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EL RESCATE (MAITLAND 2)

Julie Garwood  

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Fragmento

Título original: Ransom 

Traducción: Delia Lavedan 

1.ª edición: septiembre 2016 

© Ediciones B, S. A., 2015 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-517-3 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Prólogo 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39

Prólogo

Inglaterra, bajo el reinado de Ricardo I

Las desgracias siempre llegan de noche.

La madre de Gillian murió durante las oscuras horas de la noche, luchando por traer al mundo una nueva vida. Su joven y aturdida criada, ansiosa por ser la primera en comunicar la triste noticia, despertó a las dos pequeñas para informarles que su querida madre había muerto. Dos noches más tarde, otra vez fueron arrancadas de su sueño para enterarse de que su hermano recién nacido, Ranulf, así bautizado en honor a su padre, también había fallecido. Su frágil cuerpecito no había sido capaz de soportar el duro esfuerzo de haber nacido con dos meses de antelación.

Gillian temía la oscuridad. Esperó hasta que la criada hubo abandonado su dormitorio para deslizarse boca abajo desde su gran cama hasta el frío suelo de piedra. Descalza, corrió hasta el pasadizo prohibido, un corredor secreto que conducía a la habitación de su hermana, y a los empinados escalones que descendían a los túneles situados debajo de las cocinas. Se escurrió por el costado del arcón que su papá había colocado frente a la angosta puerta, para evitar que por allí fueran y vinieran continuamente sus hijas. Les había advertido hasta la saciedad que se trataba de un pasaje secreto sólo para ser utilizado en las más extremas circunstancias, y ciertamente no para jugar. Ni sus más fieles sirvientes conocían la existencia de los corredores que comunicaban tres de los dormitorios, y estaba decidido a que las cosas siguieran así. También le preocupaba mucho el que sus hijas se pudieran caer por los escalones y romperse sus bonitos cuellos, y solía amenazarlas con una buena tunda en el trasero si alguna vez las pescaba allí. Era peligroso y estaba prohibido.

Pero aquella terrible noche de pérdida y pesar, a Gillian no le importaba la posibilidad de meterse en líos. Estaba asustada, y siempre que se sentía así, corría a su hermana mayor, Christen, en busca de consuelo. Gillian abrió la puerta apenas una rendija, gritó llamando a Christen y aguardó a que viniera por ella. Su hermana se asomó, la aferró de la mano y la atrajo hacia sí. Luego, ambas treparon a la cama de Christen. Las pequeñas se abrazaron bajo las pesadas mantas, llorando, mientras los atormentados lamentos de angustia y desolación de su padre resonaban por los desiertos salones. Oyeron cómo gritaba el nombre de su madre una y otra vez. La muerte había entrado en su pacífico hogar, llenándolo de congoja.

La familia no tuvo el tiempo necesario para recuperarse, porque los monstruos de la noche acechaban para convertirlos en sus víctimas. A altas horas de la madrugada, los infieles invadieron su casa, y la familia de Gillian quedó destruida.

Papá la despertó al entrar a toda prisa en su dormitorio, llevando a Christen en sus brazos. Sus leales soldados, William —el favorito de Gillian, ya que solía darle caramelos de miel cuando su padre no miraba—, Lawrence, Tom y Spencer, iban tras él. Todos mostraban expresiones sombrías. Gillian se incorporó en la cama, frotándose los ojos con el dorso de la mano, mientras su padre pasaba a Christen a los brazos de Lawrence y corría hacia ella. Colocó la vela que llevaba sobre el arcón situado al lado de la cama, y después, sentándose a su lado, le apartó suavemente el cabello que le caía sobre el rostro.

Su padre parecía terriblemente triste, y Gillian supuso que conocía la razón.

—¿Mamá ha vuelto a morirse otra vez, papá? —preguntó, preocupada.

—¡Por el amor de...! No, Gillian —le respondió él, con voz fatigada.

—¿Ha regresado a casa, entonces?

—Ah, mi dulce niña, ya hemos hablado muchas veces de lo mismo. Tu mamá no va a volver nunca más a casa. Los muertos no vuelven. Ahora ella está en el cielo. Trata de entenderlo.

—Sí, papá —respondió en un susurro.

