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EL OBJETIVO (WILL ROBIE 3)

David Baldacci  

0


Fragmento

1

El lugar estaba habitado por cuatrocientos hombres, la mayoría de los cuales pasaría allí lo que le quedaba de vida.

Luego el infierno los acogería para el resto de la eternidad.

Los muros eran de cemento grueso y el interior estaba revestido de grafitis obscenos que constituían un catálogo de todas las depravaciones imaginables. Cada año se añadían más obscenidades a las paredes como el lodo que se acumula en una alcantarilla. Los barrotes de acero tenían melladuras y estaban rayados, pero seguía siendo imposible romperlos con las manos. Se habían producido algunas fugas, pero la última había sido hacía más de treinta años; una vez fuera de allí, no había adónde ir. La gente que vivía en el exterior era tan poco amable como la del interior.

Y lo cierto es que tenían más armas.

El viejo tuvo otro ataque de tos y escupió sangre, lo cual constituía una prueba tan irrefutable de su estado terminal que no hacía falta diagnóstico médico. Sabía que se estaba muriendo; la única duda era cuándo. Sin embargo, tenía que seguir resistiendo. Le quedaba algo por hacer y no dispondría de una segunda oportunidad.

Earl Fontaine era fornido pero lo había sido más en tiempos. Su cuerpo se había ido desintegrando a medida que el cáncer lo corroía por dentro. Tenía el rostro muy arrugado, ajado por los años, los cuatro paquetes de mentolados al día, la mala alimentación y, sobre todo, un amargo sentido de la injusticia. Tenía la piel fina y pálida después de llevar tanto tiempo recluido en ese lugar al que nunca llegaba el sol.

Hizo un esfuerzo para incorporarse en la cama y miró alrededor, a los demás ocupantes de la sala. Solo había siete, ninguno en estado tan grave como él. Podían salir de allí por su propio pie. Él seguro que no. Sin embargo, sonrió a pesar de todo.

En el extremo opuesto de la estancia, otro interno vio la expresión de satisfacción de Earl y le dijo:

—¿De qué coño te ríes, Earl? Cuéntanos el chiste, venga.

Earl dejó que la sonrisa se extendiera por su ancho rostro, y ello a pesar del dolor de huesos, que era como si alguien se los cortase con una sierra dentada.

—Me largo de aquí, Junior —repuso Earl.

—Eso no te lo crees ni tú —replicó el otro, al que llamaban Junior por algún motivo que se desconocía. Había violado y matado a cinco mujeres en tres condados distintos por la sencilla razón de que habían tenido la mala suerte de cruzarse en su camino. Las autoridades trabajaban como locas para tratarle su enfermedad actual a fin de que durase hasta la fecha de su ejecución, para la que faltaban dos meses.

Earl asintió.

—Fuera de aquí.

—¿Cómo?

—En un ataúd, Junior, igual que tu culo raquítico. —Earl soltó una carcajada mientras Junior negaba con la cabeza y con aire sombrío desviaba la mirada hacia las vías venosas. Se parecían a las que servirían para inyectarle las sustancias que acabarían con su vida en la sala de ejecuciones de Alabama. Por fin, cerró los ojos y se dispuso a dormir como si ensayara para el más profundo de los sueños, en el que se sumiría en exactamente sesenta días.

Earl se tumbó e hizo tintinear la cadena que llevaba sujeta a la esposa de la muñeca derecha, la cual, a su vez, estaba sujeta a un aro grueso pero oxidado empotrado en la pared.

—Me largo —bramó—. Más vale que envíen a los negratas a buscarme. —Le entró otro ataque de tos que duró hasta que vino un enfermero y le dio un poco de agua, una pastilla y una fuerte palmada en la espalda. Acto seguido, ayudó a Earl a incorporarse.

Lo más probable era que el enfermero no supiera por qué Earl había acabado en la cárcel y, de saberlo, probablemente tampoco le habría importado. Todos los reclusos de esa prisión de alta seguridad habían hecho algo tan abominable que todos los guardias y trabajadores estaban totalmente insensibilizados al respecto.

—Venga, tranquilo, Earl —dijo el enfermero—. No haces más que empeorar la situación.

