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EL PUENTE

David Remnick  

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Fragmento

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Un destino complejo

Es un día corriente de 1951 en el centro de Nairobi.1 Un inspector sanitario de la ciudad está sentado a solas en su despacho. Es un joven africano inteligente, de veintiún años, cariancho, con rasgos grandes y colmado de ambiciones en unos tiempos de confusión política. Está examinando muestras de leche para el departamento de salud local. El gobierno colonial ha empezado a tomar medidas enérgicas contra el movimiento por la independencia keniata que afloró al término de la Segunda Guerra Mundial. En 1952, los británicos instituirían un estado de emergencia y llevarían a cabo una campaña sistemática de arrestos, detenciones, tortura y asesinatos para sofocar el movimiento nacionalista kikuyu, conocido como «la rebelión de los Mau Mau».

Se abre la puerta: entra una mujer que lleva una botella de leche. A la oficina llegan constantemente familias europeas y africanas de agricultores para examinar productos alimentarios y asegurarse de que no se detectan bacterias antes de llevarlos al mercado.

El joven se ofrece a ayudar. Ser un funcionario con formación en la burocracia sanitaria se considera un trabajo decente. Se crió al este de Kenia, en Kilimambogo, una vasta granja de sisal propiedad de sir William Northrup McMillan, el típico gran cazador blanco en África. La granja se hallaba en las «tierras altas blancas», cerca de Thika, donde los europeos poseían todo el terreno. El encargado de la finca llevaba un kiboko, un látigo fabricado con piel de hipopótamo, y no mostraba reparos a la hora de utilizarlo. El padre del inspector de sanidad era analfabeto, pero ejercía un cargo relativamente privilegiado, una especie de capataz de la granja. La familia vivía en una cabaña de barro y zarzo sin agua corriente ni electricidad, pero ganaba siete dólares al mes, suficiente para enviar a su hijo a escuelas misionales. En el Holy Ghost College, una escuela de secundaria situada en la ciudad de Mangu, el joven estudió

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lengua inglesa y conoció la vida de Abraham Lincoln y Booker T. Washington.2 Sin embargo, no tardó en encontrarse en un callejón sin salida. El aprendizaje era limitado en unas escuelas donde no había libros de texto y los estudiantes anotaban las lecciones en la arena. En Kenia no había universidades. Los hijos de los europeos volvían «a casa» a estudiar, y los pocos negros que podían permitirse una universidad se marchaban a otros lugares de África oriental. Se planteó prepararse para el sacerdocio, pero, como diría después, los misioneros blancos de Kenia estaban «entre los que decían constantemente al africano que no estaba listo para el progreso en varias vertientes, que debía ser paciente, creer en Dios y esperar el día en que pudiera avanzar lo suficiente».3 De modo que el joven estudió con una beca en la escuela de inspectores sanitarios del Royal Sanitary Institute.

La mujer europea mira al joven con frialdad. Se llama Thomas Joseph Mboya, aunque la mujer no parece sentir deseo alguno de saberlo.

«¿No hay nadie aquí?», pregunta mirando directamente a Tom Mboya.4

Cuando Tom vivía en la granja de sir William, su padre solía decirle: «No te enemistes con el hombre blanco».5 Pero Tom no podía soportar al administrador de la finca, con su látigo y su presuntuoso contoneo. No podía soportar que los inspectores blancos ganaran cinco veces más que él. Y ahora, en este día corriente, no puede soportar a esa impertinente mujer blanca que se empeña en atravesarlo con la mirada, en hacerlo invisible.

«Señora —dice—, tiene un problema en la vista.»6

La mujer abandona el laboratorio de inspección.
«Este trabajo deberían realizarlo europeos —responde ella—. Este chico es muy grosero.»

