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EL OSCURO FINAL (LOS LIBROS DE LOS ORíGENES 3)

John Stephens

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Fragmento

1

Cautiva

—¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir!

Emma tenía la garganta irritada de tanto gritar; le dolían las manos de tanto aporrear la puerta metálica con los puños cerrados.

—¡Déjenme salir!

Se había despertado sobresaltada hacía varias horas, cubierta de sudor y con el nombre de Kate en los labios, y se encontró sola en una habitación extraña. No se cuestionó que ya no fuese de noche, que ya no estuviera en el claro. Ni siquiera se preguntó dónde estaba en ese momento. Nada de aquello importaba. Había sido raptada, era una prisionera y tenía que escapar. Así de sencillo.

—¡Déjenme salir!

Después de comprobar que la puerta estaba cerrada, su primera acción había sido inspeccionar su celda para ver si ofrecía algún medio de escape evidente. No era así. Los muros, el suelo y el techo estaban hechos de grandes bloques de piedra negra. Las tres pequeñas ventanas, demasiado altas para que Emma llegase hasta ellas, solo mostraban el cielo azul. Además de eso, estaba la cama en la que se había despertado, en realidad solo un colchón, unas cuantas mantas y un poco de comida: un plato con tortas, unos cuencos con yogur y un humus de color amarillo, una carne quemada e inidentificable y una jarra de barro llena de agua. En un arrebato de orgullo y rabia, Emma había arrojado por una ventana la comida y el agua, un acto del que ya se arrepentía, pues tenía tanto hambre como sed, mucha sed.

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—¡Déjenme... salir!

Agotada, Emma se apoyó contra la puerta. Sintió el impulso de dejarse caer al suelo, taparse la cara con las manos y ponerse a sollozar. Pero entonces pensó en Kate, su hermana mayor, y en que había oído su voz mientras Rourke cruzaba el claro con ella al hombro. Su hermana había regresado del pasado solo para morir ante ellos. Y Michael, aunque era el Protector del Libro de la Vida, había sido incapaz de traerla de regreso (por lo que Emma se cuestionó qué sentido tenía entonces poseer algo llamado «el Libro de la Vida»). ¡Pero ella había oído la voz de Kate! ¡Eso significaba que Michael debía haberlo logrado! ¡Kate estaba viva! Y saber que Kate estaba allí fuera, en alguna parte, significaba que de ningún modo, con un cero coma cero cero cero cero de posibilidades, iba ella a sentarse y echarse a llorar.

—¡DÉJENME... SALIR!

Aún tenía la frente apoyada en el frío metal de la puerta y gritaba contra él, notando las vibraciones mientras golpeaba la puerta con los puños.

—¡DÉJENME...!

Emma se detuvo y contuvo el aliento. Durante todo el tiempo que llevaba dando golpes en la puerta y gritando, la respuesta había sido un silencio absoluto y atronador. Sin embargo, entonces oyó algo, unas pisadas. Eran ligeras y procedían de abajo, muy lejos, pero cada vez sonaban más fuertes. Emma se apartó de la puerta y miró a su alrededor en busca de un arma, maldiciéndose una vez más por tirar la jarra de barro por la ventana.

Las pisadas se hicieron más fuertes, convirtiéndose en un pum, pum, pum pesado y rítmico. Emma decidió salir corriendo en cuanto se abriera la puerta. ¿No hablaba siempre Michael del factor sorpresa? Ojalá no le doliera tanto el dedo gordo del pie. Seguro que se lo había roto dándole patadas a la estúpida puerta. Las pisadas se detuvieron al otro lado y se oyó el chasquido metálico de un cerrojo. Emma se puso tensa y se preparó para salir disparada.

Se abrió la puerta, Rourke se agachó para entrar y todos los planes de huida de Emma se desvanecieron. El gigante llenaba la entrada; no habría podido pasar ni una mosca.

—¡Vaya, vaya! ¡Qué jaleo estás armando!

Llevaba un abrigo largo y oscuro de cuello alto, forrado de pelo. Calzaba unas botas negras que le llegaban casi hasta las rodillas. Sonreía mostrando kilómetros de grandes dientes blancos y tenía la piel lisa y sin cicatrices; las quemaduras que el volcán le había dejado en el rostro y que Emma había visto en el claro habían sanado por completo.

Emma notó la pared de piedra contra la espalda. Se obligó a alzar la vista y a mirar a Rourke a los ojos.

—Gabriel te matará —dijo.

El gigante se echó a reír. Se reía de verdad, echando hacia atrás la cabeza como en las películas. El sonido retumbaba contra el techo.

—Yo también le deseo buenos días, señorita.

—¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Con Rourke de pie ante ella y prácticamente sin posibilidades de escapar, Emma quería las respuestas que antes no le importaban.

—¡Oh, solo estás aquí desde anoche! Y en cuanto a tu situación, estás en el fin del mundo, y todo lo que te rodea está hechizado. Tus amigos podrían pasar por aquí sin saberlo. No te rescatarán.

