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EL PAíS DE LOS SUEñOS PERDIDOS

José Manuel Sánchez Ron  

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Fragmento

PRÓLOGO

Me eduqué como físico teórico, disciplina que practiqué durante algunos años, hasta que la historia de la ciencia me ganó para ella. Como antiguo físico, mi atención se dirigió inicialmente hacia la historia de la ciencia (de la física en especial) más universal, en la que España no ocupaba un buen lugar, salvo por alguna excepción —Santiago Ramón y Cajal por encima de cualquier otro—. Las teorías especial y general de la relatividad y la biografía de su creador, Albert Einstein; la compleja historia de la física cuántica y, más tarde, las relaciones entre el poder (político, económico y militar) y la ciencia durante los siglos XIX y XX fueron los temas a los que dediqué más esfuerzos. No pensé entonces, en aquellos primeros años, que la historia de la ciencia española me ocuparía tanto tiempo y dedicación como ha terminado llevándome, siempre, eso sí, sin abandonar mis intereses más, digamos, «universales».

Con alguna salvedad, los temas a los que me he dedicado en el dominio de la historia de la ciencia en España han versado sobre lo que sucedió en los siglos XIX y XX en la física y la matemática; he escrito biografías de José Echegaray, Santiago Ramón y Cajal, Esteban Terradas y Miguel Catalán, y me he ocupado de las grandes instituciones que se crearon en esas centurias (algunas aún existen): la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el Instituto Nacional de Técnica Aeronáutica (Aeroespacial, más tarde) y la Junta de Energía Nuclear. En 1999, antes de haber realizado alguno de esos estudios, asumí la tarea de ofrecer una visión general de lo que había sucedido en la ciencia española en esos dos siglos, siendo el resultado mi libro Cincel, martillo y piedra. Historia de la ciencia en España (siglos XIX y XX) (Sánchez Ron, 1999).

Desde entonces, he continuado escribiendo sobre la historia de la ciencia española, y aprendiendo al tiempo de los muchos y buenos trabajos publicados en este campo. (Como Goya en su dibujo del Álbum de Burdeos, puedo decir: «Aún aprendo».) Y así decidí que era el momento de intentar escribir una historia de la ciencia que se ha hecho en España sin la limitación temporal de mi Cincel, martillo y piedra, cuyos contenidos se ven ahora, en los capítulos correspondientes, ampliamente renovados y mejorados.[1] El resultado es este libro, El país de los sueños perdidos. Historia de la ciencia en España.

La primera pregunta a la que debo responder es la de por qué el título de El país de los sueños perdidos. A lo largo de las páginas que siguen se comprobará que la ciencia, entendida como un sueño al que merecía la pena dedicarse, bien por su valor intrínseco, como el mejor instrumento de que disponemos para entender todo lo que nos rodea en la naturaleza, entidades —entre ellas, nosotros mismos— y fenómenos, o bien por su innegable utilidad para facilitarnos la vida, ha sido una meta valorada y perseguida por algunos españoles de ayer y de hoy. Y que sus deseos y esperanzas se vieron frustrados a la postre, aunque vivieran momentos de esperanza. Comprobaron, ellos o los que llegaron después, que sus sueños se habían perdido. Que despertaban en un mundo, una España, que no era la que ellos habían deseado. No son pocos, sino demasiados, los lamentos que en este sentido aparecen citados en las páginas que siguen. Lamentos que todavía hoy resuenan familiares en nuestros oídos, lacerando nuestras almas. «Ojalá que lleguen pronto los tiempos del trabajo alegre y de la alegría trabajadora», clamó José Echegaray en 1910 al contestar en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales al discurso del físico Blas Cabrera como nuevo académico. Se refería, claro está, al trabajo científico. Hoy la situación de la investigación científica en España es mucho mejor que la de entonces, pero todavía está sumida en demasiadas trabas y desatenciones, que permiten renovar el grito de aquel polifacético ingeniero de Caminos reconvertido en famoso dramaturgo, el mejor matemático español del siglo XIX, que lo que verdaderamente deseaba era poder dedicarse a la ciencia que amaba, la matemática.

Sobre el contenido de este libro, debo alertar que no he pretendido en él que aparezcan todos aquellos que, de alguna manera, han participado en la historia de la ciencia en España, una empresa que habría sido, en cualquier caso, un deseo vano, imposible de cumplir.[2] No soy, ni he intentado nunca ser, un «historiador-entomólogo», entendiendo por esta denominación un historiador que busca con afán hasta el último detalle o personaje, por minúsculos que estos sean. Sé bien que la historia no debe marginar a los personajes (supuestamente) «menores», a científicos cuya huella desapareció tan pronto como dejaron sus investigaciones, o incluso antes. Y debe prestar atención no solo a aquellos que hicieron de la ciencia su principal menester en la vida, sino, como bien nos enseñó la escuela de los Annales, a otros mucho más «secundarios», ejemplificados por Carlo Ginzburg en su libro Il formaggio e i vermi. Il cosmo di un mugnaio del ‘500 (El queso y los gusanos. El cosmos de un molinero del siglo XVI; 1976), en el que reconstruyó la vida de uno de los personajes más aparentemente «anónimos» —fantasmas evanescentes para la historia tradicional—, el molinero Domenico Scandella. Conocemos, por ejemplo, mucho de la vida de Santiago Ramón y Cajal, pero ¿qué sabemos del alimañero que en Madrid le surtía, como él mismo recordó en su Historia de mi labor científica, de «culebras, lagartos, mochuelos, cornejas, lechuzas, gallipatos, salamandras, pecas, truchas, etc., vivos», con los que pudo avanzar en sus investigaciones? La historia, en definitiva, no puede comprenderse en su totalidad si junto a los grandes personajes o instituciones, a los reyes todopoderosos, políticos influyentes, guerreros o aventureros, a los gigantes del pensamiento, a las sociedades en las que se reunían los mejores intelectos de la época o a los reinos en los que podía llegar a no ponerse el sol, no se incluye también a esos humildes artesanos y técnicos que hicieron posible —o sufrieron— la existencia de estos: soldados, mendigos, amanuenses, impresores, fabricantes de queso, administrativos o albañiles, a los que en la ciencia hay que incluir específicamente otros como pueden ser fabricantes de instrumentos, ayudantes de laboratorio o pulidores de lentes. Pero si yo hubiera pretendido acercarme tan solo a esa meta, entonces este libro sería una historia interminable.