Como miles de keniatas de la época, Tom Mboya escuchaba los discursos de Jomo Kenyatta, también conocido como Lanza Ardiente, un veterano hombre de Estado y una voz destacada del movimiento de independencia keniata. Los movimientos anticolonialistas ganaban fuerza por toda África: en Nigeria, el Congo, Camerún, la Costa de Oro, Togo, la Federación Malí de Senegal y el Sudán francés, Somalia y Madagascar.

En 1955, cuando tenía veinticinco años, Mboya obtuvo una excepcional beca para estudiar un año en el Ruskin College de Oxford, donde leyó mucho sobre política y economía, se unió a los clubes sindical y socialista y descubrió un círculo de profesores liberales y anticolonialistas.7 Durante su año en Ruskin, Mboya, que carecía de experiencia universitaria previa, se dio cuenta de lo que otros keniatas podían ganar con una educación superior en el extranjero.

Cuando Mboya regresó a Nairobi al año siguiente, empezó a hacerse un nombre como activista y organizador de los trabajadores. Puesto que Jomo Kenyatta había pasado en la cárcel casi toda la década anterior, una época de dominio colonial, la gente comenzó a hablar del carismático y joven miembro de la tribu minoritaria de los luo como futuro líder de la Kenia poscolonial y como una nueva clase de político. Kenyatta era el singular héroe keniata, pero era un luchador anticolonialista tradicional rodeado sobre todo de kikuyus leales. Mboya esperaba que Kenia mirara más allá de las divisiones tribales y hacia un concepto integrador de autogobierno democrático y desarrollo económico liberal.

En 1957, después de que los británicos hicieran concesiones sobre el número de africanos que podían sentarse en el Consejo Legislativo de Kenia, Mboya, que entonces tenía veintiséis años, obtuvo un escaño representando a Nairobi, una circunscripción donde se hablaba sobre todo kikuyu. La tribu luo de Mboya provenía principalmente de las zonas próximas al lago Victoria, al oeste de Kenia. Pronto se convirtió en secretario general de la Unión Nacional Africana de Kenia (KANU), el principal partido por la independencia, y la Federación Keniata del Trabajo. Era un orador electrizante y un diplomático eficaz. Mucho antes de cumplir los treinta, Mboya era un símbolo internacional del anticolonialismo y los derechos civiles. En Estados Unidos conoció a Eleanor Roosevelt, Richard Nixon, Thurgood Marshall y Roy Wilkins, e incluso compartió escenario con Martin Luther King Jr. en un mitin sobre los derechos civiles. En ausencia de Kenyatta, encabezó varias delegaciones en Lancaster House, en Londres, para negociar las últimas disposiciones de la independencia de Kenia. En marzo de 1960, los directores de Time decidieron que Mboya fuera portada como ejemplo de los movimientos por la independencia de todo el continente.

Una de las frustraciones del movimiento era que no había una manera sencilla de desarrollar el potencial intelectual de los jóvenes keniatas. Kenyatta y Mboya vislumbraban con más facilidad el fin del colonialismo que un cuadro suficientemente culto de africanos capaces de dirigir el país. «Durante la lucha nacionalista —escribía Mboya—, nuestros detrac

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tores nos informaban con demasiada frecuencia de que el pueblo africano no estaba preparado para la independencia porque no tenía suficientes médicos, ingenieros y administradores que pudieran tomar las riendas de la maquinaria gubernamental una vez que el poder colonial hubiese desaparecido. Estas críticas nunca estuvieron justificadas. El poder colonial jamás ha educado deliberadamente a la masa popular para el día de la independencia.» Los keniatas tendrían que hacerlo ellos solos.8

