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EL REINO DE LOS HOMBRES SIN AMOR (ISIDORO MONTEMAYOR 3)

Alfonso Mateo-Sagasta  

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Fragmento

Dramatis personae

Isidoro Montemayor. Protagonista de esta historia, que empieza como secretario y amante de la condesa de Cameros. Antes se había ganado la vida escribiendo cartas o avisos sobre las novedades de la Corte, corrigiendo pruebas en la imprenta de Juan de la Cuesta en Madrid y regentando el garito ilegal que Francisco Robles tenía en el sótano de su librería de la calle Santiago. Hombre de recursos, un año antes había sido el encargado de localizar a Alonso Fernández de Avellaneda, el apócrifo autor de la segunda parte del Quijote, y de resolver el asesinato del archivero del gabinete de las maravillas del marqués de Hornacho, ambas historias narradas de primera mano en los volúmenes Ladrones de tinta y El gabinete de las maravillas.

Condesa de Cameros (Micaela). Señora y amante de Isidoro, mujer con mucha influencia en la Corte, amiga del conde de Lemos y Villamediana y dama de la reina.

Conde de Villamediana (Juan de Tassis). Correo mayor del rey, poeta, seductor, amigo de Micaela y conocido de Isidoro, a quien protege.

Marqués de Peñafiel (Juan Girón). Joven hijo de don Pedro Girón, el gran duque de Osuna, prometido con la hija del duque de Uceda y nieta del duque de Lerma.

Marqués de Sieteiglesias (Rodrigo Calderón). Protegido del valido del rey, el duque de Lerma. Caballero de la Orden de Santiago, comendador de Ocaña, capitán de la Guardia Alemana del rey, le gustaría recuperar su puesto de secretario del rey.

Don Fernando Montero. Finado conde de Cameros.

João Mego. Portugués, capitán del galeón Mariana.

Cosme Vecino. Administrador de la condesa de Cameros en Nueva España.

Miguel de Ipeñarrieta. Secretario del Consejo de Hacienda, nombrado por el duque de Lerma para controlar a Fernando Carrillo.

Ottavio Centurión. Importante banquero y asentista genovés, administrador de las aduanas del norte.

Pablo Cimorro. Amigo de Isidoro, empleado del banquero Adán de Vivaldo y buen conocedor de todos los asuntos económicos del momento.

José López Madera. Alcalde de Casa y Corte, encargado por Fernando Carrillo de investigar la desaparición de Francisco de Juara.

Matías Amézquita. Agente del puerto de San Sebastián.

Tadeo Amézquita. Hermano de Matías, contrabandista y socio de don Fernando Montero.

Duque del Infantado (Juan Hurtado de Mendoza). Duque consorte, casado con su prima hermana Ana. Un hombre muy religioso y consuegro del duque de Lerma.

Duquesa del Infantado (Ana de Mendoza). Mujer muy religiosa que renunció a su vocación para casarse dos veces (primero con un tío y luego con un primo) para asegurar la descendencia de la Casa del Infantado. Consuegra del duque de Lerma.

Marquesa de Saldaña (Luisa). Hija de los duques del Infantado, casada con Diego de Sandoval, segundo hijo del duque de Lerma. Su hijo Rodrigo era la personificación del sueño del duque de Lerma de ver a alguien de su sangre a la cabeza de la Casa del Infantado.

Véronique de Bodineau. Dama francesa enviada para educar a la futura reina de Francia, Ana de Austria, a los usos de su nueva Corte.

Anne de Breuil. Joven doncella de Véronique de Bodineau.

Fray Luis de Aliaga. Fraile dominico confesor del rey Felipe III y aliado del duque de Uceda para apartar del poder a su padre el duque de Lerma.

Duque de Osuna (Pedro Girón). Aristócrata muy influyente y ambicioso, aliado de Uceda y Aliaga, padre del marqués de Peñafiel, a quien había logrado casar con la hija de Uceda. Acababa de terminar su virreinato de Sicilia y aspiraba a lograr el de Nápoles.

Silva de Torres. Hombre de paja o testaferro en los turbios negocios inmobiliarios del duque de Lerma y su camarilla en los cambios de domicilio de la Corte. En la historia la que aparece es su viuda.

Carlos Pallache. Embajador de Muley Zidán, sultán de Marruecos, judío «de permiso» y comerciante.

Fernando Carrillo. Presidente del Consejo de Hacienda, hombre honesto que se encargó de procesar a Franqueza y que ahora intenta hacer lo mismo con Calderón.

Peter Donahue. Tahúr irlandés, conocido de Isidoro de su época de encargado en el garito de Robles.

Mauricio. Joven que Isidoro contrata de lacayo.

Antonio de Espinar. Boticario real y amigo de Rodrigo Calderón.

Duque de Lerma (Francisco de Sandoval). Valido o primer ministro del rey Felipe III. Viudo.

