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EL OSCURO ADIóS DE TERESA LANZA

Toni Hill  

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Fragmento

Hace casi un año que contemplo el mundo asomada a una ventana invisible. Como si anduviera envuelta en una especie de capa mágica, observo sin ser vista, oigo sin participar y me muevo sin que nadie me preste atención alguna. Hace casi un año que recorro las mismas casas, los mismos interiores, ya que al parecer lo único que me está permitido es permanecer encerrada entre cuatro paredes. Al principio tardé un poco en acostumbrarme. Extrañaba el aire puro, la caricia del sol o el suave masaje de la lluvia; me aburría de estar siempre sometida a la misma rutina. Con el tiempo lo pensé mejor y me dije que mi vida de antes no era en realidad tan distinta, así que tal vez esa era la condena que Dios dictaba para los pobres. No, Teresa, no te hagas ahora la inocente, ni la mártir. No es la pobreza lo que te tiene aprisionada en esta suerte de anochecer eterno, destemplada y aburrida. Lo que pensaste de verdad, lo que aún crees a veces, es que este es el destino que Dios tiene preparado para los pecadores.

Durante toda mi vida había oído que los muertos debían descansar en paz. Que la muerte era una especie de sueño profundo en el que, por fin, nos acercábamos a la gran verdad, y que eso, de alguna manera, nos llenaba. Que con ella terminaban los sufrimientos, las preguntas, las dudas, y empezaba otra realidad más tranquila, más sabia. Y eso que, si les digo la verdad, nunca llegué a entender del todo lo de la vida eterna tal y como nos la explicaban en el catecismo. Esa historia del cielo, el infierno o el purgatorio. Eran solo palabras que repetía en las reuniones de la iglesia. Lugares que me esforzaba en imaginar.

El manto celeste, salpicado de nubes de algodón. Un hombre de barba blanca, rodeado de ángeles sonrosados, blanditos, mansos como corderos. Nada que ver con la gente que yo conocía, quizá porque ese cielo lo habían dibujado los europeos blancos. O el sótano oscuro, siempre en llamas, lleno de gritos que salían de las bocas de los condenados. «¿Como las minas?», pregunté un día, y mi mamá me hizo callar, aunque mi papá luego me dio la razón. Claro que él nunca quiso bajar a «ese maldito laberinto de túneles». Prefería pasar las tardes en la cantina, tomando guaro hasta quedarse sin un chavo.

Recordé esa pregunta que le hice a mi madre años después, cuando ya había cumplido los diecisiete. Habíamos ido a la iglesia, a rezar por los hombres atrapados en la mina de oro de San Juan Arriba. A pesar de los esfuerzos, ocho se quedaron allá. Eso sí podía imaginarlo, me dije, y hasta imaginar sus lamentos, sus gritos de socorro, a pesar de que en el lugar solo reinaba el silencio. Un silencio triste y doloroso como una pedrada. Solo tres lograron salir. Traían la muerte en los ojos y se movían lentos, como los viejos.

Mi papá repitió lo que siempre decía y esa vez mi madre no le respondió que era mejor trabajar en la mina que no trabajar nunca y tomar hasta caerse. Ese día no le dijo nada porque pensó que era mejor tener por marido a un bolo vivo que a uno muerto, aunque muchas veces yo le había oído decir a gritos exactamente lo contrario. Luego, ya de noche, fuimos con los cirios blancos hasta la entrada de la mina para dedicarles una última plegaria. Descendimos el camino en fila silenciosa. Las llamitas de los cirios dibujaban sombras en el suelo hasta que nos agrupamos y ya todas se convirtieron en una especie de mancha negra. Era esa masa compacta y oscura la que rezaba en susurros mientras nosotros pensábamos en nuestra suerte. En esos padres, hermanos y novios que estaban vivos, y dábamos gracias de que fueran otros los que habían quedado encerrados por siempre, sus almas vagando a oscuras entre los túneles como soldados en una misión eterna. Yo no tenía ningún familiar que trabajara allí, así que volví a preguntarme cómo se pasaba de ese laberinto cerrado al cielo prometido. Ahora que estoy atrapada acá, me he dicho muchas veces que mis preguntas de entonces no andaban tan desencaminadas. Quizá lo que me pasa es que tampoco soy capaz de encontrar el camino, y es que la muerte me atrapó muy joven y demasiado lejos de Honduras, demasiado lejos de casa.

Sí, no se extrañen. No les está hablando una loca. Seguro que les parecerá raro, yo fui la primera que tuvo que superar todos mis prejuicios al respecto antes de asegurarlo. Ahora ya no: si de algo estoy convencida es de que estoy muerta.

Dejen que les explique. Desde mi experiencia, la muerte no es un pasillo oscuro con una luz al fondo. Esa es otra de las muchas mentiras que se oyen al respecto. De entrada, para que les quede claro, la muerte es algo que una no recuerda. Como sucede en una noche de fiesta en la que se bebe mucho alcohol y llega un punto en que todo se vuelve confuso, y al día siguiente, por más que te esfuerzas, no sabes qué dijiste, ni lo que hiciste, ni cómo llegaste a casa. Así que al menos yo no puedo hablarles de pasillos, visiones o luces cegadoras. Solo de despertar, abrir los ojos y sentir que algo había sucedido, que no era la misma… Es difícil de contar. Ahora que pasó el tiempo, llegué a la conclusión de que los primeros momentos de eso que llaman «estar muerta» deben de ser muy parecidos a las primeras horas de vida. Imagino que los bebés también notan manos calientes que los agarran, oyen voces que no terminan de entender y descubren que se hallan en un lugar distinto a ese donde han habitado los últimos meses. Sí, al principio, estar muerta es como venir al mundo y que nadie te quiera. Se oyen lamentos emotivos, pero nadie te toca con cariño y ni tan siquiera puedes llorar para proclamar tu desconcierto o tu enojo. Te cambian de lugar, te acuestan bajo unos focos cálidos, te encierran en una caja demasiado estrecha. Y empiezas a darte cuenta de que tienen prisa, como si quisieran terminar con todo cuanto antes.

