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EL ÁNGEL (COLOMBA Y DANTE 2)

Sandrone Dazieri

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Fragmento

Antes

Los dos prisioneros que quedan en la celda hablan en voz baja El primero trabajaba en una fábrica de zapatos. Mató a un hombre mientras estaba borracho. El segundo era un policía que denunció a un superior. Se durmieron en la cárcel y se despertaron en la Caja.

El fabricante de zapatos duerme la mayor parte del día, el policía no duerme casi nunca. Cuando ambos están despiertos hablan para mantener a raya las voces. Cada vez son más fuertes, ahora ya gritan todo el tiempo. A veces también hay colores, tan brillantes que los ciegan. Es el efecto de los medicamentos que deben tomar todos los días, es el efecto del casco que les ponen en las cabezas y que hace que se retuerzan igual que gusanos en una sartén ardiendo.

El padre del fabricante de zapatos estuvo en una prisión de su ciudad en la época de la guerra. En los sótanos había una habitación en la que a uno le hacían estar de pie, en equilibrio sobre una tabla, y si se movía, acababa cayendo en el agua gélida. Otra era tan pequeña que los presos solo podían estar acuclillados. Nadie sabe cuántas personas fueron torturadas en los sótanos de aquella casa, nadie sabe cuántas personas fueron asesinadas. Miles, dicen.

Pero la Caja es peor. Si uno tenía suerte, desde aquel antiguo edificio podía volver a casa. Herido, violado, pero vivo, como el padre del fabricante de zapatos.

En la Caja uno solo puede esperar la muerte.

La Caja no es un edificio, no es una cárcel. Es un cubo de hormigón sin ventanas. La luz del día se filtra a través de las rejillas del patio que está sobre sus cabezas, un patio que quienes son como ellos pueden ver solo una vez, la última. Porque cuando te sacan al aire libre significa que para entonces ya estás demasiado enfermo. Porque atacaste a un guardia, o mataste a un compañero de celda. Porque te has mutilado, o has empezado a comer tus excrementos. Porque ya no reaccionas a los tratamientos y te has vuelto inútil.

El policía y el fabricante de zapatos todavía no han llegado a ese punto, aunque saben que les falta poco. Los han machacado, han implorado y rogado, pero no se han extraviado, no del todo. Y cuando la Chica llegó, trataron de protegerla.

La Chica debe de tener trece años, tal vez menos. Desde que fue trasladada a la celda con ellos no ha dicho ni una palabra. Solo los ha mirado con sus ojos de color cobalto, que con la cabeza rapada parecen enormes.

No interactúa, permanece distante. El policía y el fabricante de zapatos no saben nada de ella, salvo las hipótesis que han atravesado los pasillos de la Caja. Ya puedes encerrar a unos prisioneros en el lugar más impenetrable y cruel, separarlos, esposarlos, arrancarles la lengua: todavía encontrarán la manera de comunicarse. Golpeando en las paredes con el código morse, susurrando en las duchas, enviando notas en la comida o en el cubo de los excrementos.

Algunos dicen que entró en la Caja con toda su familia y es la única superviviente. Algunos, que es una gitana que siempre ha vivido en la calle. Sea cual sea la verdad, la Chica no la revela. Permanece en su rincón, prestando atención a sus movimientos, desconfiada. Hace sus necesidades en el cubo, coge la comida y el agua que le corresponden, sin hablar nunca.

Nadie conoce su nombre.

Han sacado a la Chica tres veces de la celda. Las dos primeras volvió con sangre en la boca y la ropa hecha jirones. Los dos hombres, que creían que ya no tenían nada en su interior, lloraron por ella. La lavaron, la obligaron a comer.

La tercera vez el policía y el fabricante de zapatos se han dado cuenta de que será la última. Cuando los guardias vienen para llevarte al patio, cambia el sonido de sus pasos, cambian sus formas. Se vuelven más amables, más tranquilos, para que no te pongas nervioso. Te hacen recoger tu manta, tu plato de estaño, que apestan a desinfectante y que se asignarán al próximo prisionero, y te llevan arriba.

Al abrirse la puerta, han tratado de levantarse para protegerla, y la Chica por primera vez ha parecido consciente de esos dos hombres que han compartido con ella la celda durante casi un mes. Ha negado con la cabeza, luego ha seguido a los guardias con pasos lentos.

