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EL RELOJERO DE FILIGREE STREET

Natasha Pulley  

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Fragmento

1

Londres, noviembre de 1883

En la sala de telegrafía del Ministerio del Interior siempre flotaba un olor a té. Su procedencia era un paquete de una marca prestigiosa que había en el fondo del cajón del escritorio de Nathaniel Steepleton. Antes de que se hiciera extensivo el uso del telégrafo eléctrico, la oficina era un armario que se utilizaba para guardar los utensilios de limpieza. Thaniel había oído comentar en más de una ocasión que si no se había ampliado era por la persistente desconfianza del ministro del Interior hacia los inventos navales, pero aun cuando no hubiera sido así, el presupuesto del departamento nunca alcanzaba para cambiar la moqueta original, a la que le gustaba conservar los fantasmas de los viejos olores. Además del té de Thaniel, había sal de limpieza y arpillera, y a veces barniz, aunque hacía años que nadie barnizaba allí. En lugar de escobas y plumeros, doce telégrafos se alineaban encima de un escritorio alargado. Durante el día había tres por operador, cada uno conectado a distintos lugares de dentro y fuera de Whitehall, con una etiqueta que así lo indicaba en la fina caligrafía de un empleado olvidado.

Aquella noche las doce máquinas estaban silenciosas. Entre las seis de la tarde y las doce de la noche se quedaba un solo operador en la oficina para atender los mensajes urgentes, pero en los tres años que llevaba trabajando en Whitehall, Thaniel nunca había visto que sucediera nada a partir de las ocho. Desde la sala de telegrafía, los cables recorrían el edificio y se extendían por todo Westminster. Uno atravesaba la pared del Ministerio de Asuntos Exteriores, otro la de la sala de telegrafía de las cámaras del Parlamento. Dos se unían a los racimos de cables que colgaban por la calle hasta llegar a la oficina central de Correos de Saint Martin’s Le Grand. Los otros estaban directamente conectados a la vivienda particular del ministro del Interior, a Scotland Yard, al Ministerio de Asuntos Indios, al Ministerio de Marina y a otras subsecretarías. Algunos de ellos eran inútiles, pues habría sido más rápido asomar la cabeza por la ventana principal y gritar, pero el jefe administrativo lo consideraba impropio de un caballero.

El reloj de Thaniel marcó las diez y cuarto con el minutero torcido que siempre se quedaba un poco atascado sobre el doce. La hora del té. Se reservaba el té para las noches. A media tarde ya había oscurecido, y a esas horas hacía tanto frío en la oficina que se veía el vaho del aliento y sobre las teclas de latón del telégrafo se formaban gotas de condensación. Era importante tener una bebida caliente esperándolo. Sacó la caja de Lipton, la colocó en diagonal dentro de la taza y, con el Illustrated London News del día anterior bajo el brazo, se abrió paso hasta la escalera de hierro.

Mientras bajaba, resonó un re sostenido de un amarillo brillante. No habría sabido decir por qué el re sostenido era amarillo. Cada nota tenía su propio color. Le había resultado útil cuando todavía tocaba el piano porque si se equivocaba el sonido se volvía marrón. Ese don era algo que siempre había guardado en secreto. Si lo oían hablar de escaleras amarillas lo tomarían por loco, y al contrario de lo que sostenía el Illustrated News, no estaba bien visto que el gobierno de Su Majestad contratara a ciudadanos locos.

La gran estufa de la cantina nunca estaba fría; los rescoldos de fuegos anteriores no tenían tiempo de apagarse del todo entre las últimas horas de la noche y las primeras de la mañana. Removió los carbones y estos cobraron vida con una llamarada. Esperó a que hirviera el agua apoyado en una mesa, contemplando su propio reflejo combado en el hervidor de bronce. Este era mucho más cálido que sus colores reales, que eran fundamentalmente grises.

En cuanto lo abrió, el periódico crepitó en el profundo silencio. Esperaba encontrar alguna noticia interesante, pero solo había un artículo sobre el último discurso pronunciado por el señor Parnell en el Parlamento. Ocultó la nariz en la bufanda. Con un poco de esfuerzo podría prolongar los preparativos del té hasta quince minutos, una parte apreciable de una de las ocho horas que todavía tenía por delante. Pero en las siete restantes no había gran cosa que hacer. Resultaba más fácil cuando el libro que leía no era aburrido y cuando los periódicos tenían algo mejor que hacer que examinar con desconfianza las presiones de los irlandeses por la independencia, como si el Clan na Gael no se hubiera pasado los últimos años lanzando bombas a las ventanas de los edificios gubernamentales.

