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EL áNGEL DE MúNICH

Fabiano Massimi  

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Fragmento

Se está muriendo.

En la habitación cerrada con llave, la muchacha yace en el suelo, delante del sofá, con los ojos abiertos de par en par, los labios separados, la piel fría, cada vez más fría, mientras la sangre se extiende lentamente por su vestido.

Un poco más allá, sobre la alfombra azul, la pistola ahora inerte está apuntando hacia la ventana. Para la muchacha era solo un objeto, hasta hace poco, un objeto cualquiera. Ahora es lo más importante de su vida, la meta hacia la que, sin saberlo, se encaminaba desde el principio.

Un ruido sordo, rumor de pasos. Tras la puerta bloqueada, la vida del apartamento prosigue con normalidad, sin saber de su presencia, que pronto se transformará en ausencia. La muchacha quisiera moverse, llamar, pero el disparo le ha arrebatado toda su energía. Tan solo la conciencia permanece, a intervalos que no sabe calcular.

¿Cuánto tiempo tarda alguien en morir así? ¿Una hora, cinco, diez? La mente de la muchacha intenta relacionar horarios y caras, calcular si alguien, y quién, y cuándo, se dará cuenta de lo que ha pasado; de lo que todavía está pasando y que aún podría detenerse.

Pero son pensamientos demasiado abstractos, y la luz sigue cayendo. En el exterior, el mundo no tiene tiempo para una necia imprudente que muere sola en su habitación. Las pocas personas que la quieren están lejos.

De manera que la muchacha permanece en el suelo, sin voz, sin aliento, los ojos clavados en un cielo de estuco, y mientras el frío se hace más y más llevadero, espera a que alguien, quien sea, llegue para salvarla o, al menos, para consolarla.

Sábado 19 de septiembre de 1931

1

Durante la noche, las primeras nubes de un otoño que estaba ya a las puertas habían traído consigo una ligera llovizna, pero al amanecer, en las plazas y por las calles de la vieja Múnich se había infiltrado arrogante el Föhn, el viento cálido que soplaba a intervalos impredecibles desde los Alpes hasta el sur de la ciudad transformando aun los días más severos en anuncios de primavera.

Sentado a una mesita al aire libre en medio de los puestos del Viktualienmarkt, Siegfried Sauer, comisario criminal de la policía cívica, contemplaba los árboles centenarios a su alrededor. El Föhn los estaba desnudando con alegría de las primeras hojas amarillentas, que tras un corto vuelo acababan flotando como barquitos en los charcos del mercado o enriqueciendo los desayunos de los trabajadores y transportistas, enfrascados en sus wurst y sus leberkäse ya a las diez de la mañana. Aquel era un espectáculo que nunca dejaba de fascinarlo, y le dibujaba en la cara una sonrisa melancólica: Sauer había crecido en el Markt, su madre había regentado durante décadas una pequeña pescadería, y él también se había sentado a las mismas mesas de madera cada día de su infancia para observar y escuchar las historias del pueblo, aprendiendo quizá más de esa forma que en los libros de texto. A pesar de todo lo que había ocurrido en los últimos treinta años —la decadencia del Imperio, la Gran Guerra, la República, el crac de Wall Street—, el mercado aún seguía allí, y lo mismo su clientela, con charlas siempre diferentes y siempre iguales, estación tras estación.

—¡Buenos días, teniente! —trinó una voz de mujer mientras se acercaba a su mesita—. ¿Se ha levantado tarde esta mañana?

—Ya no soy teniente, Frau Keller, lo sabe —contestó a la anciana panadera propietaria del Obersalzberg, la cervecería más popular del mercado.

—Claro, claro, por supuesto. Lo recuerdo —rebatió con su acostumbrado tono jovial—. ¡Aún no soy una vieja chocha!

Sauer sonrió. Seguro que no chocheaba, pero en cuanto a su edad, no había forma de averiguarla. Del resto de propietarios no había ninguno que recordase una época anterior a Meni Keller, que era más que una institución: era la encarnación del Viktualienmarkt. Se decía que en cierta ocasión sirvió a Bismarck en persona, circunstancia sobre la que, con el tiempo, habían surgido decenas de versiones más o menos verosímiles.

—¿Qué me dice de una cerveza para empezar bien el sábado? ¿Irá al Wies’n hoy? Parece que la carpa de la Paulaner este año es una maravilla...

—Frau Keller, sabe usted muy bien que, además de no ser teniente, sino comisario, yo no bebo. Soy abstemio.

—¡Abstemio! ¡Ay, Dios mío! ¿Y eso tiene cura?

