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EL ORIGEN DEL MAL

José Carlos Somoza  

5


Fragmento

CAPÍTULO 1

Los gendarmes rompieron la puerta con la maza manteniéndolo a él algo retrasado. La sala a la que accedieron era amplia, con solo algunas columnas dispersadas, sin paredes que hicieran de separaciones. Sin embargo, había lienzos que colgaban desde el techo y esculturas por doquier.

En el suelo, a modo de alfombra y sobre unos finos somieres, hombres y mujeres mezclados empezaron a incorporarse tras despertarse por el ruido que habían hecho al entrar. Ninguno mostraba sorpresa, ni miedo, más bien incomodidad y disgusto.

La policía los obligó a situarse alrededor de la sala, pegados a las únicas paredes que había.

—¡Vizconde! —lo llamó entonces uno de los policías.

Michael miró hacia donde surgía la voz y vio que estaba junto a unas cortinas que parecían separar aquella amplia estancia de otra más reservada, aunque la obvia ausencia de muros no podía hacer privado ningún espacio.

Se dirigió hacia allí y, al llegar, el policía apartó la tela para hacerlo entrar. La luz era más tenue porque la misma ropa cubría las ventanas, lo que le daba un aspecto azulado. En medio de la estancia, una cama enorme lo ocupaba todo.

Entonces la vio. Lo estaba mirando con ojos de terror. Se cubría los pechos desnudos con la colcha. Sus rizos rubios caían sobre sus hombros y, al ver aquella piel nacarada, se descubrió a sí mismo pensando algo tan absurdo como que, tal vez, tendría frío. A su lado, un hombre también desnudo lo miraba con cierto aire de superioridad pese a hacerlo desde una posición más baja.

—¿Es esta su mujer, milord?

El comisario que también se hallaba en el interior del habitáculo, lo había preguntado, pero más bien parecía una afirmación. Le había cogido a ella la barbilla y la había levantado sin ningún miramiento como si así pudiera verle la cara mejor.

—Al final, no estaba en peligro de muerte —dijo otro de los policías mofándose.

Michael sintió unas horribles náuseas en la boca de su estómago, pero hizo todos los esfuerzos para impedir que nadie pudiera darse cuenta. Solo ella, que lo seguía mirando con cara de horror, había notado algo. Estaba seguro.

—Espero que traigan una orden —habló entonces el hombre desnudo a quien ya había reconocido como Mario Tancredi, el cantante de ópera.

El policía que había a su lado le asestó un golpe con el fusil y en unos segundos un rastro de sangre surgido de la boca de aquel tipo manchaba la colcha. Ella tembló. Volvió a descubrirse a sí mismo pensando, de forma absurda, si no tendría frio.

—Esperaremos fuera para que pueda vestirse —dijo el comisario señalando de nuevo hacia su mujer

—No se preocupe. —Y hasta Michael se sorprendió oyendo la propia voz fría e impersonal que había surgido de su garganta—. Pueden quedarse. Mi esposa no tiene vergüenza.

El policía que había hecho la broma soltó una sonrisilla. Florence abrió un momento la boca, como si fuera a protestar, pero en seguida la volvió a cerrar. La vio cómo buscaba a su alrededor, hasta que su mirada se detuvo en un punto del suelo. Allí estaba su ropa interior. Obligatoriamente, tenía que levantarse para recogerla puesto que no la podía alcanzar desde la cama. Se dio cuenta de que el resto de la ropa también estaba desperdigada por el suelo, mezclada con la ropa de él.

«La pasión tiene esas cosas», pensó con amargura. «Te olvidas de dejar la ropa en condiciones para que no quede arrugada».

Notó un leve movimiento y la volvió a mirar. Dudaba si arrastrar consigo la colcha. Pero, si lo hacía, su amigo iba a quedar al descubierto y pareció compadecerse de él, que estaba intentando contener la hemorragia del labio.

De nuevo Michael volvió a sentir unas horribles náuseas y, esta vez, apretó la mandíbula muy fuerte.

Ella se levantó. Apareció desnuda con todo su esplendor. Sus pechos erguidos, su vientre plano, sus piernas esbeltas. El pelo cayendo por su espalda en aquellos rizos dorados. ¡Cómo podía ser tan preciosa!