—¡Ja! Tus estúpidos hechizos no van a detener al doctor Pym. Con solo hacer esto —Emma chasqueó los dedos—, destrozará todo este lugar.

Rourke le sonrió, y Emma reconoció la sonrisa que los adultos les dedican a los niños cuando no se los toman en serio. Si la cara de Rourke hubiese estado remotamente a su alcance, Emma le habría dado un puñetazo.

—Creo, moza, que sobrestimas a tu brujo y subestimas a tu amo.

—¿Qué quieres decir? El estúpido Magnus el Siniestro está muerto. El doctor Pym nos lo dijo.

Otra de esas sonrisas irritantes. Se la estaba buscando.

—Estaba muerto, niña. Pero ya no. Mi amo ha regresado. Deberías saberlo. Tú misma le viste.

—No, yo no...

Emma se calló. La había asaltado una imagen de la noche anterior, la del muchacho de ojos verdes que salió de las llamas. Una sombra pareció caer sobre su ánimo. La niña luchó por deshacerse de ella, se dijo que era imposible, ¡ese muchacho no podía ser Magnus el Siniestro!

Rourke dijo:

—Conque te acuerdas.

Había un tono de triunfo en la voz del irlandés. Sin embargo, si esperaba que esa niña flaca y agotada se rindiera, llorara, se derrumbara y se diera por vencida, estaba muy equivocado. Emma era ante todo una luchadora. Había crecido peleando, año tras año, orfanato tras orfanato, peleando por cosas pequeñas y cosas grandes, por una toalla sin agujeros, un colchón sin pulgas, peleando con chicos que se metían con Michael, con chicas que se metían con Michael, y sabía reconocer a un abusón cuando lo veía.

Levantó la barbilla y cerró los puños, como si pudiera pelear con él.

—Mientes. Está muerto.

—No, niña. Magnus el Siniestro vive. Y es gracias a tu hermano.

A pesar de su rabia, Emma intuyó que Rourke decía la verdad. Pero no tenía sentido. ¿Por qué iba Michael a hacer eso? Entonces, en un instante, comprendió lo que había ocurrido: ese era el precio que Michael había pagado por traer de regreso a Kate. Y al saber que, con tal de que Kate pudiera vivir, Michael había asumido la culpa que otros le atribuirían por desatar el poder de Magnus el Siniestro sobre el mundo, Emma experimentó una oleada de cariño hacia su hermano y se sintió más fuerte. Se irguió un poco.

—Y entonces ¿por qué no está aquí tu estúpido amo? ¿Es que tiene miedo?

Rourke la miró fijamente y luego, como si hubiese tomado una decisión, dijo:

—Ven conmigo.

Se volvió y salió por la puerta a grandes zancadas, dejándola abierta. Emma se quedó allí en actitud desafiante, sin querer hacer nada de lo que Rourke sugiriese. Entonces comprendió que no iba a conseguir gran cosa quedándose en su celda y se apresuró a seguirle.

Justo al otro lado de la puerta, había una escalera que dibujaba una curva, y la muchacha oyó las pisadas de Rourke abajo, alejándose. Así que estaba en una torre. Había empezado a sospecharlo. Empezó a bajar, y en cada piso encontró una puerta de hierro como la suya. Pasó por ventanas situadas a la altura de sus ojos, y a medida que descendía por la torre vio un mar de escarpadas montañas cubiertas de nieve que se extendía en todas direcciones.

¿Dónde estaba?

La escalera terminaba en un pasillo hecho de la misma roca negra y áspera que la torre, y Rourke giró hacia la derecha sin molestarse en esperar. Intuyendo una oportunidad, Emma giró hacia la izquierda, pero le cerraron el paso un par de morum cadi de ojos amarillos, vestidos de negro. Tanto si Rourke los había apostado allí como si no, las criaturas parecían estar esperándola. La miraron fijamente mientras su olor a podredumbre llenaba el corredor, y Emma sintió que un miedo terrible y vergonzoso crecía en su pecho.

—¿Vienes? —resonó la voz de Rourke pasillo abajo, burlona—. ¿O necesitas que te coja de la mano?

Maldiciendo su propia debilidad, Emma corrió tras el hombre, mordiéndose el labio para no llorar. Se prometió estar presente, lanzando vítores y flores, cuando Gabriel le cortase por fin a Rourke esa estúpida cabeza calva.

Él la estaba esperando junto a una puerta que daba al exterior.

—Sé lo que quieres —dijo ella al llegar—. Quieres que te ayude a encontrar el último libro. Kate tiene el Atlas, Michael tiene la Crónica o como se llame. Sé que el último es mío.

La muchacha no sabía con certeza por qué había dicho eso. Quizá fuese porque le daba mucha rabia asustarse por un solo par de chirridos, pues había visto centenares de ellos. Simplemente la habían pillado desprevenida. Además, quería demostrarle a Rourke que no era una cría; sabía cosas.

