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EL PINTOR DE FLANDES

Rosa Ribas  

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Fragmento

La cabeza de la gallina

La cabeza de la gallina cayó rodando en el barreño. Tras los agónicos cacareos del animal, se hizo un súbito silencio truncado sólo por el golpeteo de los borbotones de sangre en las paredes del recipiente de metal. La criada, sentada esparrancada en un poyo, sostenía el cuerpo en el aire. Las patas se agitaron aún unos segundos en un intento inútil de huida. Después cayeron inertes con las largas uñas apuntando al suelo. Mientras las miraba fijamente, Paul se preguntó si Carlos también habría pataleado cuando cayó su cabeza. ¿Se deja caer una testa coronada en un cubo o la recoge un cojín de seda?

—¡Hopla! ¡Cuánta sangre, majestad!

La criada levantó la vista con sorpresa. No lo había oído acercarse. Al verlo ensimismado contemplándola, le dirigió una mirada burlona.

—¿Ya tan temprano se ha servido el señor un vino? —Mantenía la gallina en alto, como una ofrenda, mientras el chorro de sangre se iba convirtiendo en un hilo y después en un goteo cada vez más espaciado. Sólo entonces dejó reposar el cuerpo sobre la falda.

—Ya estaba vieja y apenas ponía. Si se espera demasiado, la carne se vuelve tan dura que ni para comerla sirve. Con ésta aún saldrá un buen guiso.

La criada apretó los muslos y la pechuga de la gallina, tentando la consistencia de la carne. Un último chorro de sangre salió exhausto entre los jirones del cuello.

Paul le volvió la espalda y se encaminó hacia la puerta de la verja que rodeaba el patio anterior de la casa.

—Tú también te vas haciendo vieja, Alegranza, pero las carnes no se te ponen más duras.

La criada murmuró algo entre dientes, que él no pudo ni quiso entender. Cerró la cancela de un golpe y se alejó de la casa.<

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