Loading...

EL OTRO HIJO

Sharon Guskin

0


Fragmento

1

La víspera de su treinta y nueve cumpleaños, el día más deprimente del peor febrero que alcanzaba a recordar, Janie tomó la que acabaría siendo la decisión más trascendental de su vida: disfrutar de unas vacaciones.

Trinidad tal vez no era la mejor elección; ya puestos a ir lejos, mejor viajar a Tobago o Venezuela, pero le gustaba cómo sonaba, Tri-ni-dad, su musicalidad era prometedora. Compró el billete más barato que encontró y llegó allí justo cuando los últimos juerguistas de las fiestas del carnaval volvían a casa y las alcantarillas estaban llenas a rebosar de la basura más bonita que había visto en su vida. Las calles estaban vacías, la gente durmiendo la mona. Las patrullas de limpieza trabajaban con lentitud, sus movimientos complacidos y submarinos. Recogió de la acera puñados de confeti, plumas de vivos colores y fragmentos de bisutería de plástico y se lo guardó todo en los bolsillos, en un intento de absorber la frivolidad por osmosis.

En el hotel había una boda, una norteamericana que se casaba con un nativo de Trinidad, y la mayoría de los invitados se hospedaban allí. Deambulaban por todos lados trazando círculos, los tíos, las tías y los primos languideciendo bajo el calor, las mejillas embadurnadas con esa pincelada de rojo que da la quemadura del sol y que les proporcionaba un aspecto de mayor felicidad de la que en realidad sentían, mientras que los perplejos trinis, siempre en grupitos, reían y charlaban en su acelerada jerga.

La humedad era intensa, pero el cálido abrazo del mar compensaba, como un premio de consolación para el desamorado. La playa era exactamente igual que en la fotografía, con palmeras, mar azul y verdes colinas, con tábanos que te rozaban los tobillos y luego se pegaban a ellos para recordarte que aquello era real, con cabañas plantadas aquí y allá donde vendían «pan con tiburón»: un bocadillo de pan frito con tiburón rebozado que sabía mejor que cualquier otra cosa que Janie hubiera comido nunca. En la ducha del hotel había agua caliente a veces, a veces solo fría, y a veces ni caliente ni fría.

Los días transcurrían con facilidad. Se tumbaba en la playa con una de aquellas revistas femeninas que normalmente no se permitía a sí misma y dejaba que sus piernas se empaparan de sol y de espuma del mar. Había sido un invierno muy largo, con una sucesión interminable de tempestades de nieve, una serie de calamidades que Nueva York no estaba preparada para recibir. Le habían asignado el diseño de los baños del museo que estaba remodelando su estudio, y a menudo había acabado dormida en la mesa y soñando con baldosas azules, o cogiendo un taxi pasada la medianoche para regresar a su silencioso apartamento y derrumbarse en la cama antes incluso de que le diera tiempo a preguntarse cómo era posible que su vida se hubiera convertido en aquello.

Cumplió los treinta y nueve la penúltima noche que pasó en Trinidad. Se sentó sola en el bar de la terraza, con la música de fondo de la cena de ensayo de la boda que tenía lugar en el salón de banquetes de al lado. Se alegraba de haberse librado del «brunch de cumpleaños» habitual, de las oleadas de amigas con maridos y niños y de sus entusiastas tarjetas de felicitación en las que siempre le aseguraban que «¡Este año será el año!».

¿El año de qué?, siempre había querido preguntar.

Aunque sabía a qué se referían: el año en que encontraría un hombre. Aunque le parecía improbable. Desde el fallecimiento de su madre, no había tenido valor para volver a salir con chicos; sabía que luego no podría comentar con ella por teléfono hasta el más mínimo detalle, que no podría mantener aquellas conversaciones interminables y necesarias que a veces se prolongaban incluso más que la cita en sí. Los hombres habían entrado y salido de su vida; en muchos casos, los había sentido lejos de ella meses antes de que realmente se marcharan. Su madre, sin embargo, siempre había estado allí; su amor había sido algo tan básico y necesario como la gravedad, hasta que un día ya no estuvo más.