Rourke la miró. La cúpula de su cabeza se perfilaba contra un cielo completamente azul.

—¿Y sabes cuál es el último libro?

—Sí.

Rourke no dijo nada. Un viento gélido inundó el corredor, pero Emma se quedó como estaba, con los brazos a los costados del cuerpo. Habría preferido morirse a reconocer que tenía frío.

—Es el Libro de la Muerte, y no te ayudaré a encontrarlo. Ni lo sueñes.

—Intentaré superar mi decepción, pero al menos dale al libro su correcta denominación. Llámalo la «Cuenta». Y te equivocas en otra cosa: lo encontrarás para nosotros. Aunque aún no. Magnus el Siniestro tiene planes más inmediatos. Has preguntado dónde estaba. Ven.

Salió al exterior y Emma le siguió, irritada consigo misma una vez más por obedecerle.

Recorrieron la parte superior de una muralla de piedra que bordeaba un amplio patio cuadrado extendido hacia un lado de la fortaleza, probablemente la fachada exterior. Al volver la vista atrás, Emma vio que la fortaleza se alzaba negra y enorme. La torre donde había estado apuntaba al cielo como un dedo torcido. Bajo sus pies, el patio estaba ocupado por treinta o cuarenta imps y morum cadi. Nada de lo que no pudieran encargarse el doctor Pym y Gabriel.

Aun así, Emma sintió que se desvanecía su confianza.

La fortaleza estaba construida encima de una aguja rocosa que se alzaba en un valle rodeado de montañas por todas partes, y desde la muralla podía verse lo que pasaba a kilómetros de distancia. Gabriel y los demás tendrían que encontrarla primero, atravesar todas esas montañas después, e incluso entonces seguirían sin poder acercarse a la fortaleza sin ser vistos.

Rourke se había detenido en una esquina y le hizo señas para que se adelantase. Emma se armó de valor para no mostrar temor alguno.

—Hace cuarenta años —dijo el gigante—, Pym y otros del mundo mágico atacaron a mi amo. Creyeron vencerle y destruirle. Pero él tiene un poder que sus enemigos no comprenden. Y muy pronto lo sabrán.

Le indicó con un gesto que mirase hacia el fondo del valle. La muchacha apoyó las manos en la áspera piedra y se inclinó hacia delante.

Por un instante no entendió lo que veía. Luego, aunque se había prometido no mostrar temor, emitió un grito ahogado. Porque el fondo del valle, que ella creía cubierto de un oscuro bosque, estaba lleno de movimiento. Y mientras cambiaba su interpretación de lo que estaba viendo, se dio cuenta de que oía débiles y lejanos golpes, porrazos y gritos, y un profundo y rítmico redoble de tambores. Había hogueras ardiendo por todo el valle, humo negro que se alzaba hacia el cielo; lo que Emma había tomado al principio por árboles no eran árboles, sino figuras, imps y chirridos y a saber qué más, miles y miles de ellos.

Estaba mirando un ejército.

—Magnus el Siniestro se va a la guerra —dijo Rourke, y su voz tembló de pura emoción animal.

2

El Archipiélago

—¡Deprisa, niños! Queda poco tiempo.

Kate, Michael y el brujo se apresuraban por las callejas sinuosas. El día, cálido y soleado hasta hacía unos minutos, se había ensombrecido por las nubes. Un viento frío alzaba pequeños tornados de polvo que subían en espiral.

—¿Adónde vamos? —inquirió Michael, jadeante. Sus pies chocaban contra los adoquines, y el bolsillo interior de la bolsa que le había regalado Wilamena, la princesa de los duendes, para sustituir la que perdió en el volcán, y que contenía la Crónica encuadernada en piel roja, le golpeaba la cadera.

—Al puente que cruzamos anoche —dijo el doctor Pym—. Mi amigo está creando un portal.

—¿Un portal adónde? —preguntó Kate.

—A algún sitio seguro —respondió el brujo, y después añadió en voz baja, quizá confiando en que no le oyeran—: O eso espero.

—Pero Emma...

—Hemos pasado la voz. No podemos hacer nada más. Ahora daos prisa.

La ciudad era un conjunto de tiendas y casas con aguilones enclavada junto al Danubio, unos kilómetros al oeste de Viena. Formaba parte del mundo mágico y no aparecía en ningún mapa ni atlas; estaba oculta, invisible para todos salvo unos pocos elegidos. Kate calculaba que era el decimocuarto o decimoquinto lugar de ese tipo (había perdido la cuenta exacta) que el brujo, Michael y ella habían visitado en los tres días transcurridos desde el rapto de Emma y la huida de los tres de aquel bosque de los duendes situado en el último rincón del mundo. Estaba el pueblo cercano a Ciudad de México donde hablaron con tres magos ciegos que sabían todo lo que dirían los niños antes de que hablasen; estaba el restaurante de Moscú lleno de humo donde enanos de altas botas negras y camisas largas como sotanas llevaban bandejas de plata cargadas con humeantes cafeteras; el pueblo flotante del mar de China donde vieron formas luminosas y espectrales («espíritus del agua», las llamó el brujo) flotando tenues en la superficie del agua por la noche; el pueblo nevado de los Andes donde el mal de altura les oprimió los pulmones; la pesquería de Nueva Escocia —llovía y olía a pescado—; la escuela de brujería de la llanura africana abrasada por el sol donde niños y niñas menores que Michael, con la cabeza rapada y unas túnicas de un amarillo vivo, corrían entre risas, pasándose bolas de fuego de color turquesa.