Tal vez sorprenda —o moleste— a algunos lectores las, en ocasiones, largas citas que he incluido. Ha sido una decisión consciente, motivada por mi deseo de recuperar voces con frecuencia perdidas salvo por el recuerdo que puede ofrecer la historia, de dejar constancia de las palabras, de los escritos, de algunos de los protagonistas de mi reconstrucción. Y algo parecido explica las numerosas citas de historiadores cuyos estudios he utilizado.

Una historia de la ciencia, del país o de la comunidad que sea no puede considerarse completa si no incluye una disciplina que es ciencia, pero también técnica y «arte» (la que se deriva de la relación médico-enfermo), esto es, la medicina. Y tampoco si no recoge la técnica-tecnología. Dada la extensión de este libro, debería ser evidente que no hubiera sido posible hacer justicia en él a estos dos universos, cognitivos y prácticos al mismo tiempo. Aparecen, por supuesto, aunque únicamente cuando no era posible prescindir de ellos para entender la historia que he pretendido narrar, salvo, tal vez, en el caso de Santiago Ramón y Cajal, pero ¿cómo prescindir de la luz más brillante que ha iluminado las esperanzas de un futuro científico mejor para España?

Durante mucho tiempo cada vez más lejano, espero, la denominada «polémica de la ciencia española» ocupó la atención y los esfuerzos de numerosos eruditos y científicos nacionales a los que enfurecían las afirmaciones que hizo el enciclopedista francés Nicolas Masson de Morvilliers (1740-1789) en la entrada «Espagne» de la Encyclopédie méthodique. Afirmaciones como:

El español tiene aptitud para las ciencias, existen muchos libros y, sin embargo, quizá sea la nación más ignorante de Europa. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que necesita permiso de un fraile para leer y pensar? [...] Hoy, Dinamarca, Suecia, Rusia, la misma Polonia, Alemania, Italia, Inglaterra y Francia, todos estos pueblos, enemigos, amigos, rivales, todos arden de una generosa emulación por el progreso de las ciencias y de las artes. Cada uno medita las conquistas que debe compartir con las demás naciones; cada uno de ellos, hasta aquí, han hecho algún descubrimiento útil, que ha recaído en beneficio de la humanidad. Pero ¿qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho España por Europa?[3]

Fecunda como pudo ser aquella polémica, no ha sido mi intención participar en ella. No he pretendido ser, ni hubiera sabido serlo, un Menéndez Pelayo redivivo (dicho sea esto con todo el respeto que la memoria y la obra de don Marcelino merecen). No me interesa defender ningún supuesto «honor patrio», ni buscar precursores nacionales ignorados. Lo que he pretendido en este libro es componer una visión general, pero amplia, de la historia de la ciencia española desde, básicamente, el siglo VII, cuando Isidoro de Sevilla escribió sus Etimologías, hasta la promulgación de la denominada «Ley de la Ciencia» en 1986. La principal conclusión que he extraído de esa pretendida «visión general» es que la historia de la ciencia en España se ajusta bastante bien a su historia sociopolítica, en la que abundaron acontecimientos de los que lo menos que puede decirse es que «perturbaban la normalidad»; estados o situaciones a los que necesariamente se acompasaban la vida y posibilidades de trabajo de quienes deseaban dedicarse a la ciencia. Tal vez, y aunque existieron excepciones, lo que se echa de menos en la historia científica española es la presencia de personas o grupos que se elevasen por encima de las circunstancias nacionales específicas. Todos los países con una historia tan dilatada como la de España han atravesado por situaciones muy variadas y difíciles, pero en algunos de ellos —como Inglaterra, Escocia, Francia o los länder de lo que luego sería Alemania— no escasearon quienes «miraron más allá» de lo cotidiano, individuos con la suficiente curiosidad o interés intelectual para dedicarse a intentar entender lo que existe en la naturaleza y las leyes que la rigen, sin otro fin que el de comprender; personas como las que se reunieron en Londres poco después de comenzar la segunda mitad del siglo XVII para hablar sobre temas de «filosofía natural», cónclaves de los que brotaría en 1660 la Royal Society. Ese tipo de cultura escaseó en España. Y, entre los que participaron de ella, pocas veces se encontraban los mejor situados cultural y económicamente: aristócratas o hidalgos, más preocupados por salvar su alma, su estilo de vida o su «honor» que por comprender aquello que les rodeaba.

Soy consciente de que lo que acabo de decir no puede considerarse una explicación general, una teoría completamente satisfactoria, que permita entender la historia de la ciencia en España. Me adhiero a lo que escribió en su autobiografía, Haciendo historia, el eminente hispanista John Elliott (2012: 212): «aunque era escéptico sobre las posibilidades de formular cualquier gran teoría, estaba ansioso por dejar espacio para el análisis, pero de tal forma que no obstruyera la fluidez del relato. Se trata de un reto al que se enfrentan todos los que cultivan la historia narrativa, pero inevitablemente se complica cuando hay que contar no una sola historia sino dos o más». Y yo he contado —o tratado de contar— en este libro muchas historias.

