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EL OLOR DE LA HIERBA DESPUéS DE LA LLUVIA

Patrick Jacquemin  

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Fragmento

1

Las cosas dieron un vuelco un radiante domingo del mes de junio, durante un almuerzo en casa de los Vergnes.

Annabelle fue presentada al resto de los invitados como la nueva estrella de las finanzas. El éxito de su empresa, un banco que ofrecía productos en el mercado especulativo, era portada de todos los periódicos. Pronto Europa estaría a sus pies...

Todos la miraban con admiración y envidiaban su éxito, que la mantenía a salvo de las dificultades económicas. Le hacían preguntas sobre su estrategia, sus beneficios, sus competidores, su modelo de gestión, sus viajes de negocios... Era el centro de atención.

Cuando el tema se agotó, la charla tomó otros derroteros: la familia, los hijos, las vacaciones, los hobbies... La mesa se animó, la complicidad se instaló entre los comensales, y Annabelle, de súbito invisible, desapareció de las conversaciones. Intentó en vano meter baza contando la última travesura de su hija o el próximo espectáculo, pero tuvo que reconocer que no tenía nada que contar.

Desde que se había divorciado, evitaba los planes con sus amigos. No deseaba, como ese mediodía, exhibir el vacío de su vida íntima. Prefería la frialdad de las recepciones, los cócteles, las ceremonias de entrega de premios o las concurridas comidas de negocios y políticas. Al menos, allí nadie hablaba de sentimientos.

Hacía ya dos años que se había separado de François. Él no pudo soportar su frenesí laboral. Y desde entonces compartían la custodia de su hija Léna, de ocho años. Ese domingo y la semana siguiente la niña estaría con su padre. La echaba de menos, como cada vez que tenían que separarse.

—¿Te sirvo más pescado? —preguntó Béatrice, arrancándola de sus cavilaciones.

En la mesa reinaba un ambiente alegre.

—¡Sí, por favor!

—¿Adónde vas estas vacaciones? No nos lo has contado.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

—Pues... aún no lo he decidido.

—Si en agosto pasas con Léna por Albi ven a vernos, hemos alquilado una casa entre varios. También estarán Manu, Victoria y Racine.

—Y hasta tiene piscina —añadió Manu muy sonriente.

«Mucho me temo que, como hija única y sin compromiso, acabaré una vez más en casa de mis padres hablando de trabajo», pensó Annabelle.

Béatrice se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

—Bueno, ¿qué?, ¿has conocido a alguien?

Temía aquella pregunta.

—No...

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