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EL RETRATO DE DORIAN GRAY (LOS MEJORES CLáSICOS)

Oscar Wilde  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

(Se advierte a los lectores que esta introducción

explicita detalles del argumento.)

El 20 de junio de 1890, la Lippincott’s Monthly Magazine de Filadelfia publicó El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde como relato principal del número de julio. Wilde revisó y amplió su primera y única novela para su aparición en formato libro el mes de abril del año siguiente. Hasta la fecha, al escritor, que contaba treinta y cinco años, le habían impreso un libro de poemas (1881; en general ignorado o ridiculizado), producido una obra de teatro (1883; en Nueva York, sin éxito), publicado un libro de cuentos de hadas (1888; en su conjunto, bien recibido), y le habían aceptado varios ensayos y relatos en revistas literarias.[1] Wilde había escrito críticas para muchas novelas, y había disertado sobre el arte del novelista en «La decadencia de la mentira»; ahora tenía la oportunidad de poner en práctica lo que había predicado y demostrar el gran potencial que prometía cuando se graduó en Oxford, y se propuso formar parte de la sociedad literaria de Londres. Dorian Gray, publicado el primer año de la década que celebraría a Wilde como el dramaturgo más exitoso de su época al tiempo que lo menospreciaría como el delincuente sexual más infame de su tiempo, fue su primera obra de arte de gran magnitud y éxito.

Como era de esperar, resultó un succès de scandale. Por lo menos en Gran Bretaña, la novela provocó una respuesta exacerbada por parte de muchos críticos; un anticipo de cómo sería tratada cinco años después cuando algunos creyeron ver en Dorian Gray un reflejo de la vida de su autor (pasiones fuera de la ley y actos «inefables»). De hecho, el texto de Wilde, o al menos la primera versión, más «explícita», se usó en los primeros dos de los tres juicios en su contra como prueba incriminatoria de «cierta tendencia» presuntamente representada en Dorian Gray. En 1890, el Scots Observer de W. E. Henley clamaba:

El relato —que trata sobre asuntos que solo son adecuados para el departamento de investigaciones criminales o una audiencia a puerta cerrada— desacredita tanto al autor como al editor. El señor Wilde tiene ingenio, arte y estilo; pero si no escribe más que para nobles proscritos o chicos del telégrafo pervertidos, cuanto antes se dedique a la sastrería (u otro negocio decente) mejor para su reputación y la moral pública. (5 de julio de 1890)

La mención a los nobles y a los chicos del telégrafo se debe a un escándalo reciente (mencionado por última vez en la prensa apenas dos meses antes) que involucraba un burdel homosexual de la Cleveland Street de Londres, y por lo tanto sugería de forma directa que el texto de Wilde no se mostraba ambiguo con lo que describía.[2] Las cuestiones sobre el papel del arte y su relación con la moralidad y la vida del autor dominaron el debate sobre Dorian Gray en el momento de su publicación, así como en las respuestas de Wilde a los críticos y en numerosas reseñas que se publicaron poco después, y de nuevo durante los juicios.[3] Y todavía lo dominan, pues es difícil hablar de la novela fuera de este marco o sin dar cuenta de los acontecimientos que desencadenó. De hecho, es comprensible. En gran medida, el texto de Wilde motiva este debate, puesto que resulta una obra de arte que, de algún modo, «confiesa» el deseo de su creador, y contiene el testimonio de una vida de «inmoralidad» o delito. Algunos de esos asuntos —arte y moralidad, censura e interpretación, engaño y revelación— serán discutidos en esta introducción a una obra que, sobre todo, es producto de su época, pero que, más de cien años después de ser publicada por primera vez, aún fascina a los lectores.