Janie pidió una copa y echó un vistazo a la carta. Se decidió por el curry de cabra porque no lo había probado nunca.

—¿Está segura? —preguntó el camarero. Era un niño, en realidad, que no llegaría ni a los veinte, de cuerpo muy delgado y con unos ojos enormes y risueños—. Es picante.

—Podré con ello —replicó ella, sonriéndole y preguntándose si podría sacarse de la manga una aventura en su penúltima noche allí y qué sensaciones le generaría volver a tocar otro cuerpo.

Pero el chico se limitó a asentir y le sirvió el plato al cabo de poquísimo rato, sin quedarse siquiera a mirar si lo toleraba o no.

El curry de cabra rugió en el interior de su boca.

—Estoy impresionado. Creo que yo no podría comerme eso —comentó el hombre que estaba sentado dos mesas más allá.

Estaría en algún lugar intermedio de la mediana edad, un busto de hombre, todo torso y hombros, con un círculo de pelo rubio de punta rodeándole la cabeza como los laureles de Julio César y una nariz de boxeador debajo de unos ojos osados, invictos. Era el único huésped que no estaba con el grupo de la boda. Ya lo había visto por el hotel y en la playa, y sus revistas de negocios y su anillo de casado no le habían inspirado en absoluto.

Lo saludó con un ademán de cabeza, se llevó a la boca una cucharada especialmente grande de curry y sintió el calor rezumándole por todos los poros.

—¿Está bueno?

—Sí, la verdad es que sí —reconoció Janie—, siempre y cuando te guste que la boca te arda como un infierno.

Bebió un trago del ron con cola que había pedido; después de tanto fuego, el sabor resultaba gélido y sorprendente.

—¿En serio? —Trasladó la mirada del plato a la cara de ella. Tenía las mejillas y la coronilla sonrosadas, como si hubiera subido volando hasta el sol y lo hubiera capturado—. ¿Te importaría dejármelo probar?

Janie se quedó mirándolo, algo desconcertada, y se encogió de hombros. Qué más daba.

—Adelante.

Se instaló rápidamente en la silla de enfrente de ella. Le cogió la cuchara, la colocó encima del plato, la sumergió y cogió una cucharada de curry que se llevó a la boca.

—Dii-os —dijo. Engulló un vaso entero de agua—. Dii-os mío.

Pero lo dijo riendo, sus ojos castaños admirándola con sinceridad por encima del borde del vaso. Seguramente debía de haberse fijado que antes le sonreía al chico del bar y había llegado a la conclusión de que quería rollo.

¿Pero quería rollo? Lo miró y lo captó al instante: el interés en su mirada, la facilidad con que situaba la mano izquierda ligeramente por detrás de la cesta del roti para esconder temporalmente el dedo que lucía el anillo de casado.

Estaba en Puerto España en viaje de negocios, era un hombre de empresa que había ganado dinero con una franquicia y había decidido «esparcirse» un poco para celebrarlo. Lo dijo así, «esparcirse», y Janie se vio obligada a disimular una mueca. ¿A quién se le ocurría hoy en día utilizar una palabra como esa? A nadie que ella conociera. El tipo era de Houston, lugar donde Janie no había estado nunca ni había sentido necesidad de ir. Adornaba su bronceada muñeca con un Rolex de oro, el primero que ella veía de tan cerca. Cuando se lo dijo, se lo quitó, se lo puso a ella y el objeto se quedó allí colgando, pesado y resplandeciente. Le gustó la sensación, le gustó la rareza de verlo en su muñeca pecosa de siempre, era como ver un helicóptero de diamantes pulular por encima del curry de cabra.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

Responsable PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL, S.A.U. (PRHGE)
CIF: A08116147
Contacto DPD: lopd@penguinrandomhouse.com
Finalidad Informarle sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos de PRHGE así como la gestión de su inscripción y participación a sorteos, concursos o eventos que solicite participar.
Legitimación Consentimiento del interesado.
Destinatarios No se cederán datos a terceros, salvo obligación legal.
Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos, como se explica en la información adicional
Información Adicional Más información sobre nuestra política de protección de datos en el siguiente enlace