Por fin he llegado al final del largo empeño y camino que ha sido escribir este libro. Como cualquier autor, espero que sea de utilidad a algunos, pero siempre queda la duda que también expresó de manera magnífica John Elliott (2012: 112-113):

El reto al que se enfrenta cualquier historiador ambicioso es aprehender las características de una época de modo que las acciones y comportamientos humanos resulten comprensibles, combinando el análisis y la descripción sin perturbar la fluidez narrativa. Al final, como saben todos los buenos historiadores, siempre quedará un poso de decepción. Ninguna narrativa llega a ser enteramente exhaustiva, ninguna explicación total, y el equilibrio entre la descripción y el análisis es exasperantemente difícil de conseguir. Lo mejor que se puede esperar es una aproximación convincente de periodos, personas y acontecimientos pasados como permitan los testimonios conservados, una reconstrucción, además, que esté presentada de manera tan eficaz como para atraer y mantener el interés del lector.

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EL PAÍS DE LAS TRES CULTURAS

El pasado es frágil, tan frágil como quebradizos los huesos con los años, tan frágil como los fantasmas que vemos en las ventanas o los sueños que se descomponen al despertar y no dejan atrás nada, aparte de una sensación de inquietud o angustia, o, menos a menudo, de una extraña satisfacción.

SIRI HUSTVEDT, Memories of the Future (2019)

Tiene razón Siri Hustvedt cuando afirma que «el pasado es frágil». Lo es, y esa fragilidad no es solo la que surge de un tiempo lejano que se sume en las brumas, sino también la que nace en el presente y nos induce a intentar entender ese pasado con las categorías y conceptos que estamos acostumbrados a utilizar. «The past is a foreign country» («El pasado es un país extraño») es la célebre frase que Leslie P. Hartley incluyó en su novela The Go-Between (1953). Menciono esto porque, si se retrocede mucho en el tiempo, el concepto «ciencia» no siempre se ajusta a lo que ahora entendemos por tal. Por esta razón dejaré de tratar en este capítulo —que cubre un periodo de tiempo mayor que el de cualquiera de los restantes— episodios, logros, que en el fondo no fueron ajenos a lo que con justicia pueden denominarse «conocimientos científicos», como, por ejemplo, la construcción del acueducto de Segovia. Tampoco indagaré en si los saberes surgidos en la antigua Grecia, el Imperio romano o la India (madre de, entre otros, conocimientos que se enquistaron en la matemática) encontraron algún camino para introducirse en Hispania. Con todas las simplificaciones que esto conlleva, iniciaré el largo camino que va a ser este libro con una obra enciclopédica que surgió en el sur de la península Ibérica, en Sevilla, durante el periodo visigodo.

LAS ETIMOLOGÍAS DE ISIDORO DE SEVILLA

En uno de sus libros, España. Tres milenios de historia, el maestro de historiadores Antonio Domínguez Ortiz (2000: 31-32) escribía:

La época visigótica es una especie de agujero negro en nuestro pasado por la escasez de información y la lentitud de los cambios; tuvo una duración aproximada de tres siglos, tanto como toda la Edad Moderna, pero si ésta ofrece información para llenar miles de volúmenes, todo lo que sabemos y podemos decir acerca del reino visigodo cabe en una docena; el arrasamiento causado por la invasión árabe se llevó por delante toda la documentación oficial. La privada debió ser muy poca; había tal escasez de soportes que se utilizaban láminas de pizarra para burilar toscamente unas palabras. La literatura visigoda, las fuentes de nuestra información, se reduce en lo esencial a unos escuálidos cronicones,

una importante compilación jurídica, el Fuero Juzgo, y documentación eclesiástica, en la que sobresalen por su interés los cánones de los concilios, ricos en detalles también sobre la situación de la población laica.

Asimismo, decía: «las fuentes arqueológicas son de una pobreza extrema». Y concluía: «En este desierto destacan algunos oasis en los que se ha volcado la atención de los historiadores: la formación del primer estado hispánico, la fusión de razas, la obra de san Isidoro».

La era visigoda en la península Ibérica comenzó a mediados del siglo V, cuando una rama de los pueblos godos, procedentes de la Germania oriental, llegó a Hispania aprovechándose del declive del Imperio romano. Encabezados por Teodorico I, penetraron en la península en el año 427, pero fue durante el reinado de Eurico (466-484) cuando se completó la conquista de Hispania. A pesar de todas las limitaciones que existen para reconstruir la era visigoda, para Américo Castro (2001: 47) esta no fue tan oscura comparada con lo que sucedía en otros lugares: «Los siglos visigóticos no fueron de barbarie. A comienzos del siglo V florece un historiador importante, Paulo Orosio, y entre los siglos VI y VII, Isidoro de Sevilla. La ilustración hispana no hacía mal papel en el orbe desarticulado que surge a raíz de las invasiones germánicas. Hubo cronistas, historiadores y poetas, ni mejores ni peores que los que pululaban en la naciente Romania, y hasta hubo contactos entre España y el Imperio de Oriente. Mas llegaron los musulmanes en 711, y en breve tiempo se hicieron dueños de casi la totalidad de las tierras ibéricas. Venían sostenidos por dos admirables fuerzas, la unidad política y el imperio de una religión recién nacida, ajustada a cuanto podía anhelar el alma y el cuerpo del beduino».