La anciana se echó a reír, mirando a su alrededor para recabar la solidaridad de los demás clientes, todos ellos con una jarra de cerveza en la mano. La mayor parte llevaba los tradicionales pantalones de cuero y el chaleco, mientras que sus acompañantes femeninas lucían sus dirndl ceñidos en la cadera y escotados en el pecho, que habían hecho famosa Baviera en el mundo. A pesar de la crisis, el Oktoberfest seguía celebrándose.

Mientras Sauer y Frau Keller repetían las habituales ocurrencias por enésima vez, como un ritual para llamar a la buena suerte, una mujer más joven, también ella vestida con su dirndl, posó sobre la mesita del comisario una jarra de cerámica humeante.

—¿Dulce o salado? —preguntó, sin levantar siquiera los ojos.

—Salado, Margit. Gracias.

La mujer asintió y de la cesta de mimbre que llevaba en el brazo extrajo un bretzel tan grande como una bandeja.

—Que aproveche —dijo al dejarlo en el centro de la mesa, al lado de un cuchillo de acero y de una tarjetita donde estaba escrito «Teniente Sauer». Luego añadió una porción de mantequilla envuelta en papel y se fue tal como había llegado.

—Margit siente debilidad por usted, teniente —comentó la anciana Meni.

—Ni siquiera me mira —protestó Sauer, a quien el asunto, de todas formas, le traía sin cuidado.

—Créame, que yo conozco a mi hija —concluyó la mujer y, tras guiñarle un ojo, lo dejó con su desayuno.

Sauer se dedicó al bretzel: lo cortó longitudinalmente y empezó a untar la mantequilla a conciencia, sin prisas. Un jilguero planeó sobre la mesa al cabo de pocos instantes y se puso a observar la operación con impaciencia, entre sacudidas de cabeza. Sauer le ofreció una miga de pan y el jilguero movió de nuevo la cabeza con énfasis antes de emprender el vuelo agitando las alas.

—Caramba —dijo un hombre a la espalda del comisario—. Eres un verdadero solitario. ¡Ni siquiera los pájaros pueden desayunar contigo!

—Mutti —saludó Sauer sin darse la vuelta—. ¿Qué te trae por aquí?

—Un viento cálido —contestó el recién llegado mientras rodeaba la mesita y se colocaba delante de él—. Los antiguos lo llamaban Favonio. A veces, Céfiro. Un viento alegre e inquieto, como yo —sonrió mostrando una dentadura llena de huecos; luego, con un gesto de prestidigitador, hizo aparecer una silla metálica y se sentó—. ¿Te importa? Me muero de hambre.

Sauer negó con la cabeza: claro que no le importaba. Cortó el bretzel por la mitad, como un corazón roto y le dio la parte más grande a su amigo.

Helmut Forster, comisario adjunto en la unidad de Delitos Violentos, era en todo su opuesto, y quizá por eso se entendían tan bien, en el trabajo y fuera. Mientras Sauer semejaba la viva estampa del ideal nórdico —alto, rubio, la mirada de hielo en un rostro esculpido y perfectamente lampiño—, Mutti apenas le llegaba a los hombros con su metro sesenta, y tenía una piel tan oscura que en modo alguno parecía el fruto de la madre Alemania, sino más bien de cualquier país más soleado a orillas del Mediterráneo. El pelo negro y los ojos castaños, una perenne sombra de barba en las mejillas, aunque se afeitara a diario; había salido de la guerra con un apetito insaciable: de comida, de cerveza, de tabaco, de todo. Esto se reflejaba tanto en la anchura de sus camisas como en la levedad de su cartera, desgastada ya por las necesidades de la familia que había formado con una tranquila muchacha del Este hacía quince años. Por eso, Sauer, que nunca tenía hambre y tampoco debía preocuparse por una esposa y tres hijos, compartía de buena gana las comidas con él. Era su mejor amigo: de haber sido necesario le habría entregado su propio sueldo.

—Ojalá sea un sábado tranquilo —dijo Mutti cuando terminó su medio bretzel.

Sauer sopesó darle un poco más, pero luego se dijo que Lina no habría visto con buenos ojos toda esa mantequilla en las venas de su marido.

—Este año me han tocado una docena, y nunca ha pasado gran cosa. Únicamente borrachos y peleas domésticas.

Mutti asintió.

—Sí, la gente prefiere matarse entre semana. El sábado y el domingo son para descansar —alzó el brazo para hacerle una señal a Margit—. Tengo una sed increíble. ¿Alguna vez has visto un septiembre tan caluroso? El clima está cambiando, los viejos tienen razón. ¿Tú también entras a las once?

