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EL PESO DEL CIELO (PRIMERA GUERRA MUNDIAL 2)

Anne Perry  

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Fragmento

1

Eran poco más de las tres de la tarde. Joseph Reavley descansaba adormilado bajo el sol de abril con la espalda apoyada contra la arcilla pálida de la pared de la trinchera cuando oyó unas voces enojadas.

—¡Esas botas son mías, Tucky Nunn, y lo sabes tan bien como yo!

Se trataba de Plugger Arnold, un veterano de veinte años, de complexión huesuda, hijo del herrero del pueblo. Llevaba en Flandes desde el estallido de la guerra el agosto anterior. A pesar de su enojo levantaba poco la voz. Le constaba que los sonidos llegaban más lejos en la quietud de la tarde, cuando los hombres aprovechaban las tres o cuatro horas de calma para dormir. Las trincheras alemanas quedaban a unos setenta metros a través de aquel trecho de Ypres Salient. Cualquiera que fuera lo bastante insensato como para levantar una mano por encima del parapeto tendría muchas probabilidades de que se la atravesara un disparo. Los francotiradores rara vez necesitaban una segunda oportunidad. Y dejar que te hirieran a propósito conllevaba un consejo de guerra.

Tucky Nunn, recién llegado con diecinueve años a aquella posición de vanguardia, estaba de pie sobre las rejillas de tablones que pavimentaban la trinchera. Las habían dispuesto allí para mantener los pies de los hombres por encima del agua gélida que chapoteaba bajo su peso, aunque no servían de mucho. El nivel del agua era demasiado alto. Cada vez que pensabas que el suelo por fin se estaba secando volvía a llover.

—¿Ah sí? —dijo Tucky enarcando las cejas—. Me van perfectas, mira tú por dónde. No he visto que llevaran tu nombre. Se habrá borrado. —Sonrió de oreja a oreja sin hacer ademán de agacharse para desabrocharse las botas y devolverlas.

Plugger estaba medio sentado en la grada de tiro. A pocos metros de allí había un centinela apostado de espaldas a ellos. Miraba por el periscopio hacia las alambradas y el barro de la tierra de nadie. No podía permitirse perder la concentración ni siquiera un instante, ocurriera lo que ocurriese detrás de él.

—Son mis botas —dijo Plugger entre dientes—. ¡Quítatelas de tus puñeteros pies y devuélvemelas o tendré que quitártelas yo y echarte a las ratas!

Tucky se balanceó sobre las puntas de los pies con los hombros un poco encogidos.

—¿Quieres intentarlo? —le retó.

Doughy Ward salió a gatas de su refugio subterráneo con el mismo equipo que llevaban todos los demás: cincha y rifle con la bayoneta calada. Su rostro, de piel muy blanca, mostraba una mueca de enfado porque le privaran de una parte de sus escasas horas de sueño. Lanzó una mirada desafiante a Joseph.

—«No robarás.» ¿No es así, capellán?

Fue una manera de exigir que incluso allí, en medio del barro y el frío, del aburrimiento y los esporádicos brotes de violencia, Joseph hiciera su trabajo y defendiera los valores de la justicia, que debían prevalecer para evitar que todos se sumieran en un infierno sin sentido. Sin el bien y el mal no había lugar para la cordura.

—¡No las he robado! —dijo Tucky enojado—. Estaban... —No terminó la frase porque Plugger le dio un puñetazo, un golpe tremendo que le alcanzó de refilón la mejilla al agacharse para esquivarlo.

De nada serviría gritarles y, además, el sonido llegaría hasta las líneas enemigas. Por otra parte, Joseph no quería que toda la trinchera se enterase de que había surgido un problema de disciplina. Ambos hombres podían acabar con cargos y aquél no era el modo en que un capellán resolvía las cosas. Avanzó hacia ellos poniendo cuidado en no recibir ningún golpe, agarró a Tucky y lo arrojó contra los montantes que sostenían la pared de la trinchera.

—¡Los alemanes están ahí mismo! —dijo con aspereza, y señaló con el mentón hacia el parapeto y la tierra de nadie.

Plugger se había puesto de pie resbalando en el barro de los tablones con los calcetines mugrientos y empapados.

—¡Buena idea, envíelo ahí arriba, capitán! ¡Pero no con mis botas!

Avanzó tambaleante hacia ellos agitando los brazos como para seguir peleando. Joseph se interpuso entre ambos, aun a riesgo de recibir golpes de los dos, cosa que hubiese hecho inevitables los cargos.

—¡Basta ya! —ordenó con brío—. ¡Quítese las botas, Nunn!

—Gracias, capellán —respondió Plugger con una sonrisa satisfecha.

