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EL RITMO DE LA GUERRA (EL ARCHIVO DE LAS TORMENTAS 4)

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Prólogo: Fingir


Siete años antes



Por supuesto que los parshendi querían tocar sus tambores.

Por supuesto que Gavilar les había dicho que podían.

Y por supuesto que ni se le había ocurrido avisar a Navani.

—¿Has visto lo grandes que son esos instrumentos? —preguntó Maratham, pasándose las manos por el cabello negro—. ¿Dónde vamos a colocarlos? Lo tenemos todo más que lleno desde que tu marido invitó a los dignatarios extranjeros. No podemos...

—Organizaremos un banquete más exclusivo en el salón de baile de arriba —dijo Navani manteniendo una actitud tranquila—, y pondremos allí los tambores, junto a la mesa del rey.

En las cocinas estaba todo el mundo al borde del pánico: los pinches corrían de un lado para otro, las cacerolas entrechocaban y los expectaspren emergían del suelo como gallardetes. Gavilar no solo había invitado a los altos príncipes, sino también a sus parientes. Y a todos los altos señores de la ciudad. Y además, quería dar un banquete para mendigos con el doble de los cubiertos habituales. Y para colmo, ¿aquellos tambores?

—¡Ya hemos puesto a todo el mundo a trabajar en el comedor de abajo! —gritó Maratham—. No tengo suficiente personal para...

—Esta noche hay el doble de soldados que de costumbre merodeando por el palacio —dijo Navani—. Que ellos te ayuden a organizarlo.

¿Apostar guardias adicionales, hacer una demostración de poderío? Se podía contar con Gavilar para que hiciera esas cosas.

Para todo lo demás, tenía a Navani.

—Podría funcionar, sí —respondió Maratham—. Mejor poner a esos patanes a trabajar que tenerlos por ahí molestando. ¿Daremos dos banquetes principales, entonces? Muy bien. Más vale que respire hondo.

La menuda organizadora de palacio se escabulló correteando y esquivó por los pelos a un pinche de cocina que cargaba con un enorme cuenco de crustáceos humeantes.

Navani se apartó para dejar pasar al pinche. El hombre inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Ya hacía tiempo que el personal de cocina había dejado de ponerse nervioso cuando entraba ella. Navani les había dejado bien claro que hacer su trabajo con eficacia era reconocimiento suficiente.

A pesar de la tensión subyacente, parecían tenerlo ya todo bajo control, aunque poco antes se habían sobresaltado al descubrir que había tres toneles de grano con gusanos. Por suerte, el brillante señor Amaram había llevado provisiones para sus hombres y Navani había logrado arrancárselas de entre las zarpas. De momento, con los cocineros que habían tomado prestados del monasterio, quizá hasta llegaran a poder alimentar a toda la gente que había invitado Gavilar.

«Tendré que organizar a quién sentamos en qué comedor —pensó Navani mientras salía de la cocina a los jardines de palacio—. Y dejar algo de espacio libre en ambos. ¿Quién sabe cuánta gente más podría presentarse con una invitación?».

Cruzó los jardines cuesta arriba en dirección a las puertas laterales del palacio. Yendo por allí, molestaría menos y no tendría que ir esquivando a sirvientes. Mientras caminaba, comprobó que todas las lámparas estuvieran en su sitio. Aunque el sol aún no se había puesto, quería que el palacio de Kholinar refulgiera esa noche.

Un momento. ¿Esa que estaba de pie cerca de las fuentes era Aesudan, su nuera, la esposa de Elhokar? Se suponía que debía estar dentro, recibiendo a los invitados. La delgada mujer llevaba el largo pelo recogido en un moño iluminado por una gema de cada tonalidad. Tantos colores juntos quedaban chillones, y Navani prefería llevar unas pocas gemas sencillas a juego en torno a un solo color, pero lo cierto era que las suyas hacían destacar a Aesudan mientras charlaba con dos ancianos fervorosos.

Refulgentes y vivas tormentas, ese de ahí era nada menos que Rushur Kris, el artista y maestro artifabriano. ¿Cuándo había llegado? ¿Quién lo había invitado? Tenía en la mano una cajita con una flor pintada. ¿Era posible que fuese... algún fabrial nuevo creado por él?

Navani se descubrió atraída hacia el grupo y olvidando todo lo demás. ¿Cómo había creado Kris el fabrial calentador de forma que pudiera modularse la temperatura? Navani había visto ilustraciones, pero poder hablar con el maestro artesano en persona sería...

Aesudan vio a Navani y sonrió de oreja a oreja. Su deleite parecía auténtico, lo cual era poco frecuente, al menos cuando iba dirigido a Navani. Ella procuraba no tomarse como una afrenta personal la acritud general de Aesudan hacia ella, porque toda mujer estaba en su derecho de sentirse amenazada por su suegra. Sobre todo, teniendo en cuenta la evidente carencia de talentos de aquella chica.

