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EL RELATO NACIONAL

José Álvarez Junco

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Fragmento

 

 

 

 

Facti ergo evidentiae est potius annuendum quamquam fabulosis narrationibus attendendum.

(«Es preferible atender a las evidencias, los hechos, que prestar oídos a relatos fabulosos.»)

 

RODRIGO XIMÉNEZ DE RADA, De Rebus Hispaniae, IV, II

 

Putat rerum auctor id se tantum munus suscepisse, ut quantum possit, gentem illat evehat: non oculum ad veritatem adjicit, sed ad decus illius nationis… stulti non intelligunt hoc non esse historiam scribere, sed causam illius gentis agere, quod patroni est, non historici.

(«Cree el autor que su principal obligación consiste en exaltar cuanto pueda al pueblo que describe; no pone sus ojos en la verdad, sino en la reputación de aquella nación…; los muy necios no entienden que eso no es escribir historia, sino defender la causa de ese pueblo, que es tarea de abogado, no de historiador.»)

 

JUAN L. VIVES, De disciplinis, II, VI, 4

PRÓLOGO

 

 

 

El propósito de estas páginas es proporcionar una especie de «historia de la historia de España»; lo cual significa recorrer, a lo largo del tiempo, el surgimiento y la evolución de las descripciones del pasado de ese territorio y ese conjunto humano al que hace referencia el vocablo «España». Pero esta declaración genérica exige inevitablemente precisiones, para empezar porque ni «España» ni «historia» son términos que tienen o han tenido a lo largo de los siglos un significado preciso y constante. «España» —o sus predecesores, «Hispania», «Spania», «Espanna»— se ha referido durante milenios a la península Ibérica en su conjunto, incluyendo por tanto a Portugal, y durante algunos siglos englobó también los territorios ultramarinos que integraban la monarquía católica o hispánica; recuérdese, sin ir más lejos, la definición de la nación española que daba la Constitución gaditana: «Reunión de todos los españoles de ambos hemisferios».

En cuanto a la «historia», tampoco puede decirse que haya significado siempre una actividad dirigida hacia el conocimiento de los hechos pretéritos, apoyada en documentos o datos contrastados y utilizando conceptos y razonamientos propios de las ciencias sociales. Como podrá comprobar el lector a poco que se adentre en las primeras páginas de este libro, gran parte del material sobre el que trabajamos no es un saber sobre el pasado, en este sentido estricto, sino que son relatos, carentes de toda credibilidad, sobre héroes remotos o personajes divinizados, cuyo único objetivo era magnificar los orígenes del pueblo o la familia gobernante. No pertenecen, pues, al género histórico, sino al de la literatura mítica.

Nadie debe creer que estos aspectos fantasiosos han desaparecido por completo en la actualidad, porque han mantenido buena parte de su vigor hasta tiempos muy recientes, y ni siquiera han sido totalmente eliminados hoy, en libros que pasan por ser de historia, en especial los de inspiración nacionalista. Los siglos XIX y XX, momento cenital de los nacionalismos europeos, coincidieron paradójicamente con la profesionalización de la escritura de la historia. Los historiadores eran investigadores escrupulosos, querían homologarse con los científicos de las disciplinas empíricas más duras, se sentían miembros de una comunidad académica internacional y eran, sin embargo, prisioneros inconscientes de los esquemas mentales de un patriotismo primario. Lo que implicaba tomar como sujeto y marco de su narración a un ente eterno y ahistórico —nación, pueblo, raza—, cuya existencia se daba por supuesta desde tiempos muy remotos, cuando no desde el origen mismo de la humanidad. Los historiadores eran, en definitiva, grandes sacerdotes de la nación, como han puesto de manifiesto Ernest Gellner, Benedict Anderson o Eric Hobsbawm, por mencionar solo a los más conocidos de la multitud de científicos sociales que en las últimas décadas del siglo XX han revolucionado los estudios del fenómeno nacional. Todo ello hace que, aun sintiendo el máximo respeto hacia su saber en materias específicas, algunas de sus afirmaciones, y sobre todo sus interpretaciones globales, resultan para los historiadores críticos actuales ingenuas y, en ocasiones, incluso altamente agresivas —algo que llama la atención en sabios tan pacíficos en su vida privada.