Y a todos los lugares a los que iban llevaban el mismo mensaje: Magnus el Siniestro ha vuelto, tened cuidado.

Y en todas partes hacían las mismas preguntas: «¿Habéis visto a nuestra hermana?», «¿Habéis visto a nuestros padres?».

Y en todas partes recibían las mismas respuestas: «No», «No».

El día anterior (aunque quizá fuera el mismo día, pues era difícil orientarse cuando se recorría el globo a toda velocidad y el mediodía se convertía en la noche más profunda en un abrir y cerrar de ojos) habían estado en una pequeña población de la costa australiana donde unas olas azules y blancas rompían alargadas contra una playa dorada y los habitantes parecían tan aficionados a la magia como al surf. Habían ido a ver a un amigo del doctor Pym, un brujo delgado y arrugado por el sol que iba descalzo a todas partes y llamaba a Michael «coleguita», y le habían hecho las mismas preguntas que a todo el mundo, para recibir las mismas respuestas. De pronto, había aparecido en el centro del pueblo una legión de morum cadi vestidos de negro, con las espadas desenvainadas y unos gritos que brotaban de sus gargantas y helaban la sangre. El doctor Pym había abierto inmediatamente un portal en la salita del hombre, una cortina de aire con un brillo trémulo que obligó a atravesar a los niños, quienes afirmaban poder ayudar...

—No. En realidad, vuestra sola presencia aquí aumenta el peligro para los demás.

... y al cabo de un momento se encontraban junto a las aguas de color azul oscuro del Danubio.

Agotados y conmocionados, habían ido a la casa de otro de los amigos del brujo, una bruja de rostro sombrío con el pelo negro y corto aplastado contra la cabeza, y tras varias tazas de té fuerte y las habituales preguntas y respuestas («no», «no»), habían mandado a Kate y Michael a pasear por el jardín de la mujer, quien les advirtió que algunas de las plantas mordían, para poder hablar a solas. Pero no llevaban allí ni una hora cuando Pym salió corriendo de la casa y les llamó a gritos.

—¿Por qué corremos? —preguntó Michael en ese instante—. ¿No puede abrir un portal en cualquier parte?

—No —respondió el brujo—, pero no es el momento más oportuno para explicarlo.

—¿Por qué no utilizo el Atlas, entonces? —dijo Kate. Nadie ponía en duda que la magia del Atlas residía dentro de ella y podía invocarla a su voluntad para viajar a través del tiempo y del espacio—. Puedo...

—¡No! Solo cuando no haya otra opción. ¡Es demasiado peligroso!

Kate se disponía a aducir que su situación actual parecía bastante peligrosa cuando el grito de un chirrido desgarró el aire, y Michael y ella se detuvieron en seco. No pudieron evitarlo. Ambos sabían controlar el miedo que les asaltaba cuando oían el alarido de un morum cadi, pero necesitaban tiempo para prepararse, para estar listos.

Ese grito les había cogido desprevenidos y sonaba muy cerca.

Entonces Kate vio que el brujo se volvía. Sus manos se movieron siguiendo una pauta determinada, y a espaldas de los niños la calle pareció alzarse como una ola justo cuando dos chirridos volvían la esquina para cargar contra ellos. Los morum cadi estaban a pocos metros de distancia, tan cerca que Kate pudo ver sus brillantes ojos amarillos, pero las piedras de la calle se estaban apilando hasta formar un muro a cada lado que llegaba a los tejados de las casas, y justo cuando las criaturas habrían caído sobre ellos, Kate y Michael se encontraron seguros detrás del muro del brujo, escuchando el estrépito de las espadas de los monstruos contra las piedras.

—Venid —dijo el doctor Pym, y los sacó de allí.

Una manzana más adelante, Kate, Michael y el brujo salieron del laberinto de calles. El río se hallaba ante ellos, un puente lo cruzaba, y allí, de pie en la cabecera del puente, estaba la bruja morena con un aspecto aún más sombrío y malhumorado que antes.

—¿Está a punto? —preguntó el doctor Pym.

—El portal está abierto —respondió la bruja. Hablaba con acento extranjero y con mucha fuerza, escupiendo cada palabra como si fuera una bala de cañón, como si estuviera decidida a mandarla lo más lejos posible—. Os llevaré a San Marco, donde podréis subir a una barca.