Duque de Uceda (Cristóbal de Sandoval). Viudo, hijo primogénito del duque de Lerma, conspiraba con fray Luis de Aliaga, confesor del rey, para ocupar el puesto de su padre.

Ana de Austria. Infanta de España, hija de Felipe III, y reina de Francia, esposa de Luis XIII.

Nöel Brûlart de Sillery. Embajador de Francia.

Gil Blas de Santillana. Mayordomo de don Rodrigo Calderón.

Marqués de Mondéjar (Íñigo López de Mendoza). Sobrino de los duques del Infantado, aspirante al virreinato de Nueva España. Tiene un preacuerdo matrimonial con el marqués de Sieteiglesias para unir a sus jóvenes retoños.

Enrique Horcajo. Juez amigo de Calderón.

Pedro Caballero. Teniente de la escolta del bagaje de Lerma, que años atrás acompañó a Francisco de Juara a Lisboa.

Conde de Lemos (Don Pedro Fernández de Castro). Sobrino y yerno del duque de Lerma, cuñado del duque de Uceda. Ex presidente del Consejo de Indias y ex virrey de Nápoles. Hombre muy culto e inteligente, aficionado al arte y a la literatura. Amigo de Micaela y del conde de Villamediana, asociado con don Fernando Carrillo en su lucha por desenmascarar a los corruptos.

Francisco Márquez de Torres. Licenciado, capellán del arzobispo de Toledo, autor de la Aprobación de la segunda parte de El Ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha.

Fermín Zabalza. Platero encargado de preparar el ajuar de plata del duque de Lerma para la jornada de Francia.

Juan de Guzmán. Relacionado con Francisco de Juara, vive en Léniz a costa del derecho de su mujer adolescente a explotar la salina.

Alonso del Camino. Mendigo y borracho, relacionado con la desaparición de Francisco de Juara.

Señor de Tréville (Jean-Armand de Peyrer). Joven soldado destinado a la guardia de la reina de Francia.

Georges Villiers. Enviado del rey Jacobo I de Inglaterra para homenajear a la reina de Francia.

Duque de Guisa. Primer ministro del rey de Francia y delegado para representar a Su Majestad en la ceremonia de las entregas.

El intercambio de las princesas

Burgos, otoño de 1615

 

30 de septiembre

 

El aire que recorre las calles de Burgos en invierno tiene la cualidad de reducir la piel a pergamino y el cerebro a carne de nuez. Burgos es una ciudad fría, de las más frías de Castilla, que es un reino frío, y ni el hecho de haber sido elegida escenario del acontecimiento más importante del siglo lograba hacer de ella un lugar más apacible. No exagero. El 18 de octubre de 1615 tendría lugar en su catedral la boda por poderes de la infanta Ana de Habsburgo, hija de nuestro rey Felipe III, con el ya coronado Luis XIII, rey de Francia, mientras que en Burdeos contraería matrimonio, también por poderes, la infanta Isabel de Borbón con el príncipe de Asturias. A pesar de las voces contrarias a esa doble alianza que se alzaban en uno y otro reino, muchos la veían como el inicio de una nueva era. Esperaban que trajera paz y prosperidad a una Europa exhausta de guerra porque, para qué nos vamos a engañar, en el viejo Imperio los conflictos son, en gran medida, la lucha por la hegemonía de esas dos familias arrastrando tras de sí a sus respectivas clientelas. A las bodas les seguirían varios días de fiesta, y luego ambas cortes tenían previsto viajar hasta el paso de Behovia, en la frontera sobre el río Bidasoa, junto a la lengua de tierra conocida como la Isla de los Faisanes, para llevar a cabo lo que ya todos llamaban «El intercambio de las princesas».

Por aquel entonces yo desempeñaba el cargo de secretario de la condesa de Cameros, mi dueña en todos los sentidos, con quien llevaba más de un año escribiendo una nueva versión del discurso de la pluma y la espada, no sé si me explico. Nuestra historia de amor era tan secreta como apasionada y, a pesar de todos los problemas que conllevaba, estaba contento con mi suerte o, mejor dicho, resignado y satisfecho en lo que cabía, porque a otra cosa no podía aspirar. Aunque contara en mi haber una ejecutoria de hidalguía que me había costado sudor, lágrimas y mucho dinero, era impensable que un tipo como yo llegara a ocupar legítimamente el tálamo de una condesa; tan impensable, a decir verdad, como los cambios que iba a sufrir mi vida a lo largo del siguiente mes. El destino, tan rácano por lo habitual con el devenir de un simple secretario, me tenía reservadas unas cuantas sorpresas y más de un susto.

Pero vayamos por partes.

