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EL MUSEO DE LOS ESPEJOS

Luis Montero Manglano  

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Fragmento

Boceto

Madrid, 2 de febrero de 1819

«Álzate, Señor, y juzga tu causa.»

El Fiscal Inquisidor miró las letras esculpidas sobre el dintel de la puerta del Palacio de la Inquisición. No se molestó en leerlas porque ya las conocía de memoria y, además, le habría resultado imposible: la oscuridad era casi total.

Con un escalofrío, se envolvió con el manteo hasta cubrirse la nariz y pateó el suelo para calentarse los pies. La temperatura era endemoniadamente baja y el viento, cortante y húmedo. El sacerdote levantó los ojos al cielo, como a punto de iniciar una plegaria, y se encontró ante un negro panorama, sin luna ni estrellas.

No muy lejos, unas campanas tañeron once veces.

Después, el silencio. No se veía un alma alrededor.

El inquisidor estuvo a punto de regresar a la comodidad de su lecho. Para vencer la tentación, se recordó a sí mismo la alta dignidad de la persona que le había propuesto aquel encuentro en plena noche. El sacerdote aún llevaba en el bolsillo la nota que había recibido esa misma tarde, justo después de la misa.

Uno de sus feligreses se la pasó de forma discreta. El inquisidor lo conocía bien, se trataba del secretario personal del marqués de Santa Cruz, gentilhombre de cámara del rey Fernando. La nota era escueta:

Ruego a V. R. tenga la bondad de esperar a solas frente al Palacio de la Suprema esta noche a las once. Acudiré en persona a su encuentro. Se trata de un turbador asunto que requiere de su inmediato juicio y discreción.

Estaba rubricada por el propio marqués.

El Fiscal Inquisidor pasó el resto de la jornada haciendo cábalas sobre los motivos que tendría alguien tan importante para reunirse con él en secreto y con semejante urgencia. Desde que, tras su regreso al trono, el rey Fernando había restaurado el funcionamiento del Santo Oficio en sus reinos, lo cierto era que éste no andaba precisamente agobiado de trabajo. Tanto el tribunal como sus miembros, cada vez más escasos, eran poco más que una antigualla inoperante. El temor que su nombre aún causaba en algunos se debía más bien a su tétrica fama. El actual Supremo Inquisidor, monseñor Castillón y Salas, parecía menos interesado en perseguir a herejes y falsos conversos que en atosigar a masones, hacia los cuales sentía tanto odio como tolerancia profesaba hacia el resto de los pecadores.

El padre Belarmino Ruiz llevaba poco tiempo como Fiscal Inquisidor, apenas unas semanas. Recibió su nombramiento por sorpresa cuando se dedicaba a la docencia en la Universidad de Alcalá. Su especialidad era el Derecho Canónico, aunque tampoco podía decirse que fuese un erudito en la materia. El padre Belarmino no era un hombre de mundo, no era un sabio ni un exégeta. De lo único que podía presumir, en todo caso, era de ser un trabajador disciplinado. Que el Santo Oficio recurriera a alguien como él para ostentar un cargo tan importante demostraba la dificultad de encontrar clérigos que quisieran formar parte de una institución que, sin duda, estaba dando sus últimos estertores.

De pronto el sacerdote escuchó a lo lejos el sonido de los cascos de un caballo. Al final de la calle apareció un vehículo entre brumas que se detuvo frente a la puerta del Palacio de la Inquisición («Álzate, Señor, y juzga tu causa»). Era una especie de calesín, aunque un poco más grande, lo suficiente como para albergar a dos pasajeros además de un conductor subido al pescante.

El conductor era el secretario del marqués. Detrás, en la caja, cubierto por una capota, había un hombre de rostro huesudo y peinado a la romana, según la moda en Francia.

—¿El señor Fiscal Inquisidor? —preguntó.

—El mismo.

—Vuestra reverencia imagina quién soy, ¿verdad? —preguntó el pasajero del calesín. El padre Belarmino asintió. El del marqués de Santa Cruz era un rostro conocido—. Entonces suba al coche, se lo ruego. El tiempo apremia.

Santa Cruz era uno de los hombres más cercanos al rey Fernando. Tenía fama de ser persona prudente y de vasta cultura. Las malas lenguas no podían explicarse el motivo de su amistad con el rey, quien, según algunos rumores, sólo se sentía a gusto entre putas y chulos.

El padre Belarmino estaba poco acostumbrado a alternar entre personajes de cuna tan elevada, así que, ante el temor a no saber dirigirse correctamente hacia su compañero de travesía, optó por mantener un silencio prudente mientras contemplaba el pasar de las calles a ambos lados del calesín.

Madrid estaba sorprendentemente muerta aquella noche. Apenas se cruzaron viandantes por el camino salvo individuos con andares ebrios que brotaban tambaleándose de los callejones.