Tucky permaneció inmóvil, con el semblante impasible, haciendo caso omiso de la sangre.

—¡Tampoco son suyas! —dijo hoscamente, mirando a Joseph a los ojos.

Un hombre apareció por el recodo. Ningún tramo de trinchera tenía más de diez o doce metros de longitud, para evitar que el fuego de la artillería eliminara a una sección entera de hombres o por si un grupo de asalto alemán conseguía atravesar las alambradas. Las trincheras eran profundas, estaban apuntaladas contra rampas de barro y su anchura apenas permitía que dos hombres pudieran cruzarse. El hombre que se aproximaba era alto y delgado, ancho de espaldas, y caminaba con cierta elegancia a pesar de las embarradas rejillas de tablones. Su rostro era moreno, de nariz larga y con una expresión de humor sardónico.

—Un poco temprano para el té, ¿no les parece? —preguntó mirándolos uno por uno.

Tucky y Plugger se pusieron firmes a regañadientes.

—Sí, comandante Wetherall —contestaron ambos casi al unísono.

Sam Wetherall bajó la vista a los pies sin calzar de Plugger y enarcó las cejas.

—¿Está pensando en hacer una incursión en la cocina? ¿O antes efectuará un breve reconocimiento por ahí arriba?

—En cuanto ese ladrón me devuelva las botas me las pondré —contestó Plugger señalando a Tucky con un ademán.

—Yo antes les daría un buen lavado, si estuviera en su lugar —aconsejó Sam sonriendo.

—Lo haré —convino Plugger—. ¡No quiero que se me contagie nada!

—Me refería a sus pies —puntualizó Sam.

Tucky Nunn rompió a reír a carcajadas pese a la magulladura que le estaba oscureciendo la mandíbula donde le había alcanzado Plugger.

—¿De quién son las botas? —preguntó Joseph sonriendo a su vez.

—¡Mías! —exclamaron los dos.

—¿De quién son las botas? —repitió Joseph.

Se hizo un momento de silencio.

—Yo las vi primero —contestó Plugger.

—Pero no las cogiste —señaló Tucky—. Si lo hubieses hecho, ahora las tendrías tú, ¿no te parece?

Sam miró a Joseph con ironía.

—Vamos, Salomón.

—Muy bien —dijo Joseph con decisión—. La bota izquierda para Nunn. La derecha para Arnold.

Aunque ambos soldados rezongaron, Tucky se quitó la bota derecha, la entregó y alcanzó una de las botas viejas que seguían donde Plugger había estado sentado.

—De todos modos no tendría que habérselas quitado —dijo Sam en tono desaprobador—. Lo sabe de sobra. ¿Y si Fritz atacara de improviso?

Plugger levantó significativamente las cejas abriendo mucho sus ojos azules.

—¿A las tres y media de la tarde? Dentro de nada será la hora del té. Serán unos puñeteros alemanes, pero son civilizados. Tienen que comer y dormir, igual que nosotros.

—Asoma la cabeza por encima del parapeto y verás que no están ni mucho menos dormidos, te lo prometo —advirtió Sam.

Tucky se disponía a contestar cuando oyeron gritos a unos veinte metros de distancia y un instante después un joven soldado apareció tambaleándose por el recodo con el rostro blanco como la nieve. Miró a Sam de hito en hito.

—¡Uno de sus zapadores ha perdido media mano! —exclamó con voz aguda y entrecortada.

—¿Dónde está, Charlie? —preguntó Joseph enseguida—. Lo llevaremos al puesto de primeros auxilios.

Sam se puso tenso.

—¿Quién es? —preguntó pasando delante de ellos sin hacer ningún caso a las ratas que se dispersaban en ambas direcciones.

Charlie Gee dio media vuelta y lo siguió pisándole los talones; Joseph se detuvo para meterse un momento en la trinchera de conexión que conducía a la segunda línea, donde se hizo con un botiquín de primeros auxilios por si fuera necesario algo más que los apósitos de campaña que el herido debía llevar consigo.

Cuando los alcanzó, Sam estaba agachado y rodeaba con el brazo a un hombre sentado en los tablones del suelo. El zapador se mecía adelante y atrás mientras apretaba contra el pecho el muñón de la mano, del que manaba sangre escarlata a borbotones.

Joseph había perdido la cuenta de cuántos hombres heridos y muertos había visto, pero el horror de cada individuo era nuevo y real, y parecía que en este caso el hombre había perdido buena parte de su mano derecha.

Sam, con la tez cenicienta, apretaba tanto la mandíbula que los músculos le sobresalían como cuerdas.

—¡Vamos a curarte, Corliss! —La voz le temblaba pese a que hacía todo lo posible por mantenerla firme

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