Navani le devolvió la sonrisa e intentó sumarse a la conversación para poder ver más de cerca la caja. Pero Aesudan la cogió del brazo.

—¡Madre! Había olvidado por completo que teníamos que hablar. Qué voluble puedo ser a veces. Lo lamento muchísimo, fervoroso Kris, pero debo marcharme con premura.

Aesudan tiró de Navani, imponiéndose, de vuelta por los jardines hacia la cocina.

—Gracias a Kelek que has aparecido, madre. No sabes lo aburrido que es ese hombre.

—¿Aburrido? —replicó Navani, retorciéndose para echar una mirada hacia atrás—. ¿Estaba hablando de...?

—Gemas. Y más gemas. Y spren, y cajas de spren, y... ¡tormentas! Ese hombre debería haberse dado cuenta. Tengo que hablar con personas importantes. Las esposas de los altos príncipes y de los mejores generales del país, que han venido todos para maravillarse con los parshmenios salvajes. ¿Y a mí me toca quedarme en los jardines dando conversación a fervorosos? Ha sido tu hijo quien me ha abandonado ahí atrás, quiero que lo sepas. Cuando lo encuentre...

Navani se zafó de la presa de Aesudan.

—Alguien debería entretener a esos fervorosos. ¿Por qué han venido?

—Yo qué sé —respondió Aesudan—. Gavilar quería que estuvieran aquí para algo, pero ha enviado a Elhokar a hacerles compañía. ¡Qué mala educación, de verdad!

¿Gavilar había invitado a Kholinar a uno de los artifabrianos más destacados del mundo entero y ni se había molestado en decírselo a Navani? En lo más profundo de su interior se revolvió la emoción, una ira que mantenía cuidadosamente enjaulada bajo llave. ¡Ese hombre! ¡Ese tormentoso hombre! ¿Cómo... cómo había podido...?

A sus pies empezaron a acumularse furiaspren, como charcos de sangre hirviendo. «Tranquila, Navani —dijo la parte racional de su mente—. Quizá pretenda presentarte al fervoroso más tarde, como regalo.» Sofocó el enfado con esfuerzo.

—¡Brillante! —llamó una voz desde la cocina—. ¡Brillante Navani! ¡Ay, por favor! Tenemos un problema.

—Aesudan —dijo Navani, sin apartar la mirada del fervoroso, que había echado a caminar despacio hacia el monasterio—. ¿Te importaría ayudar en la cocina con lo que sea que necesitan? Yo querría...

Pero Aesudan ya había echado a andar con prisa hacia otro grupo en los jardines, que incluía a varios altos señores generales muy poderosos. Navani respiró hondo y contuvo otra punzada de frustración. Aesudan afirmaba preocuparse del decoro y la educación, pero era capaz de inmiscuirse en una conversación masculina sin llevar siquiera a su marido con ella como excusa.

—¡Brillante! —volvió a llamar el cocinero, gesticulando en su dirección.

Navani lanzó un último vistazo a los fervorosos, apretó la mandíbula y caminó deprisa hacia la cocina, procurando no engancharse el vestido con la cortezapizarra ornamental.

—¿Qué pasa ahora?

—Es el vino —explicó el cocinero—. Se nos han terminado el Clavendah y el rubí de mesa.

—¿Cómo es posible? —dijo ella—. Teníamos reservas de amb...

Cruzó la mirada con el cocinero y la respuesta se hizo evidente. Dalinar había vuelto a encontrar sus existencias de vino. Había desarrollado formas bastante ingeniosas de vaciar en secreto los barriles para beber con sus amigos. Ojalá dedicara la mitad de esa atención a las necesidades del reino.

—Tengo una reserva privada —reveló Navani, sacando su cuaderno del bolsillo. Lo sostuvo en la mano segura, cogiéndolo a través de la manga, y garabateó una nota—. La guardo en el monasterio, con la hermana Talanah. Enséñale esto y te permitirá acceder.

—Gracias, brillante —dijo el cocinero mientras cogía la nota.

Antes de que el hombre hubiera salido por la puerta, Navani vio que el mayordomo, un anciano de barba canosa que llevaba demasiados anillos en los dedos, estaba esperando en la escalinata de acceso al palacio en sí. Jugueteaba con los anillos de la mano izquierda. Qué fastidio.

—¿Qué ocurre? —preguntó al mayordomo después de llegar dando zancadas.

—El alto señor Rine Hatham ha llegado y pregunta por su audiencia con el rey. Recordaréis que su majestad había prometido hablar esta noche con Rine sobre...

—Sobre la disputa fronteriza y los errores en los mapas, sí —interrumpió Navani, y suspiró—. ¿Dónde se ha metido mi marido?

—No está claro, brillante —dijo el mayordomo—. Se lo ha visto por última vez con el brillante señor Amaram y varios... individuos particulares.