Ante las dudas, por consiguiente, tanto sobre el concepto «España» como sobre la «historia» como objeto de este trabajo, podríamos plantearnos si este libro realmente pertenece al género que se suele catalogar como «historia de España». Pero es que también podríamos discutir si es una «metahistoria» o «historia de la historia». Aunque nuestro enfoque y nuestra metodología sean los de los historiadores, nuestro objeto de estudio no es exactamente el contenido ni las técnicas narrativas de los relatos sobre el pasado, sino más bien la función que esos relatos cumplen al servicio de la construcción de una identidad colectiva (española o de cualquier otra de las que, en el mismo territorio, han sido complementarias o alternativas a ella). Es algo bien sabido y habitual en toda sociedad humana que las narraciones sobre su pasado, más que indagaciones guiadas por un mero interés por el conocimiento de lo que ocurrió, sean ante todo pilares básicos sobre los que se edifica la identidad colectiva. Pertenecen, por tanto, al terreno de lo sagrado, de las leyendas fundacionales: versan sobre el nacimiento de la comunidad, los padres de la patria, sus héroes y mártires, los valores perennes sobre los que se fundamenta la identidad colectiva, todo lo cual escapa a cualquier crítica historiográfica o meramente racional. No importa tanto, en realidad, conocer los acontecimientos pretéritos como predicar consignas de solidaridad grupal. Quien intente poner en duda estos relatos heredados a la luz de nuevas evidencias o nuevas técnicas interpretativas corre serios riesgos, por tanto, de ser acusado, pura y simplemente, de antipatriota. Nuestra materia, lo que vamos a estudiar en este libro, no es por tanto «historia», en sentido estricto.

¿De qué trata, pues, el volumen que el lector tiene entre las manos? Quiere ser, decimos, un ensayo sobre la evolución de la visión del pasado en relación con este territorio y grupo humano conocidos hoy como «españoles». Una visión que comenzó, repitámoslo también, en el terreno legendario, con referencias hoy inverosímiles a heroicos antepasados de las tribus que habitaban la península Ibérica. Estos relatos fueron engarzando poco a poco con hechos más recientes, en los que la imaginación tenía menor cabida, aunque siguió siendo primordial la preocupación por vincular a los poderosos del momento con héroes pretéritos más o menos inventados.

En los siglos medievales se produjeron novedades. La primera, con Isidoro de Sevilla, que redactó una pionera historia colectiva, la del pueblo godo —godo, hay que subrayarlo, no español—, que habría recibido Hispania como premio a sus inigualables proezas bélicas, una tierra descrita en términos paradisíacos. Y la segunda a finales del siglo IX, en la corte ovetense de Alfonso III, que hizo un primer esfuerzo, consciente sin duda, por elaborar unas crónicas históricas cuya obvia finalidad era la legitimación de su poder, en este caso de la dinastía asturiana, presentándola vinculada a la sangre del linaje real godo; linaje, en realidad, inexistente, pues se trataba de una monarquía electiva, y en el trono se alternaban las distintas familias dominantes.

En el siglo XIII surgieron las «crónicas generales», que pretendían aunar el pasado romano con el godo dentro de un fresco peninsular unificado. Y un último avance de la elaboración cronística del medievo fue el dado por la escuela judeoconversa del siglo XV, que dirigió sus esfuerzos hacia el escenario europeo, con cuyas potencias los principales reinos peninsulares pretendían ahora rivalizar. Ello fue especialmente evidente en el eje astur-galaico-leonés-castellano, que fue el centro de poder cristiano más antiguo y acabaría por ser el central, pero ocurrió también en Portugal, Navarra, Aragón y Cataluña, por no mencionar la España musulmana, donde nacieron tradiciones historiográficas diferentes que buscaron la legitimidad de los poderes existentes de otras formas, cambiantes también —como veremos en su momento—, pero que intentaban vincular siempre al reino en cuestión con antecedentes muy antiguos y gloriosos, inevitablemente comunes al resto del territorio peninsular.

Entre el Renacimiento y el Barroco se produjo el curioso fenómeno de sapientísimos eruditos que no sentían pudor ni escrúpulo moral alguno a la hora de inventar antecedentes para las corporaciones o casas regias o nobiliarias a cuyo servicio escribían. Contra ello reaccionaron de manera radical, ya en el giro del siglo XVII al XVIII, los novatores o ilustrados, que defendieron la crítica documental más rigurosa como único criterio válido para fundamentar la «verdad histórica». En el caso español, sin embargo, esos censores consideraron exentos de su lupa crítica ciertos temas. Algunos muy comprensibles en una monarquía que se definía como católica: el relato bíblico y, en el caso de los más acomodaticios, tradiciones piadosas como la predicación del apóstol Santiago en España; otros no tan explicables a primera vista, como el enaltecimiento de los visigodos, convertidos en padres de la identidad nacional. Este último era el signo anunciador de por dónde iban a ir las nuevas rutas de la legitimidad política.

