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EL PABELLóN DE LAS PEONíAS

Lisa See  

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Fragmento

El Pabellón del Viento

Dos días antes de cumplir dieciséis años, me desperté tan temprano que mi criada todavía dormía en el suelo, a los pies de mi cama. Debería haber regañado a Sauce, pero no lo hice porque quería disponer de unos momentos a solas para saborear mi emoción y mi nerviosismo. Esa noche iba a estrenarse una representación de El Pabellón de las Peonías en nuestro jardín. Yo adoraba esa ópera, y ya había reunido once de las trece versiones impresas disponibles. Me gustaba tumbarme en la cama y leer la historia de la doncella Liniang y su amante onírico, de sus aventuras y su triunfo final. Y ahora, durante tres noches, que culminarían el Doble Siete —el séptimo día del séptimo mes, el día de los enamorados y mi cumpleaños—, podría verla representada, algo que normalmente les estaba prohibido tanto a las niñas como a las mujeres adultas. Mi padre había invitado a otras familias a las celebraciones. Habría concursos y banquetes. Iba a ser algo inolvidable.

Sauce se incorporó y, tras frotarse los ojos, reparó en que yo estaba mirándola. Entonces se levantó y me dio los buenos días. Volvió a invadirme la emoción y me sentí un poco extraña mientras Sauce me bañaba, me ayudaba a ponerme un vestido de seda azul lavanda y me cepillaba el pelo. Quería estar impecable y hacerlo todo a la perfección.

Una niña a punto de cumplir los dieciséis años sabe lo hermosa que es, y mientras me miraba en el espejo me sentí orgullosa de mi aspecto. Tenía el cabello negro y sedoso. Cuando Sauce me lo cepillaba, yo notaba las caricias desde la coronilla hasta la parte baja de la espalda. Mis ojos tenían forma de hoja de bambú; mis cejas eran como suaves pinceladas trazadas por un calígrafo. Mis mejillas poseían el rosa pálido de un pétalo de peonía, un detalle que mis padres solían comentar, porque me llamaba Peonía. Yo intentaba estar a la altura de la delicadeza de mi nombre, como sólo pueden hacerlo las niñas. Mis labios eran carnosos y suaves. Mi cintura era estrecha y mis pechos estaban preparados para recibir la caricia de un esposo. No es que fuera vanidosa, sólo era la típica niña de quince años. Mi belleza me proporcionaba seguridad, aunque era lo bastante inteligente para saber que se trataba de algo pasajero.

Mis padres me adoraban y se encargaban de darme una buena educación. Llevaba una vida refinada, dedicada a hacer arreglos florales, estar guapa y cantar para distraer a mis padres. Era tan privilegiada que hasta mi criada tenía los pies vendados. De niña, creía que todas las reuniones que celebrábamos y todos los banquetes que organizábamos el Doble Siete me los dedicaban a mí. Nadie corregía mi error, porque todos me querían y me malcriaban mucho. Tomé aire y lo solté despacio. Me sentía feliz. Aquél iba a ser mi último cumpleaños en casa antes de casarme, y estaba decidida a disfrutar cada minuto.

Salí de mi habitación del Ala de las Solteras y me dirigí a nuestro templo de los antepasados para hacerle una ofrenda a mi abuela. Había tardado tanto en arreglarme que tan sólo le rendí un breve homenaje. No quería llegar tarde a desayunar. Mis pies no podían llevarme tan deprisa como quería, pero cuando vi a mis padres sentados en un pabellón con vistas al jardín, reduje el paso. Si Madre llegaba tarde, yo también podía retrasarme un poco.

—Las jóvenes solteras no deben dejarse ver en público —la oí decir—. Hasta me preocupan mis cuñadas. Ya sabes que no me gustan las excursiones privadas. Y la idea de invitar a extraños a la representación...

Dejó la frase en suspenso. Debí seguir mi camino, pero la ópera significaba tanto para mí que me quedé escondida detrás de los retorcidos troncos de una glicina.

—Aquí no hay público —dijo Padre—. No será un espectáculo abierto donde las mujeres se degradan sentándose entre los hombres. Estaréis ocultas detrás de biombos.

—Pero fuera habrá hombres, dentro del recinto de la casa. Podrían ver nuestras medias y nuestros zapatos por debajo del biombo. Podrían oler nuestro cabello y nuestros polvos. Y entre todas las óperas, ¡tú escoges una aventura amorosa que ninguna joven soltera debería oír!

Mi madre era anticuada en sus ideas y su comportamiento. Durante los desórdenes sociales posteriores al Cataclismo, cuando cayó la dinastía Ming y los invasores manchúes tomaron el poder, muchas damas selectas salían de sus casas y viajaban por los canales en barcas de recreo, escribían sobre lo que veían y publicaban sus observaciones. Madre se oponía férreamente a esas cosas. Ella era legitimista —seguía leal al derrocado emperador Ming—, pero en otros aspectos era excesivamente tradicional. Mientras que muchas mujeres del delta del Yangzi reinterpretaban las Cuatro Virtudes —dignidad, comportamiento, lenguaje y trabajo—, mi madre me instaba constantemente a recordar su significado y su objetivo originales. «Domina tu lengua en todo momento —me decía—. Pero si debes hablar, espera hasta que se presente un buen momento. No ofendas a nadie.»

Mi madre se exaltaba mucho con esas cosas porque estaba regida por el qing: el sentimiento, la pasión y el amor. Esas fuerzas son las que sustentan el universo y salen del corazón, el centro de la conciencia. Mi padre, en cambio, estaba regido por el li —la fría razón y las emociones controladas—, y se burlaba de la inquietud de mi madre ante la presencia de extraños en nuestra residencia.

—Nunca protestas cuando nos visitan los miembros de mi club de poesía.

—¡Pero cuando vienen ellos, mi hija y mis sobrinas no están en el jardín! No hay ocasión para las faltas de decoro. ¿Y qué me dices de las otras familias que has invitado?

—Ya sabes por qué las he invitado —le espetó él, cansado de aquella discusión—. El comisario Tan es muy importante para mí en este momento. ¡No sigas discutiendo sobre eso!

No podía verles la cara, pero imaginé a mi madre, que esa vez no replicó, palideciendo ante la repentina severidad de su esposo.

Madre gobernaba el reino interior, y siempre llevaba unos candados de metal batido, con forma de pez, escondidos en los pliegues de sus faldas por si necesitaba cerrar una puerta para castigar a alguna concubina, preservar los rollos de seda para uso doméstico que llegaban de alguna de nuestras fábricas o proteger una despensa, las salas donde se tejían las cor

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