Era como llamaba el personal de palacio a los nuevos amigos de Gavilar, los que solían llegar sin previo aviso y muy rara vez revelaban sus nombres.

Navani apretó los dientes y pensó en los lugares a los que podía haber ido Gavilar. Se enfadaría si Navani lo interrumpía. Pues que se enfadara. Debería dejarse ver atendiendo a sus invitados, en vez de dar por sentado que ella se ocuparía de todo y de todos.

Por desgracia, en ese momento... bueno, Navani tendría que ocuparse de todo y de todos.

Permitió que el angustiado mayordomo la llevara al grandioso recibidor, donde se entretenía a algunos invitados con música, bebida y poesía hasta que el banquete estuviera preparado. A otros los iban acompañando los maestros de sirvientes para que vieran a los parshendi, la verdadera atracción de la velada. No todos los días el rey de Alezkar firmaba un tratado con un grupo de misteriosos parshmenios capaces de hablar.

Navani se disculpó con el alto señor Rine por la ausencia de Gavilar e y se ofreció a revisar los mapas ella misma. Después de eso, la detuvo una hilera de hombres y mujeres impacientes que estaban en palacio por la promesa de una audiencia con el rey.

Navani aseguró a los ojos claros que sus peticiones no estaban cayendo en oídos sordos. Les prometió investigar las injusticias. Calmó los sentimientos ofendidos de quienes creían que una invitación personal del rey implicaba que de verdad llegarían a hablar con él, un privilegio inasequible en los últimos tiempos excepto para los «individuos particulares».

Seguían llegando invitados inesperados, cómo no. Invitados que no figuraban en la lista actualizada que un molesto Gavilar le había entregado ese mismo día.

«¡Por las llaves doradas de Vev!». Navani compuso con esfuerzo un rostro amistoso para los invitados. Sonrió, rio, saludó. Se valió de los recordatorios y las listas de su cuaderno para preguntar por parientes, nacimientos y sabuesos-hacha favoritos. Se interesó por los negocios de todos y tomó notas sobre qué ojos claros parecían estar evitando a otros. En pocas palabras, se comportó como una reina.

Era una tarea emocionalmente agotadora, pero también su deber. Quizá en un futuro podría dedicar sus días a trastear con fabriales y fingir que era una erudita. Pero esa noche, haría su trabajo, aunque una parte de ella se sintiese como una impostora. Por prestigioso que fuera su antiguo linaje, la ansiedad de Navani le susurraba al oído que era solo una pueblerina vestida con la ropa de otra persona.

Esas inseguridades habían cobrado fuerza en los últimos tiempos. «Tranquila. Tranquila.» Esa clase de pensamientos no tenían cabida. Rodeó la sala y se alegró al ver que Aesudan había encontrado a Elhokar y, por una vez, estaba charlando con él y no con otros hombres. Elhokar parecía satisfecho de presidir la reunión previa al banquete en ausencia de su padre. Adolin y Renarin también estaban presentes, vestidos con rígidos uniformes. El primero deleitaba a un pequeño grupo de mujeres jóvenes y el segundo parecía desgarbado y torpe al lado de su hermano.

Y también... estaba Dalinar. De pie, bien alto. De algún modo, más alto que cualquier otro hombre de la sala. Aún no se había emborrachado y la gente orbitaba en torno a él como lo haría alrededor de una hoguera en una noche fría: necesitando estar cerca, pero temiendo el verdadero calor de su presencia. Aquellos ojos atribulados que tenía, bullentes de pasión.

Tormentas encendidas. Navani se excusó y puso pies en polvorosa escalera arriba para no sentirse tan acalorada. Era mala idea marcharse: a los invitados ya les faltaba un rey y despertaría preguntas que también desapareciera la reina. Pero sin duda, podrían apañárselas sin ella un tiempo. Además, allí arriba podría comprobar uno de los escondrijos de Gavilar.

Recorrió los pasillos, que siempre le recordaban a una mazmorra, y se cruzó con unos parshendi que trasladaban sus tambores y hablaban un idioma que Navani no entendía. ¿Por qué no podía haber un poco más de luz natural allí arriba, por qué no poner unas pocas ventanas más? Ya se lo había comentado a Gavilar, pero a él le gustaba así. La penumbra le proporcionaba más lugares en los que ocultarse.

«Ahí —pensó, deteniéndose en una intersección—. Voces.»

—... pero poder llevarlos y traerlos desde Braize no significa nada —decía una de ellas—. Está demasiado próximo para suponer una distancia relevante.

—Era impensable hace solo unos pocos años —respondió una voz profunda y poderosa. Gavilar—. Esto demuestra que es posible. La Conexión no está cercenada y la caja permite los desplazamientos. Todavía no tan lejos como querríais, pero en algún punto debemos empezar el trayecto.