Earl se tranquilizó, se recostó contra la almohada y miró fijamente al enfermero.

—¿Puede ser? Me refiero a peor.

El enfermero se encogió de hombros.

—Supongo que todo puede empeorar. Y quizá tendrías que haberlo pensado antes de llegar aquí.

Earl hizo acopio de una inyección de energía y dijo:

—Oye, chico, ¿puedes conseguirme un pitillo? Basta con que me lo pongas entre los dedos y me lo enciendas. No se lo diré a nadie. Lo juro por Dios y todas esas gilipolleces aunque no sea creyente.

El enfermero palideció ante la mera idea de hacer tal cosa.

—Bueno, ejem, a lo mejor si estuviéramos en 1970... Por el amor de Dios, si estás conectado a una bomba de oxígeno. Es un explosivo, Earl, hace bum.

Earl sonrió y dejó al descubierto los dientes y muchos huecos entre ellos.

—Joder, prefiero saltar en pedazos a que esa mierda que tengo dentro me coma vivo.

—¿Ah sí? Pero los demás no. ¿Sabes? Ese es el problema de la mayoría de las personas, que solo piensan en sí mismas.

—Solo un cigarrito, chico. El Winston me gusta. ¿Tienes Winston? Es mi último deseo antes de morir. Tienes que concedérmelo. Igual que mi última cena. Lo dice la puta ley. —Hizo tintinear la cadena—. La última calada. Tienes que dejarme.

—Te estás muriendo de cáncer de pulmón, Earl —dijo el enfermero—, ¿cómo te crees que lo contrajiste? Voy a darte una pista. Lo llaman «palitos de cáncer» por algún motivo. ¡Jesús, María y José! Teniendo en cuenta lo burro que llegas a ser, puedes dar gracias a Dios por haber vivido tanto.

—Dame un cigarrillo, gilipollas.

Era obvio que el enfermero había zanjado el asunto.

—Mira, tengo muchos pacientes que cuidar. Vamos a pasar un día tranquilo, ¿qué me dices, viejo? No me apetece tener que llamar a un guardia. Hoy Albert está haciendo guardia y no se caracteriza precisamente por su amabilidad y cariño. Te dará un porrazo en la cabeza, por muy enfermo y moribundo que estés, y luego mentirá en el informe y nadie se lo discutirá. El tío da miedo pero a él se la suda. Ya lo sabes.

Antes de que el enfermero se volviera, Earl habló de nuevo.

—¿Sabes por qué estoy aquí?

El enfermero sonrió complacido.

—¿Porque te estás muriendo y el estado de Alabama no soltará a alguien como tú para proteger el hospital de enfermos terminales aunque les cuestes una fortuna en facturas médicas?

—No, no me refiero a esta sala de hospital. Me refiero a la cárcel —puntualizó Earl, con voz baja y cavernosa—. Dame un poco más de agua, ¿vale? En este puto sitio yo no puedo coger agua, ¿verdad?

El enfermero le sirvió un vaso y Earl se lo bebió con avidez, se secó la cara y habló con energía renovada.

—Entré en la cárcel hace más de veinte años. Al comienzo, con cadena perpetua en una jaula federal. Pero luego me condenaron a pena de muerte. Qué cabrones los abogados. Y el estado pasó a ser el dueño de mi puto culo. Los federales les dejaron. Como si nada. ¿Tengo derechos? Pues nada de nada si resulta que hacen eso. ¿Me entiendes? Solo porque la maté. Tenía una buena cama con los federales. Y ahora fíjate. Seguro que he pillado el puto cáncer por estar aquí. Seguro que sí. Por el aire. Menos mal que nunca he pillado la mierda esa del sida. —Enarcó las cejas y bajó la voz—. Ya sabes que aquí hay de eso.

—Ajá —respondió el enfermero, que estaba comprobando el historial de otro paciente en el portátil. Estaba colocado en un carrito con ruedas con unos compartimentos para los fármacos que se cerraban con llave.

—De eso hace dos décadas más casi dos años ya. Muchísimo tiempo.

—Sí, sabes contar bien, Earl —dijo el enfermero con aire distraído.