—Muy bien. Y nos veremos mañana.

—Sí.

—Y no te olvides de...

—Cerrar el portal cuando hayáis cruzado. Lo sé. Daos prisa. Ya casi están aquí. —Por un momento los ojos de la mujer se posaron en Kate y su hermano, y su rostro se suavizó un poquitín—. Encontraremos a vuestra hermana y a vuestros padres. Vuestra familia no está perdida. Ahora marchaos.

Y de repente el doctor Pym tiraba de ellos por la pendiente del puente. Kate vio la ondulación en el aire, semejante a la del agua que corría debajo de sus pies. Alargó el brazo y cogió a su hermano de la mano; había atravesado muchos portales diferentes en los últimos días, avanzando entre un humo que no la ahogaba, entre un fuego que no quemaba, a través de cascadas o de un rayo de luz, pero siempre se aseguraba de coger a Michael de la mano. Ya había perdido mucho; no iba a perderle a él.

Los alaridos de los chirridos sonaban ya más fuertes y más cerca, pero Kate no se volvió a mirar; mantuvo la vista fija en la trémula cortina de aire. El doctor Pym les franqueó el paso y ella agarró la mano de Michael con más fuerza todavía, cerró los ojos y notó el remolino familiar que le revolvía el estómago, el fuerte sonido precipitado al pasar por un túnel, se le destaponaron los oídos, y luego, silencio.

O no exactamente, pues se oían el suave romper de las olas en la orilla y el grito de alguna gaviota en el cielo. Kate notó el sol en la cara y abrió los ojos. Unas vastas aguas azules se extendían ante ellos, y por un momento creyó que habían vuelto a Australia. Entonces vio que se hallaban en una playa de piedras lisas grises y negras.

Miró a Michael.

—¿Estás bien?

Él asintió con la cabeza y apartó su mano de la de ella.

—Sí.

—¿Tienes idea de dónde estamos?

Michael se encogió de hombros.

—Supongo que nos lo dirá el doctor Pym.

Pero el brujo había echado a andar ya por la playa en dirección a un embarcadero donde estaban atracadas una docena de barcas de aspecto maltrecho con redes negras atadas a los lados. Kate observó a su hermano. Michael se había quitado las gafas y se las estaba limpiando en la camisa. Hacía varios días que estaba muy callado. La muchacha lo entendía, por supuesto. Michael se culpaba del regreso de Magnus el Siniestro y, por extensión, del rapto de Emma. Kate había tratado de decirle que solo había hecho lo que tenía que hacer, que lo ocurrido era tan culpa de ella como de él.

—¿Sí? —había dicho su hermano cuando se lo había sugerido—. ¿Y eso por qué?

—Bueno, soy yo la que murió.

Había muerto, y Michael había utilizado la Crónica, el Libro de la Vida, para traerla de regreso. Sin embargo, para ello había tenido que resucitar primero a Magnus el Siniestro, quien con la ayuda de su esbirro Rourke se había apresurado a raptar a Emma. Así que él solamente había hecho lo que había hecho porque ella se había dejado matar.

Hay culpa para dar y regalar, había querido decir Kate.

Pero no podía dejar de pensar que había algo más. Algo que él no le contaba. ¿Qué era esa barrera que Michael había creado entre los dos?

Unos pocos minutos después, estaban en una barca. El casco golpeaba —tap, tap, tap— contra las pequeñas crestas del agua y el viento inflaba las dos velas. La superficie del mar aparecía salpicada de islas por todos lados. A Kate el pelo le azotaba la cara, y la muchacha tuvo que sujetárselo con las manos. Michael y ella estaban sentados en un banco del centro, con los pies apoyados en las gruesas redes plegadas. El brujo se hallaba frente a ellos, mientras que el capitán, en la popa, sujetaba el timón con una sola mano con gesto despreocupado. La barca olía a pescado y salitre. El doctor Pym había dicho que su viaje no duraría más de una hora, y por la relativa calma del mar y el modo en que la barca se deslizaba por el agua, Kate supuso que el viento que henchía las velas era obra del brujo.

—Quiero agradeceros vuestra paciencia —dijo el doctor Pym, levantando la voz para hacerse oír por encima del fuerte viento—. Sé que últimamente no he estado muy comunicativo, pero era importante que nos moviéramos deprisa y recorriésemos la mayor distancia posible. Por eso envié a los demás.

Al decir «los demás» se refería a Gabriel y a los duendes. La noche que Kate, Michael y el doctor Pym habían abandonado la Antártida, Gabriel y dos grupos de duendes habían salido también a buscar a Emma y a anunciar a toda la comunidad mágica que Magnus el Siniestro había regresado. Kate se preguntó si alguno de ellos habría tenido noticias de Emma.

—Sin embargo, ha llegado el momento de iniciar la siguiente fase —añadió el brujo.