Navani asomó la cabeza por la esquina para mirar. Alcanzó a ver una puerta al final del corto pasillo, entreabierta, dejando escapar las voces. En efecto, Gavilar estaba manteniendo una reunión justo en el lugar donde ella esperaba: en el estudio de la propia Navani. Era una estancia pequeña y acogedora, con una bonita ventana, apartada en una esquina del primer piso. Un lugar que Navani pocas veces tenía ocasión de visitar, pero donde era muy improbable que la gente buscara a Gavilar.

Avanzó muy despacio para mirar por el hueco de la puerta. Gavilar Kholin tenía la suficiente presencia como para llenar una sala él solo. Llevaba barba, pero en vez de quedarle anticuada, en él era... clásica. Como un cuadro que hubiera cobrado vida, una representación de la antigua Alezkar. En la corte se había pensado que quizá volvieran a ponerse de moda las barbas, pero pocos habían logrado que les quedara bien.

Además de eso, había un cierto aire de... distorsión en torno a Gavilar. Nada sobrenatural ni absurdo. Era solo que... bueno, todo el mundo aceptaba que Gavilar podía hacer lo que le diera la gana, incluso desafiando toda tradición y toda lógica. A él le funcionaba. Siempre era así.

El rey estaba hablando con dos hombres a los que Navani identificó vagamente. Un makabaki alto con una marca de nacimiento en la mejilla y un vorin más bajito con la cara redonda y la nariz pequeña. Se los habían presentado como embajadores procedentes del oeste, pero sin especificar su reino de origen.

El makabaki se apoyó en la biblioteca, cruzado de brazos, con el rostro inexpresivo del todo. El vorin se frotó las manos, en un gesto que recordó a Navani al mayordomo de palacio, aunque aquel hombre parecía mucho más joven. ¿Tendría... veintitantos? ¿Quizá treinta y pocos? No, podía ser incluso mayor.

En la mesa que separaba a Gavilar de los otros dos hombres había un grupo de esferas y gemas. A Navani se le trabó la respiración al verlas. Eran de diversos colores y brillos, pero algunas de ellas resultaban extrañas y fuera de lugar. Resplandecían con lo opuesto a la luz, como pequeños pozos de oscuridad violácea, absorbiendo el color a su alrededor.

Navani nunca había visto nada parecido, pero las gemas con spren atrapados en su interior podían presentar toda clase de apariencias y efectos raros. Aquellas... tenían que ser para fabriales. ¿Qué hacía Gavilar ocupando el tiempo con esferas, luz extraña y artifabrianos de renombre? ¿Y por qué no querría hablar con ella de...?

De pronto, Gavilar irguió la espalda y miró hacia la puerta, aunque Navani no había hecho ni el menor ruido. Cruzaron la mirada. Así que Navani empujó la puerta para abrirla del todo y aparentar que se proponía entrar allí desde el principio. No estaba espiando: era la reina de aquel palacio. Podía ir donde se le antojara, sobre todo a su propio estudio.

—Marido mío —dijo—, hay invitados esperándote en el recibidor. Parece que has perdido la noción del tiempo.

—Caballeros —dijo Gavilar a los dos embajadores—, voy a tener que ausentarme.

El nervioso vorin se pasó las manos por el ralo cabello.

—Quiero saber más sobre el proyecto, Gavilar. Y deberías saber que hay otra de los nuestros aquí esta noche. Antes he distinguido su obra.

—Tengo que reunirme en breve con Meridas y los demás —respondió Gavilar—. Deberían tener más información que proporcionarme. Podemos volver a hablar después de eso.

—No —dijo el makabaki en tono cortante—. Dudo que lo hagamos.

—¡Aquí hay más, Nale! —exclamó el vorin, pero siguió a su amigo fuera del estudio—. ¡Esto es importante! Quiero dejarlo. Es la única forma de...

—¿De qué trataba esto? —preguntó Navani mientras Gavilar cerraba la puerta—. Esos hombres no son embajadores. ¿Quiénes son en realidad?

Gavilar no respondió. Con gestos deliberados, empezó a recoger las esferas de la mesa y a guardarlas en un saquito.

Navani se acercó deprisa y cogió una.

—¿Qué son? ¿De dónde has sacado unas esferas que brillan así? ¿Tiene algo que ver con los artifabrianos a los que has invitado?

Lo miró, esperando algún tipo de respuesta, alguna explicación. Pero él se limitó a tender la mano para que Navani le devolviera la esfera.

—Esto no te concierne, Navani. Vuelve al banquete.

Ella cerró la mano en torno a la esfera.

—¿Para seguir poniendo excusas en tu nombre? ¿Tenías que prometer al alto señor Rine que mediarías en su disputa precisamente esta noche? ¿Sabes cuánta gente está esperándote? ¿Y dices que aún tienes otra reunión que mantener, ahora mismo, antes de que el banquete empiece? ¿Es que piensas seguir sin hacer caso a nuestros invitados?

