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EL OBJETIVO DEL CRIMEN

X.R. Trigo  

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Fragmento

DEL DIARIO DE ERIKA

Dresde, 1945

(Nuestro mundo bajo las bombas)

Hace ya tiempo que nuestro padre se ausenta durante larguísimos períodos y quien cuida de nosotros es mamá. Cuando estamos en el refugio, un sótano que sirve de almacén a la tienda de los bajos, por mucho que los dueños nos dejen avanzar hasta bien adentro, allá se mezclan el ruido de las bombas y los llantos de los pequeños. El corazón se me encoge, una vez, y otra. A estas alturas ya no me queda ninguna duda de que en esos largos ratos bajo tierra debe de reducirse al tamaño de una cereza.

Los aviones han vuelto al cielo de Dresde. Mi padre, aunque tenía un permiso de cinco días, se ha ido de casa para reforzar las defensas antiaéreas. Nos ha mirado con una sonrisa, como si en realidad fuera a compartir un rato con los amigos. Después hemos bajado corriendo a la tienda, y allí ya habían abierto la trampilla y los vecinos hacían cola para entrar.

Mi padre dice que no tenemos que preocuparnos, que en la vida tienes que estar preparado para enfrentarte a la incertidumbre. Tengo presentes sus palabras, pero no puedo evitar estremecerme cada vez que se produce una incursión de los aviones aliados. Y, últimamente, se dan con demasiada frecuencia. Muchos de los que me rodean se miran con los ojos muy abiertos, y sé lo que piensan. Lo he oído en la fábrica y en las calles. Incluso mi hermana Inge dice que en la escuela no se habla de otra cosa.

Nuestra derrota es inminente, este es el preludio de un final anunciado.

Pero los demás días, cuando los bombardeos se detienen, todo el mundo se esfuerza en recuperar su vida habitual. Inge opina que la normalidad en la que se quieren instalar no es más que una ilusión. Entonces mamá le replica que es demasiado joven como para hablar de estas cosas. Pero ¿cómo podría ser de otro modo? Ella también es un reflejo del horror que nos rodea.

Mamá es ahora quien toma todas las decisiones. Desde que lo movilizaron, papá se ha ido convirtiendo en un fantasma de la persona que era. Las noticias sobre el frente y las victorias del ejército alemán se suceden, pero no son demasiado fiables. De hecho, los amigos y vecinos explican que nuestros soldados dan cada día uno o dos pasos atrás, y que no solamente los americanos ganan terreno, sino que también los rusos avanzan desde el este con decisión. Lo dicen con la boca pequeña, o con gestos que todo el mundo ha aprendido a entender. Y entretanto seguimos en la fábrica, aunque buena parte del edificio principal ha resultado muy dañada. Yo trabajo allí desde que cumplí los doce años gracias a la movilización forzosa de los hombres, incluso de los más jóvenes.

Ahora hace meses que mi padre nos visita más a menudo que en los últimos tiempos y he oído comentarios al respecto por parte de algunos compañeros de trabajo. Opinan que la mayor presencia de soldados en Dresde se debe a que el frente cada vez está más cerca y que pronto acabará la guerra. Otros dicen que no es ninguna buena señal, que Hitler no se rendirá nunca y que los aliados quieren borrarnos de la faz de la Tierra.

I

Berlín (zona británica), marzo, 1961

Cuando Erika Ernemann despierta, está cruzada sobre el colchón. Ha soñado algo que no quiere recordar, de manera que se alegra de que la mente haya borrado esas imágenes. Tiende el brazo y toca el suelo, o más bien esa alfombra que ya debe de tener más de treinta años, tal vez el tiempo que hace que nadie la limpia a fondo. Todavía percibe el olor a Hans Brugen en la estancia, el aroma dulzón del tabaco de pipa que siempre lo acompaña. La mujer cierra los ojos y se llena los pulmones de esa fragancia. Después sonríe, con lo que suaviza sus facciones angu­losas.

Otros detalles le recuerdan al propietario de la casa. El techo, ahora que se ha vuelto y lo contempla, es de una tonalidad entre grisácea y verdosa. No le cuesta imaginar que la suciedad de la lámpara es la responsable de la claridad tenue y acogedora que los acompaña por la noche, cuando hacen el amor como si fuera la primera vez.

Frunce las cejas y hace una mueca. Es un despertar lleno de sensaciones, pero Erika siente frío. A pesar de que la pequeña caldera mantiene una buena temperatura en la estancia, ella siempre tiene frío, incluso cuando, por la noche, el inspector la envuelve en sus brazos.

Hans Brugen es alguien práctico, directo, sincero. Tal vez por esta razón ama a Erika. Puede responder con la misma contundencia a sus conclusiones y establecer otras parecidas o incluso más avanzadas. Es capaz de devolverla a la realidad después de pasar horas y horas especulando sin rumbo.

Los dos se han conjurado para guardar las formas cuando se encuentran en la comisaría de la zona británica de Berlín Oeste. Ella no es más que una policía de base, una recién llegada sin destino definido, aparte de ejercer como fotógrafa cuando se la necesita y de ayudar en los trabajos de documentación. Los compañeros piensan que pronto ocupará un cargo de confianza, que solamente este propósito puede llevar a Erika a ofrecerse al inspector más poderoso que ha tenido la ciudad desde el fin de la guerra.

La discreción de la pareja no ha obtenido los resultados previstos. Habían extremado las precauciones y no habían salido de los lugares al mismo tiempo, ni se habían quedado a solas en una habitación durante las horas de trabajo, pero fue en vano: dos meses después, todo Berlín sabía que Erika Ernemann y Hans Brugen eran amantes.

Se vuelve hacia la mesilla de noche en donde está la cámara. Comprobar que la tiene tan cerca la hace sentirse segura. De hecho, descansa sobre Images à la sauvette, de Henri Cartier-Bresson. Hans acaba de regalárselo, y ha sido una auténtica sorpresa. Había oído hablar de ese libro de uno de los fotógrafos que más admira. Pero no había imaginado que fuera a caer así en sus manos, ni que podían regalárselo. De hecho, su sueño era viajar a París y entrar en alguna librería del Barrio Latino, actuar como si lo encontrara por casualidad y adquirirlo dedicándole una sonrisa de satisfacción al librero.

Como ya ha ocurrido otras veces, el inspector se ha adelantado a sus sueños. Siempre alardea de esa capacidad de conseguir cosas. Le gusta ser el primero, satisfacer el deseo de los demás. Y con respecto a Erika, ya lo tiene asumido. No puede quedarse al margen de sus caprichos, ni de sus necesidades. No puede hacerlo si quiere seguir con ella.

Todavía le sorprende que una mujer de veintiocho años haya decidido compartir la vida con un inspector de carnes flácidas que, además, roza la cincuentena.

Erika siente una felicidad moderada cuando alarga el brazo y toca la cámara. Lo hace expectante. Todavía cree que sobre esa superficie lisa y

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