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EL RASTRO DE LA LIBéLULA

Giordano Merisi  

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Fragmento

1

Apoyado en una barandilla, fuma distraídamente. Las solapas del abrigo subidas, gafas de sol a pesar del tiempo nublado, y la mano que no se ocupa del cigarrillo apretada contra un bloc de notas. Mientras apura la última calada, levanta la mirada hacia el cielo, preñado de nubes lentas…

 

Va, venga, y ¿quién me creo: Nelson Algren, Raymond Chandler?

No sirve.

Borrar.

Otra cosa.

Apoyado en una barandilla, mastica una brizna de hierba. Reluce a pesar del tiempo nublado su cráneo desnudo, como reluce el capó de un coche de carreras bajo el que se esconde el motor más potente. Una máquina perfectamente engrasada, una…

 

… una basura, es lo que es. ¿A quién se le ocurre comparar a un tío calvo con un coche de carreras?

Ni el íncipit. Mierda, no tengo nada. Pero hoy toca escribir. Debo escribir. No me queda otra.

Escribir. Mejor que levantarse a las seis para coger el metro y volver a las diez derrengado. Pero soy un auténtico especialista en perder el tiempo. Puede llegar a convertirse en un arte e incluso alcanzar tal nivel que, como todo, se hace hasta complicado. En eso la tecnología ha venido al rescate del hombre vago, a mi rescate. El ordenador, el móvil, internet, la tele. Siempre queda Da Da Un Pa, un vídeo de la RAI de 1962 con las gemelas Kessler cantando y bailando, el triplete de Messi, la última serie de Netflix, el chat de los excompañeros del cole, las fotos en Instagram de una tía que casi no conoces…

Pasan los minutos. Me levanto, me estiro. Entrelazo los dedos de las dos manos, tiendo los brazos al frente y hago fuerza un momento. Mens sana in corpore sano. Doy una vuelta por la casa. Pienso en hacer deporte para activarme. Pero al instante enciendo un pitillo y me olvido.

Ya me han pagado el anticipo; en menos de un mes tendré a la agencia y a mi editor pidiéndome sus doscientas cincuenta y pico páginas. Sesenta mil palabras, en fila seguro que dan la vuelta al mundo. Los mandaría al carajo, pero detrás vendrían el casero, el autobús escolar, la ortodoncia del mayor y la escuela de fútbol del pequeño. Echo un vistazo a la página uno. Nada. Cae otro minuto y me viene un pensamiento que sustituye al texto: qué vamos a cenar hoy. Cosas que tiene permanecer en casa mientras el resto se marcha a hacer su vida fuera.

Hace tiempo que los escritores dejaron de tener una profesión con glamour. La mayoría ni siquiera se puede llamar escritor ya, siempre hace falta algo más para traer dinero a la cuenta corriente. Abro el frigorífico. Desierto. Periodista, corrector, tertuliano; solamente un brik de leche a medias, un tarro de mostaza francesa que a saber cuánto tiempo lleva abierto, una corteza de parmesano; profesor, profesor de universidad (una clase en sí misma), conferenciante experto en cualquier cosa, traductor de lenguas muertas; una mermelada con algo de moho, un calabacín, kétchup en bolsitas de McDo; político, que es una clase de escritor muy en boga, bloguero, dentista o futbolista, quién sabe.

Regreso al ordenador para buscar alguna receta que hacer con el calabacín. Google me propone pasta, pero pasta cenamos anoche. Se cierra el navegador y vuelve a aparecer la página en blanco. Me rasco la barbilla y se me ocurre por fin algo. Ratatouille. Podré reciclar el calabacín, aunque me seguirán faltando las berenjenas, los pimientos y el tomate. Al final tendré que ir a hacer la compra. Y luego, entonces sí que me pondré a fondo.

Presentador de televisión. Se me olvidaba. Ahora todos los escritores son presentadores de televisión, o más bien viceversa.

Ah, y yo ni siquiera puedo llamarme escritor. Andrea dice que fabrico libros.

En el mercado de Antón Martín compro berenjenas, pimientos, tomates, cebolla y dos manzanas mientras hablo con Antonio, el frutero, del Real Jaén, que viene de ganarle al San Roque de Lepe. Un subidón de autoestima, dice Antonio, que me habla maravillas de Cascón. Mientras lo hace, le tiembla el labio y le suda un poco la frente. Imagino que el tal Cascón es pariente suyo, o quizá el novio de una de sus sobrinas. Me comenta que me escuchó en la radio el otro día, que estuve fetén, y hago la cuadratura del círculo: en su ensoñación me ve colocando al chaval en el Real Madrid, o al menos en el Leganés, y pasando los viernes por la tarde a su costa en un chalet de La Finca. Le brillan los ojos cuando le dejo ensimismado. Eso es… el brillo.