El vehículo enfiló por Jacometrezo y ante los ojos del inquisidor se sucedieron algunas estampas extrañas: una mujer que parecía llevar sobre su cuerpo toda clase de telas informes, como remedo de un vestido, miró al sacerdote y le dirigió una sonrisa aviesa y desdentada. El padre Belarmino apartó los ojos y escuchó que la mujer reía a carcajadas. Después vio a un niño agazapado en la sombra. Cuando el zagal levantó el rostro al paso del coche, un farol de luz enferma mostró dos ojos lechosos sin pupilas. De inmediato, el crío se escabulló por un callejón con la rapidez de un insecto. Frente a la desembocadura de la calle del Caballero de Gracia, un perro sarnoso aullaba a la luna ausente. Parecía un lamento fúnebre.

—Dios bendito... —rezongó el inquisidor para sí—. ¿Puedo preguntar a vuestra excelencia adónde vamos?

—Al Prado de San Gerónimo. ¿Conoce vuestra reverencia la zona que rodea el monasterio, cerca del Palacio del Buen Retiro?

—No he tenido aún oportunidad. En cualquier caso, y disculpe vuestra excelencia, allí no hay nada más que las ruinas que dejaron los franceses; o al menos eso es lo que dice todo el mundo. Tengo entendido que incluso el palacio fue arrasado hasta sus cimientos.

—No todo. Y tampoco fueron los franceses quienes causaron los mayores daños, sino las tropas inglesas del general Hill, que ordenó volar las fortificaciones, los almacenes y la fábrica de porcelana. Sólo dejó en pie el Casón, que era sala de baile, y el primitivo Salón de Reinos. Desde hace tiempo, el rey intenta restaurar lo que queda. —Santa Cruz hizo una pausa—. ¿Sabe vuestra reverencia para qué se usaba el palacio antes de que llegaran los franceses?

—No. Llevo poco tiempo en la ciudad.

—Era más bien un almacén. Nadie lo habitaba desde tiempos del rey Carlos, el abuelo de Su Majestad. Se decidió entonces que el grueso de la colección de pinturas reales, unos mil cuatrocientos lienzos, se llevase al Buen Retiro. Obras de Rafael, de Rubens, de Tiziano... El inventario era soberbio, me atrevería a decir que único en el mundo. Un tesoro reunido por varias generaciones de monarcas desde Isabel de Castilla.

El padre Belarmino, que no entendía demasiado de arte, se limitó a lanzar una expresión ambigua. A continuación, Santa Cruz cambió abruptamente de tema.

—Sepa vuestra reverencia que yo nunca mostré la menor simpatía por los franceses ni por el rey usurpador José —dijo, como si se estuviera justificando de antemano—, pero le confesaré en secreto que el Bonaparte tuvo algunas ideas... Ideas buenas... Como, por ejemplo, rescatar del olvido los lienzos de la colección real y exponerlos en un museo, una galería pública para disfrute y aprendizaje de las gentes con inquietudes artísticas.

—Parece un proyecto encomiable... —musitó el inquisidor.

—Lo era, aunque tenía un lado oscuro. Bonaparte también planeaba quedarse con los mejores cuadros y mandárselos a su hermano el emperador a París; habría sido un robo indisimulado.

—Dichosos franceses —añadió el sacerdote, dejándose llevar por un arranque de patriotismo—. De buena nos libró Dios.

—Sin embargo, debe reconocerse que la idea no era del todo mala. De hecho, desde que Su Majestad el rey regresó a España, he dedicado grandes esfuerzos a convencerlo para llevarla a cabo.

—¿Y de veras le ha escuchado?

—Parece que la idea sorprende a vuestra reverencia.

—Según se rumorea, Su Majestad, a quien Dios guarde, no es precisamente un... ¿cómo acaba de decir vuestra excelencia? Un hombre con «inquietudes artísticas».

—Lo crea o no, el proyecto le interesó desde el principio. Si bien tengo para mí que su principal motivación era librarse de un montón de cuadros de palacio que no casaban con su... digamos... interés decorativo.

—¿Interés decorativo?

—Al rey le gusta el papel pintado. No puede poner papel pintado en las paredes de palacio mientras éstas sigan llenas de cuadros.

—Papel pintado... —repitió el padre Belarmino, sin tener muy claro qué era eso. Supuso que alguna absurda moda francesa.

—No seré yo quien diga que el rey quiere abrir un museo sólo para usarlo como guardamuebles, pero... —Santa Cruz dejó el final de la frase en el aire—. En cualquier caso, mientras que el interés de don Fernando era moderado, el entusiasmo de la reina doña Isabel por el futuro museo, en cambio, fue siempre inmenso. Quizá ella se lo acabó contagiando a su esposo.

