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EL RETORNO DE LOS ESCORPIONES (SECRET ACADEMY 3)

Isaac Palmiola  

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Fragmento

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Martin nunca había vivido un verano tan frío en toda su vida. La nieve se negaba a derretirse en las cimas de las montañas y, mientras corría a través de aquel frondoso bosque de abetos, pinos y abedules, grandes nubes de vaho se formaban a cada bocanada de aire que expulsaba por la boca. Pese al frío, su cuerpo estaba cubierto por una fina capa de sudor y los músculos de sus piernas estaban muy cargados por el prolongado esfuerzo físico.

¿Cuántas horas llevaba corriendo? Resultaba imposible saberlo con certeza. Se encontraba en Laponia, en el norte de Finlandia, y hacía varias semanas que el sol no se ponía. Era un fenómeno meteorológico propio de aquel paraje ártico, pero Martin no había logrado acostumbrarse a ello. Nunca se hacía de noche, y la misma mortecina luz, amortiguada por un cielo eternamente nublado, lucía con insistencia durante las veinticuatro horas del día.

Sus rápidas pisadas hacían crujir la pinaza que cubría el suelo mientras recurría a toda su fuerza de voluntad para seguir adelante. Su cabeza quería seguir corriendo, pero sus piernas se negaban a obedecer las órdenes de su cerebro. Una violenta rampa le hizo trastabillar y cayó de bruces en el suelo, retorciéndose de dolor. El gemelo izquierdo se le había subido hasta el pliegue de la rodilla y Martin, con una mueca de dolor en el rostro, extendió la pierna y tiró hacia él las puntas de los dedos de los pies hasta conseguir bajarlo.

El dolor no tardó en menguar, pero era consciente de que no estaba en condiciones de seguir huyendo. Necesitaba descansar, aunque solo fuera durante un rato. Hubiera dado cualquier cosa por un plátano, pero los únicos víveres que había podido llevarse de la casa del lago era pan, galletas y frutos secos. Se arrastró penosamente por el suelo y acomodó la espalda contra el tronco de un abeto mientras sacaba de la mochila unas almendras que empezó a masticar sin hambre.

Martin llevaba cuatro meses imaginando aquella huida. Había sido capturado por los Escorpiones, y sus enemigos lo habían sacado de Turquía en barco y lo habían trasladado hasta Finlandia, muy al norte, a una casa aislada rodeada por miles de hectáreas de inacabables bosques y lagos de aguas tan gélidas como cristalinas.

Había llegado al lugar junto con tres personas: Murat, Aldous y una chica de su misma edad llamada Virginia. Al parecer, estaban allí para celebrar un concilio que presidiría el líder de los Escorpiones, un hombre que se hacía llamar Profeta Howard y al que Murat admiraba y respetaba profundamente. El joven Escorpión era el encargado de vigilarlos, pero había tenido muy poco trabajo hasta el momento. Su compañero Aldous obedecía ciegamente y no deseaba irse de allí, mientras que el carácter de Virginia era tan rebelde y audaz como el de una oveja de corral.

Martin era el único que no se había resignado a convertirse en un rehén de los Escorpiones y había entrenado sin descanso cada día, corriendo por el bosque para fortalecer los músculos de sus piernas y familiarizarse con la geografía del lugar. Incluso había fingido sentir afecto por Murat y se había ganado su confianza para que se relajara. Con infinita paciencia, había presenciado cómo la primavera daba paso al verano y, poco a poco, la gruesa capa de nieve que cubría todos los rincones de aquel paraje se había derretido paulatinamente.

Tras haber comido una docena de almendras, Martin volvió a incorporarse. Estiró los músculos de las piernas, se frotó las manos para darse calor y reanudó la carrera bosque a través dirigiéndose hacia el sur. Sabía que podían pasar varios días —tal vez semanas— hasta que lograra dar con algún lugar civilizado que le permitiera ocultarse de sus enemigos, pero se sentía capaz de lograrlo. Su plan era contactar con el

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