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EL PUNTO CIEGO

Daniel Goleman  

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

En la primavera de 1978 tuve el placer de entrevistarme con Gregory Bateson. Y aunque respiraba fatigosamente a causa del cáncer de pulmón que pocos meses después acabaría con su vida, su ánimo era excelente y su mente estaba tan despierta como siempre.

Bateson me habló de su odisea intelectual. Poco después de la Segunda Guerra Mundial había experimentado una comprensión muy profunda durante las conferencias de la Macy Foundation, en las que Norbert Wiener y su equipo desarrollaron la cibernética. «En ese momento –dijo Bateson–, supe el camino que debía emprender. Podía ver con claridad las propiedades de todos los sistemas, de las pautas de interrelación que conectan las cosas.»

Entonces fue cuando Bateson renunció a las nociones en boga sobre la conducta, «las teorías sobre el ser humano que parten de su psicología más animal, más inadaptada y más enferma evidenciaron entonces su incapacidad para responder a la pregunta del salmista: “¿Qué es, Señor, el hombre?” Esa misma limitación es la que nos impide discernir la pauta que conecta».

–¿Y cuál es «la pauta que conecta»? –le pregunté.

–Es una «metapauta», una pauta de pautas que con demasiada frecuencia no llegamos siquiera a percibir. A excepción de la música, se nos ha enseñado a pensar en las pautas como cuestiones fijas. Pero lo cierto es que la forma más adecuada de pensar en la pauta que conecta es considerarla como una danza de partes que se hallan en continua interacción, parcialmente limitadas por distintos tipos de restricciones físicas, por los hábitos y el proceso mismo de descripción de los estados y factores que la componen.

La idea de que la pauta que conecta es una danza de elementos interrelacionados me impactó tan profundamente que en los años siguientes dio sentido a mi propia búsqueda.

Desde hacía mucho tiempo estaba interesado por una serie de hechos y comprensiones que parecían apuntar hacia la misma pauta, pero desde ángulos muy diferentes. Mi formación como psicólogo clínico en Harvard me había llevado a conocer a pacientes cuyos trastornos parecían protegerlos de otros más profundos. Un seminario con Erving Goffman –un sociólogo que se ha ocupado de investigar las relaciones cotidianas– me llevó a percibir la forma en que las reglas que gobiernan nuestra interacción con los demás enajenan de nuestra conciencia regiones enteras de la experiencia para que nos sintamos cómodos. La investigación realizada en el campo de la psicobiología de la conciencia también me ha revelado que la cognición –y la experiencia– es el producto de un delicado equilibrio entre la atención y la inatención.

Me sorprendió descubrir que estas comprensiones fragmentarias parecían reflejar una pauta que se repetía en todos los niveles de la conducta, desde el biológico hasta el psicológico y el social. Y cuantas más evidencias acumulaba y más reflexionaba sobre el tema, esta pauta fue tornándose cada vez más clara.

La pauta en cuestión constituye una danza entre la atención y la inatención, un minueto en el que trocamos nuestra atención a cambio de un aumento en la sensación de seguridad.

Ésta es precisamente la pauta que he tratado de describir –del mejor modo posible– en este libro.

Son muchas las personas que me han proporcionado piezas importantes para componer este rompecabezas, partes diferentes, en suma, de la misma pauta. En particular, me han resultado especialmente provechosas las conversaciones con las siguientes personas, expertas, todas ellas, en uno o varios de los campos del saber mencionados en este libro: Dennis Kelly, Solomon Snyder, Monte Buchsbaum, Floyd Bloom, Richard Lazarus, R. D. Laing, Donald Norman, Emmanuel Donchin, George Mandler, Howard Shevrin, Ernest Hilgard, Carl Whitaker, Karl Pribram, Robert Rosenthal, Irving Janis, Freed Bales, Anthony Marcel y Robert Zajonc. Agradezco también a Aaron Beck, Matthew Erdelyi y Ulric Neisser por sus valiosos consejos sobre el manuscrito.

Y si bien cada uno de ellos me ha aclarado alguna faceta de la pauta, la síntesis, sin embargo, es original, como también lo son las distorsiones y puntos ciegos que puedan advertirse en ella.

Estoy particularmente en deuda con Richard Davidson, Shoshona Zuboff, Kathleen Speeth y Gwyn Cravens por sus concienzudas lecturas, sus sinceros comentarios y su estrecha amistad, y agradezco asimismo la inspiración a mis maestros y colegas, especialmente David McClelland y George Goethals.

Agradezco también a A. C. Qwerty su notable paciencia, su diligencia y su comprensión en la elaboración del manuscrito, y a Alice Mayhew, que me ayudó a seguir el hilo del pensamiento con su constante visión de lo que este libro podía llegar a ser.

PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN

Vivimos en un tiempo especialmente peligroso, una época en la que el autoengaño se está convirtiendo en una cuestión cada vez más apremiante y nos obliga a enfrentarnos a un reto desconocido hasta la fecha: la destrucción completa de nuestro planeta.

Y tanto si se trata de una muerte súbita –como la que acompañaría a una guerra nuclear y a los catastróficos cambios que seguirían a tal eventualidad–, como de una lenta agonía ecológica –a causa de la destrucción irreversible de los bosques, las tierras de cultivo y la falta de agua potable–, la capacidad de autoengañarse del ser humano habrá tenido mucho que ver en este desenlace.

Consideremos el rápido avance de los problemas que acompañan a la degradación ecológica, la erosión del suelo, la deforestación de los bosques, el proceso de desertización, la destrucción de la capa de ozono protectora de la atmósfera, la contaminación de las aguas y la sequía.

Nuestros hábitos de consumo están acabando con los recursos del planeta a un ritmo desconocido hasta la fecha. La falta de atención a la relación existente entre nuestro estilo de vida y sus efectos en el entorno nos está llevando a destruir el planeta que legaremos a nuestros nietos.

Las selvas húmedas de la Amazonia, por ejemplo, están siendo destruidas a un ritmo acelerado a fin de crear pastos para el ganado, criado fundamentalmente para saciar el hambre de carne del ser humano. ¿A cuántas hamburguesas equivale la destrucción de una hectárea de la selva virgen amazónica? No sería difícil dar con la respuesta a esta pregunta, pero da la sensación de que nadie está interesado en conocerla.

Y ése es precisamente el problema, que vivimos sin pensar en las consecuencias de nuestro estilo de vida para el planeta y para nuestra propia descendencia, e ignorantes de las relaciones que existen entre las decisiones que tomamos cotidianamente –me compro esto o aquello otro, por ejemplo– y los efectos que esas decisiones tienen en nuestro mundo.

Sería posible evaluar de modo más o menos exacto el daño ecológico concreto que implica un determinado hecho. De ese modo, podríamos establecer una unidad estándar que representase el impacto ecológico que conlleva, por ejemplo, la fabricación de un automóvil o de un bote de aluminio. Tal vez conociendo ese dato asumiríamos nuestra responsabilidad en las consecuencias que provoca en el planeta nuestro estilo de vida. Pero no disponemos de ese tipo de información y hasta los más preocupados por el tema ecológico desconocen ese dato. La mayor parte de nosotros, ignorantes de esas relaciones, seguimos cayendo en el engaño de creer que las pequeñas y grandes decisiones de nuestra vida no tienen mayor trascendencia.

¿Qué podemos hacer para salir de esta mentira y de tantas otras en las que nos hallamos atrapados?

Deberíamos comenzar comprendiendo la forma en que estamos atrapados, ya que lo cierto es que el autoengaño es el más escurridizo de los hechos mentales y resulta imposible, en este sentido, darnos cuenta de lo que no nos damos cuenta. El autoengaño opera tanto a nivel de la mente individual como a nivel colectivo. El precio tácito de la pertenencia a cualquier grupo es el de no darnos cuenta de nuestras propias dudas e inquietudes y no cuestionarnos siquiera la forma en que el grupo hace las cosas. El grupo, por su parte, sofoca toda discrepancia, incluso la saludable. Tomemos como ejemplo el caso de la explosión de la lanzadera espacial. La noche anterior al lanzamiento dos ingenieros dijeron que los precintos de seguridad de la fase de propulsión no soportarían temperaturas tan bajas, pero sus advertencias no llegaron a oídos de sus superiores, muchos de los cuales estaban ya al corriente del peligro pero habían decidido subestimar su importancia. El lanzamiento ya se había visto aplazado en varias ocasiones y se comenzaba a cuestionar si la NASA estaba en condiciones de concluir con éxito el proyecto.

En la investigación posterior al accidente, los dos ingenieros en cuestión fueron destituidos después de prestar declaración sobre lo ocurrido, aunque tras el escándalo público suscitado fueron rehabilitados a sus puestos. A pesar de todo su denuncia hubiera sido del máximo interés para el buen fin de la misión porque, de haber sido escuchados, la tragedia no hubiera ocurrido.

Este ejemplo nos brinda una valiosa lección para atrevernos a levantar el manto de silencio que oculta las verdades vitales de la conciencia colectiva. Lo único que puede librarnos del poder hipnótico del autoengaño es el valor para buscar y afirmar la verdad. Y cada uno de nosotros posee su propia parcela de verdad y debe tener la osadía de expresarla.

Resulta paradójico que, en nuestra época, quienes detentan el poder no experimenten ningún tipo de desazón al advertir el dolor de los que sufren, y que estos últimos, por su parte, carezcan de todo poder. Como dijo Elie Wiesel, para salir de este callejón sin salida es necesario tener el coraje suficiente para decir la verdad al

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