—¿Cómo? —dijo Kate—. ¡La siguiente fase es rescatar a Emma!

—Por supuesto. Esa es nuestra primera meta, la más importante. Pero, una vez que rescatemos a vuestra hermana, el regreso de Magnus el Siniestro seguirá requiriendo acciones. Es parte del mensaje que he estado llevando de un lado a otro. Dentro de dos días todos los miembros del mundo mágico que apoyan nuestra causa, duendes, humanos y enanos, enviarán representantes aquí para que podamos planear nuestra estrategia.

—¿Quiere decir que vamos a empezar una guerra? —preguntó Michael.

De pronto el brujo pareció muy viejo y cansado.

—Querido muchacho, a juzgar por los recientes acontecimientos, la guerra ha empezado ya.

—¿Y dónde es «aquí»? —preguntó Kate—. ¿Adónde vamos?

—Esto —el brujo estiró un largo brazo para abarcar el mar y las islas que les rodeaban— es el Archipiélago, un conjunto de unas cuarenta islas en pleno centro del Mediterráneo, aunque resulte invisible para el mundo exterior. Todas las islas son distintas entre sí: hay territorios de enanos y territorios de duendes, y en algunas solo viven hadas, trolls o dragones.

»Pero vamos allí. —Y señaló un promontorio verde a lo lejos—. Altre Terros, también llamada Loris o Xi’alatn. Es nuestra ciudad más grande, el mayor núcleo de población mágica y, en muchos aspectos, el verdadero corazón de nuestro mundo. Con un poco de suerte, allí encontraremos las respuestas y la ayuda que buscamos.

Se quedaron en silencio. Kate renunció a sujetarse el pelo y se concentró en afianzarse para no perder el equilibrio debido al movimiento del barco. También intentó, como había hecho en cada momento de tranquilidad de los dos últimos días, no pensar en Emma, no preguntarse si estaría herida o asustada, no preguntarse cuándo volvería a ver a su hermana, pues hacerlo era caer en un hoyo de inquietud y culpa que solo conducía a más inquietud y culpa.

En vez de eso, pensó en sus padres y en el mensaje que había recibido Michael diciendo que se habían escapado e iban en busca del último Libro de los Orígenes. Durante diez años sus padres habían sido prisioneros de Magnus el Siniestro. ¿Cómo se habían escapado? ¿Les había ayudado alguien? En tal caso, ¿quién había sido? ¿Y por qué habían partido en busca del último libro en lugar de intentar encontrar a sus hijos? ¿Tenía algo que ver con la advertencia de su padre de que no debían permitir que el doctor Pym reuniese los tres libros? Los niños no tenían modo de saberlo, porque la advertencia no procedía de su padre mismo, sino de una proyección fantasmal suya contenida en una esfera de cristal que Michael había hecho pedazos, y el fantasma se había desvanecido sin explicar los motivos de su advertencia. Los niños no le habían transmitido al doctor Pym esa parte del mensaje, pero no paraban de debatir en vano sobre lo que podía significar. Kate estaba a favor de preguntárselo al brujo directamente, pero Michael se negaba, diciendo que necesitaban más información, y como era él quien había recibido el mensaje, su hermana postergaba la decisión.

Kate miró al viejo brujo. Llevaba su habitual traje de tweed raído y sus gafas de carey torcidas y llenas de parches (con los cristales salpicados de espuma de mar). Su pelo blanco y rebelde estaba alborotado por el viento. Solo con mirarle se sintió reconfortada. Era el doctor Pym; era su amigo.

¿Por qué no se esforzaba más por convencer a Michael de que debían contarle al brujo lo que había dicho su padre? ¿Había en realidad una parte de ella que dudaba de él?

Ya se estaban aproximando a la isla, y Kate hizo un esfuerzo por volver al presente. La isla, rodeada de una franja de imponentes acantilados blancos, parecía alzarse sobre sus cabezas. El interior de la isla estaba cubierto de vegetación, y en el centro había una única montaña escarpada, con puntiagudas agujas que salían de sus laderas. Kate no vio ciudades ni pueblos.

—Estamos rodeando el lado de barlovento —dijo el brujo—. La ciudad de Loris está a sotavento, donde los acantilados llegan hasta el agua.

Mientras hablaba, el bote empezó a dar bordadas, y tanto Kate como Michael se agarraron al borde. Empezaron a ver más embarcaciones, viejas barcas de pesca como la que ocupaban, barcos pequeños pilotados por serios marineros enanos, un barco muy rápido pintado con complicados dibujos florales y pilotado por un duende que se las ingeniaba para entonar una canción para un grupo de delfines, peinarse y manejar el timón, todo al mismo tiempo, y que les saludó con un gesto despreocupado del brazo y la expresión un tanto extraña «¡La-la-lo!».

Kate esperó a que Michael hiciese un comentario sobre la ridiculez de los duendes, pero su hermano permaneció en silencio.

