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EL óPALO Y LA SERPIENTE

Marian Izaguirre  

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Fragmento

Yo también, como el viejo Said, llegué a una ciudad cuando no estaba preparado para enfrentarme a ella.

Llegué a la caída de la tarde y me quedé extasiado, prendido en la última luz de poniente. El Cairo era una ciudad sin dimensión posible, ciclópea, enorme y desmesurada. Vibraba desde lo más profundo de sus entrañas sacudida por un eco atronador. No existía el silencio, no encontraba un espacio donde germinar, por todas partes el brutal estallido de la vida, su fragor, reventando con violencia frente a la mirada atónita de los europeos que bajaban del avión y se empeñaban en querer encontrar una palabra para toda esa desmesura, una palabra que definiera la ciudad, su ruido inmisericorde, el color de sus tejados desvaneciéndose en la contaminación, el olor de los sudores y alientos que impregnaban el aire de forma imperceptible hasta convertirlo en una masa densa que se podía palpar, atrapar entre los dedos… Era el infierno mismo. Al atardecer, cuando el crepúsculo comenzaba a querer desdibujar los contornos de las torres y chimeneas que desprendían una maravillosa luz de color malva, la ciudad se volvía más irreal si cabe, dorada y verde, enigmática y oscura… por un breve instante parecía quedar prendida en la eternidad, muda y silenciosa como un rostro de mujer.

Puedo revivir estas primeras impresiones con absoluta nitidez, como si sucedieran ahora mismo. Recuerdo que me consumía la inquietud. La ansiedad era tan grande que había llegado a El Cairo varios días antes de lo convenido y sólo unas horas después tenía que salir camino del oasis de Kiffa, en el noroeste de Egipto, para incorporarme a las excavaciones de un yacimiento arqueológico que los alemanes habían descubierto recientemente.

Fue el azar, solamente el azar…

El 1 de enero de 1973, un equipo de arqueólogos que trabajaba en el oasis egipcio de Kiffa descubrió las ruinas de un convento copto. Estaba situado a unos doscientos kilómetros del mar, cerca de la frontera libia, y era un complejo de edificaciones destinadas tanto a uso monástico como seglar, que habían sido construidas a lo largo de varias centurias. Desenterraron secciones que podían remontarse al siglo V, aunque las construcciones más recientes databan de finales del XIII y mostraban una clara influencia árabe. En conjunto, se trataba de un asentamiento de grandes proporciones que debió de permanecer activo durante ochocientos años ininterrumpidos y que estaba sepultado bajo una capa de roca y arena no demasiado gruesa. En pocos meses, la casi totalidad del recinto religioso había salido a la superficie y las paredes de piedra, los arcos, los bastiones y las hiladas dejaron al descubierto una puerta, en el frente de levante, que conducía a un cuerpo central de veinte metros de largo y que parecía ser la biblioteca del monasterio. El 9 de agosto de ese mismo año se encontraron en el interior de esta estancia decenas de pergaminos escritos en griego, árabe y latín.

Cuando llegué al oasis de Kiffa, las excavaciones efectuadas en la vertiente norte habían desenterrado varias habitaciones más, y los pergaminos hallados eran ahora casi un centenar. El gobierno egipcio estableció desde un principio grandes medidas de seguridad para que no se produjera ningún pillaje. Recuerdo que había camiones militares por todos lados y un gran despliegue de obreros que horadaban la tierra como un ejército de hormigas que me hizo pensar de nuevo en El Cairo, de donde había salido al amanecer.

Desde el principio, el azar jugó un importante papel en el descubrimiento de los pergaminos. Los arqueólogos buscaban una vieja fortificación romana y, en su lugar, hallaron un convento copto y una impresionante bib

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