DOBLES VIDAS Y VICIOS SECRETOS

Existen ciertos temperamentos a los que el matrimonio vuelve más complejos [...] pues se ven obligados a tener más de una vida. (Lord Henry)

Oscar Wilde, el artista irlandés, el dandi que se burlaba de los estándares de la sociedad, también era un «caballero», y buen conocedor de lo que ello significaba, defendió su derecho a este título. Su padre era un eminente cirujano nombrado caballero por los servicios prestados a la ciencia, y su madre (a pesar de su radical nacionalismo irlandés) era una anfitriona muy celebrada de la alta sociedad. Oscar se educó en Portora, una conocida escuela pública irlandesa, y estudió tanto en el Trinity College de Dublín como en la Universidad de Oxford (las universidades más antiguas de Irlanda e Inglaterra). En esta última se graduó con la máxima calificación y estuvo cerca de ser premiado con una beca académica, hecho que pudo haberlo catapultado como miembro de la clase académica inglesa. En 1890 ya contaba seis años de matrimonio y total dedicación a sus dos hijos, vivía en un distrito elegante de Chelsea y en ciertos períodos perteneció a numerosos clubes de caballeros (los cuales, con sus sistemas de aceptación y exclusión, constituían bastiones exclusivos del concepto de caballero metropolitano del momento). Cuando Wilde empezó a revisar Dorian Gray para que se publicara en un solo volumen introdujo algunos cambios de última hora; entre otros, sustituyó el nombre original del fabricante de marcos que visita a Dorian, Ashton, por Hubbard. ¿Por qué? Pues porque «Ashton es nombre de caballero», mientras que «Hubbard huele más a comerciante».[4] A un nivel más serio, cuando Wilde contrató a su abogado para el primer juicio, y Edward Clarke le peguntó si daba su palabra «como caballero inglés» de que los alegatos contra él no eran ciertos, Wilde asintió.[5] Por lo tanto, Wilde hubiera estado de acuerdo con las palabras que pone en boca de Basil Hallward cuando este afirma que «todo caballero se interesa por su buena reputación»; y no obstante, como Dorian, Wilde realizó durante un tiempo actividades ilegales y vilipendiadas por la sociedad «respetable», lo que le forzó a llevar una doble vida. Como afirma un biógrafo, «después de 1886 empezó a considerarse a sí mismo como un criminal, se sentía culpable entre los inocentes»,[6] pues aquel año su amigo Robert Ross lo introdujo en las prácticas homosexuales. Aunque en 1890 no se había abandonado del todo a una vida de riesgo, a la que más tarde se referiría como «comer entre panteras»,[7] había tenido numerosos encuentros homosexuales y se identificaba como miembro de una subcultura clandestina.

El tema de la doble vida, ser respetado por los demás, o por lo menos preocuparse por la propia reputación, a la vez que se transgreden en secreto los códigos morales de la sociedad, es central en la trama de Dorian Gray. Dorian puede emular el desdén dandi por la moral establecida de lord Henry, pero su reacción a la acusación de Basil de que había «mancillado» el nombre de la hermana de aquel («Cuidado, Basil. Estás yendo demasiado lejos») sugiere que sí tiene miramientos con respecto a su reputación o a la opinión de los demás. Como confirma el texto, «Dorian no se mostraba en absoluto temerario, al menos no en sus relaciones con la sociedad». En realidad, Dorian disfruta de su habilidad por permitirse estas actividades inmorales, ilegales o turbias, y a la vez evitar las consecuencias. Se nos cuenta cómo:

A menudo, al volver a casa de una de esas misteriosas y prolongadas ausencias que levantaban no pocas y extrañas conjeturas [...] Dorian subía sigilosamente a la habitación cerrada, abría la puerta [...] y se situaba, espejo en mano, ante el retrato que Basil Hallward le había hecho, mirando ora al rostro maligno y envejecido del lienzo, ora al rostro joven y apuesto que se reía de él desde el lustroso cristal del espejo. La intensidad misma del contraste entre ambos rostros avivaba al instante su deleite. Cada vez estaba más enamorado de su propia belleza y más interesado en la corrupción de su alma.

Y cuando aparece en una reunión de sociedad menos de veinticuatro horas después de cometer un terrible asesinato, leemos que Dorian «sintió en toda su intensidad el terrible placer de una doble vida». El pasaje que más tarde aquella noche describe el trayecto del personaje a un fumadero de opio da buena cuenta de su existencia dividida. Al principio el cochero se niega a salirse de la ruta habitual. Después de dejarse sobornar para dirigirse a los muelles, el cochero se pierde por el laberinto de caminos y callejuelas sin asfaltar que quedan tan lejos de las plazas bien iluminadas y vigiladas por la policía de Mayfair, donde vive Dorian. La zona de los muelles, al este de Lond

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