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EL PAíS DE TOó

Rodrigo Rey Rosa  

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Fragmento

La casona de techo de palma estaba en un promontorio entre los cocoteros y dominaba la playa de arena volcánica, una línea recta que iba desde el lugar en que salía el sol hasta donde se ocultaba. La espuma de las grandes olas, que iban a morir en la orilla, dibujaba abanicos que se desvanecían en la arena negra una y otra vez. Detrás de la casa estaban los canales de agua turbia y mansa —criadero de jaibas, bagres y cuatrojos— rectos y largos como la playa, abiertos por los tátara tatarabuelos de la nana para llevar sus mercancías en cayucos de palo desde Tapachula, en México, hasta Sonsonate, en El Salvador, como ella contaba, aunque el dueño de la casa, un hombre rico, conocedor de una historia muy distinta, la contradecía. Más allá del canal, desde el segundo piso, podían verse las salinas y los inmensos potreros y cañizales, y, todavía más allá, una cadena de volcanes. A mediodía la arena se calentaba tanto que si caminabas en ella se te ampollaban los pies. Pero al atardecer, cuando el sol enrojecía antes de hundirse en el mar, podías jugar en la arena tibia o perseguir cangrejos, que corrían playa arriba para refugiarse en sus hoyos, o bajaban por la franja alisada por las olas, donde espejeaba el sol. Por la noche, a veces, la casona se llenaba de gente. Llegaban de las otras casas alineadas a lo largo de la playa, o hacían el viaje en carro o en helicóptero desde la capital.

1.

¡Esta casa está borracha! —gritó Jacobito. Sentados alrededor de una mesa larga en el corredor de la casona rústica en aquella playa del Pacífico, los adultos no paraban de reír. Una ola en la rompiente, más fuerte que las anteriores, se oyó por encima de las risas. Un intervalo de silencio.

Faltan tres minutos para la medianoche —dijo la madre de Jacobo, una mujer rubia de ojos grises.

¿Por qué faltan? —quiso saber el niño.

De nuevo, los adultos se rieron.

Era el único niño en la casa la noche de Año Nuevo, y en ese momento se había convertido en el centro de atención de las señoras. Soltó una risa aguda y contagiosa. Le gustaba ser el centro de atención.

Su madre lo tomó en brazos para sentarlo sobre sus piernas, mientras el padre sacaba de un cubo con hielo una botella de champán. Usó una servilleta para secarla ante

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