El fabricante de zapatos y el policía han esperado el ruido del camión, el que se lleva los cuerpos desde el patio después de la cuchilla, porque es una cuchilla de carnicero lo que te da la bendición para el último viaje. Un breve trayecto, apenas fuera de los muros, donde hay un campo rodeado por la nieve y por la nada. Fue otro preso el que lo contó, porque estaba en el equipo que entierra los cuerpos. Dijo que hay por lo menos un centenar bajo tierra, y que ya no tienen ni cara ni manos: la Caja no quiere que sean reconocidos, en caso de que los encuentren. Luego el prisionero que enterraba a los muertos se perforó los oídos con un clavo para tratar de acallar las voces. Ahora él también ha hecho el último viaje.

Han pasado veinte minutos, pero el policía y el fabricante de zapatos aún no han oído el viejo motor diésel ponerse en marcha traqueteando. Bajo las voces de sus cabezas, bajo los gritos de las celdas vecinas solo hay silencio.

Luego la puerta de la celda se abre de golpe. No es un guardia, no es uno de los médicos que los visitan regularmente.

Es la Chica.

Lleva el pijama repleto de sangre e incluso una salpicadura le ha llegado a la frente. No parece importarle. Lleva en la mano el gran manojo de llaves que pertenecía al guardia que la ha escoltado al exterior. Las llaves también están manchadas de sangre.

—Es hora de marcharse —dice.

En ese momento el sonido de la sirena rasga el aire.

1.

La muerte llegó a Roma a las doce menos diez minutos de la noche con un tren de alta velocidad procedente de Milán. Entró en la estación de Termini, se detuvo en la vía número 7 y descargó en el andén a una cincuentena de pasajeros con pocas maletas y rostros cansados, que se repartieron entre el último viaje del metro y la fila de los taxis, luego se apagaron las luces de a bordo. Del coche de lujo extrañamente no salió nadie —las puertas neumáticas habían permanecido cerradas— y un somnoliento jefe de tren las desbloqueó desde el exterior y subió para comprobar si alguien se había quedado dormido.

Fue una mala idea.

Su desaparición la detectó al cabo de unos veinte minutos un agente de la Policía Ferroviaria que esperaba al jefe de tren para tomar una cervecita en el bar de los marroquíes antes de acabar el turno. No eran amigos, pero a fuerza de encontrarse entre las vías habían descubierto que tenían cosas en común, como la pasión por el mismo equipo de fútbol y las mujeres con un trasero generoso. Se subió al coche y descubrió a su compañero de copas acurrucado en el pasillo de intercirculación, con los ojos abiertos como platos y las manos en la garganta, como si quisiera estrangularse a sí mismo.

De su boca había salido un chorro de sangre que había dejado un charco en la alfombrilla antideslizante. El agente pensó que era el muerto más muerto que había visto en su vida, pero aun así le tocó el cuello en busca de un latido que sabía que no iba a encontrar. Probablemente un infarto, pensó. Podría haber continuado el examen del convoy, pero existían reglas que debían respetarse y molestias que evitar. De manera que se bajó de inmediato y llamó al Centro de Operaciones para que enviaran a alguien de la Policía Judicial y avisaran al juez de guardia. No vio por tanto el resto del coche ni lo que contenía. Le habría bastado con extender la mano y deslizar la puerta de cristal esmerilado para cambiar su destino y el de los que vinieron después de él, pero ni siquiera se le pasó por la cabeza.

Así que la inspección ocular le tocó a un subcomisario de la sección tercera de la Brigada Móvil —a la que todo el mundo, excepto los policías, llamaba Homicidios—. Se trataba de una mujer que se había reincorporado al servicio después de una larga convalecencia y de una serie de contratiempos que habían sido objeto de debate durante meses en todos los talk shows. Se llamaba Colomba Caselli y, más adelante, alguien consideró que su llegada había sido un golpe de suerte.

Ella no.

2.

Colomba llegó a la estación de Termini a la una menos cuarto con un coche de servicio. El conductor era el agente de primera Massimo Alberti, de veintisiete años y con una de esas caras que parecen de crío incluso en la vejez, con pecas y pelo claro.