—¿Sabes lo harto que están poniéndome tus incesantes preguntas, mujer? —dijo él en voz baja.

—Pues prueba a responderme a una o dos, entonces. Sería una experiencia novedosa tratar a tu esposa como a un ser humano y no como a una máquina construida para ir contándote los días de la semana.

Él meneó la mano, exigiendo la esfera.

Por instinto, Navani la aferró con más fuerza.

—¿Por qué? ¿Por qué insistes en dejarme fuera? Por favor, dímelo.

—Trato con secretos que te superarían, Navani. Si conocieras el alcance de lo que he puesto en marcha...

Navani frunció el ceño. ¿El alcance de qué? Gavilar ya había conquistado Alezkar. Había unido a los altos príncipes. ¿Aquello tendría relación con el hecho de que el rey había vuelto la mirada hacia las Montañas Irreclamadas? Pero sin duda, pacificar una zona de tierras salvajes, poblada solo por alguna que otra tribu de parshmenios, no era nada en comparación con lo que Gavilar ya había logrado.

El rey le cogió la mano y la obligó a abrir los dedos para quitarle la esfera. Navani no se resistió, porque sabía que él no reaccionaría bien. Gavilar nunca había empleado su fuerza contra ella, no de ese modo, pero sí había pronunciado palabras. Comentarios. Amenazas.

Metió aquella esfera extraña e hipnótica en el saquito, junto a las otras. Lo cerró tirando del cordón con un firme y rotundo chasquido y, por último, se lo guardó en el bolsillo.

—Estás castigándome, ¿verdad? —exigió saber Navani—. Sabes cuánto adoro los fabriales. Me provocas con eso en concreto porque sabes que me hará daño.

—Quizá aprendas a pensar antes de hablar, Navani —replicó Gavilar—. Quizá aprendas lo caros que pueden salir los rumores.

«¿Otra vez con esto?», pensó ella.

—No ha pasado nada, Gavilar.

—¿Y crees que me importa? —dijo él—. ¿Crees que a la corte le importa? Para ellos, las mentiras valen tanto como los hechos.

Navani comprendió que eso era cierto. A Gavilar de verdad no le importaba si Navani le había sido infiel, cosa que no había ocurrido. Pero Navani había dicho cosas que habían despertado unos rumores difíciles de acallar.

Lo único que preocupaba a Gavilar era su legado. Quería que se lo conociera como un gran rey, un gran líder. Ese impulso siempre lo había motivado, pero últimamente estaba convirtiéndose en otra cosa. Gavilar no dejaba de preguntarse si sería recordado como el rey más grandioso de Alezkar, si podría competir con sus antepasados, con personas como el Hacedor de Soles.

Si la corte de un rey opinaba que no era capaz de controlar a su propia esposa, ¿acaso no empañaría eso su legado? ¿De qué servía un reino si Gavilar sabía que su esposa amaba a su hermano en secreto? En ese sentido, Navani representaba una mella en el mármol de su crucial legado.

—Habla con tu hija —dijo Gavilar, volviéndose hacia la puerta—. Creo que he conseguido calmar el orgullo de Amaram. Es posible que la acepte, y a ella se le está acabando el tiempo. Pocos otros pretendientes se dignarán a tenerla en cuenta. Seguro que tendré que pagar la mitad del reino para librarme de esa chica si vuelve a decir que no a Meridas.

Navani dio un bufido.

—Habla tú con ella. Si lo que quieres es tan importante, a lo mejor podrías hacerlo tú mismo por una vez. Además, Amaram no me hace ninguna gracia. Jasnah puede aspirar a algo mejor.

El rey se quedó inmóvil y luego miró atrás y habló en voz muy grave y baja.

—Jasnah se casará con Amaram, como le he ordenado. Renunciará a ese capricho suyo de hacerse famosa oponiéndose a la iglesia. Su arrogancia mancha la reputación de toda la familia.

Navani dio un paso adelante y enfrió la voz tanto como él.

—Tienes que darte cuenta de que esa chica aún te quiere, Gavilar. Igual que todos. Elhokar, Dalinar, los chicos... todos te adoran. ¿Estás seguro de que quieres revelarles lo que eres en realidad? Ellos son tu legado. Cuida de ellos. Son quienes definirán cómo se te recuerda.

—Lo que me definirá es la grandeza, Navani. Ningún esfuerzo mediocre por parte de alguien como Dalinar o mi hijo podría socavar eso, y la verdad es que dudo mucho que Elhokar pueda llegar siquiera a mediocre.

—¿Y qué pasa conmigo? —preguntó ella—. Yo podría escribir tu historia. Tu vida. Creas lo que creas que has hecho, creas lo que creas que has conseguido... todo eso es efímero, Gavilar. Es la palabra escrita la que describe a los hombres para las generaciones venideras. Tú me desprecias, pero lo que más anhelas está en mi mano. Si me fuerzas demasiado, créeme que empezaré a apretar.