Un argumento en favor de lo que señalaba Castro es que Isidoro no hubiera sido capaz de escribir su obra más conocida, Etimologías, si no hubiera podido acceder a bibliotecas que poseían obras que contenían los saberes que expuso en ella. Entre esas obras debieron de figurar las (perdidas en gran parte) del polígrafo romano del siglo I a. C., Marco Terencio Varrón (parece que fue su fuente principal); las médicas de Hipócrates y Galeno; la Materia medicinal (o De materia medica) de Dioscórides, y la Historia natural del romano Cayo Plinio Segundo (23-79), más conocido como Plinio el Viejo, una gran enciclopedia dividida en treinta y siete libros, en los que analizaba, y sobre todo describía, el mundo, los elementos, países, pueblos, animales, plantas, medicamentos, geología, mineralogía e inventos varios.[1] El naturalista español del siglo XVI Francisco Hernández, que, como explicaré en los capítulos 2 y 4, dedicó más de una década a la empresa de verter al castellano la obra de Plinio, escribió en la «Dedicatoria» a Felipe II que añadió a su traducción que «la divina Historia de Plinio, donde (como él dice en el Proemio) comprehendió veinte mil cosas notables, de las cuales tocan pocas los estudiosos, con lección de dos mil libros, sacadas de cien autores exquisitos y raros de que hoy apenas tenemos algunos y, esto, tan elegante, ordenada y diligentemente, con tanto compendio y sustancia, que no hay capítulo que no pudiese dilatarse en un cumplido volumen. De donde es que no espanta haber algunos notado a Plinio de hombre que excede a ratos los límites de la verdad, por escribir cosas tan raras y admirables y que tiene Naturaleza tan ocultadas a los más de los hombres, que no es maravilla parecerles a los que no las han visto mentirosas e increíbles, pues como ninguna, casi, afirma Plinio, que no señale causa o autor». Más modestas eran, sin embargo, las pretensiones del propio Plinio, como queda reflejado en las siguientes palabras que incluyó en el «Prólogo» que dedicó al emperador Tito: «Arduo es dar a las cosas antiguas novedad, autoridad a las nuevas, a las desusadas lustre, luz a las oscuras, gracia a las enfadosas, crédito a las dudosas, a todas naturaleza y a su naturaleza todas».[2]

Isidoro (c. 560-636), san Isidoro, adjetivado como «de Sevilla», ciudad en la que pudo nacer y de la que llegó a ser arzobispo tres décadas, aunque es posible que lo hiciera en Cartagena, de donde procedía su familia que se trasladó a la capital bética probablemente huyendo de los problemas producidos por la invasión bizantina, fue una luz en aquella Hispania. «La obra del santo —de nuevo en palabras de Domínguez Ortiz (2000: 36)— se yergue como un monolito en medio del desierto.» «Objetivamente —añadía— sus obras numerosas y variadas no son de gran calidad, pero en una Europa donde los estudios conocían un profundo eclipse fueron estimadísimas.»

Como apunté, Etimologías es su obra más conocida, y la que más influyó (o fue conocida) en la Europa de su tiempo y de algunos siglos después.[3] Ha llegado a decirse que fue «la obra que, después de la Biblia, se copió más veces durante la Edad Media» (Vera, 2000: 146). El monje benedictino Veda el Venerable (c. 672-735) continuó la tradición isidoriana en Inglaterra; Alcuino de York (735-804) utilizó en las escuelas de las Galias el modelo «curricular» que defendía Isidoro; el filósofo y teólogo alemán Rabano Mauro (780-856), discípulo de Alcuino, difundió los conocimientos isidorianos en la Europa central desde el monasterio de Fulda; y el cosmógrafo cristiano conocido como Anónimo de Rávena compuso en torno a 670 una cosmografía (Ravennatis Anonymi Cosmographia), muy parecida a la contenida en la parte geográfica de las Etimologías. Y, cuando se dispuso ya de la imprenta, se editó repetidamente: la edición príncipe de las Etimologías se publicó en Augsburgo en 1472. Y no tardaron en aparecer otras ediciones: Ámsterdam (1477), Basilea (1477, 1489, 1570, 1576 y 1577), Colonia (1478), Venecia (1483, 1485 y 1493), París (1499, 1500, 1509, 1520, 1522 y 1850), Angers (1499), Leiden (1909) y Oxford (1911). En Madrid, se publicaron las obras completas de Isidoro en 1599 y 1778.

Con justicia puede decirse que, en ella, Isidoro recopiló los saberes antiguos, estableciendo uno de los grandes puentes entre los conocimientos de la Antigüedad y la Edad Media. El título de Etimologías se explica porque Isidoro prestaba mucha atención a la etimología (en su versión) de muchas palabras; en realidad, esas etimologías eran algo así como una excusa para dar explicaciones acerca de todo tipo de conocimientos. Un ejemplo en este sentido es el siguiente:[4]

I. Del hombre y sus partes.

1. La naturaleza debe su nombre a ser ella la que hace nacer las cosas. Es, por lo tanto, lo que tiene capacidad de engendrar y dar vida. Hay quienes han afirmado que la naturaleza es Dios, por quien todo ha sido creado y existe. 2. Genus (linaje) es palabra derivada de gignere (engendrar), nombre que tiene su origen en la tierra, que todo lo engendra, ya que, en griego, «tierra» se dice gé. 3. Vida debe su denominación al «vigor» o tal vez al hecho de tener fuerza (vis) para nacer y crecer. De ahí decimos que los árboles tienen vida porque producen frutos y crecen. 4. Llamamos así al hombre (homo), porque está hecho de humus (barro) tal como se dice en el Génesis (2, 7): «Y creó Dios al hombre del barro de la tierra».

Isidoro debió de terminar de escribir Etimologías antes de 621, pues incluye una dedicatoria al rey Sisebuto, que murió ese año. Actualmente, su contenido se organiza de la siguiente manera:

I. Gramática y sus partes; II. Retórica y dialéctica; III. Matemática (Aritmética, Música, Geometría y Astronomía); IV. Medicina; V. Derecho y temas de cronología; VI. Sagradas Escrituras, bibliotecas y libros, ciclos, fiestas y oficios; VII. Dios, ángeles, Santos Padres y jerarquías eclesiásticas; VIII. Iglesia, sinagoga, herejes, filósofos, poetas y otras religiones; IX. Lenguas y designaciones de pueblos, cargos y relaciones; X. Origen de algunos nombres; XI. El hombre y sus partes, y monstruos y defectos; XII. Los animales; XIII. Los elementos, mares, ríos y diluvios; XIV. Geografía; XV. Ciudades, construcciones rústicas y urbanas, y sistemas de medidas y comunicación; XVI. Mineralogía y metales, y pesos y medidas; XVII. Agricultura; XVIII. Guerra, espectáculos y juegos; XIX. Naves, pesca, oficios, edificios y vestidos; XX. Comida, bebida e instrumentos y ajuar doméstico y campesino.

