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EL PERRO DE TERRACOTA (SALVO MONTALBANO 2)

Andrea Camilleri  

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Fragmento

Dos

Montalbano se volvió muy despacio, como si quisiera compensar con ello la sorda y repentina furia que le había causado haberse dejado sorprender por la espalda como un principiante. A pesar de encontrarse en estado de alerta, no había conseguido percibir el menor ruido.

«¡Uno a cero a tu favor, cabrón!», pensó.

A pesar de que jamás lo había visto personalmente, lo reconoció de inmediato: en comparación con las señas de años atrás, Tano se había dejado crecer la barba y el bigote, pero los ojos eran los mismos, totalmente inexpresivos, «de estatua», tal como gráficamente había dicho Gegè.

Tano el Griego se inclinó ligeramente y en su gesto no hubo la más mínima sombra de burla o de tomadura de pelo. Automáticamente, Montalbano correspondió con otra leve inclinación. Tano echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—Parecemos dos japoneses, aquellos guerreros de la espada y la coraza. ¿Cómo se llaman?

—Samurais.

Tano extendió los brazos como si quisiera estrechar contra su pecho al hombre que tenía delante.

—Mucho gusto en conocer personalmente al famoso comisario Montalbano.

Montalbano decidió prescindir de los cumplidos e ir directamente al grano para situar el encuentro en el debido terreno.

—No sé qué gusto le puede dar conocerme.

—De momento, ya me ha dado uno.

—Explíquese.

—Me está hablando de usted, ¿le parece poco? No ha habido ni un solo esbirro, ni uno solo, y mire que he conocido a muchos, que me haya hablado de usted.

—Se dará usted cuenta, espero, de que yo soy un representante de la ley, mientras que usted es un peligroso prófugo de la justicia y un asesino múltiple. Y nos estamos viendo cara a cara.

—Yo no voy armado. ¿Y usted?

—Yo tampoco.

Tano volvió a echar la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada.

—¡Yo nunca me equivoco con las personas, nunca!

—Tanto si va armado como si no, yo tengo que detenerlo.

—Y yo estoy aquí, comisario, para que usted me detenga. He querido verlo a propósito.

No cabía duda de que era sincero, pero precisamente su evidente sinceridad hizo que Montalbano se pusiera en guardia, sin conseguir entender adónde quería ir a parar Tano.

—Podía presentarse en la comisaría y entregarse. Aquí o en Vigàta, da lo mismo.

—Pues no, señor comisario, no es lo mismo, me extraña que usted, que sabe leer y escribir, no comprenda que las palabras no son iguales. Hago que me detengan, no me entrego. Si coge la chaqueta, hablaremos dentro; entretanto, abriré la puerta.

Montalbano descolgó la chaqueta de la rama del olivo, se la colgó del brazo y entró en la casa detrás de Tano. Dentro estaba todo a oscuras, el Griego encendió un quinqué y le indicó por señas al comisario que se sentara en una de las dos sillas que había junto a una mesita. En la habitación había un catre con sólo un colchón, sin almohada ni sábanas, una pequeña estantería con puertas de cristal llena de botellas, vasos, galletas, platos, paquetes de pasta, tarros de salsa y toda una serie de cajas. Encima de una cocina de leña había varias ollas y peroles. Pero los ojos del comisario se detuvieron en un animal mucho más peligroso que el lagarto que dormía en la guantera de su coche, una auténtica serpiente venenosa, una ametralladora que dormitaba apoyada de pie contra la pared, al lado del catre.

—Tengo vino bueno —dijo Tano como si fuera un verdadero anfitrión.

—Sí, gracias —contestó Montalbano.

Después del frío, la mala noche, la tensión y el kilo largo de mostachones que se había zampado, el vino le hacía muchísima falta.

El Griego escanció y levantó el vaso.

—A su salud.

El comisario levantó el suyo y le devolvió el brindis.

—A la suya.

El vino era fabuloso, se lo bebía uno que daba gusto, y al bajar por la garganta, reconfortaba y daba calor.

—Es francamente bueno —dijo Montalbano, felicitando a Tano.

—¿Otro?

Para no caer en la tentación, el comisario apartó bruscamente el vaso a un lado.

—¿Vamos a hablar?

—Hablemos. Bueno pues, yo le he dicho que he decidido dejarme detener...

—¿Por qué?

La pregunta a bocajarro de Montalbano desconcertó a su interlocutor. Fue sólo un momento, enseguida se recuperó.

—Tengo que someterme a tratamiento, estoy enfermo.

—¿Me permite? Puesto que usted cree conocerme muy bien, sabrá sin duda que soy una persona que no se deja dar por culo.

—Estoy seguro de que no.

—Pues entonces, ¿por qué no me respeta y deja de contarme chorradas?

—¿Usted no cree que estoy enfermo?

—Lo creo. Pero la chorrada que usted me quiere hacer tragar es que, para curarse de su enfermedad, usted necesita que lo detengan. Si quiere, me explico. Usted estuvo un mes y medio ingresado en la clínica Madonna di Lourdes de Palermo y después permaneció tres meses ingresado en la clínica Getsemani de Trapani, donde el profesor Amerigo Guarnera lo operó también. Si usted quisiera, hoy mismo, a pesar de que la situación es ligeram

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