta llenarse los pulmones. Juguetea con la peluca. Los neumáticos chirrían cuando el Mercedes sube las rampas de un aparcamiento.

La escalera del doctor Amnesty es de acero inoxidable y está bordeada de helechos. Ahí está la puerta a prueba de balas, la dirección estarcida en el ángulo. A Alma le resulta familiar, del mismo modo que se lo resultaría una puerta de la infancia; como si entre tanto ella hubiera doblado su tamaño.

Les franquean el paso con un zumbido a una sala de espera. Pheko tamborilea con los dedos sobre la rodilla. Cuatro sillas más allá, dos mujeres bien vestidas, una varias décadas más joven que la otra, están sentadas al lado de una pecera. Las dos llevan orondas perlas en los lóbulos. Alma piensa: «Pheko es la única persona negra en todo el edificio». Por un instante no recuerda lo que hace aquí. Pero el cuero de la silla, la grava azul en el acuario de agua salada: es la clínica de la memoria. Claro. El doctor Amnesty. En Green Point.

Unos minutos después acompañan a Alma hasta un sillón acolchado recubierto de papel arrugado. Ahora todo le resulta conocido: la caja de cartón de guantes de látex, la bandejita de plástico para los pendientes, dos electrodos bajo la blusa. Le quitan la peluca y le frotan un gel frío en el cráneo. La pantalla de televisión muestra dunas de arena, luego dientes de león, luego bambúes.

Amnesty. Qué apellido tan ridículo: amnistía. ¿Qué significa? ¿Un perdón? ¿Un indulto? Pero es más permanente que un indulto, ¿no? La amnistía es para las infracciones. Para alguien que ha hecho algo mal. Le pedirá a Pheko que lo consulte cuando vuelvan a casa. O quizá recuerde consultarlo ella misma.

La enfermera está hablando.

—¿Y el estimulador a distancia está dando resultado? ¿Nota alguna mejoría?

—¿Mejoría? —Eso cree. Todo parece ir a mejor—. Las cosas

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