Los vientos de cambio que llegaron con las tropas napoleónicas y los ecos de la revolución en el país vecino propiciaron la creación del gran relato liberal, a partir de la creencia en un pueblo no solo independiente sino también dotado de instituciones «libres» desde un pasado remoto. Todo el siglo XIX se vería recorrido por un permanente debate político entre la tradición laico-liberal y la católico-conservadora, cada una con una versión mitificada de los ciclos históricos, en términos de Paraíso-Caída-Redención, que fundamentalmente discrepaban en que, para los primeros, la época dorada en la que «España» habría expresado su auténtica identidad correspondía a las luchas medievales por la libertad y la independencia patria, mientras que los segundos la situaban en la expansión imperial de los primeros siglos modernos, realizada según ellos al servicio de la religión.

A finales del siglo XIX se intentó superar aquel enfrentamiento gracias a la introducción del positivismo y la expansión de los saberes históricos a nuevos campos, como la arqueología, la antropología física, la historia institucional o la historia de la cultura. Pero la nación continuó siendo siempre el marco incuestionable del relato y la protagonista del mismo. La crisis del 98 llevaría al surgimiento del ensayo identitario sobre el «problema de España», destinado a gozar del protagonismo durante más de medio siglo. De nuevo, hay que reconocer aquí que el tema en el que concentramos nuestra atención ni siquiera es propiamente histórico, pues este angustiado género identitario regeneracionista de la primera mitad del siglo XX es más literario, ensayístico o filosófico-político que histórico en sentido estricto. Pero eran obras plagadas de referencias al pasado y, desde luego, monopolizaron el debate público del momento.

Llegó entonces la Guerra Civil, terminada en victoria de los sublevados, lo que significó el triunfo de una visión nacionalista y fuertemente conservadora procedente del nacionalcatolicismo del XIX, expresado antológicamente unas décadas antes por Menéndez Pelayo, pero alimentada también por los irracionalismos europeos que, hacia 1900, habían reaccionado contra el positivismo dominante en la centuria anterior. Durante un cuarto de siglo, el mundo editorial y el discurso académico-político solo pudieron encomiar y repetir un modelo basado en la mitificación de la era imperial y de la defensa del catolicismo, supuesto «destino» o «misión» asignado por la providencia a la colectividad española. Aunque vinculado a la familia de los fascismos, este discurso poseía rasgos muy peculiares, que apenas se diferenciaban del creado medio siglo antes en círculos marcados tanto o más por el catolicismo y la defensa del Antiguo Régimen que por el nacionalismo moderno; por otra parte, aquella versión del pasado no llegó, en definitiva, a producir nada digno de ser recordado. Lo más renovador e influyente fueron los estudios y las síntesis elaborados por los hispanistas norteamericanos, ingleses y franceses, liberados al fin de los estereotipos procedentes tanto de la llamada «leyenda negra» como del romanticismo. En el interior, desde los años sesenta se alzó un mundo contestatario, vinculado al proyecto de democratización del país, que en el terreno de la historia se acogió, por simplificar, a los dos paradigmas dominantes en la época: uno, el marxista, propio de la izquierda europea del momento; y otro, el nacionalista subestatal o periférico, típico de la España de la segunda mitad del siglo XX.

Con la referencia a estos últimos modelos termina nuestro recorrido. Hemos procurado no mencionar autores vivos, ni entrar en obras ni debates posteriores a 1975. Seguimos aquí el sabio consejo de Juan de Mariana, cuando justificaba la finalización de su historia a la muerte de Fernando el Católico, anterior en casi un siglo al momento en que el jesuita ultimaba su trabajo: «no me atreví a pasar más adelante y relatar las cosas más modernas por no lastimar a algunos si decía la verdad ni faltar al deber si la disimulaba». En el caso de este libro, este criterio se ha aplicado con flexibilidad y se han hecho excepciones cuando la obra principal del autor en cuestión pertenece al período anterior a esta fecha y el contexto exige mencionarla; pero hemos procurado escrupulosamente ni faltar a la verdad ni lastimar a nadie vivo.