Los aposentadores reales y, a su sombra, los enviados de las grandes casas, como servidor, caímos en primavera sobre la ciudad para asegurar camas y balcones desde donde nuestros amos pudieran asistir a los históricos acontecimientos que se avecinaban. Con la llegada de la Corte, todo Burgos se puso en almoneda. Cada palacio —salvo el del Cordón, propiedad del condestable y destinado a residencia real, y el del conde de Salinas, reservado para el valido del rey, Su Excelencia el duque de Lerma—, casona, cámara o tabuco fue tasado, y por unos días la ciudad recobró el rubor de doncella que tuvo cuando las viejas familias locales amasaron sus fortunas gracias al comercio con Flandes. Pero en cuanto los visitantes firmamos los contratos abusivos que nos impusieron, se hizo patente que su doncellez no era más que un canto de sirena.

Desde el día 20 del mes, doña Micaela, condesa de Cameros, y su Casa ocupábamos el palacio de la familia Salamanca en la calle Calera. Como tantas otras estirpes arruinadas, los Salamanca vieron en el paso de la Corte por la ciudad la ocasión de resarcirse de medio siglo de guerras y olvido, de modo que arrendaron su palacio por un buen pellizco y se retiraron discretamente a empezar la invernada en una casita más modesta que poseían en el barrio de San Martín, cerca del arco de Fernán González.

—Ya que estás de buen humor, Micaela, te voy a contar una historia graciosa que circula por los mentideros.

Quien así hablaba era don Juan de Tassis, conde de Villamediana, un viejo conocido de la condesa que acababa de llegar de Madrid. Digo viejo conocido aunque era un hombre joven, de algo más de treinta años, elegante, guapo, buen soldado, poeta lúcido y brillante, tahúr implacable, mordaz con sus enemigos y hasta despiadado si llegaba el caso y con fama de gran amante. Don Juan reunía en su persona más admiración, odio y envidia que el resto de los caballeros de la Corte juntos.

—Conoces al marqués de Oreña ¿no? —indagó el conde.

Micaela frunció sutilmente el ceño, apenas un temblor en el entrecejo. Aquélla era una señal de alerta, como cuando un caballo orienta las orejas, pero a don Juan le pasó desapercibida.

—¿A don Jacinto? No mucho —mintió la condesa.

—Yo sí lo conozco… —dijo atusándose la melena el marquesito de Peñafiel.

Villamediana había aparecido por la casa a media tarde arrastrando consigo una corriente de aire frío y la compañía del jovencísimo Juan Téllez Girón, primogénito del duque de Osuna y marqués de Peñafiel. El muchacho presumía de pelo largo, casi hasta los hombros, un gesto de rebeldía para contrastar con el corte que llevábamos los adultos.

—… el otro día jugué con él a las cartas. Es un caballero muy simpático. Le gustan los toros, los caballos y frecuenta las academias.

Me hizo gracia la descripción del personaje en boca del joven pisaverde, pero evité manifestarlo. En estas visitas de compromiso prefería pasar desapercibido, mantenerme en el discreto segundo plano que corresponde a un secretario.

Villamediana prosiguió con su historia.

—Pues resulta que la otra noche un común amigo llamó a su puerta para rogarle auxilio y cobijo.

—¿Quién lo perseguía?

—Nadie, no lo perseguía nadie. El amigo en cuestión iba acompañado por una joven dama con el rostro tapado, y le rogó a don Jacinto que le prestase una estancia con la mayor discreción para ultimar el negocio que se traía entre manos. El marqués entendió rápido el asunto, y no sólo le cedió un dormitorio próximo al zaguán, sino que hizo servir a la tierna pareja una frasca de vino y un plato de fiambre.

—Vaya con don Jacinto —dijo la condesa reacomodándose sobre el costado izquierdo. Su codo se hundió en un enorme almohadón con brillantes pasamanos.

Se la veía cómoda, y yo me sentí orgulloso. El encuentro tenía lugar en la sencilla habitación del estrado que, gracias a los objetos que había hecho traer de Madrid, había quedado bastante elegante. El estrado propiamente dicho era de madera de nogal y estaba alfombrado con piezas de hilo doble y cubierto con un dosel de damasco verde que guardaba el calor del brasero. Las paredes habían sido forradas con una estera fina hasta la altura de una vara, y el resto con finos tapices de seda con escenas campestres. En las esquinas, a ambos lados de la puerta, dos enormes tiestos contenían un naranjo y un jazmín.

—Sí, ¡ja, ja, ja! ¡Lo que no podía imaginar es que la mujer fuera su propia esposa!

Tanto Micaela como yo sospechamos en el acto que el «amigo» común no era otro que él mismo, pero la condesa prefirió negar la mayor.

—¡Por Dios! ¿Quién te lo ha contado?

—Dícese el pecado, pero no el pecador.

—¡Qué disparate! ¿Y lo sabe ya el marido?

—No, quita.

—En Burgos no habíamos oído nada de eso, ¿verdad, don Juan? —comentó Micaela, y el jo

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