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EL PASAJERO 23

Sebastian Fitzek  

5


Fragmento

Prólogo

Sangre humana:

44 por ciento de hematocrito. 55 por ciento de plasma. Y un ciento por ciento de cochinada cuando sale a chorro y sin control por una vena puncionada.

El «doctor», como le gustaba llamarse aunque nunca había cursado el doctorado, se pasó el dorso de la mano por la frente. Es verdad que así se limitó a extender las salpicaduras que le habían alcanzado, lo que quizá resultaba bastante asqueroso, pero al menos esta vez no le había caído nada de ese caldo en los ojos; como el año anterior durante el «tratamiento» a la prostituta, tras el cual se había pasado seis semanas con miedo de haberse contagiado el VIH, hepatitis C o cualquier otra porquería.

Detestaba que las cosas no salieran según lo planeado. Cuando se administraba la dosis equivocada de anestesia. O cuando los «elegidos» se resistían en el último segundo y se arrancaban la vía del brazo.

—Por favor, no... no —balbuceó su «cliente». El «doctor» prefería esta denominación. «Elegido» era demasiado rimbombante, y «paciente» en cierto modo le sonaba incorrecto, pues en realidad solo unos pocos de los que trataba estaban realmente enfermos. También el tipo de la mesa estaba sanísimo, aunque en ese momento parecía como si se hallase conectado a una línea de alta tensión. El atleta negro puso los ojos en blanco, echó espumarajos por la boca y arqueó la espalda mientras tiraba desesperadamente de las ataduras que lo mantenían tumbado. Era un deportista, estaba en forma y, a los veinticuatro años, en el punto culminante de su rendimiento. Pero ¿de qué sirven todos los años de duros entrenamientos cuando un narcótico circula por las venas? No era suficiente para desactivarlo por completo, pues se había arrancado la vía, pero de todos modos bastó para que el doctor pudiera volver a empujarlo contra el catre sin esfuerzo una vez pasado el peor ataque. Además, la sangre dejó de salpicar después de que lograra ponerle un vendaje compresivo.

—Chitón, chitón, chitón... —dijo para tranquilizarlo, y le apoyó al hombre la mano en la frente. Advirtió que tenía fiebre y el sudor brillaba bajo la lámpara halógena—. ¿Y ahora qué le pasa?

El cliente abrió la boca. El miedo se asomó a sus ojos como una navaja. Apenas se podía entender lo que decía.

—No... quiero... mor...

—Pero estábamos de acuerdo —dijo el doctor con una sonrisa tranquilizadora—. Todo está preparado. No se me eche atrás ahora, tan cerca de la muerte perfecta.

Miró de reojo por la puerta abierta que daba a la habitación contigua a la mesa del instrumental con los escalpelos y la fresadora de huesos eléctrica que ya colgaba lista y enchufada.

—¿Acaso no se lo he explicado con claridad? —preguntó, suspirando. Claro que lo había hecho. Durante horas. Una y otra vez, pero por lo visto este imbécil desagradecido sencillamente no lo había pillado—. Resultará muy desagradable, por supuesto. Pero solo puedo permitirle morir de este modo. No funciona de otra forma.

El atleta gimió. Tiró con violencia de las correas, pero con mucha menos fuerza que antes.

Satisfecho, el doctor percibió que ahora la anestesia sí estaba produciendo el efecto deseado. Ya no faltaba mucho, y podía empezar el tratamiento.

—Verá, podría interrumpir todo aquí —dijo con una mano todavía en la frente del deportista. Con la otra, se colocaba bien la mascarilla—. Pero después su mundo solo consistiría en miedo y dolores. Dolores inimaginables.

El negro parpadeó. Su respiración se calmó.

—Le he mostrado las fotos. Y el vídeo. Lo del sacacorchos y el medio ojo. Usted no quiere algo así, ¿no?

—Ay —gimió el cliente como si tuviera una mordaza en la boca; después sus rasgos se relajaron y su respiración se volvió superficial.

—Lo interpretaré como un «no» —dijo el doctor, y con el pie soltó el freno de la camilla para desplazar al cliente a la habitación contigua.

«Al quirófano.»