Este libro no debe considerarse, estrictamente hablando, una investigación historiográfica, cuyo detallismo y exactitud son incompatibles con la intención ensayística y divulgativa que aquí nos guía. Hacer historiografía pretendiendo cubrir un período tan amplio como el que este volumen abarca hubiera requerido un amplio equipo de autores y una cantidad de páginas que en modo alguno podría ser inferior a varios miles. Se trataría de una serie de volúmenes que, incluso realizada con el mayor cuidado, solo tendría utilidad para los especialistas, pero carecería de interés y sería difícilmente legible para el resto del público. No ha sido ese nuestro objetivo, que por otra parte habría superado ampliamente nuestros conocimientos y capacidades. Repertorios bibliográficos existen ya, y en su mayoría son muy exactos y detallados, con cuidadosa información sobre autores y ediciones. Por poner el ejemplo más obvio, deberíamos remitir al lector a la obra clásica de Benito Sánchez Alonso, que de tanta utilidad ha sido para el libro que ahora presentamos; pero habría que referirse también al Índice histórico español, que inició Vicens Vives y que se sigue publicando en la actualidad. Como estudios más breves y recientes sobre historiografía existen los diversos trabajos de Gonzalo Pasamar e Ignacio Peiró para los siglos XIX y XX, de Manuel Moreno Alonso para la época romántica, o los volúmenes colectivos coordinados por José Andrés Gallego, Ricardo García Cárcel o Sisino Pérez Garzón. Todos ellos han sido ampliamente utilizados por nosotros y desde aquí les reconocemos nuestra deuda.

A diferencia de ellos, sin embargo, lo que ahora pretendemos es ofrecer una panorámica, forzosamente esquemática, de lo que hoy se sabe sobre la evolución de las visiones del pasado español y sobre los temas de debate dominantes en cada momento. Siendo este el enfoque, y dada la amplitud de la obra, nadie podrá pretender razonablemente que nos hayamos basado en una investigación propia o en un estudio directo de todos los textos históricos que mencionamos o comentamos. Por el contrario, nuestra información proviene, en muchos casos, de fuentes secundarias. Sería impensable que un equipo compuesto por tan solo dos autores se creyera capacitado para recorrer los dos milenios largos sobre los que existen datos escritos, partiendo de la lectura directa tanto de las obras históricas grecorromanas, musulmanas o medievales cristianas como del hispanismo francés o el norteamericano de los siglos XIX y XX.

En muchas de las páginas que presentamos nos hemos basado, pues, en estudios ya existentes, con remisión expresa a ellos en cada momento. Así ocurre con el mencionado Sánchez Alonso para la historia antigua y medieval en general, pero también con José García Mercadal para los viajes de extranjeros o las referencias antiguas a España, con Jesús Villanueva para los mitos catalanes en el siglo XVII, con Esteve Barba para la historiografía indiana o con Gonzalo Pasamar e Ignacio Peiró para los siglos XIX y XX. Son estos autores quienes han realizado la investigación, en algún caso hace ya bastante tiempo, y aquí nos limitamos a recoger sus conclusiones, como sobre otros temas las de otros autores que nos han parecido dignos de confianza. Este libro no es sino una exposición abreviada de lo que hoy se sabe sobre la producción histórica especializada en cada época. Nuestra modesta aportación se limita a engarzar los datos consignados en cada capítulo con las épocas inmediatamente anteriores y posteriores, elevándonos así, en lo posible, hacia una interpretación global.

El trabajo que presentamos puede, por tanto, ser considerado por parte de los especialistas en cada tema o época escaso, simplificador o, en algún punto —esperemos que excepcional—, erróneo. Los expertos encontrarán inevitablemente detalles que ellos podrían completar, matizar o corregir. Pero la obra no se dirige a ese tipo de público. Y lo importante es que los errores no sean numerosos ni, sobre todo, de suficiente gravedad para invalidar el argumento general.

Ese argumento general es el que hemos procurado elaborar con cuidado. Que nadie busque aquí una descripción detallada del saber histórico de cada momento, ni mucho menos referencias precisas al desarrollo de cada una de sus ramas especializadas, ya que ello, de nuevo, convertiría este libro en una interminable lista de nombres y títulos. Nuestro objetivo ha sido explicar la evolución de las grandes visiones de lo que se llamaba «historia de España» y de los principales temas a debate entre quienes escribían sobre ella. Precisamente por ser temático el esquema organizativo del libro, dentro de un desarrollo cronológico nos hemos visto obligados, en ciertos capítulos, a retroceder o a adelantarnos en relación con el período del que se estaba hablando en ese momento.