Al dar la vuelta a la isla los niños vieron que, en efecto, los acantilados empezaban a descender hacia el agua y se abría un puerto. Era como si la isla extendiese un par de largos brazos rocosos y la barca se dejase estrechar entre ellos, pasando a una zona de serenas aguas azules. Muelles de piedra y madera penetraban en el puerto como dientes mellados, y había docenas de barcos, atracados o zigzagueando entre las demás embarcaciones. La sensación general era de una incesante actividad comercial: algunas barcas llevaban enormes capturas de pescado y otras aparecían cargadas de cajas y mercancías, y en el aire resonaban los gritos y exclamaciones de los trabajadores.

Más allá del puerto había una estrecha playa y luego unas altas murallas blancas que se extendían en torno a la ciudad, sin duda construidas tiempo atrás para su defensa, aunque en ese momento las puertas estaban abiertas de par en par y la parte superior de los muros estaba adornada con abundantes flores. La ciudad en sí, que ascendía por la pendiente, era un conjunto escalonado de casas apiñadas de piedra blanca; pero lo que atrajo la atención de Kate fue una estructura única ubicada en la parte más alta de la ciudad y que daba la espalda a los acantilados. Aunque el resto de la ciudad estaba hecho de la misma piedra blanca, este edificio era inmenso y de color rosa; se cernía sobre la ciudad como si fuese el refugio de unos gigantes.

Kate supo sin lugar a dudas que la fortaleza de color rosa era su destino.

El viento mágico había abandonado las velas y la barca se deslizaba hacia un embarcadero de piedra donde quedaba libre un solo puesto de atraque. Al acercarse, los niños distinguieron una figura baja y robusta en el embarcadero. La figura le gritaba a un pescador que intentaba atracar su barca:

—¡¿Que quién soy?! ¡Soy el tipo que va a hundir esa bañera podrida a la que llamas barca si no te largas! ¡Este está reservado!

Para dejarlo más claro, la figura se sacó del cinturón un hacha reluciente y la blandió contra el pescador, que ya estaba remando hacia atrás a toda prisa.

Al reconocer el rostro y la voz de la baja figura, Kate experimentó auténtica felicidad por primera vez desde hacía días.

En el mismo momento Michael dio un salto y a punto estuvo de hundir la barca, gritando:

—¡Es el rey Robbie! ¡Rey Robbie! ¡Rey Robbie!

El rey de los enanos, que ya les había visto, agitó sus brazos rechonchos y sonrió de oreja a oreja.

—¡Ah, vosotros dos sois un regalo para la vista! Dejad que os vea bien.

Los niños se hallaban en el embarcadero, y Robbie McLaur, el rey de los enanos de Cascadas de Cambridge, ya les había abrazado con fuerza y les había besado en ambas mejillas con su cara barbuda.

—Estás más guapa que nunca —le dijo a Kate—, si es que tal cosa es posible. ¡Y tú —se volvió hacia Michael— no eres el mismo mocoso ingenuo que vi en Navidad! ¡Me apostaría la barba a que ha pasado algo! ¡Di la verdad!

—Sí, majestad —dijo Michael, sin ocultar su alegría por reunirse con su viejo amigo—, hemos vivido una gran aventura. Tuve una pelea con un dragón, aunque en realidad no fue nada del otro mundo, y hubo un asedio en el que tuve una pequeña participación...

—Te has enamorado, ¿a que sí? ¡No me mientas, chaval! —El rey Robbie agitó un dedo en su cara—. ¡No intentes ocultárselo a Robbie McLaur! ¿Cómo se llama la afortunada doncella enana?

Kate vio que Michael se ponía colorado y balbuceaba:

—Oh..., bueno..., yo...

El enano se echó a reír y le dio una palmada en el hombro.

—Te estoy tomando el pelo. No hay vergüenza en enamorarse de una muchacha humana. No es como si te enamorases de una duende, ¿verdad?

Kate, que conocía parte de la historia de la princesa Wilamena y sabía que Michael conservaba en su macuto un mechón de pelo del color del sol atado con un lacito de seda, vio que su hermano se ponía más colorado todavía.

—Una duende —dijo el chico—. ¡Chorradas!

Entonces el rey de los enanos apoyó una mano pequeña y fuerte en el hombro de cada uno, agarrándoles de una forma que casi resultaba dolorosa.

—Sé que sabéis lo que os voy a decir, pero lo diré de todos modos, porque decir algo en voz alta significa mucho. Encontraremos a vuestra hermana. Yo, Robbie McLaur, no descansaré hasta que esté libre, y tampoco lo hará ninguno de mis enanos. —Reflexionó un momento y luego añadió—: Salvo Hamish. Ese zoquete inútil no hace nada más que descansar. Y beber y comer. Cualquier cosa que no sea trabajar y ducharse. Sea como sea —y les agarró de los hombros con más fuerza todavía—, la traeremos a casa. Os doy mi palabra.