Mboya intentó convencer a los británicos de que proporcionaran becas de estudios en el extranjero a los jóvenes keniatas.9 Se le ocurrió la idea de un «puente aéreo» con destino a universidades extranjeras. Trabajó estrechamente con varios liberales estadounidenses adinerados sobre esa idea, en particular el industrial William X. Scheinman. Para los estadounidenses, el puente aéreo tenía una motivación durante la guerra fría: a medida que los países africanos se independizaban, podían establecer más lazos con Occidente que con la Unión Soviética si sus jóvenes élites asistían a universidades de Estados Unidos y Europa occidental. En 1958, mientras Mboya desarrollaba la idea, el número total de keniatas negros que iban a la universidad ascendía a unos pocos centenares en escuelas africanas, setenta y cuatro en Gran Bretaña y setenta y cinco en la India y Pakistán.10 Albert Sims, un antiguo experto en educación del Departamento de Estado y el Cuerpo de Paz, calculaba que en el África subsahariana solo un niño de cada tres mil asistía a la escuela secundaria y uno de cada ochenta y cuatro mil iba a una universidad «de cualquier tipo».11 Sin duda, eso explicaba en parte por qué una colonia de sesenta y cinco mil europeos había podido imponerse durante tanto tiempo a más de seis millones de africanos.

La administración colonial rechazó la propuesta del puente aéreo planteada por Mboya, aduciendo que su programa educativo «de choque» era más político que educativo, que gran parte de los estudiantes estaban insuficientemente preparados y financiados y que estaban abocados al fracaso en las universidades estadounidenses.

El Departamento de Estado de Estados Unidos no se mostró ansioso por desafiar a los británicos enviando dinero a Mboya. Por el contrario, este viajó a Estados Unidos para recaudar fondos a título personal. Durante seis semanas, pronunció hasta seis discursos diarios en campus universitarios con la esperanza de despertar el interés en el programa y arrancar promesas de becas.12 Consiguió compromisos de cooperación de varias facultades, sobre todo de universidades históricamente negras como Tuskegee, Philander Smith y Howard, y de centros religiosos como el Moravian College, en Pensilvania, y la Universidad Saint Francis Xavier, en Nueva Escocia.13

Junto con sus nuevos amigos estadounidenses, Mboya ayudó a fundar la African-American Students Foundation (AASF) para incrementar la recaudación. Y en otoño de 1959, con el apoyo de la AASF y decenas de universidades estadounidenses, comenzó el puente aéreo. Entre los ocho mil donantes había celebridades negras como Jackie Robinson, Sidney Poitier, Ralph Bunche y Harry Belafonte, y liberales blancos como Cora Weiss y William X. Scheinman.

De regreso en Nairobi, Mboya no tuvo mucho tiempo para evaluar solicitudes. Centenares de personas hacían cola a diario frente a su puerta, preguntándole por cuestiones de sanidad, sentencias de divorcio, dotes y disputas territoriales. Mboya estudió las pilas de archivos de los jóvenes keniatas que habían trabajado duro en la escuela secundaria y que ahora se dedicaban a trabajos monótonos o no especializados muy por debajo de su potencial. Las solicitudes de los estudiantes eran sinceras y patrióticas. No ambicionaban emigrar y escapar, sino educarse y regresar para servir a una Kenia independiente.

Los puentes aéreos, que continuaron hasta 1963, tuvieron un efecto profundo, y el programa no tardó en extenderse a otros países africanos. «Mi padre fue uno de los pocos políticos keniatas que se sentía igual de cómodo en un poblado que en el palacio de Buckingham —señalaba Susan, la hija de Mboya—. África es una sociedad muy compleja, y necesitas personas lo bastante educadas y viajadas para mediar entre esos mundos. Sin ellas, estás perdido. El puente aéreo proporcionó esas reservas de personas para el futuro de Kenia.»

El puente aéreo fue un acontecimiento crucial en la historia de Kenia a medida que se aproximaba la independencia. Según un informe elaborado por la Universidad de Nairobi, un 70 por ciento de los puestos relevantes del gobierno poscolonial estaban ocupados por licenciados surgidos a raíz del puente aéreo. Entre ellos se encontraba la ecologista Wangari Maathai, la primera mujer africana que recibiría el Premio Nobel de la Paz. Otro era un luo de un pueblo cercano al lago Victoria, un aspirante a economista con una voz rica y musical y seguridad en sí mismo. Su nombre era Barack Hussein Obama.