—El primer Bush todavía era presidente, pero ese chico de Arkansas le ganó en las elecciones. Lo vi en la tele cuando entré aquí. Era 1992. ¿Cómo se llamaba? Dicen que tenía sangre negra.

—Bill Clinton. Y no tiene nada de negro. Lo que pasa es que tocaba el saxofón y a veces iba a las iglesias afroamericanas.

—Eso. Ese es. Estoy aquí desde entonces.

—Yo tenía siete años.

—¿Cómo? —vociferó Earl, entrecerrando los ojos para ver mejor. Se frotó la zona dolorida del vientre con aire distraído.

—Yo tenía siete años cuando Clinton fue elegido —dijo el enfermero—. Mi madre y mi padre tuvieron un conflicto personal. Eran republicanos, por supuesto, pero Clinton era del Sur. Creo que le votaron pero no querían reconocerlo. Daba igual. Al fin y al cabo estamos en Alabama, ¿no? Si aquí gana un liberal, hiela en el infierno. ¿Verdad que sí?

—Sweet home Alabama —dijo Earl, asintiendo—. He vivido aquí mucho tiempo. Tuve familia aquí. Pero soy de Georgia, hijo. Soy un melocotón de Georgia, ¿no lo ves? No un chico de Alabama.

—Vale.

—Pero me enviaron a esta prisión por lo que hice en Alabama.

—Ya. Pero no hay mucha diferencia. Georgia, Alabama. Primos hermanos. No es como si te hubieran llevado a Nueva York o Massachusetts. Esos sí que son como países extranjeros.

—Por lo que hice —dijo Earl sin aliento, sin dejar de frotarse el vientre—. No soporto a los judíos, ni a los negros ni a los católicos. Y lo mismo puedo decir de los presbiterianos.

El enfermero le miró y dijo en tono jocoso:

—¿Presbiterianos? ¿Qué demonios te han hecho, Earl? Es como odiar a los amish.

—Chillaban como cerdos en el matadero, te juro por Dios que sí. Sobre todo los judíos y los negros. —Se encogió de hombros y se secó el sudor de la frente con aire distraído con ayuda de la sábana—. Joder, lo cierto es que nunca maté a ningún presbiteriano. Es que no destacan, ¿sabes?, pero los mataría si tuviera ocasión. —Amplió la sonrisa y le llegó hasta los ojos. Con esa expresión quedaba claro que a pesar de la edad y la enfermedad Earl Fontaine era un asesino. Seguía siendo un asesino. Siempre sería un asesino hasta el día de su muerte, que más valía que llegara pronto por el bien de los ciudadanos honrados.

El enfermero abrió con la llave un cajón del carrito y extrajo unos cuantos fármacos.

—Vamos a ver, ¿y por qué ibas a querer hacer tal cosa? Seguro que esa gente no te ha hecho nada.

Earl tosió algo de flema y la escupió en la taza.

—Respiraban. Con eso me bastaba.

—Supongo que por eso estás aquí. Pero tienes que hacer las paces con Dios, Earl. Todos son hijos de Dios. Tienes que hacer las paces. Pronto le verás.

Earl rio hasta que le entró la tos. Entonces se tranquilizó y suavizó la expresión.

—Hoy tengo visita.

—Qué bien, Earl —dijo el enfermero mientras administraba un analgésico al recluso de la cama contigua—. ¿Familia?

—No, ya maté a mi familia.

—¿Por qué hiciste tal cosa? ¿Eran judíos, presbiterianos o negros?

—Tengo visitas —dijo Earl—. Todavía no he terminado, ¿sabes?

—Ajá. —El enfermero comprobó el monitor del otro recluso—. Tienes que aprovechar el tiempo que te queda, viejo. El tiempo pasa, para todos nosotros.

—Vienen a verme hoy —dijo Earl—. Lo he marcado en la pared, mira.

Señaló el muro de cemento en el que había desprendido la pintura con la uña del dedo.

—Dijeron que tardarían seis días en venir, y aquí hay seis marcas. Se me dan bien las cuentas. La cabeza todavía me funciona.

—Pues salúdales de mi parte —dijo el enfermero mientras se alejaba con el carrito.

Más tarde, Earl miró el umbral de la puerta de la sala por donde habían aparecido dos homb

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