Un brillo fugaz asoma a su mirada. Apoyado distraídamente en una barandilla, con las solapas del abrigo subidas y barba de día y medio, nadie sabría a primera vista de quién se trata. Yo reconozco al instante al hombre que late debajo del abrigo por aquel brillo, y sé que estará pensando en Groningen o Montevideo, en otros domingos nublados.

 

Lo tengo. En cuanto llegue a casa, pan comido.

Gaetano, un napolitano con un puesto de productos italianos, me entretiene hablando de economía. Se queja de que el alquiler es muy caro y los clientes cada vez más rácanos. De repente nos vemos los dos dejando Madrid y volando a Brasil. Él para poner un puesto de helados en la playa de Ipanema, yo… no sé.

Sigo teniendo bien agarrado el primer párrafo, así que me permito terminar la ronda en el Lucero, a medio camino entre el mercado y mi casa. Está bastante desangelado. Se han ido ya los barrenderos del turno de mañana, con sus monos verde fluorescente y la palabra LIMPIEZA brillando en mitad de la espalda, y sobre todo falta el España, el travesti habitual que remata la noche en el Lucero con el primer whisky del día y aprovecha para ver si coincide con alguno de los barrenderos, a los que siempre les anda pidiendo que le enseñen las escobas. Un espectáculo.

Jesús, distraído, me desliza un expreso aguado.

—Por andar mirando la televisión te vas a quedar sin los pocos clientes que tienes.

—Calla, calla —me contesta, y sube el volumen.

Aparece en pantalla el resumen del partido del Madrid del sábado anterior. 1 a 1 con el Levante en el Bernabéu, un desastre.

—Este ya lo has visto. No te mortifiques.

—No fastidies, si es que sigo sin entenderlo. —Las imágenes muestran el fallo clamoroso de Contreras. Un gol cantado que no había sido capaz de empujar a la red en el minuto 89—. Que no funciona ni el colombiano, con lo bueno que nos había salido. Lo mismo se empieza a tocar las pelotas y lo tienen que vender antes que comérselo con patatas.

—Bueno, pues mira, así ficháis a media plantilla nueva, que falta os hace. Cóbrate, que, si no, a este paso te quedas sin dinero para pagar Movistar y luego te da algo. Que por mucho que reniegues el clásico no te lo pierdes.

Me despido y subo a casa. Dejo la compra en la cocina y me planto frente a la pantalla. Pongo Nevermind, porque hay cosas que nunca fallan. El disco con el que escribes el primer libro siempre es capaz de arrancarte unas buenas letras.

¿Cómo era. Lo del brillo…?

Suena el teléfono. Blanca, mi mujer. Veinte años no es nada, como diría el tango.

—¿Qué haces?

—¿Qué quieres que haga?

—Bueno, bueno, no te pongas así. Pero venga, va, ¿qué andas haciendo?

—Nada.

—¿Nada de nada?

—Sí.

—¡Giordano! ¿No se supone que tenías que estar escribiendo…?

—Mmm… sí.

—Luego te quejarás de que no te da tiempo y tendremos que aguantar tu mal genio la semana antes de que te toque entregar. Y claro, no podremos decir ni pío para que no te enfades más. ¿Por qué no te has puesto ya?

—Estaba en ello. Si no me hubieras interrumpido, no habría perdido el hilo y tendría ya los dos o tres primeros párrafos.

—¿Los dos o tres primeros párrafos? Pero ¿sabes qué hora es?

Bufa para terminar la conversación y ni siquiera me dice para qué llamaba. Punto, set y partido.

Vuelvo al texto. Inútil. Mi estómago ruge y me doy cuenta de que se me ha echado encima la hora de comer. Blanca siempre me dice que coma una manzana, una pera, un plátano o frutos secos. Igual que si fuera un animal del zoo o una modelo anoréxica de la pasarela de Milán con la botella de agua mineral en la mano. No va conmigo. Y saltarme la comida para seguir escribiendo tampoco, hoy tengo hambre. Pero no me apetece ponerme a cocinar. Comer solo es algo triste. Y comer en casa solo más aún.

Cojo las llaves, la cartera, y salgo dando un portazo. Después de deambular diez minutos por el Barrio de las Letras, me llama la atención una taberna alemana de la plaza Santa Ana y me vuelvo a engañar pensando que lo que mi cuerpo necesita para ponerse en marcha es un buen chute proteico. Cerveza de trigo,

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