Algunos ejemplos sobre sus contenidos referentes a temas científicos permiten hacerse una idea de los conocimientos de la época. Los «temas científicos» en cuestión se referían al triunvirato de las primeras ciencias, las que surgieron de manera natural para responder a necesidades o curiosidades inmediatas: la Matemática, la Astronomía y la Medicina.

En el Libro III, «Acerca de la matemática», se lee:

Introducción: Llamamos en latín «matemática» a la ciencia doctrinal que tiene por objeto el estudio de la cantidad abstracta. La cantidad es abstracta cuando, por un proceso intelectual, la aislamos de la materia o de otros elementos accidentales —por ejemplo, la noción de «par» e «impar»—, o bien cuando la analizamos en el simple plano especulativo, al margen de otros elementos similares. Cuatro son las materias que la integran: la aritmética, la música, la geometría y la astronomía. La aritmética es la ciencia de la cantidad numerable, en sí misma considerada. La música es la disciplina de los números que se encuentran relacionados con los sonidos. La geometría es la ciencia de la medida y de las formas. La astronomía, en fin, la que analiza el curso de los astros en el cielo, todas sus figuras, así como la posición de las estrellas.

En el epígrafe 26, «Sobre los maestros de la astronomía», escribía (confundiendo al astrónomo, geógrafo y matemático Claudio Ptolomeo, el autor del gran tratado astronómico Almagesto, con Ptolomeo I Sóter, o con otros miembros de esa dinastía ptolemaica, que gobernó en Egipto entre los siglos iii y iv a. C. y que promovió la cultura en Alejandría): «En una u otra lengua, y de distintos autores, tenemos obras que tratan de la astronomía. Entre aquellos autores, destaca en el mundo griego Ptolomeo, rey de Alejandría, que estableció incluso las leyes por las que es posible determinar el curso de los astros». Interesante es, asimismo, lo que decía «Sobre el cielo y su nombre» (epígrafe 31):

1. Los filósofos han dicho que el cielo es redondo, giratorio y ardiente. Recibe el nombre de caelum porque, como un vaso cincelado (caelatum), presenta impresas las señales de las estrellas. 2. Lo embelleció Dios con luces resplandecientes, lo llenó con el Sol y con el refulgente disco de la Luna; y lo adornó con los esplendorosos signos de los rutilantes astros [...]. «Sobre el lugar que ocupa la esfera celeste.»

1. La esfera del cielo se asemeja a una figura de aspecto redondo cuyo centro es la Tierra, conformada por igual en todas sus partes [...]. 2. Los filósofos introdujeron siete cielos en el mundo, es decir, los planetas, junto con el coordinado movimiento de sus globos, y afirman que todo está conectado a sus órbitas, las cuales, según creen, al estar ligadas y como insertadas entre sí, vuelven hacia atrás y son arrastradas por un movimiento contrario al de las restantes.

De la zona que denominamos Vía Láctea, decía (epígrafe 46, «Sobre el círculo blanco»): «el círculo lácteo es un camino que se observa en la esfera, y recibe su nombre de la blancura, pues es blanco. Hay quienes dicen que es el camino por el que el Sol desarrolla su marcha circular y que, al pasar por él, recibe su luminosidad para brillar». Y en «La luz de las estrellas», afirmaba (epígrafe 61) que «las estrellas carecen de luz propia y que son iluminadas por el Sol, como la Luna».

La Medicina ocupaba el Libro IV («Acerca de la medicina»). Y ahí Isidoro la definía como sigue:

1. Medicina es la ciencia que protege o restaura la salud del cuerpo, y su campo de acción lo encuentra en las enfermedades y las heridas. 2. A ella le incumben no solo los remedios que procura el arte de quienes con toda propiedad se llaman médicos, sino, además, la comida, la bebida, el vestido y el abrigo; todo aquello, en fin, que sirve de defensa y protección, gracias a lo cual nuestro cuerpo encuentra salvaguardia frente a los ataques y peligros externos.

Más adelante (epígrafe 4, «Sobre los cuatro humores del cuerpo»), Isidoro recuperaba la antigua doctrina griega de los «flujos orgánicos» o «humores»:

1. La salud es la integridad del cuerpo y el equilibrio de la naturaleza a partir de lo cálido y lo húmedo, que es la sangre. De ahí que se diga sanitas (salud), como si se dijera sanguinis status (estado de la sangre). 2. En el nombre genérico de

«enfermedad» se resumen todos los padecimientos del cuerpo [...]. 3. Todas las enfermedades tienen su origen en los cuatro humores, a saber: en la sangre, la bilis, la melancolía y la flema.[5]

En definitiva, Isidoro fue, por un lado, un digno sucesor de Plinio y, por otro, un magnífico ejemplo de lo que podríamos denominar «la alta cultura» del siglo VII.