—Sí —respondió Sauer levantando los ojos hacia el Alte Peter, la torre del reloj que despuntaba igual que un centinela sobre el Viktualienmarkt. A pesar de su venerable edad, el Viejo Pedro nunca fallaba una campanada, dictando su ley a las otras torres más jóvenes que lo rodeaban. Para el comisario, que vivía en una mansarda que daba al mercado, era un amigo desde hacía mucho tiempo—. Turno largo hasta mañana por la mañana.

—Yo también. Así que cuando terminemos, te vienes a almorzar a mi casa. ¿Qué te parece?

—¿Lina está de acuerdo?

—La idea es suya. Dice que hace mucho que no vienes, y que a saber cómo comes, si es que comes.

Sauer asintió. La esposa de Mutti tenía diez años menos que él y casi veinte menos que su marido, pero los trataba a ambos como a chiquillos: les echaba la bronca y los mimaba como una madre. Era algo que a Sauer no le desagradaba en modo alguno.

Estaba a punto de aceptar la oferta cuando un grito desesperado rompió la atmósfera del Markt.

—¡Socorro! —gritó un hombre casi sin resuello—. ¡Ayúdenme!

Llegaba desde la iglesia del Espíritu Santo, corriendo frenéticamente, la cara pálida como la de un muerto o la de alguien que está a punto de serlo. Alto, delgado, con el rostro enjuto y una nariz importante, vestía un traje de terciopelo y zapatos lustrosos, pero debía de haber perdido el sombrero.

—¡Me persiguen!

Sauer se puso en pie de un salto, preparado ya para intervenir; luego, desde la esquina norte del mercado, vio llegar a los perseguidores: tres hombres con aspecto marcial vestidos de color pardo de los pies a la cabeza, uno de ellos con una porra en la mano.

—¡Quieto! —gritó el de más atrás.

—¡No te nos escapas! —añadió el que iba segundo.

—SA —musitó una camarera a pocos metros de Sauer.

En un momento, como si se tratara de un simulacro de emergencia ensayado una y otra vez, la muchedumbre del Markt reaccionó como un solo hombre: se abrió lo bastante para dejar paso al fugitivo, que prosiguió su carrera sin frenar, luego se cerró de nuevo y retomó sus ocupaciones de antes, con fingida indiferencia. Los tres hombres de pardo llegaron inmediatamente después y se dieron de bruces contra una barrera de clientes achispados. Se derramó cerveza, volaron insultos. El perseguidor que llevaba la porra trató de zafarse del conato de reyerta, pero, cuando lo logró, el hombre del traje de terciopelo ya había desaparecido más allá de la Schrannenhalle.

—¡Lo habéis dejado escapar! —gritó el jefe de las SA, no quedaba claro si a los suyos o a los parroquianos con los que se habían topado. Echaba espumarajos de rabia y de orgullo herido—. ¡Era un delincuente! ¡Un ladrón! ¡Buen trabajo, enhorabuena! —agitó la porra en el aire, un poco por la cólera, otro poco como una orden, y se volvió hacia la Sparkassenstrasse seguido por sus secuaces.

—Nazis —refunfuñó un hombre en lederhose cuando todo terminó—. Odio a esa gente.

Sauer torció la boca.

—No era un ladrón. ¿Has visto su indumentaria?

—Ni tampoco era un delincuente —contestó Mutti—. Tenía la cara de alguien que está a punto de recibir una paliza aun sin haber hecho nada. Mejor dicho, precisamente porque no ha hecho nada.

Sauer volvió a mirar al Viejo Pedro, que había seguido como él toda la escena en silencio.

—Las once menos veinte. Tenemos que irnos.

—Venga, pues vámonos. —dijo Mutti poniéndose en pie—. Y ojalá este sea un sábado tranquilo —repitió.

—Ojalá mejore, sí —contestó Sauer, pero sin convicción, como si en su interior supiera ya lo que les esperaba.

Más adelante, cuando su vida ya había descarrilado y no había forma alguna de hacerla regresar a los raíles, pensaría a menudo en ese último desayuno con Mutti en el Viktualienmarkt; en cómo nadie, nunca, se da cuenta del momento exacto en que su destino empieza a cumplirse, lo quiera o no.

2

La Jefatura central de la policía se había transferido poco tiempo atrás al número 2 de la Ettstrasse, un grandioso edificio de cinco plantas que ocupaba una manzana entera en plena Ciudad Vieja. Ya des

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