Kate notó que las lágrimas acudían a sus ojos y abrazó con mucha fuerza al rey de los enanos.

—Vamos, vamos, pequeña —murmuró este, dándole unas palmaditas en la espalda.

El doctor Pym, que había guardado silencio, habló entonces:

—Majestad, llevamos algún tiempo viajando sin descanso y estoy seguro de que los niños están agotados. Deberíamos llevarles a sus habitaciones.

—Desde luego —dijo el enano—. Por aquí.

Los cuatro amigos recorrieron el muelle, cruzaron la playa, dejaron atrás a la multitud que salía encauzada por las puertas de las murallas y entraron en la ciudad propiamente dicha. Las calles estrechas subían la colina haciendo eses, pasando de un nivel a otro mediante tramos de peldaños bajos y alargados. De cerca, vieron que la piedra blanca que constituía todos los elementos de la ciudad —las casas, las calles, los muros de los huertos, una pila con agua para los pájaros— no era de un blanco puro, sino que tenía motas y vetas grises y negras. Pasaron junto a humanos, enanos y duendes que compraban, barrían la puerta de casa y comían en cafés, y Kate notó que eran el centro de todas las miradas.

Se preguntó si todo el mundo sabía que estaban allí o si Michael y ella simplemente destacaban entre los lugareños.

—Llegué anoche —decía el rey Robbie—. Todo está como me lo pidió.

—Gracias —contestó el doctor Pym—. Dígame: ¿ha habido informes de algún ataque?

Él y el rey Robbie caminaban un paso por delante de Kate y Michael.

—Por desgracia, sí. Hoy han llegado dos. Uno de Sudamérica. Otro del Cuerno de África. ¿Cómo lo sabe?

—Tuvimos nuestros propios problemas.

—Entonces la cosa está empezando. Son los primeros chubascos antes de la tormenta. Pero ¿cómo demonios es tan fuerte? Antes no era ni la mitad de audaz. ¡Declarar la guerra al mundo entero!

—Lo cierto es que parece haber hallado una nueva fuente de poder. Tiemblo al pensar qué puede ser. ¿Ha tenido noticias de Gabriel o de los demás?

—No.

El rey Robbie y el brujo siguieron hablando, pero Kate dejó de escuchar. Ya había oído todo lo que quería saber: Emma seguía sin aparecer.

Doblaron una esquina, y al final de la calle Kate vio el edificio de color rosa en el que se había fijado desde la barca. Lo más extraordinario, aparte de su enorme tamaño y el vibrante tono rosa de la piedra, era la tremenda confusión de su aspecto. La fachada subía y bajaba de manera irregular; el tejado estaba salpicado por una serie de cúpulas, pérgolas y torres, todas ellas de distintos tamaños y formas; había docenas de balcones, columnatas y arcos desperdigados; era un revoltijo gigantesco. Y, sin embargo, había en todo ello una belleza extraña, casi perfecta, como el complejo crecimiento natural de una flor.

Y había más: el edificio contaba con un poder indefinible. Kate había notado una vibración en el pecho al verlo desde la barca, y entonces, de cerca, lo supo con certeza. El edificio de color rosa estaba construido para proteger algo. Pero ¿qué?

Atravesaron un arco. Les saludaron dos guardias armados (un humano y un enano) y se encontraron en un pasadizo que discurría por debajo del edificio.

El brujo se detuvo.

—Esta es la Ciudadela Rosa. Cuando los del mundo mágico celebramos reuniones, es aquí donde nos encontramos. Este edificio alberga la mayor biblioteca mágica que existe, además de contar con innumerables tesoros y misterios. Es al mismo tiempo museo, universidad y sala del Consejo. Y en las plantas superiores hay varias habitaciones muy cómodas para invitados. Os he reservado un par.

—¿Qué hay ahí? —preguntó Kate, señalando un punto del pasadizo en el que se veía una franja de verde.

—El Jardín —contestó el brujo—. La Ciudadela está construida a su alrededor. Después os llevaré a verlo.

«Está aquí dentro —se dijo Kate—. Lo que siento está aquí dentro.»

Se despidieron del rey Robbie, que prometió verles en la cena. El doctor Pym les condujo a través de una puerta y luego por un zigzag interminable de escaleras y pasillos, hasta que por fin entraron en una amplia habitación, fresca y tenuemente iluminada. Kate pudo distinguir una cama, una silla, una mesa; el brujo abrió un par de pesados postigos de madera, la luz entró a raudales y apareció el mar azul, muy por debajo de ellos. El doctor Pym señaló una puerta.

—Esa puerta da a un segundo dormitorio. Tomaos algo de tiempo para descansar y recuperar fuerzas. Vendré a buscaros para cenar. Y sabed que estáis más seguros aquí que en ningún otro lugar del mundo.

Luego se volvió y salió.

Como si su agotamiento hubiese estado allí esperándola, Kate sintió que un gran peso se instalaba sobre sus hombros. Se sentó en la cama. Un momen ...