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EL PROYECTO WILLIAMSON

John Grisham  

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Fragmento

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Las onduladas colinas del sudeste de Oklahoma se extienden desde Norman hasta Arkansas y apenas muestran huellas de los vastos yacimientos de petróleo que hubo antaño a sus pies. Algunas viejas torres puntean la campiña; las que están en activo siguen bombeando ruidosamente unos cuantos litros a cada lenta vuelta, induciendo a los que pasan por allí a preguntarse si el esfuerzo merece la pena. Muchas se han dado por vencidas y permanecen inmóviles en medio de los campos, cual oxidados recordatorios de los días de gloria de los pozos, los buscadores de petróleo al azar y las fortunas instantáneas.

Hay torres diseminadas por todas las tierras de labranza alrededor de Ada, una antigua ciudad petrolera de dieciséis mil habitantes con un colegio universitario y un tribunal de distrito. Pero las torres permanecen ociosas... el petróleo se ha terminado. Ahora el dinero se gana en Ada por horas en los talleres, la producción de pienso y los cultivos de pacanas.

El centro de Ada es un lugar muy animado. En Main Street no hay edificios vacíos o tapiados. Los comerciantes sobreviven aunque buena parte de sus negocios se haya desviado hacia el extrarradio de la ciudad. Al mediodía los cafés están abarrotados de gente.

El edificio del tribunal del condado de Pontotoc es viejo, no dispone de espacio suficiente y está lleno de abogados y clientes. A su alrededor se observa el consabido batiburrillo de edificios municipales y despachos de abogados. La cárcel, un achaparrado refugio antiaéreo sin ventanas, se construyó por alguna ya olvidada razón en el mismo solar del edificio del tribunal. El azote de la metanfetamina la mantiene siempre llena.

Main Street termina en el campus de la East Central University, hogar de cuatro mil estudiantes, muchos de ellos usuarios cotidianos de trenes de cercanías. La universidad infunde vida a la comunidad con un aporte siempre renovado de gente joven y un cuerpo docente que añade cierta diversidad al sudeste de Oklahoma.

Pocas cosas escapan a la atención del Ada Evening News, un dinámico diario de ámbito regional que hace todo lo posible por competir con The Oklahoman, el periódico más grande del estado. En primera plana se publican las noticias mundiales y nacionales, después vienen las estatales y regionales y, a continuación, los temas más importantes: acontecimientos deportivos estudiantiles, política local, calendarios de la comunidad y crónica necrológica.

Los habitantes de Ada y el condado de Pontotoc constituyen una agradable mezcla de sureños pueblerinos y tipos independientes del Oeste. El acento podría ser de Texas o Arkansas, con íes muy estiradas y otras vocales también muy largas. Es el territorio de los indios chickasaw. Oklahoma cuenta con más nativos americanos que cualquier otro estado de la Unión y, después de cien años de mezcla, muchos blancos tienen sangre india. El estigma está desapareciendo rápidamente; de hecho, hoy en día la herencia es motivo de orgullo.

El llamado Cinturón de la Biblia —territorio del fundamentalismo protestante— atraviesa con fuerza la ciudad de Ada, la cual dispone de cincuenta iglesias de una docena de denominaciones cristianas. Son lugares muy concurridos y no solo los domingos. Hay una sola iglesia católica y una episcopaliana, pero ningún templo judío o sinagoga. Casi todo el mundo es cristiano o afirma serlo, y el hecho de pertenecer a una iglesia se da por descontado. El estatus social de una persona suele venir determinado por su pertenencia religiosa.

Con sus dieciséis mil habitantes Ada se considera una localidad grande en la rural Oklahoma, por cuyo motivo atrae toda suerte de fábricas y establecimientos de venta con descuento. Los obreros y los compradores afluyen a ella por carretera desde distintos condados. Se encuentra a ciento treinta kilómetros de Oklahoma City y a tres horas por carretera de Dallas. Todo el mundo conoce a alguien que vive o trabaja en Texas.

La máxima fuente de orgullo local es la oferta de los llamados quarter-horses, una raza de resistentes caballos famosos por ser los más rápidos en distancias cortas —por ejemplo, un cuarto de milla, de ahí su nombre—. Algunos de los mejores ejemplares los crían los rancheros de Ada. Y cuando los Ada High Cougars ganan otro título estatal de fútbol americano, la ciudad se pasa varios años presumiendo.

Es un lugar agradable, habitado por personas afables con los forasteros y las unas con las otras, siempre dispuestas a ayudar a quien lo necesite. Los niños juegan en el césped delantero de las casas a la sombra de los árboles. Por el día las puertas se dejan abiertas. Los adolescentes pasean hasta altas horas de la noche sin causar apenas molestias.

De no haber sido por dos célebres asesinatos a principios de los años ochenta, Ada habría pasado inadvertida a los ojos del mundo. Lo cual les habría parecido muy bien a las buenas gentes del condado de Pontotoc.

Como obedeciendo a una tácita ordenanza municipal, casi todos los locales nocturnos y bares de Ada se encuentran ubicados en el extrarradio de la ciudad, desterrados a las afueras para mantener a la gentuza y sus maldades lejos de la gente de bien.

El Coachlight era uno de ellos; un oscuro edificio muy mal iluminado, que ofrecía cerveza barata, jukebox, un grupo musical los fines de semana, una pista de baile y, en el exterior, un enorme aparcamiento de grava donde las polvorientas camionetas superaban en número a los automóviles de cuatro puertas. Su clientela era lo que cabía esperar: obreros de fábrica sedientos antes de regresar a casa, mozos del campo en busca de diversión, veinteañeros noctámbulos y aficionados al baile y la juerga. Vince Gill y Randy Travis habían pasado por allí al comienzo de sus carreras.

Era un conocido local extremadamente bullicioso que daba empleo a tiempo parcial a muchos barmans, porteros y camareras. Una de ellas era Debbie Carter, una lugareña de veintiún años que había terminado sus estudios en el instituto local unos años atrás y aún disfrutaba de su vida de soltera. Tenía otros dos empleos a tiempo parcial y de vez en cuando también trabajaba de canguro. De carácter independiente, Debbie tenía coche propio y vivía sola en un apartamento de tres habitaciones encima de un garaje en la calle Ocho, cerca de la universidad. Era una agraciada muchacha morena, esbelta y atlética, y gozaba de mucho predicamento entre los chicos.

A su madre, Peggy Stillwell, la preocupaba que pasara tanto tiempo en el Coachlight y otros locales parecidos. No había educado a su hija para esa clase de vida; de hecho, Debbie había sido educada en la iglesia. Sin embargo, una vez terminados sus estudios secundarios, empezó a ir de fie

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