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EL REGRESO DE ABBA

Marc Ros  

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Fragmento

La dejaron sola. Faltaba media hora para que comenzara el concierto. Necesitaba calma. Durante los primeros quince minutos, deseó estar en el extranjero, bien lejos, en uno de esos países que tienen una bandera con un loro, una palmera y un sol, y cuya capital tiene un nombre indígena impronunciable. Los que ya habían estado ahí le recomendarían no parar en los semáforos con su coche de alquiler y no mirar directamente a los ojos de los lugareños más de dos segundos seguidos. Sí, ese país era el escenario. No había otro destino, otra escapada, otro refugio. Era el único sitio donde su voz amplificada sería tan convincente como el cartel de «no molestar» colgado en el picaporte de la habitación de un hotel. Ahí la dejarían en paz y las ondas sonoras la hamacarían a ritmo de vaivén de barco. Ese país estaba muy cerca, ahí al lado, pero aún faltaba una eternidad para llegar. Catorce minutos. Qué cabrona era la espera en un camerino. Estaba atacada. Maldito aire acondicionado. Tenía frio. No sabía utilizar el mando para subir la temperatura. Tiró bruscamente del cable de alimentación para desenchufarlo. Ahora tenía calor. Apagó las bombillas de los espejos. La luz tenue pareció equilibrar las temperaturas de la estancia y de su cuerpo. Se sentó. Se levantó. Se acercó a mirar la hoja que colgaba de la pared con el repertorio de las canciones y se apartó de ella cuando se dio cuenta de que al repasar la letra del primer tema no se acordaba de como empezaba la segunda estrofa. La Otra sí se acordaría, y, si no, sonreiría y le guiñaría un ojo al chico de la primera fila, que sí se acordaría porque habría conseguido que la canción que un día ella escribió, ahora también fuera del chico. Él la perdonaría a pesar de parecerle lamentable que ella hubiera olvidado unos versos tan importantes. Intentó sonreír y guiñarle el ojo derecho al espejo, como haría La Otra. Era patético, lo podía ver incluso a través de la imagen que recibía difusa por la falta de luz. Alguien abrió la puerta del camerino dejando oír el rumor del público. Después se cerró. Diez minutos. Sintió los aguijonazos envenenados en el estómago, igual que cuando, confiada, se metía en el agua en un soleado día de principios de primavera sin acordarse de que en la esquina del Mediterráneo donde se solía bañar, las olas guardan avaramente el frío del invierno. La Otra no sentía ni el frío ni el calor ni le dolía la tripa ni el nervio ciático ni las rupturas sentimentales. ¿Cuándo llegaría La Otra? A La Otra había que ir a buscarla y jamás antes de la hora pactada. Cinco minutos. Se apoyó en el pomo de la puerta del baño dudando si debía entrar. Las siete veces que se había sentado en la taza del váter para no hacer nada más que alinear las suelas de sus botas con las juntas de las baldosas del suelo, la convencieron de no hacerlo. Dos minutos.

—¿Estás preparada?

—Sí —mintió.

La acompañaron hasta las escaleras metálicas que conducían a la parte de atrás del escenario que el público no podía ver. Se encontró con sus músicos, que apartaron sus cuerpos menudos para dejarla entrar en el círculo mágico. Tratándose del último concierto de la gira, se suponía que tenía que dirigirles unas palabras a los miembros de su banda antes de pisar el escenario. Solo se oyó a sí misma diciendo: «la música es...» y «gracias por todos

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