El rey no respondió con gritos ni demostraciones de furia, pero el gélido vacío de sus ojos podría haber consumido reinos enteros dejando solo negrura. Alzó la mano y acunó con suavidad la barbilla de Navani, en burla de un gesto que una vez fue apasionado.

Fue más doloroso que un bofetón.

—¿Sabes por qué no te involucro en mis asuntos, Navani? —preguntó en voz baja—. ¿Crees que podrás soportar la verdad?

—Podrías probar por una vez. Sería refrescante.

—Porque no eres digna, Navani. Afirmas ser una erudita, pero ¿dónde están tus descubrimientos? Estudias la luz, pero eres su opuesto. Eres algo que destruye la luz. Te pasas el día revolcándote en la mugre de la cocina y obsesionándote por si un ojos claros insignificante sabe o no interpretar bien las líneas de un mapa.

»Esos no son actos de grandeza. No eres ninguna erudita. Es solo que te gusta estar cerca de ellas. No eres ninguna artifabriana. Eres solo una mujer a quien le gustan las baratijas. No tienes ninguna fama, ningún logro, ninguna capacidad propia. Todo lo que te distingue de los demás procede de alguna otra persona. No tienes ningún poder: solo te gusta casarte con los hombres que lo ostentan.

—¿Cómo te atreves a...?

—Niégalo, Navani —restalló él—. Niega que amas a un hermano pero te casaste con el otro. Fingiste adorar a un hombre al que detestabas, solo porque sabías que llegaría a ser rey.

Navani retrocedió, librándose de su mano, y giró la cabeza a un lado. Cerró los ojos y notó lágrimas en las mejillas. El asunto era más complicado que lo que daban a entender las palabras del rey, porque Navani los había amado a los dos... y la intensidad de Dalinar la había asustado, de modo que Gavilar había parecido la opción más segura.

Pero había cierta verdad en la acusación de Gavilar. Navani podía mentirse a sí misma diciendo que se había planteado en serio elegir a Dalinar, pero todo el mundo había sabido que terminaría con Gavilar. Y así había sido. Era el más influyente de los dos.

—Te decantaste por donde iba a haber más riqueza y poder —dijo Gavilar—. Como cualquier furcia del montón. Escribe lo que quieras sobre mí. Habla de ello, grítalo, proclámalo. Sobreviviré a tus acusaciones, y mi legado perdurará. He descubierto la entrada al reino de los dioses y las leyendas y, cuando me una a ellos, mi reinado jamás tendrá fin. Yo jamás tendré fin.

Se marchó y cerró la puerta a su espalda con un suave chasquido. Incluso discutiendo, controlaba él la situación.

Temblorosa, Navani llegó con paso torpe a una silla junto al escritorio, que bullía de furiaspren. Y de vergüenzaspren, aleteando a su alrededor como pétalos blancos y rojos.

La ira la sacudió. Ira dirigida a él. Y a ella misma, por no plantarle cara. Y al mundo, porque Navani sabía que lo que el rey había dicho era cierto, al menos en parte.

«No. No permitas que sus mentiras se conviertan en tu verdad. Combátelo.» Con los dientes apretados, Navani abrió los ojos y se puso a buscar en el escritorio papel y pintura al óleo.

Empezó a pintar, esforzándose para plasmar su mejor caligrafía en cada trazo. El orgullo, como si quisiera demostrar algo a su marido, la impulsó a la meticulosidad, a la perfección. Hacer aquello solía tranquilizarla. La forma en que las líneas definidas y pulcras se transformaban en palabras, la forma en que la pintura y el papel se transformaban en significado.

Acabó teniendo en la mano una de las mejores glifoguardas que había creado jamás. Rezaba, sencillamente: «Muerte. Don. Muerte». Había dibujado cada glifo con las formas de la torre o la espada del blasón de Gavilar.

La plegaria ardió rauda a la llama de la lámpara, refulgiendo... y su brillo convirtió la catarsis de Navani en vergüenza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Rezar por la muerte de su marido? Los vergüenzaspren regresaron en tropel.

¿Cómo habían llegado a aquello? Sus discusiones eran cada vez más enconadas. Navani sabía que Gavilar no era ese hombre, el que le mostraba en tiempos recientes. No se comportaba así cuando hablaba con Dalinar, o con Sadeas, o ni siquiera, en general, con Jasnah.

Gavilar era mejor que eso. Y Navani sospechaba que él también lo sabía. El día siguiente Navani recibiría flores. No llegarían acompañadas de ninguna disculpa, pero sí de un regalo, que casi a ciencia cierta sería un brazalete.

Sí, Gavilar sabía que debería ser más de lo que era. Pero... de algún modo, ella sacaba al monstruo que había en él. Y él, de algún modo, sacaba la debilidad que había en ella. Estrelló la palma de la mano segura contra la mesa y se frotó la frente con la otra.

