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EL RASTRO DE LOS CUERPOS

José Miguel Tomasena  

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Fragmento

Circulábamos por uno de esos túneles mal hechos que hacen en México, en el que cada tres días se mata alguien, porque en lugar de hacerlo en línea recta, lo construyeron con más curvas que una carretera de montaña. Tania manejaba. Era medianoche y casi no había tráfico. Al salir de la primera curva nos encontramos con un perro tirado a la mitad de la avenida. Tania alcanzó a esquivarlo y se orilló. ¿Está vivo?, preguntó mirando por el retrovisor. En efecto, el perro aún movía la cabeza y parecía hacer un gran esfuerzo por moverse.

Antes de que yo pudiera decir algo, Tania ya se había bajado del coche y corría entre los carriles hacia el animal herido. Vi el reflejo de unos faros en la pared del túnel y escuché el sonido de un motor que se acercaba. Le advertí a gritos del peligro y Tania se hizo a un lado. Por un momento temí que el coche rematara al animal ahí, enfrente de nosotros, pero alcanzó a esquivarlo y pasó entre nosotros zumbando el claxon.

Era una hembra. Una pointer café que tenía las tetas hinchadas y que nos miraba con sus enormes ojos grises. Sus aullidos retumbaban en el túnel. El golpe le había dislocado la cadera, y aunque intentaba usar las patas delanteras para moverse, la parte trasera de su cuerpo parecía un tren volcado. Tania se cubrió la nariz y la boca con las manos. Tenemos que ayudarla, suplicó. Me acerqué al animal, arrastrando los pies. La perra gruñó, mostrándome los colmillos, sin dejar de mirarme. En sus ojos había furia, pero sobre todo había dolor, miedo. Ya, dije extendiendo la mano para tocarla, no te vamos a lastimar, pero la perra me respondió con una dentellada caliente que apenas pude esquivar.

Del punto ciego del túnel, iluminado por unas farolas con luz naranja que pendían del techo húmedo, aparecían coches a toda velocidad. Sus luces blancas nos cegaban y parecía que nos iban a embestir, pero luego frenaban, cambiaban de carril y, en algunas ocasiones, nos mentaban la madre con el claxon.

¿Qué vamos a hacer?, dijo Tania. Levanté los hombros. Está muy lastimada, respondí, y ella me suplicó que hiciéramos algo, por favor. ¿Qué? Dime. Pues no sé. Algo.

Entonces se acercó a la perra, muy despacio, extendió la mano y la perra levantó la cabeza y siguió los movimientos de Tania. Tranquila, susurró como una encantadora de serpientes o domadora de leones. No te voy a hacer nada. La perra lanzó un aullido de d

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