—Que Dios la tenga en su Gloria —dijo el inquisidor, persignándose en recuerdo de la consorte, fallecida el año anterior.

—Bien dice vuestra reverencia. El impulso de la reina al proyecto fue capital. Gracias a ello, el rey aceptó encomendar la organización del museo a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la cual, como quizá sepa vuestra reverencia, yo soy miembro de número. El encargo, en resumen, vino a parar a mis manos. Actualmente, y por diversos motivos que no vienen al caso, la Academia ya no participa del proyecto, pero yo sigo siendo el responsable de que el museo de pinturas reales vea finalmente la luz.

—Pues felicito por ello a vuestra excelencia.

Santa Cruz puso gesto torvo.

—Quizá sea una felicitación prematura a la vista de lo ocurrido hoy. Se trata de un suceso terrible que podría dar al traste con todos mis planes y esfuerzos. Es por ello que necesito de la ayuda de vuestra reverencia como Fiscal Inquisidor... Pero, atención: ya casi hemos llegado.

El calesín se internó en la arboleda del Prado de los Jerónimos, sorteando castaños y cedros de enorme envergadura que surgían en la oscuridad como siluetas inquietantes. Al padre Belarmino le sorprendió ver que dejaban atrás los restos mellados del Palacio del Buen Retiro ya que, tras la charla con el marqués, había supuesto que aquél era su destino.

En vez de detenerse allí, el calesín siguió unos metros más por la arboleda hasta que el inquisidor vislumbró la silueta de un gran edificio rectilíneo cuya fachada era tan larga que parecía no tener fin. Le tranquilizó ver hombres de armas deambulando alrededor en cuadrillas y portando faroles, montando guardia.

El cochero condujo el vehículo por una empinada cuesta en el lado norte del edificio hasta llegar ante una fachada. Allí se detuvo para que se apearan los pasajeros. El padre Belarmino contempló el edificio intentando captar sus formas, pero le fue imposible en la oscuridad. Apenas percibió la mole inmensa y recia de aire clásico de un pórtico arquitrabado. El Fiscal Inquisidor no pudo evitar pensar en las puertas del tártaro. No un infierno cristiano de demonios y pecadores, sino un antiguo Más Allá repleto de criaturas mitológicas y dioses muertos.

Sintió una ráfaga de viento agitar su manteo y le pareció que lo causaba el edificio, que respiraba igual que un ser vivo.

Santa Cruz le pidió que lo siguiera hasta el interior del pórtico. Allí se reunieron con un grupo de cuatro hombres que parecían estar esperándolos. Dos de ellos eran soldados, el otro llevaba ropas modestas de villano y giraba nerviosamente entre los dedos un sombrero que más bien parecía un harapo; el cuarto vestía jaqueta y calzones de buena calidad. El marqués se dirigió a este último:

—Maese Aguado —dijo—. He traído al inquisidor.

El aludido mostró una expresión de alivio.

—A Dios gracias. Espero que vuestra reverencia nos diga lo que hemos de hacer.

—Había oído hablar alguna vez de un maese Antonio Aguado que es Arquitecto Mayor de la Villa de Madrid —dijo el sacerdote—. ¿Tenéis alguna relación con esa persona?

—Vuestra reverencia está ante él ahora mismo —respondió el arquitecto. Era un hombre de rostro rubicundo, quizá más joven de lo que aparentaba.

—¿Qué lugar es éste?

Fue el marqués quien respondió a la pregunta:

—Nos encontramos a las puertas del futuro museo de pinturas reales del que hablé a vuestra reverencia por el camino.

—Entiendo... ¿Este edificio es obra suya, maese Aguado?

—No, su reverencia. Lleva aquí décadas. El rey Carlos III fue quien ordenó levantarlo para albergar una Academia de Ciencias y un gabinete de Historia Natural. Justo al otro lado de donde nos encontramos está el Real Jardín Botánico, y hacia atrás, en esa dirección, el Observatorio Astronómico... Todos ellos fueron diseños de mi mentor, don Juan de Villanueva.

Mientras el arquitecto explicaba esos detalles, la pequeña comitiva se internó en el edificio, precedida por la pareja de soldados que iban alumbrando el camino con faroles. El padre Belarmino observó con curiosidad a su alrededor. Primero accedieron a un gran recibidor cuyas dimensiones apenas se percibían a la luz de los faroles, después caminaron a lo largo de un amplio corredor tan grande como la nave de una iglesia. En el suelo, apoyados en las paredes, había multitud de lienzos a la espera de ser expuestos. Bajo la luz titilante que portaban los soldados, el inquisidor pudo distinguir algunas imágenes. Vio muchos retratos que le siguieron con la mirada, también paisajes oscuros y naturalezas muertas, y retablos con pinturas de santos cuyos nimbos de pan de oro lanzaban inquietantes destellos en la oscuridad.

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