EL ISLAM Y LA TRANSMISIÓN DE LA CIENCIA HELENA

Con todas las limitaciones que se considere oportuno introducir, es obligado reconocer que lo que entendemos por «ciencia» surgió hermanado con la filosofía —casi incluso como una hija menor— en el antiguo mundo griego. Como ha sucedido con tantas civilizaciones, o imperios, a lo largo de la historia, el mundo heleno terminó perdiendo la hegemonía que había alcanzado, pero esto no significó que sus logros culturales desaparecieran, aunque sí que emprendieran complicados viajes. La colonización griega produjo apreciables movimientos de población de Grecia hacia Persia, que se manifestaron en la fundación de ciudades, entre ellas las varias Alejandrías que recordaban al conquistador (se han identificado más de ciento ochenta asentamientos con este nombre), aunque solo una ha pervivido en la memoria e influido en la historia de la cultura: la Alejandría fundada por Alejandro en el 331 a. C., en un lugar del delta del Nilo. La diversidad en la procedencia de la población contribuyó a la combinación de los cuatro dialectos griegos, sobre la base del ático y la importante aportación del jonio, para formar una lengua nueva, la koiné, la lengua griega utilizada en el mundo helenístico, de ahí que también sea conocida como «griego helenístico». La difusión de esta nueva lengua, importante en el Oriente Próximo entre las clases superiores de Siria, Persia y Egipto, facilitó la comunicación del conocimiento.

La dinastía de los Ptolomeos hizo de Alejandría un gran centro cultural, foco de la cultura helenística. Fue sobre todo el creador de la dinastía, Ptolomeo I Sóter (367-283 a. C.) quien tomó la iniciativa en este sentido, con el propósito de salvaguardar la cultura y los logros griegos. Su hijo Ptolomeo II continuó el mismo camino, construyendo al lado del palacio real un edificio que recibió el nombre de «Museo», en honor a las Musas, las diosas protectoras de las actividades intelectuales. El Museo era en realidad un centro de estudios, al que se añadió un jardín y un parque zoológico. Sus miembros, pensionados por el faraón, disponían de locales donde reunirse, pasear y comer, y tenían acceso a la mayor biblioteca de la Antigüedad, cuando los escritos eran la única fuente científica. La fama de la biblioteca —que comenzó a funcionar a principios del siglo III a. C. y fue la primera de esas dimensiones— se debía a que contaba con una buena parte de los escritos de su tiempo, que incluían tanto la gramática, como la filosofía y las ciencias. En ella trabajaron científicos-filósofos como Euclides y Eratóstenes —que fue uno de sus bibliotecarios— y, a partir de finales del siglo I, bajo el dominio romano, también Ptolomeo y Galeno. Alejandría constituyó, en definitiva, un eslabón vital en la transmisión del pensamiento griego.[6]

La expansión de la República romana (fundada en el 509 a. C.), convertida ya en Imperio romano con el emperador César Augusto (63 a. C.14 d. C.), trasladó el centro político y administrativo a Roma. Aunque continuador de la civilización griega (sobre todo en lo que a influencia política se refiere), el Imperio romano no lo fue tanto en lo referente a la ciencia o a la filosofía. Roma tenía otros intereses; como señaló Cicerón: «Los griegos destacan en el terreno de la geometría, nosotros, sin embargo, nos limitamos a contar y medir». De hecho, no se conocen matemáticos o astrónomos romanos notables, y solo un geógrafo destacado, Pomponio Mela (primera mitad del siglo I). Sí médicos, que, obviamente eran necesarios por motivos de índole práctica; Celso (c. 25 a. C.-50 d. C.), discípulo del griego Asclepíades de Bitinia (c. 129-40 a. C.), fue uno de ellos.

La última división del Imperio romano se debió a Teodosio (347-395), emperador desde 379 hasta su muerte, quien nombró augusto para Oriente a Arcadio (383) y a Honorio para Occidente (393). No fueron las invasiones de los asiáticos mongoles las que determinaron el final, hacia 476, de este imperio occidental, sino las de los pueblos germánicos. Primero aparecieron los visigodos (procedentes de los godos, uno de los grupos germánicos orientales), al mando de Alarico I (370-410), que llegó a saquear Roma en 410, mientras el emperador Honorio se encontraba en Rávena, sin hacer nada al respecto. Antes, en 406, los vándalos, suevos y francos, junto con otros pueblos (gépidos, alanos, sármatas y hérulos), se extendieron por la Galia y luego por Hispania.

Aunque entraron en Roma, la hermana de Honorio, que al contrario que este continuaba viviendo en la ciudad, convenció a los visigodos para que se aliaran con los romanos, a cambio de casarse con el nuevo rey visigodo, Ataúlfo, al que se le cedió la Aquitania en 412 para que restableciera el dominio romano sobre la Galia. Logrado esto, se les encargó que expulsaran a los vándalos de Hispania, lo que consiguieron en 429, dirigiéndose entonces los vándalos hacia África, tomando Cartago y extendiendo su dominio por parte del Mediterráneo (Córcega, Cerdeña, Sicilia y las Baleares), llegando a Roma en 455. Todo esto no hizo sino socavar aún más el Imperio romano, que había recibido un nuevo golpe con la invasión de Italia en 451 por los hunos, una tribu procedente de Asia, encabezados por Atila (395453), que ya llevaba años arrasando extensas zonas de Europa. Aunque llegó a las puertas de Roma, el ejército de Atila no entró en la ciudad: se reunió en secreto con el papa León I y, por alguna razón (tal vez hambrunas y epidemias), se retiró. De hecho, poco después la peste diezmó al ejército huno, que desapareció.

De todas maneras, la vida del Imperio romano occidental ya estaba severamente atacada, con constantes revueltas sociales y una pérdida de disciplina en sus ejércitos. Así en el siglo VI, se habían establecido tres grandes reinos: el godo, el franco y el ostrogodo (pueblo germánico este último que surgió hacia 370, como consecuencia de la división de los godos después de la invasión de los hunos), que ya se habían convertido al cristianismo. Las conquistas de Justiniano, el último emperador que tuvo el latín como lengua materna y también el último que intentó recuperar las posesiones que había tenido el imperio en tiempos de Teodosio, se revelaron efímeras y limitadas prácticamente al exarcado de Rávena. Las ciudades que no fueron abandonadas se vieron reducidas por la pérdida de población a una parte del antiguo solar, el comercio se contrajo a su contorno inmediato y la lectura quedó reducida a los clérigos —no a todos seguramente— y a una parte desconocida de las clases dominantes. La ruralización acabó con la cultura clásica en Occidente, en tanto continuaba en Oriente, donde tendría una larga vida e influencia. Su centro político estuvo en Bizancio, una antigua ciudad griega, capital de Tracia, que el emperador Constantino I (c. 272-337) había refundado en 330, denominándola «Nueva Roma» o «Constantinopla» (la actual Estambul). Allí continuó la tradición griega.