Gillian oyó el débil sonido de gritos que provenían de la planta baja, y entonces se dio cuenta de que su padre llevaba puesta la cota de mallas.

—¿Vas a irte ahora a pelear, por el amor de Dios, papá?

—Sí —contestó él—. Pero antes debo poneros, a tu hermana y a ti, a salvo.

Tomó las ropas que Liese, la criada de Gillian, había dejado preparadas para la mañana siguiente, y vistió apresuradamente a su hija. William se acercó, arrodillándose para ponerle los zapatos.

Su papá nunca la había vestido antes, y ella no sabía qué pensar.

—Papá, debo quitarme el camisón antes de ponerme la ropa, y Liese debe cepillarme el cabello.

—Esta noche no vamos a preocuparnos demasiado por tu cabello.

—Papá, ¿está oscuro afuera? —preguntó, mientras él le pasaba la túnica por la cabeza.

—Sí, Gillian, está oscuro.

—¿Tengo que salir en la oscuridad?

Su padre detectó el miedo en su voz y trató de calmarla.

—Habrá antorchas para iluminar el camino, no estarás sola.

—¿Tú vendrás con Christen y conmigo?

Esta vez le respondió su hermana.

—No, Gillian —le gritó a través de la habitación—. Porque papá tiene que quedarse aquí y pelear, por el amor de Dios —dijo, repitiendo la expresión frecuentemente utilizada por su padre—. ¿No es así, papá?

Lawrence indicó a Christen que se estuviera callada.

—No queremos que nadie se entere de que os marcháis —le explicó en un murmullo—. ¿Puedes ahora estarte callada?

Christen asintió con ansiedad.

—Sí, puedo —respondió también susurrando—. Puedo estarme terriblemente callada cuando tengo que hacerlo, y cuando yo...

Lawrence le tapó la boca con la mano.

—Silencio, mi niña dorada.

William tomó a Gillian en sus brazos, y sacándola de la habitación, la llevó por el corredor hasta la habitación de su padre. Spencer y Tom iban delante, iluminando el corredor con brillantes velas. Sombras gigantes-cas, que se mantenían a su lado, bailoteaban sobre los muros, y el único sonido que se oía era el de sus recias botas contra el suelo de piedra. Gillian, asustada, rodeó el cuello del soldado con sus brazos, y ocultó la cabeza bajo su barbilla.

—No me gustan las sombras —gimoteó.

—No van a hacerte ningún daño —la tranquilizó él.

—Quiero a mi mamá, William.

—Ya lo sé, oso meloso.

El tonto apodo con el que él siempre la llamaba le hizo sonreír, y de pronto ya no tuvo más miedo. Vio que su papá pasaba corriendo a su lado, para adelantarse y entrar primero en su alcoba, y lo habría llamado, pero William se puso el dedo sobre los labios, recordándole que debía estarse callada.

Tan pronto estuvieron todos dentro de la habitación de su padre, Tom y Spencer corrieron un gran arcón bajo situado contra la pared, para poder abrir la puerta secreta. Los oxidados goznes gimieron y chirriaron como un cerdo hambriento.

Lawrence y William se vieron obligados a dejar las niñas en el suelo para empapar las antorchas con aceite y encenderlas. En cuanto se dieron la vuelta, Christen y Gillian corrieron hacia donde se encontraba su padre, que estaba arrodillado sobre otro arcón a los pies de su cama, revolviendo su contenido. Se pusieron una a cada lado y se alzaron de puntillas, con las manos apoyadas sobre el borde del arcón, para poder atisbar en su interior.

—¿Qué buscas, papá? —preguntó Christen.

—Esto —contestó él, mientras levantaba una refulgente caja adornada con pedrería.

—Es terriblemente bonita, papá —dijo Christen—. ¿Me la dejas?

—¿Y a mí también? —se sumó Gillian.

—No —respondió él—. La caja pertenece al príncipe Juan, y yo debo ocuparme de que vuelva a su poder.

Todavía de rodillas, el padre se volvió hacia Christen y la tomó del brazo, acercándola a él a pesar de sus forcejeos por alejarse.

—¡Me haces daño, papá!

—Lo siento, mi amor —dijo él, aflojando de inmediato el apretón. No quise hacerte daño, pero es necesario que prestes atención a lo que voy a decirte. ¿Puedes hacerlo, Christen?

