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EL ORIGEN DEL MAL

José Carlos Somoza

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Fragmento

—Creo en la literatura —dice mi amigo el librero—. El poder de la palabra para... transformar..., cambiar las cosas.

—Desde luego, las cosas han cambiado, y no precisamente a mejor.

—Ah, pero tú, amigo, te refieres a la crisis. El descenso de ventas. El libro electrónico. La piratería. Eso es el negocio. Yo hablo del libro. Del misterio de leer. Leer puede cambiarlo todo. Es lo que creo. Ya sé lo que piensas. Piensas: «Vale, pero eso no nos da de comer.»

—No, no, estoy de acuerdo contigo. Soy idealista por naturaleza. Pero, claro, también hay que comer. Y hablando de comer, están de puta madre, las aceitunas.

—Sí, muy buenas —conviene mi amigo el librero y captura otra.

Son olivas grandes, oscuras, olorosas debido al fuerte aliño. Nos han puesto una tapa con las bebidas. Es un bar amigable, aunque ruidoso. En el televisor de la pared un público aplaude a un concursante por acertar una palabra.

—Ya me conoces, somos de la misma opinión.

—Lo sé —dice mi amigo el librero—. Por eso te llamé a ti. Crees en los libros, como yo. Por cierto, antes de que se me olvide. Toma. Son unas doscientas páginas, te lo ventilas en un día.

Se inclina bajo la mesa y me entrega una bolsa de plástico negro, una de esas sin distintivos que podrían servir para arrojar basura. Eso me divierte, porque el gesto con que me la presenta, ceremonial, hace pensar que me ofrece un tesoro de valor incalculable. Aunque ignoro qué valor real puede tener su contenido, la trato con idéntico respeto. Nuestras manos se rozan con el traspaso. Las manos de mi amigo el librero son grandes y recias, como todo él. Y sin embargo, a pesar de su corpulencia, hay cierta gracia rítmica en sus gestos que lo aligera. Ignoro si ello tiene que ver con ser marroquí e hijo de marroquíes, pero sospecho que es mi fantasía lo que me hace pensar en sultanes y visires legendarios. En España, el desconocimiento de los ritos y costumbres del país más próximo del sur es asombroso. En todo caso, mi amigo el librero lleva viviendo en Madrid más tiempo que yo. Viste camisas bajo chaquetas de algodón, haga el tiempo que haga. Sonríe con cierto dolor, quizá porque cuando algo le duele, sonríe. Lo que más me gustan son sus ojeras: abultadas y vinosas, como si en ellas guardara todos los libros que han pasado por sus ojos, como si los hubiera decantado extrayendo la sabiduría que contienen para depositarla en esas alforjas, como un antiguo mercader de su país las viandas que transporta. Nos conocemos desde hace años. Somos amigos, aunque no íntimos. Yo escribo libros, él pone su espacio en un pequeño local que regenta en la calle de los Libreros para presentarlos. Luego los vende. O lo intenta.

Dejo en el suelo la bolsa que me acaba de entregar mientras mi amigo llama al camarero y paga su refresco y mi cerveza. Insiste en invitarme, así como en abonarme lo que nos han ofrecido por leer lo que hay en esa bolsa. He aceptado ambas cosas.

—Tú ya lo has leído, ¿no?

—Sí.

—¿Y?

Mi amigo el librero me dirige una mirada muy extraña.

—No te diré nada, no quiero influirte. Si te pagan solo por leerlo, léelo.

Le respondo que lo haré, pero en realidad estoy pensando en lo que he visto en sus ojos. Cierto resplandor familiar, común a la pequeña secta de los que amamos los libros. Hago cábalas sobre su posible significado mientras el concurso da paso a las noticias en el televisor del bar. Es un bar cerca de la plaza de Luna, de los de antes, con su barra de mármol y su cementerio de servilletas usadas en el suelo. La pantalla no es de las de antes, sin embargo. Los colores y formas resaltan como si fuese una ventana abierta a algo que sucede tras la pared. Debido al reciente secuestro en Ceuta ofrecen una especie de retrospectiva del terrorismo islámico. 11-S, 11-M, Charlie Hebdo...