Y en este punto entró, o fue entrando, en la escena de la historia el islam, una civilización que debió mucho para su consolidación a la predicación de Mahoma (c. 570/571-632), recogida en el Corán, que incluía la guerra santa como un deber de los fieles. A su muerte, este dejó una Arabia unificada, aunque sin designar heredero ni constituir un poder. Sus familiares confiaron el poder al califa, jefe religioso y político de la comunidad de los fieles (islam). Las largas guerras entre bizantinos y persas (560-630) facilitaron la expansión árabe que en un siglo (632-732) conquistó un imperio que se extendía desde la península Ibérica hasta el Indo. Los primeros califas tomaron Egipto, Siria, Mesopotamia y la Persia sasánida, los omeyas gobernaron de 661 a 750 e hicieron de Damasco su corte. El griego fue la lengua de la administración hasta finales del siglo VII, realizándose la conversión al árabe de los textos considerados importantes a través del siriaco.

La Edad de Oro del islam coincide con la época abasida, o califato abasí (c. 750-1258). La pasión de los abasidas por acceder al patrimonio cultural de bizantinos, persas e indios les llevó a adquirir un inmenso patrimonio cultural. En vez de extender su propia cultura, adquirieron la de los vencidos, traduciendo los textos que cayeron en sus manos y los que consiguieron mediante la negociación con sus enemigos. Fundada en 761 por el califa Al-Mansur (712-775), el segundo califa abasí, cerca de las ruinas de la antigua Babilonia, Bagdad se convirtió en la capital del islam, sucediendo a Damasco. Esta Edad de Oro comenzó a esbozarse en Bagdad a partir del califato de Harúm al-Rashid (c. 776-809), mencionado en varios lugares de Las mil y una noches, uno de cuyos logros históricos fue su participación en la sustitución del pergamino por el papel, gracias a la construcción en Bagdad de los primeros molinos, que redujeron radicalmente el gasto de la escritura. Fue, sin embargo, durante el reinado (813-833) de su hijo Al-Mamun (c. 786-833), cuando aquella Edad de Oro comenzó realmente, haciendo del mundo musulmán el centro intelectual de la ciencia, la medicina y la filosofía.

No fue el menor de los logros de Al-Mamun la creación (aproximadamente en el año 800) de la Casa de la Sabiduría, versión literal del término persa para «biblioteca», aunque añadía a esta función la de la traducción de los textos filosóficos y científicos en un centro dedicado a ello y la de servir de lugar de encuentro para los estudiosos de las diferentes materias. La primera época se caracterizó por el interés en la Matemática. Los autores indios les enseñaron los grandes avances en la teoría de los números: el valor posicional de los numerales y la introducción del cero como valor nulo. Al-Juarizmi (c. 780-850) introdujo el sistema decimal indio, sistematizó el uso del álgebra y revisó las coordenadas de la geografía ptolemaica. Bajo la dirección del médico Hunain ibn Ishaq (809-873) se estableció una escuela de traductores, en la que se vertieron del griego al árabe numerosos textos científicos y filosóficos que de otra manera —al menos algunos— se habrían perdido; textos entre los que se encuentran obras fundamentales como los Elementos de Euclides o el Almagesto de Ptolomeo. Uno de los asociados a la Casa de la Sabiduría, por ejemplo, fue el matemático y astrónomo Thabit ibn Qurra ibn Marwan al-Sabi al-Harrani (836-901), que revisó y tradujo la geografía de Ptolomeo y extendió la teoría de los números a la razón entre las magnitudes geométricas. La traducción de las obras de Hipócrates y Galeno, y de la farmacopea de Dioscórides les proporcionó una base para construir un corpus medicorum, que completaron con sus propias aportaciones. Las contribuciones de los médicos, habitualmente puntuales y sobre cuestiones diferentes, no permiten hacerse una idea precisa de dicha participación. Del persa Rhazes o Al-Razi (860-932) pueden citarse logros como la distinción entre la viruela y el sarampión y el que escribiese una enciclopedia en treinta libros (Al-Hawi); y Avicena (980-1037), autor de El canon de la medicina, que fue el texto (constituido por catorce volúmenes) de referencia médico durante cinco siglos, diferenció la meningitis de otras enfermedades nerviosas, describió los síntomas del ántrax y la tuberculosis y la consideración global del paciente y sus síntomas.

De todos estos logros, de las tradiciones culturales que atesoraban, se benefició la Hispania-España de al-Ándalus.

AL-ÁNDALUS

El fin del reino visigodo en el que vivió Isidoro de Sevilla comenzó a principios de abril de 711 cuando Tariq ibn Ziyad —lugarteniente del caudillo yemení, gobernador del califato damasquino omeya Musa ibn Nusayr (c. 640-716)— cruzó con las tropas árabes que comandaba el estrecho de mar que separa Ceuta de la costa sur de la península Ibérica, desembarcando en lo que hoy se conoce como «peñón de Gibraltar», topónimo que deriva del árabe Yabal Tariq, «la montaña de Tariq». Se dirigieron entonces hacia el norte, siguiendo el curso del río Baetis que denominaron al-Wadi-al-Kabir, «el gran río», el «Guadalquivir». En su camino se encontraron y enfrentaron, a las orillas de otro río, el Wadi Lakku, el «Guadalete», con el ejército del rey visigodo Rodrigo, que no carecía de enemigos entre los nobles, algunos de los cuales se cree le traicionaron. Derrotado Rodrigo, la era visigoda llegaba a su fin, y toda Hispania quedaba abierta a la invasión árabe. Musa ibn Nusayr envió refuerzos, incorporándose él mismo con sus hijos a la conquista. En 714 ya se habían apoderado de las ciudades de la gran meseta central y en 716 sometido a las poblaciones de las laderas meridionales de los Pirineos.