Hojeó el resto del periódico. Anunciaban The Sorcerer en el Savoy. Ya la había visto, pero la perspectiva de ir de nuevo lo animó.

El hervidor silbó. Sirvió el té despacio y, sosteniendo la taza contra el esternón, volvió a subir las escaleras amarillas hacia la aislada luz de la lámpara de la oficina de telegrafía.

Uno de los telégrafos repiqueteaba.

Se inclinó, al principio solo con curiosidad, aunque al advertir que se trataba de la máquina de Great Scotland Yard se apresuró a sujetar el extremo del papel de la transcripción. Casi siempre salía arrugado a partir de las tres pulgadas. La máquina crepitó como amenazando con triturar el papel, pero cuando Thaniel tiró de él cedió. Los últimos puntos y guiones del código salieron temblorosos, con la caligrafía de un anciano.

«Los fenianos... me han dejado una nota prometiendo que...»

El resto todavía repiqueteaba a través del mecanismo, lanzando pequeñas estrellas fugaces en la sala en penumbra. Thaniel no tardó en reconocer el estilo del operador. El jefe del departamento, Williamson, codificaba de la misma forma titubeante en que hablaba. Cuando salió, el resto del mensaje era entrecortado, lleno de pausas.

«... detonarían bombas en todos los edificios p...úblicos el... 30 de mayo de 1884. Dentro de seis meses. Williamson.»

Thaniel tiró de la máquina hacia sí agarrándola por la llave.

«Soy Steepleton del MI. Por favor, confirme último mensaje.»

No tuvo que esperar mucho la respuesta.

«Acabo de encontrar... la nota en mi escritorio. Amenaza de bomba. Promesas de... hacerme saltar de mi taburete. Firmado “Clan na Gael”.»

Thaniel se quedó inmóvil, encorvado sobre el telégrafo. Williamson enviaba él mismo sus telegramas, y cuando sabía que se dirigía a un operador conocido firmaba Dolly, como si formaran parte del mismo club de caballeros.

«¿Está bien?», le preguntó Thaniel.

«Sí.» Un largo silencio. «Un poco alterado... lo reconozco. Me voy a casa.»

«No puede irse solo.»

«No harán... nada. Si anuncian bombas para mayo, habrá bombas en mayo. Es el... Clan na Gael. No son de los que se esconden con bates de críquet.»

«Pero ¿por qué lo dicen ahora? Podría ser un truco para que deje la oficina a cierta hora.»

«No, no. Para... asustarnos. Quieren que Whitehall sepa que se acerca el día. Si hay suficientes políticos que temen por su vida prestarán más atención a las exigencias irlandesas. Han dicho “edificios públicos”. No se tratará solo de evitar el Parlamento durante un día. Yo no les intereso. Con franqueza, yo... conozco a esta gente. He encerrado a suficientes de ellos.»

«Tenga cuidado entonces», tecleó Thaniel a regañadientes.

«Gracias.»

Mientras el receptor acústico todavía repiqueteaba la última palabra de su jefe, Thaniel arrancó la transcripción y echó a correr por el oscuro pasillo hasta una puerta situada al fondo debajo de la cual se veía luz procedente de una chimenea. Llamó con los nudillos y abrió. En el interior el jefe administrativo alzó la vista y frunció el entrecejo.

—No estoy aquí. Más vale que sea importante.

—Un mensaje del Yard.

El jefe administrativo se lo arrancó de las manos. La habitación era su oficina, y había estado leyendo en la mullida butaca situada junto a la chimenea, con el cuello y la corbata abandonados en el suelo. Cada noche sucedía lo mismo. El jefe administrativo anunciaba que se quedaba a dormir porque su mujer roncaba, pero Thaniel empezaba a creer que a esas alturas ella debía de haberse olvidado de él y cambiado las cerraduras. En cuanto el jefe administrativo terminó de leer la nota, asintió.

—Está bien. Puede irse a casa. Será mejor que informe al ministro del Interior.

Thaniel asintió y salió rápidamente. Nunca le habían dicho que se marchara antes de hora, ni siquiera cuando se encontraba mal. Mientras recogía el abrigo y el sombrero, oyó un griterío al final del pasillo.

Vivía en una pensión justo al norte de la prisión Millbank, tan cerca del Támesis que todos los otoños se inundaba el sótano. Ir caminando desde Whitehall hasta su casa por la noche resultaba inquietante. Bajo las farolas de gas, la niebla empañaba los escaparates de las tiendas cerradas, más destartaladas conforme se acercaba a su casa. El deterioro era tan

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