Tres cuartos de hora más tarde, había completado la primera parte del tratamiento, la más importante. El doctor ya no llevaba guantes de látex, ni mascarilla, y la bata verde de usar y tirar que había que atar a la espalda como una camisa de fuerza la había arrojado al cubo de la basura. No obstante, se sentía mucho más disfrazado con el esmoquin y los zapatos oscuros de charol que llevaba ahora que con su atuendo de quirófano.

«Disfrazado y achispado.»

No sabía cuándo había empezado a tomarse una copa después de cada tratamiento exitoso. O diez, como ahora. Maldición, tenía que dejarlo, aunque jamás había bebido antes, sino siempre después. Aun así. El matarratas lo volvía descuidado.

Le daba ideas estúpidas.

Como, por ejemplo, llevarse la pierna.

Miró el reloj riendo entre dientes.

Eran las 20.33; debía apresurarse si no quería llegar demasiado tarde al segundo plato. El primero ya se lo había perdido. Pero antes de poder centrarse en la pintada que había en el menú, debía deshacerse de una vez de los restos biológicos: las bolsas de sangre innecesarias y la pantorrilla derecha, que había serrado justo por debajo de la rodilla en un trabajo extraordinariamente limpio.

La pantorrilla estaba envuelta en una bolsa de plástico degradable que, de camino a la escalera, tenía que llevar con las dos manos porque era muy pesada.

El doctor se sentía achispado, pero no tanto como para no saber que, de haber estado sobrio, jamás se le habría ocurrido llevar consigo en público partes de cuerpos en vez de tirarlas sin más al incinerador de basura. Pero se había enfadado tanto con su cliente que ahora merecía la pena arriesgarse por diversión. Y eso era poco. Muy poco.

Había un aviso de tormenta. En cuanto hubiera dejado atrás los caminos sinuosos, el estrecho acceso por el que solo se podía pasar encorvado y recorrido el pasillo con los conductos de ventilación amarillos hasta el montacargas, con toda seguridad ya no se encontraría ni un alma.

Además, el lugar que había buscado para deshacerse de los restos no estaba al alcance de las cámaras.

«Quizás esté bebido, pero no soy tonto.»

Había llegado a la última etapa, la plataforma en el extremo superior de la escalera que —llegado el caso— solo utilizaba la cuadrilla de mantenimiento una vez al mes y que daba a una puerta pesada con ojo de buey.

Un fuerte viento le golpeó la cara y le pareció que tenía que empujar una pared para salir al exterior.

El aire fresco le provocó una bajada de tensión. En un primer momento, se sintió mal, pero enseguida recuperó el control y el viento salobre empezó a reanimarlo.

Ahora ya no se tambaleaba por el alcohol, sino por la fuerte marejada que, a pesar de los estabilizadores, se percibía en el interior del Sultan of the Seas.

Avanzaba con paso vacilante. Estaba en la cubierta 8 1/2, una plataforma intermedia que existía por puros motivos ópticos. Vista de lejos, proporcionaba al crucero una parte trasera con líneas más elegantes, como un alerón en un coche deportivo.

Alcanzó la parte más externa del lado de babor de la popa y se inclinó sobre la barandilla. A sus pies rugía el océano Índico. Los faros orientados hacia atrás iluminaban las montañas de espuma blanca que el crucero dejaba tras de sí.

En realidad, le habría gustado pronunciar una frase hecha, algo así como «Hasta la vista, baby» o «Listo cuando usted quiera», pero no se le ocurrió nada divertido, por eso lanzó por la borda sin decir una palabra la bolsa con la pantorrilla.

«En teoría, de algún modo esto parecía mejor », pensó; lentamente recuperaba la sobriedad.

El viento soplaba con tanta fuerza en sus oídos que no pudo oír el impacto de la pantorrilla contra las olas cincuenta metros por debajo de él. Pero sí la voz a su espalda.

—¿Qué está haciendo ahí?

Se volvió.

La persona que le había dado un susto de muerte no era un empleado adulto, «gracias a Dios», o alguien del servicio de seguridad, sino una niña, no mayor que la pequeña a la que había tratado hacía dos años junto con toda su familia ante la costa occidental de África. Estaba sentada con las piernas cruzadas junto a la caja de un aparato de aire acondicionado o de un generador. Al doctor la tecnología no se le daba tan bien como los cuchillos

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