Ante la razonable pregunta de por qué aquellos hombres se decidieron a aventurarse en unas tierras extrañas, el medievalista Brian Catlos (2018: 47) ha argumentado que

Fue una combinación de fuerzas la que impulsó que árabes y beréberes atravesaran el Estrecho y se adentraran en España. Ciertamente, la religión fue una de ellas. Aportó a los invasores coherencia y determinación y la sensación de estar participando en una causa moral superior. Si estos guerreros fallecían durante una expedición militar, al menos habrían muerto como mártires [...]. Pero ni la religión era motivo suficiente para una empresa tan épica, ni todos los que cruzaron el Estrecho eran especialmente piadosos. Indudablemente, un motivo principal era el deseo de obtener riquezas. Las iglesias y los monasterios de la cristiandad latina eran repositorios de oro, plata y muebles enjoyados, todo dispuesto para ser saqueado. Estaban, además, las cosechas, el ganado y las personas que pudieran arrebatar. Los esclavos eran un recurso valioso y las mujeres extranjeras eran particularmente codiciadas.

La historia atestigua, efectivamente, que las invasiones de tierras extrañas tuvieron generalmente como motor y razón de ser la codicia, entendida esta en sus diversas manifestaciones: deseos de riqueza o de poder, político o religioso. Pero cuando esos fines se cumplen, cuando los extranjeros se asientan en los territorios conquistados, cuando estos dejan de ser extraños considerándose propios; cuando la riqueza conseguida proporciona medios suficientes, surgen también otros intereses, otras aficiones. Aparecen culturas en las que se maridan lo procedente del antiguo terruño con las características o posibilidades que ofrece el nuevo, dando lugar a producciones originales. Y también surge la ciencia, aunque en este caso suele ser por motivos prácticos.

En al-Ándalus el inicio de la actividad científica tardó en llegar. El gran historiador catalán José María Millàs Vallicrosa (1949: 23-24) señaló:

Es un hecho, reconocido por los mismos historiadores árabes, que las letras y las ciencias tardaron en desarrollarse en el solar hispanoárabe; la mayor parte de los conquistadores fueron beréberes, no impuestos en la literatura ni siquiera en la lengua árabe; las guerras civiles, entre sus diferentes facciones, desolaron a menudo la España musulmana, y sólo cuando hubo en Córdoba una paz verdadera en torno al Emir, pudo pensarse con verdaderas garantías en el cultivo de las ciencias y de las letras. Este crepúsculo comenzó en tiempo del cuarto emir ‘Abd-al-Rahmān II [también escrito Abderrahmán II (792-852)], bajo cuyo reinado empieza de un modo franco en el al-Ándalus el influjo de la refinada civilización bagdalí.

Y, en otro de sus trabajos, añadía (Millàs Vallicrosa, 1960b: 63):

Hasta el emirato de Abderrahmán II (821-852) hubo muy pocas relaciones culturales entre los musulmanes españoles y Oriente, en especial Iraq; los emires omeyas tenían miedo de repercusiones políticas al margen de tales relaciones culturales [...]. Pero también sabemos de los primeros intentos de importación, a orillas del Guadalquivir, de la ciencia matemático-astronómica que ya florecía entonces en Bagdad. Es sintomático que fuera el propio emir Abderrahmán II quien en el año 821 enviara al poeta de Algeciras Abbas ibn Nasih al-Taqafi a Iraq con el expreso encargo de que buscara y trajera libros de ciencias naturales y astronómicas.

A partir del siglo IX, los árabes andalusíes intensificaron sus relaciones con sus hermanos de religión del islam. En su libro La ruta del conocimiento, Violet Moller (2019: 136-137) ha descrito alguno de los modos en que se establecieron esas relaciones:

Los jóvenes comenzaron a salir en busca de lo desconocido para «encontrarse a sí mismos», aprendiendo de los mejores pensadores de la época [...]. Una ribla, como se llamaban esos viajes, era ante todo una búsqueda de iluminación religiosa, pero, en realidad, a menudo comportaba también la adquisición de conocimientos científicos de carácter profano (en aquellos momentos no existía una verdadera división entre una cosa y otra). Ello se debía en parte al sistema islámico de educación, en el que todo el que deseaba aprender y abrir su mente veneraba a sus maestros y buscaba sus enseñanzas. El comercio había abierto el Imperio musulmán; los gobernantes construían y reparaban los caminos que unían los distintos lugares, creando una infraestructura a través de la cual las personas y las mercancías podían moverse con relativa facilidad. Los estudiosos viajaban con las caravanas de mercaderes y pasaban las largas noches del desierto alrededor de las hogueras de las caravanas. Los mercaderes, por naturaleza cosmopolitas y de mentalidad abierta, a menudo eran también sabios eruditos, que utilizaban sus actividades comerciales para adquirir libros y llevarlos de vuelta a al-Ándalus para que fueran copiados y vendidos. En aquellos momentos, además, había mercaderes especializados en la compraventa de libros y papel, responsables de la producción, la comercialización y el ir y venir de textos entre los grandes zocos de libros de El Cairo, Fez, Bagdad, Tombuctú y Córdoba. Aquellos eran los grandes canales por los que fluían los ríos del conocimiento a lo largo y ancho del Imperio islámico.

La siempre necesaria Medicina y la Astronomía fueron las disciplinas que más se cultivaron en al-Ándalus. Tambi

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