Tormentas. No parecía haber pasado tanto tiempo desde que los dos conspiraban juntos sobre el reino que iban a forjar. Y ya no parecían capaces de hablar sin echar mano ambos de sus cuchillos más afilados, para clavarlos justo en los puntos más dolorosos con una precisión que solo otorgaba una antigua familiaridad.

Recobró la compostura con esfuerzo, se rehízo el maquillaje y se arregló el pelo. Quizá ella fuese lo que Gavilar decía, pero él no era más que un matón de pueblo con demasiada suerte y un don para engañar a hombres buenos y hacer que lo siguieran.

Si un hombre como ese podía fingir que era rey, ella bien podía fingir que era reina. Como mínimo, un reino sí que lo tenían.

Por lo menos uno de los dos debería intentar gobernarlo.


*


Navani no supo del asesinato hasta después de que se produjera.

En el banquete habían interpretado el papel de pareja real perfecta, cordiales entre ellos mientras encabezaban sus respectivas cenas. Luego Gavilar se había marchado, huyendo nada más logró encontrar una excusa. Por lo menos había esperado a que la gente acabara de comer.

Navani había bajado para despedir a los invitados. Había ido dejando caer que Gavilar no estaba haciendo un desaire deliberado a nadie. Era solo que sus muchos viajes lo habían dejado exhausto. Y sí, Navani estaba segura de que pronto concedería audiencias. Y a los dos les encantaría devolver la visita cuando pasara la próxima tormenta...

Siguió y siguió, hasta que cada sonrisa le daba la impresión de que se le iba a agrietar la cara. Sintió una oleada de alivio cuando una chica mensajera llegó corriendo, buscándola. Se apartó de los invitados que se despedían esperando oír que alguien había roto un jarrón caro o que Dalinar estaba roncando en su mesa.

Pero en vez de eso, la chica llevó a Navani con el mayordomo de palacio, cuyo rostro era una máscara de pesar. Con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas, el hombre entrado en años la cogió del brazo, como para equilibrarse. Le caían lágrimas por las mejillas que quedaban atrapadas en su barbita rala.

Al verlo tan emocionado, Navani cayó en la cuenta de las pocas veces que pensaba en aquel hombre usando su nombre, de las pocas veces que lo consideraba una persona. Solía tratarlo como a un elemento más del palacio, casi como podría tratar a las estatuas de la fachada principal. Casi como Gavilar la trataba a ella.

—Gereh —dijo cogiéndole la mano, presa de la vergüenza—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Te encuentras bien? ¿Estamos haciéndote trabajar demasiado sin...?

—El rey —logró proferir el anciano—. ¡Ay, brillante, se han llevado a nuestro rey! Esos parshmenios. Esos bárbaros. Esos... esos monstruos.

La primera sospecha de Navani fue que Gavilar se las había ingeniado para escapar de palacio y todo el mundo pensaba que lo habían secuestrado. «¡Cómo es ese hombre!», pensó, imaginándolo en la ciudad con sus visitantes particulares, tratando asuntos secretos en alguna estancia tenebrosa.

Gereh le aferró la mano con más fuerza.

—Brillante, lo han matado. El rey Gavilar ha muerto.

—Imposible —dijo ella—. Es el hombre más poderoso del reino, tal vez del mundo entero. Está rodeado de portadores de esquirlada. Te habrás equivocado, Gereh. Él es...

«Es tan resistente como las tormentas.» Pero, por supuesto, no era cierto, sino solo lo que Gavilar quería hacer creer a la gente. «Yo jamás tendré fin.» Cuando Gavilar decía cosas como esa, costaba no tomárselo al pie de la letra.

Navani tuvo que ver el cadáver para que la verdad por fin empezara a calar en ella, gélida como una lluvia invernal. Gavilar, quebrado y sanguinolento, yacía en una mesa de la despensa mientras los guardias rechazaban casi a patadas al temeroso personal de palacio que llegaba pidiendo explicaciones.

Navani se quedó de pie junto a él. Incluso con la sangre en su barba, la armadura esquirlada hecha añicos, la ausencia de respiración y las heridas abiertas en su carne... incluso entonces, se preguntó si sería algún truco. Lo que yacía ante ella era una imposibilidad. Gavilar Kholin no podía limitarse a morir como los demás hombres.

Hizo que le enseñaran el balcón derrumbado, donde habían encontrado sin vida a Gavilar después de caer desde arriba. Decían que Jasnah lo había presenciado todo. La chica, por lo general imperturbable, estaba sentada en un rincón, tapándose la boca con la mano segura cerrada mientras sollozaba.

Solo entonces empezaron a aparecer alrededor de Navani los sorpresaspren, como triángulos de luz que se quebraban. Solo entonces se lo creyó.

Gavilar Kholin estaba muerto.