Recuerdo que luego noté que me vestían, que la Deisy me ponía un vestido suyo, no muy nuevo, de color azul. Me habría gustado decirle que prefiero otro, uno de los míos, el de color amarillo pálido tal vez. No derramó ni una lágrima la Deisy. Se la veía seria, como enojada, pero debo decir que sus manos ásperas me trataron con delicadeza. Luego me maquilló mientras susurraba cosas que yo no llegaba a oír a pesar de que me hablaba muy cerca. Sí que entendí que alguien le dijo que había hecho un trabajo excelente. «Está preciosa, tan tranquila…, como si durmiera.» Esto lo dijeron más veces y me retaba bastante, porque cada vez que me llegaban esas palabras sentía un aguijón de esperanza. Como si de verdad estuviera dormida. Como si tuviera que esforzarme por despertar en algún momento. Y, sin embargo, fue al revés. No sé exactamente cuándo, ni mucho menos por qué, pero de pronto me sentí muy agotada y dejé de escuchar. Creo que fue durante el entierro, cuando la misa. Quería observar las caras de los asistentes y solo veía el techo de la iglesia, mientras me avergonzaba por dentro por las palabras del padre Rodrigo. Tuve ganas de decirle que nunca fui un ángel, y que, aunque estaba de acuerdo con él en que Dios se me llevó demasiado pronto, también podía asegurar que no estaba en brazos del Altísimo. Así que me concentré en no seguir escuchando, en escapar de allí o en apagarme del todo para no continuar en aquel extraño capítulo intermedio, a caballo entre el suelo y el cielo prometido. Lo logré solo a medias.

Como si algo dentro de mí no soportara más esa obediencia impuesta, sentí un cambio importante. De repente podía cerrar los oídos al funeral, dejar de ver el techo blanco y en su lugar distinguir los rostros serios de quienes habían ido hasta allí para despedirme. Era una sensación de libertad inusitada poder pasear la mirada sin ser vista, como si estuviera asomada a una ventana, invisible para el resto. Ahí estaba Deisy, mi compañera de piso, con la mirada baja y vestida con una falda negra demasiado corta para ser de luto. Y a su lado, Jimmy, aún con el brazo escayolado de cuando se cayó de la escalera reparando algo en la iglesia. Como Deisy antes, también él parecía enojado. Quizá fuera porque para la tristeza hace falta tiempo… O dinero. «Los pobres nos enfurecemos en lugar de llorar», decía siempre mi madre, «nos quedan ya pocas lágrimas y la pena se nos convierte en rabia». Estaban los dos juntos, en las primeras filas, y distinguí también otras caras conocidas a pesar de que no las buscaba a ellas. Any, la niña de una vecina, estaba sollozando, y me dieron ganas de consolarla. Me dolía que llorara por mí, pobre nena, mientras la miraba sin poder hacer nada por calmarla. Seguí buscando, porque necesitaba hallar a Simón. De golpe pensé que, si lo viera una sola vez más, a lo mejor podría irme de verdad. Me dije que seguramente era eso lo que me impedía marcharme. Simón. Mi Saimon. Tenía que encontrarlo. Él tenía que estar aquí, quizá con sus padres. O solo.

Enfoqué la mirada hacia las filas del fondo sin hacer caso a las palabras del padre Rodrigo, que seguía hablando de una Teresa que ya no era yo, que tal vez nunca lo fue, aterrada por la posibilidad de que el funeral terminara y la gente abandonara la iglesia. Aterrada por perder la última oportunidad de ver al único hombre que quería. Que quise. El único al que querré nunca. ¿Dónde estás, Simón?, me pregunté mientras revisaba caras de gente medio conocida, obstáculos molestos que solo servían para fastidiarme el último deseo de los condenados. ¿Acaso había perdido el derecho a eso?

Y, por fin, a la derecha, en la penúltima fila, descubrí a la señora Lourdes, y ante ella sí me detuve porque en su cara había una expresión que nunca le había visto antes. Un dolor que me paralizó durante unos segundos. Ella, siempre tan reservada, tan discreta para sus cosas, no hacía el menor esfuerzo por ocultar su pena, allí, delante de un montón de extraños. Pena y algo más: sorpresa tal vez, como si no terminara de creerse que estuviera desnudando sus emociones sin el menor pudor. El señor Max, a su lado, la cogió de la mano, y ambos se pusieron de pie, al igual que el resto de los asistentes. Siempre fue tan bueno conmigo el señor Max. Cuidé a doña Cecilia, su mamá, durante sus últimos dos años de vida. De ahí partió todo, pensé. De aquella viejita descarada que me hacía leerle libros y me contaba historias y que un buen día, sin previo aviso, ya no se de

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