Miró de reojo al policía guasón. Se había quedado con la boca abierta y sus ojos la recorrían sin ningún tipo de pudor. El comisario, sin embargo, había bajado la vista. Mario Tancredi, desde la cama, le dirigió una mirada de odio y, sin que nadie se lo esperase, se levantó, cogió la colcha y la cubrió a ella.

Michael tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no lanzarse al cuello de aquel tipo que ahora estaba mostrando su desnudez sin ninguna turbación. El policía fue a detenerlo, pero el comisario le hizo un gesto con la mano para hacerlo desistir. Seguro, era mejor así.

Minutos después, Florence se había vestido, pero ya no lo miraba. Permanecía con los ojos en el suelo, una de sus manos posadas sobre la muñeca de la otra y la posición totalmente inmóvil, con los hombros un poco encogidos, como esperando recibir la reprimenda.

El comisario levantó de nuevo las cortinas y salieron del espacio para volver a pasar por la sala. Habían agrupado a todo el mundo en una de las esquinas y estaban registrando el local.

—Cariño. —Surgió una voz de mujer del grupo que permanecía retenido

Michael se giró y vio una mujer de voluptuosas formas, una cara ovalada, unos ojos enormes y almendrados, y el cabello de un pelirrojo extremo, que empezaba a forcejear con uno de los policías para intentar llegar hasta donde ellos se encontraban.

—No pasa nada, Olga —dijo entonces Florence—. Todo está bien, de verdad.

La mujer dejó de empujar y ellos siguieron caminando hacia la puerta. Los gritos de los gendarmes se reanudaron.

Michael se extrañó ante la voz de Florence. Tenía un tono que le costaba reconocer y volvió a dejarse llevar por pensamientos absurdos. Esa vez, imaginó que todo era un error, que aquella no era su mujer.

Fuera, un coche de caballos los esperaba. «La policía no cuenta con recursos suficientes como para tener un vehículo de motor», pensó Michael, permitiendo de nuevo que su mente le jugase una mala pasada.

La luz del día ya era evidente, pero el cielo estaba encapotado por completo. «Quizás tendrá frío». Otro nuevo desvarío y deberían llevarlo al hospital mental.

Durante el trayecto, siguieron en silencio. La presencia del comisario, que los miraba desde el asiento de enfrente, no propiciaba ninguna conversación y, en el fondo, lo agradeció. Pero, al entrar en el vestíbulo de su casa, pareció evidente que alguien tendría que empezar a hablar.

Brick los atendió con la corrección habitual, sin un atisbo de turbación, recogiendo abrigos y sombreros. Su fiel mayordomo inglés no perdía la compostura pasara lo que pasara. Y haber estado un día y una noche entera sin conocer el paradero de la señora de la casa no iba a modificar eso.

La señora Doubtfire sí que apareció corriendo pese a todos sus quilos demás, mostrando su inquietud.

—Milady, ¡qué alegría! ¡Cómo estábamos de preocupados!

Sin embargo, en seguida se contuvo. Muy probablemente la seriedad de los rostros de ambos fuera suficiente para entender que, en aquellos momentos, debía apartarse y quedarse en las estancias que le eran propias; aunque era posible que también hubiera colaborado Brick desde detrás con un simple gesto autoritario.

Fuera como fuera, se encontraron ambos solos en el vestíbulo al pie de las escaleras. Michael volvió a mirarla. Permanecía con aquella posición de recato que tanto le había atraído de ella cuando la conoció. Se la veía tan correcta y formal que nadie hubiera creído que hacía escasos minutos había estado completamente desnuda en la cama de otro hombre.

—Me voy a dormir —dijo entonces él—. Yo no he podido hacerlo en toda la noche. Cuando me despierte, hablaremos de esto.

Ella se limitó a asentir con la cabeza. Así que empezó a subir las escaleras, primero con elegancia y, hacia la mitad, de dos en dos. Tenía que escapar de allí de inmediato. Estaba convencido de que no podría dormir, pero necesitaba apartarse de su presencia, al menos durante unos minutos.

Elizabeth se quedó en el vestíbulo incluso un buen rato después de que él hubiera desaparecido, sin saber qué hacer. No se atrevía a ir a su habitación por no molestarlo; pero tampoco parecía que pudiera tener derecho a moverse por ninguna de esas estancias después de lo que había pasado.

Una tristeza

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