—Ayer agredieron a mi nieto pequeño en la escuela —dice mi amigo el librero. Lo dice así, de forma tan abrupta, girando su ampuloso torso para ver las noticias, que no sé qué replicar—. No, tranquilo, no le ha pasado nada —agrega—. Fue una pelea con un chico de su clase y le dieron un tortazo. Pero un tortazo es algo que se puede dar y se puede devolver. Lo que pasa es que el chico que le pegó le llamó «moro asesino». Y eso, amigo, no se puede devolver. No hay manera de devolver eso, hagas lo que hagas. Ni diciéndole que tu familia es tan española como la suya, ni quejándote de racismo y xenofobia en el Congreso de los Diputados. Eso se te queda dentro. Y lo que más me dolió, amigo, ¿sabes qué es? Que a mi nieto también le dolió más el insulto que el tortazo, aunque el tortazo se lo llevó él solo, claro. —Sonríe.

—Hay mucha neura con el secuestro de esas chicas, no hay que hacer caso.

Lo digo por decir algo. Comprendo bien la especial sensibilidad de mi amigo el librero. Ha tratado siempre de llevar una moderada vida musulmana. Respeta relajadamente el Ramadán y compra en tiendas halal. No exagera con nada. Sus hijos nacieron en España. Cuando llevas en un país tanto tiempo y haces una familia, te sientes de él, digan lo que digan los convenios internacionales o tus documentos.

Mi amigo el librero mueve una mano.

—No, no, si te lo cuento por otra cosa. Lo que hablábamos antes sobre la crisis de los libros. Yo creo que tu trabajo y mi negocio son un tema, y otro muy distinto los libros. Vale, casi nadie lee libros ni los compra, pero el chico que ayer pegó a mi nieto y le llamó «moro asesino» lo hizo, sin él saberlo, por un libro. Unas palabras escritas hace mucho tiempo, pero que siguen... provocándonos, alterándonos, diciendo lo que debemos creer y lo que no, cómo debemos tratar a otros... ¿Comprendes lo que quiero decir? ¿Libros en crisis? No, amigo. Los libros nunca están en crisis. Ellos siguen y seguirán mientras haya gente que sepa leer. Tú lee eso. Y me llamas.

El hombre había aparecido en la librería la tarde del día anterior. Mi amigo el librero se hallaba de pie tras el mostrador, por supuesto a solas, con pocas esperanzas de recibir clientes habituales en lo que restaba de jornada, con menos aún de que no fuese habitual. Pero aquel hombre era un desconocido, y lo confirmaba su titubeo antes de entrar. Porque había mirado, indeciso, el letrero de la librería, como para asegurarse de que no se equivocaba, de que era la correcta. Ello brindó la oportunidad a mi amigo el librero de observarlo bien, allí enmarcado por la puerta de cristal, bajo la solana de la tarde de abril espléndida. Joven, bajito, de complexión dirigida hacia la gordura aunque solo su barriga hubiese llegado a la meta por el momento. Con una mano se rascaba la barba rubia y tan rizada como su escaso pelo, con la otra sujetaba una bolsa en bandolera cuya correa cruzaba un polo rosa claro sobre unos vaqueros holgados y caídos. Escrutaba el nombre de la librería con sus ojos pequeños. Podría haber pasado por un joven y despistado profesor universitario el primer día de clase. Cuando entró mostró una sonrisa que ya no descolgó ni un instante. Mi amigo el librero afirma que cuando alguien sonríe tanto es que le pagan por sonreír.

El desconocido se dirigió a mi amigo por su nombre, entre rubores y voz suave, mientras desataba las gomas de una gruesa carpeta azul que había sacado de la bolsa. Explicó que venía a entregarle eso.

—¿Y qué voy a hacer con esto? —dice mi amigo el librero—. Yo no publico manuscritos, soy librero.

—Sí, ya lo sé —dice el desconocido—. Solo quiero que lo lea y se lo dé a leer a alguien que usted conozca, alguien de su confianza, por ver si es posible publicarlo.

—Ya le estoy diciendo que no me dedico a eso: soy librero

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