Colomba, por el contrario, tenía treinta y tres años en el cuerpo y alguno más en los ojos verdes que cambiaban de tonalidad según su estado de ánimo. Llevaba el pelo negro recogido firmemente en la nuca, lo que evidenciaba más aún sus fuertes pómulos, orientales, tomados de quién sabía qué lejano antepasado. Se bajó del coche y se dirigió hasta el andén en el que permanecía el tren llegado de Milán. Se encontraban allí cuatro agentes de la Policía Ferroviaria, dos de ellos sentados en el ridículo biplaza eléctrico que la policía utilizaba dentro de la estación, y los otros dos al lado de los topes de vía: eran jóvenes y todos ellos estaban fumando. A escasa distancia algún curioso sacaba fotografías con su móvil y un pequeño grupo de unas diez personas entre empleados de la limpieza y paramédicos discutía en voz baja.

Colomba mostró su identificación y se presentó. Uno de los agentes la había visto en los periódicos y esbozó la sonrisa idiota de costumbre. Ella fingió no darse cuenta.

—¿Qué vagón es? —preguntó.

—El primero —respondió el que tenía mayor graduación, mientras los demás se colocaban detrás de él, casi como para usarlo de escudo.

Colomba trató de mirar a través de las ventanillas oscuras, pero no distinguió nada.

—¿Quién de vosotros ha subido?

Hubo una ronda de miradas incómodas.

—Uno de nuestros compañeros, pero ha terminado su turno —dijo el de antes.

—De todas formas no ha tocado nada, solo ha mirado. Nosotros también, aunque desde el andén —dijo otro.

Colomba negó con la cabeza, irritada. Un cadáver significaba pasar la noche en blanco, a la espera de que el juez y el forense terminaran, y una infinidad de documentos e informes que habría que rellenar: no le sorprendió que el agente se hubiera pirado. Podría quejarse a sus superiores, pero a ella tampoco le gustaba perder el tiempo.

—¿Sabéis quién es? —preguntó mientras se ponía los guantes de látex y los cubrezapatos de plástico azul.

—Se llama Giovanni Morgan, formaba parte del personal del tren —dijo el de más alta graduación.

—¿Ya habéis avisado a la familia?

Otra ronda de miradas.

—Está bien, no he dicho nada —Colomba le hizo una señal a Alberti—. Trae la linterna del coche.

Este se marchó y regresó con una Maglite de metal negro, de medio metro de largo, que en caso necesario funcionaba mejor que una porra.

—¿Quiere que suba con usted?

—No, espera aquí y mantén a los curiosos a raya.

Colomba advirtió por radio a la Central de que iba a proceder a la inspección; luego, al igual que quien la había precedido, buscó el latido en el cuello del jefe de tren y, al igual que quien la había precedido, no lo encontró: la piel del muerto estaba fría y viscosa. Mientras le preguntaba a la Central si estaban yendo para allí el forense y el juez de guardia, se percató de un extraño sonido de fondo. Conteniendo la respiración, se dio cuenta de que lo formaban al menos media docena de móviles sonando todos a la vez, en una cacofonía de timbres y vibraciones. Procedía del otro lado de la puerta del compartimento de lujo, el que tenía butacas de cuero y platos precocinados firmados por un chef televisivo.

A través del cristal lechoso, Colomba vio las luces verdosas de las pantallas de los móviles que vibraban proyectando largas sombras. No era posible que todos fueran aparatos olvidados, y la única explicación que se le ocurría le parecía demasiado monstruosa para ser verdad.

Pero lo era, Colomba lo entendió cuando forzó la puerta corredera y la asaltó el hedor de la sangre y de los excrementos.

Todos los pasajeros del vagón de lujo estaban muertos.

3.

Colomba lanzó dardos de luz con la linterna en el interior del vagón, iluminando el cadáver de un pasajero de unos sesenta años con traje gris, que había acabado en el suelo con las manos entre los muslos y la cabeza echada hacia atrás. La sangre brotada de su garganta le había recubierto la cara como una máscara. ¿Pero qué coño ha pasado aquí?, se preguntó.

Se internó lentamente, prestando atención a no pisar nada. Detrás del primer cadáver, tumbado de lado en el pasillo había un jovencito con la camisa abierta y sus ceñidos pantalones blancos empapados de excrementos. Un vaso de vidrio le había rodado hasta delante de la cara, manchándose con la sangre que le salía de la nariz.

A su izquierda había un anciano aún sentado en su sitio, empalado por el bastón de paseo, que tenía metido e

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