Como observaciones adicionales hemos de advertir que, en cuanto a la grafía, hemos tendido a respetar la literalidad de las citas, sin caer en un excesivo anticuarismo que pudiera dificultar la comprensión del lector actual. Aunque nos hemos permitido introducir leves rectificaciones de ortografía y puntuación, para hacer el texto más comprensible, hemos mantenido las peculiaridades —por ejemplo, mayúsculas en términos como «Nación», «Fe» o el «San» o «Santa» del santoral cristiano— que nos han parecido significativos para mantener la fidelidad al espíritu del texto. Cuando no eran citas textuales, hemos procurado evitar las mayúsculas, por ejemplo al referirnos a santos, reyes o altos cargos y al usar el propio término «historia», incluso cuando se refiere a la disciplina académica y no al curso de los acontecimientos. Otra cosa recargaría el texto en exceso.

En el terreno de los agradecimientos, debemos mencionar a Gonzalo Álvarez Chillida, Santos Juliá, Fernando del Rey y Javier Zamora, que leyeron y nos hicieron útiles sugerencias en especial sobre nuestros últimos capítulos; a Fernando Alfayate, que leyó con buen ojo crítico casi la totalidad del volumen; a Clara Iglesias Rodríguez, que nos tradujo los textos alemanes del siglo XIX; y sobre todo a la biliotecaria de la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, Rosa María Ramos Mesa, a quien hemos cargado de tarea para la consecución de obras cruciales por medio del préstamo interbibliotecario y de la que, como siempre, no hemos recibido sino amabilidad y eficacia. Pero a esta maravilla de la organización bibliotecaria mundial debemos añadir hoy la aún más fascinante revolución de las telecomunicaciones que se llama internet y las versiones electrónicas de libros carentes de derechos de autor, que han puesto ante nuestros ojos joyas de siglos pasados cuya consulta, hace pocos años, hubiera requerido largos y costosos viajes y estancias en bibliotecas o archivos lejanos. El hecho de que fabulosas colecciones de libros, como las de la Biblioteca Widener en Harvard o la Biblioteca del Congreso en Washington, o en España los fondos antiguos de la Biblioteca Nacional o de la propia Universidad Complutense, hayan sido digitalizadas, o la existencia de la biblioteca virtual Cervantes, facilita hoy de manera inconcebible —sobre todo para quienes hemos comenzado nuestra carrera en tiempos en que aún se copiaban libros a mano— el trabajo de quien investigue sobre libros impresos. De repente, en el proceso de búsqueda sobre algún nombre secundario, quién sabe si italiano del siglo XVII o alemán del XIX, que había escrito una historia de España de cuya existencia apenas acabábamos de recibir noticia, con solo teclear su nombre nos encontrábamos con su texto completo en nuestra pantalla; lo cual nos permitía, no solo hacernos una idea de su contenido a través de un rápido vistazo a su prólogo e índice, sino incluso leer con detalle su descripción de los episodios que nos parecieran de interés.

Este libro, aclaremos para concluir, reproduce en su mayor parte el texto incluido en el duodécimo volumen de la «Historia de España» dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares y publicada por las editoriales Crítica y Marcial Pons en 2013. Nuestras páginas se veían allí acompañadas por otros dos ensayos complementarios y por otros tantos apéndices: los ensayos eran «Los textos escolares», firmado por nuestra llorada amiga Carolyn Boyd, y «La cultura conmemorativa», obra del también hispanista estadounidense Edward Baker; y los apéndices una serie de documentos y testimonios y, sobre todo, un largo repertorio de fuentes bibliográficas directas, elaborado por los dos firmantes del presente volumen. En él consignábamos, por orden cronológico, más de tres mil obras cuyo contenido podía considerarse parcial o totalmente «historia de España», o antecedentes de este género, desde el siglo I a. C. hasta finales del siglo XX. Toda esta parte desaparece de este volumen, que sin duda pierde con ello enjundia pero gana, en cambio, accesibilidad. El texto central entonces publicado ha sido reescrito y, sobre todo, se le han añadido notas, que por exigencia editorial no existían en aquella edición; el proceso de búsqueda de las referencias en que entonces nos basábamos ha sido muy trabajoso y complejo, e incluso nos ha obligado a reformular o rectificar algunas de nuestras tesis. Hemos añadido asimismo dos capítulos totalmente nuevos sobre las crónicas de Indias, fundamentales como fuentes de datos sobre el imperio transoceánico y muy significativas desde el punto de vista de la evolución de los trabajos históricos sobre «España», de la que la América colonial se consideraba indiscutiblemente parte en aquel período. Y hemos rehecho la bibliografía, ampliándola y actualizándola de manera sustancial.