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En Selma, Barack Obama hijo había dicho que podía remontar su «existencia misma» a la familia Kennedy porque los Kennedy habían donado dinero al programa educativo de Tom Mboya para jóvenes keniatas. Objetiva y poéticamente, Obama se había extralimitado.14 Los Kennedy no contribuyeron al primer puente aéreo, que en septiembre de 1959 llevó al padre de Obama y a ochenta personas más desde Nairobi hasta Estados Unidos. Como informaba The Washington Post un año después del discurso en Selma, Mboya acudió a Kennedy en la finca familiar de Hyannisport en julio de 1960, después del primer puente aéreo y con la esperanza de financiar el segundo. A la sazón, Kennedy era presidente de un subcomité del Senado sobre África y candidato a la presidencia. Escuchó la propuesta de Mboya y luego le entregó cien mil dólares pertenecientes a una fundación familiar que llevaba el nombre de su hermano Joseph, que había muerto durante la Segunda Guerra Mundial. El vicepresidente Richard Nixon, que aquel año se enfrentaba a Kennedy y también estaba ansioso por conseguir votos negros, había intentado recabar apoyos de la Administración de Eisenhower para el plan, pero fracasó. Esto y la perspectiva de que Kennedy consiguiera publicitar su generosidad le frustraba profundamente. El senador Hugh Scott, un aliado de Nixon, acusó a Kennedy de realizar la donación de una fundación exenta de impuestos con fines políticos, una acusación que Kennedy describió como «el ataque más injusto, distorsionado y malvado» que había oído «en catorce años en la política».15

Bill Burton, uno de los portavoces de la campaña de Obama, se disculpó con demora por el error en el discurso sobre la generación de Josué, pero la fuerza de la narración de Obama en Selma no era en modo alguno un engaño. La parte keniata de su familia no había escapado a la historia. Su padre pertenecía a una generación de transición que dio el salto del colonialismo a la independencia y pasó del aislamiento forzado a los comienzos de una oportunidad para conocer mundo. El propio Obama no solo se proponía ser el primer afroamericano que llegara a la Casa Blanca, sino hacerlo como un hombre cuya familia había abandonado una vida rural oprimida por el dominio colonial solo una generación atrás.

Cuando Obama aspiraba a ser senador en 2003 y 2004 dijo que su padre había «dado el salto del siglo xviii al siglo xx en solo unos años. Pasó de ser pastor de cabras en una pequeña aldea africana a obtener una beca para la Universidad de Hawai e ir a Harvard».16 La idea de que el padre o el abuelo de Obama eran meros «pastores de cabras» también es una forma de exageración romántica. El trabajo manual nunca fue su destino u ocupación; el pastoreo de cabras era algo que hacían todos los aldeanos, incluso los ancianos distinguidos, como era el caso de los hombres de la familia Obama. «Todos los que nos criamos en el campo éramos pastores a tiempo parcial —señalaba Olara Otunnu, un luo y ex ministro de Asuntos Exteriores de Uganda, que fue amigo íntimo del padre de Obama—. No tenía ninguna importancia. Lo hacías mientras estabas en la escuela. El abuelo de Obama pertenecía, conforme a los criterios africanos, a la clase media o media alta. ¡Llevaba porcelana y objetos de cristal a casa! Las ganancias que obtenía como cocinero para los británicos eran una miseria para un occidental, pero era dinero en mano. En su aldea lo idolatraban. Y el padre de Obama se crió con todo eso y, por supuesto, lo superó. Miren la cubierta de Dreams from My Father. Observen la fotografía de la izquierda, donde aparece el padre de Obama en el regazo de su madre. Lleva ropa occidental. Un verdadero “pastor de cabras” llevaría taparrabos. Sin duda, el abuelo estaba mucho más occidentalizado que la mayoría, y esos fueron sus comienzos.»