—Sí, papá, puedo prestar atención.

—Eso está muy bien —aprobó él—. Quiero que lleves esta caja contigo cuando te vayas. Lawrence te protegerá del peligro y te llevará a un sitio seguro muy lejos de aquí. También te ayudará a ocultar este malhadado tesoro hasta que llegue el momento oportuno y yo pueda ir a buscarte, y llevarle la caja al príncipe Juan. No debes hablarle a nadie de este tesoro, Christen.

Gillian rodeó a su padre para ir al lado de Christen.

—¿Puede contármelo a mí, papá?

Su padre no hizo caso de la pregunta, y siguió aguardando la respuesta de Christen.

—No diré nada —prometió ésta.

—Yo tampoco diré nada —dijo también Gillian, al tiempo que asentía con vehemencia para demostrar que hablaba en serio.

Su padre siguió ignorando a su hija pequeña, porque quería que Christen comprendiera la importancia de lo que le estaba diciendo.

—Nadie debe saber que tú tienes la caja, pequeña. Ahora, observa lo que hago —ordenó—. Voy a envolver la caja con esta túnica.

—¿Para que nadie la vea? —preguntó Christen.

—Eso es —susurró él—. Para que nadie la vea.

—¡Pero yo ya la vi, papá! —exclamó Gillian.

—Sé que la has visto —convino su padre. Levantó entonces los ojos hacia Lawrence, al tiempo que decía—: ¡Es tan pequeña...! Estoy pidiéndole demasiado. Santo Dios, ¿cómo puedo dejar que se vayan mis niñas?

Lawrence dio un paso al frente.

—¡Protegeré a Christen con mi propia vida y me aseguraré de que nadie vea la caja!

William también se apresuró a ofrecer su compromiso de lealtad.

—Lady Gillian no sufrirá ningún daño —prometió—. Os doy mi palabra, barón Ranulf. ¡La defenderé con mi vida!

La vehemencia de su voz fue un consuelo para el barón, quien asintió con la cabeza para que ambos soldados supieran que su confianza en ellos era absoluta.

Gillian tiró del codo de su padre para atraer su atención. No quería que la dejara al margen. Cuando su papá envolvió la bonita caja en una de sus túnicas y se la dio a Christen, Gillian juntó sus manos, expectante, porque supuso que, como le había dado un regalo a su hermana, también le daría uno a ella. Aunque Christen era la primogénita y tenía tres años más que Gillian, su padre jamás había mostrado ningún favoritismo.

Le resultaba difícil ser paciente, pero lo intentó. Observó cómo su padre tomaba a Christen en sus brazos, depositaba un beso sobre su frente y la abrazaba con fuerza.

—No te olvides de tu papá —le murmuró—. No te olvides de mí.

Luego, fue hasta Gillian. Ella se arrojó en sus brazos y lo besó sonoramente en la mejilla.

—Papá, ¿no tienes otra bonita caja para mí?

—No, cariño mío. Ahora debes marcharte con William. Dale la mano...

—Pero, papá, yo también quiero tener una caja. ¿No tienes una para que me lleve?

—Esa caja no es un regalo, Gillian.

—Pero, papá...

—Te quiero —la interrumpió, pestañeando para contener las lágrimas mientras la abrazaba fuertemente contra su cota de mallas—. Que Dios te proteja.

—Me ahogas, papá. ¿Puedo turnarme con Christen para llevar la caja? ¡Por favor, papá!

Hector, el administrador de su padre, irrumpió en la habitación, gritando. Su entrada sobresaltó tanto a Christen, que dejó caer el tesoro. La caja se salió de la túnica que la envolvía y rodó por las piedras del suelo con gran estrépito. A la temblorosa luz de las antorchas, los rubíes, zafiros y esmeraldas que la cubrían cobraron vida, lanzando cegadores destellos como si fueran brillantes estrellas caídas del cielo.

Hector se paró en seco, deslumbrado por la belleza caída ante él.

—¿Qué pasa, Hector? —preguntó el barón.

Aunque venía a traer al barón un mensaje de Bryant, el comandante en jefe de sus fuerzas, Hector parecía haberse olvidado de su misión mientras recogía la caja y se la entregaba a Lawrence. Entonces, recordando el propósito que lo traía, se volvi

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