Volvamos al inicio. Este no es un estudio sobre libros que, en un sentido académico estricto, pudieran hoy llamarse «historias», aunque ese término aparezca en su título. Los textos aquí analizados, sobre todo en los primeros capítulos, de ningún modo se basaban en datos auténticos ni utilizaban críticas documentales o conceptos que pudieran considerarse científicos. Estos criterios modernos se fueron, sin embargo, abriendo camino desde el siglo XVIII para acá, según hemos explicado, lo cual no quiere decir que dejaran de cumplir, durante mucho tiempo, la función originaria del mito, de la que son el mejor ejemplo en la época contemporánea los relatos históricos de inspiración nacionalista. Esta vinculación de los nacionalismos con crónicas y leyendas que hoy no pueden considerarse sino fabulosas es algo que, en el caso de la España actual, afectará a la recepción de este libro. Un mundo político-intelectual tan dominado por las pasiones nacionales (comenzando por las españolistas, sin duda, pero en plena ebullición también en los ambientes catalanistas), inevitablemente verá en el presente trabajo, que no muestra ningún respeto reverencial hacia los mitos históricos, un enemigo, un producto inspirado por el bando contrario.

La nuestra no es, pues, una situación fácil. Mucho más cómodo sería y mayor favor obtendríamos sin duda del mercado si inventáramos o defendiéramos alguna nueva versión mítica. Lamentablemente —desde el punto de vista de la rentabilidad del producto—, los firmantes de este libro nos consideramos herederos de aquellos ilustrados que creían que el avance del conocimiento humano exigía pasar del mythos al logos. Jean Bodin lo explicó insuperablemente en su Methodus ac Facilem Historiarum Cognitionem: «Es prácticamente imposible que quien escribe para agradar diga la verdad sobre un asunto». Como, en nuestro caso, no escribimos para agradar, sino para decir lo que creemos que se acerca más a la verdad, no nos sorprendería una acogida poco favorable en ámbitos militantemente identitarios. Pero esperamos que, por eso mismo, el libro puede ser bienvenido entre quienes deseen plantear y comprender desapasionadamente los problemas políticos. Ellos son los que nos interesan y a ellos nos dirigimos.

CAPÍTULO I

EL ORIGEN DE TODO

 

 

 

EL «FINIS TERRAE»

 

Si la primera línea de un libro nunca es fácil, la dificultad en este caso se agrava porque debería responder a la cuestión que, en definitiva, es objeto del libro entero: ¿cuándo podemos empezar a hablar de una «historia de España»? Pregunta que un creyente en la realidad de las naciones tenderá a elevar al nivel de las esencias y convertir en desde cuándo existe España. Aquí nos limitaremos a abordarla en términos meramente referenciales, lo que sin duda aliviará el problema: ¿cuál es el momento en que los observadores —los historiadores, en especial— empiezan a pensar en el territorio y los habitantes de esta parte del mundo como un conjunto diferenciado de los demás y convierten, por tanto, en protagonista de sus páginas —o en personaje relevante, si se trata de una obra más general— a una colectividad a la que llaman «España»?

Por mucho que el narrador centrado en ese sujeto España desee proyectar hacia atrás su relato, deberá forzar mucho sus datos si pretende remontarlo a la prehistoria. Hubo, desde luego, homínidos en la península Ibérica hace más de un millón de años, como atestiguan los restos hallados en Atapuerca, y hubo grupos humanos en el Paleolítico que dejaron huellas culturales de primera importancia, como las pinturas de Altamira. Son representaciones mágico-religiosas o relacionadas con armas, actitudes o utensilios típicos de sociedades cazadoras, que solo una intención inequívoca de construir la nación permitiría interpretar como huellas de algún género de identidad específica, a la que pudiéramos llamar «española», con continuidad desde aquellos tiempos hasta hoy en esta parte del mundo.

La península recibió de los griegos un nombre global, «Iberia», relacionado, al parecer, con un río Iber —que no para todos los que lo mencionan es el Ebro actual—, mezclado a veces con «Hesperia», derivado, también según parece, de la estrella occidental Véspero. Los romanos lo convirtieron en «Hispania», que, a su vez, según Samuel Bochart, vendría del fenicio «i-se

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