Onyango Obama, el abuelo de Barack Obama, nació en 1895 al oeste de Kenia. Le impacientaba la vida en la aldea.17 «De él se dice que tenía hormigas en el ano», comentaba en una ocasión Sarah Ogwel, su tercera esposa. Aprendió a leer y escribir en inglés, y luego caminó durante dos semanas hasta llegar a Nairobi, donde encontró trabajo de cocinero para los británicos blancos. Un registro del servicio doméstico que Obama vio cuando visitó Kogelo demuestra que, en 1928, cuando Onyango tenía treinta y cinco años, trabajaba de «mozo personal», y se aprecian breves comentarios de evaluación en el cuaderno anotados por unos tales Dickson, capitán C. Harford, doctor H. H. Sherry y Arthur W. H. Cole, del East Africa Survey Group. Dickson alababa la comida de Onyango («Sus pasteles son excelentes»), pero Cole lo declaraba «inapropiado» y consideraba que desde luego no valía «sesenta chelines al mes».18

Después de que Helima, la primera mujer de Onyango, descubriera que no podía concebir hijos, este pujó más alto que otro hombre por una joven llamada Akumu Nyanjoga y pagó una dote de quince cabezas de ganado. En 1936, Akumu concibió un hijo al que pusieron Barack. Al poco tiempo, Onyango Obama conoció a Sarah Ogwel y se casó con ella. A Akumu, su marido le parecía autoritario y exigente. Lo abandonó con dos hijos. Barack consideraba que tanto Akumu como Sarah eran su

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madre. (Y, a día de hoy, Barack hijo llama a Ogwel, que está a punto de cumplir noventa años y todavía reside en la aldea de Kogelo, «abuela» o «mamá Sarah».) Sarah contaba a su nieto las aventuras legendarias de su marido, cómo Onyango, en su trayecto a pie hasta Nairobi, luchó contra leopardos con su panga, trepó a un árbol y permaneció dos días en las ramas para eludir a un violento búfalo de agua, y cómo encontró una serpiente dentro de un tambor.

Onyango era herbolario, curandero, un granjero respetado y un hombre importante en su aldea. También era, como la mayoría de los hombres luo, un padre severo, y exigía que sus hijos se comportaran como los niños y las niñas obedientes que había visto trabajando para los colonos británicos. «¡Aquel hombre era mezquino de veras! —dice Obama que comentaba su hermanastro Abongo—. Te hacía sentarte a la mesa para cenar y servía la comida en porcelana, como un inglés. Si decías algo inapropiado o utilizabas el cubierto equivocado, ¡zas! Te atizaba con su bastón. A veces, cuando te pegaba, ni siquiera sabías por qué lo había hecho hasta el día siguiente.»19 Antes de que naciera Barack padre, Onyango vivió una temporada en Zanzíbar y se convirtió al islam. Más del 90 por ciento de los luo eran cristianos; la decisión de convertirse fue de lo más inusual y los motivos vagos. Onyango añadió «Hussein» a su nombre y se lo puso a Barack al nacer.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Onyango sirvió de cocinero para el ejército británico en Birmania. Probablemente fue destinado a los King’s African Rifles, un regimiento colonial que abastecía sus filas en los territorios controlados por los británicos en el continente africano. Los oficiales y soldados británicos le llamaban «chico», y sufrió todas las humillaciones de un africano negro en semejante situación. El trabajo en sí era deshonroso: en la sociedad luo los hombres no cocinan. «Así que allí tenías a un gran anciano de la aldea, el jefe de un importante clan, desempeñando labores de mujer para el hombre blanco: tuvo que adaptarse psicológicamente —explicaba Olara Otunnu, el amigo ugandés de Obama—. Los colonos trataban muy mal a sus sir

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