Sadeas se llevó a Navani aparte y, con genuina tristeza, le explicó el papel que había desempeñado en los acontecimientos. Navani escuchó con una embotada desconexión. Había estado tan ocupada que no se había dado cuenta de que casi todos los parshendi se habían escabullido del palacio, habían huido a la oscuridad momentos antes de que su siervo atacara. Sus líderes se habían quedado para cubrir la retirada.

En trance, Navani volvió a la despensa y a la fría carcasa de Gavilar Kholin. A su caparazón descartado. Por cómo la miraban los sirvientes y los cirujanos presentes, todos esperaban aflicción por parte de Navani. Llantos tal vez. En efecto, estaban apareciendo dolorspren en tropel por toda la sala, acompañados incluso de algunos de los infrecuentes angustiaspren, con forma de dientes que crecían de las paredes.

Navani sentía algo semejante a esas emociones. ¿Pena? No, no exactamente. Arrepentimiento. Si Gavilar de verdad estaba muerto, entonces... se había acabado. Su última conversación real había sido otra pelea. No había vuelta atrás. En todas las ocasiones anteriores, Navani había podido convencerse a sí misma de que terminarían reconciliándose. De que se abrirían paso entre los espinos y encontrarían el camino de regreso a lo que habían sido una vez. Si no a amarse, por lo menos a alinearse.

Pero eso ya nunca ocurriría. Se había terminado. Él estaba muerto, ella era viuda y... tormentas, Navani había rezado para que ocurriera. El conocimiento la atravesó como un puñal. Tenía que confiar en que el Todopoderoso no hubiera escuchado sus tontas súplicas, escritas en un momento de furia. Aunque una parte de ella había pasado a odiar a Gavilar, no lo quería muerto de verdad. ¿O sí?

No. No, aquello no debería haber acabado de esa forma. Y entonces, Navani sintió otra emoción. La lástima.

Allí tumbado, con la sangre acumulándose encima de la mesa a su alrededor, el cadáver de Gavilar Kholin parecía el insulto definitivo a sus grandiosos planes. ¿Acaso no se había creído eterno? ¿Acaso no aspiraba a alcanzar una visión trascendente, demasiado crucial para compartirla con ella? Pues bueno, el Padre de Tormentas y la Madre del Mundo hacían caso omiso a los deseos de los hombres, por muy grandiosos que fuesen.

Lo que no sentía era pesar. La muerte de Gavilar era significativa, pero no significaba nada para ella. Con la posible excepción de que sus hijos ya jamás tendrían que saber en qué se había convertido.

«Seré mejor persona que tú, Gavilar —pensó, cerrando los ojos—. En honor a lo que fuiste una vez, permitiré que el mundo finja. Te concederé tu legado.»

Entonces reparó en algo. La armadura esquirlada de Gavilar —o mejor dicho, la armadura que llevaba puesta— se había roto cerca de la cintura. Navani metió los dedos en el bolsillo de Gavilar y rozó piel de cerdo curtida. Sacó la bolsita de esferas de la que él había estado presumiendo, pero la encontró vacía.

Tormentas. ¿Dónde las habría guardado?

Alguien carraspeó en la despensa y Navani fue súbitamente consciente de cómo verían los demás que estuviera registrándole los bolsillos. Se quitó las esferas del pelo, las metió en el saquito y lo puso en la mano de Gavilar antes de apoyarle la frente en el pecho herido. Así parecería que estaba devolviéndole regalos, simbolizando que la luz de Navani pasaba a ser de él en su muerte.

Luego, con sangre en la cara, se levantó y aparentó estar recobrando la compostura. Durante las horas siguientes, mientras organizaba el caos de una ciudad puesta patas arriba, Navani temió estar labrándose una reputación de frialdad. Pero en cambio, la gente parecía encontrar reconfortante su entereza.

El rey había muerto, pero el reino seguía adelante. Gavilar había dejado la vida igual que la había recorrido: con un inmenso dramatismo que después obligaba a Navani a recoger los pedazos. 



Primera parte

Kaladin · Shallan

Navani · Venli · Lirin



1. Callosidades


En primer lugar, hay que atraer a un spren.

Resulta relevante el tipo de gema: por su propia naturaleza, algunos spren se ven más intrigados por unas gemas que por otras. Además, es esencial tranquilizar al spren con algo que conozca y le guste. Por ejemplo, una buena hoguera es imprescindible para atraer a un llamaspren.

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Navani Kholin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175.

Lirin se sorprendió por lo relajado que se sentía mientras comprobaba las encías del niño en busca de síntomas de escorbuto. Sus años de formación como cirujano le estaban resultando útiles ese día. Los ejercicios de respiración, cuyo propósito era mantener firmes sus manos, funcionaban igual de bien para el espionaje que para practicar operaciones.

—Toma —dijo a la madre del niño, sacando del bolsillo una plaquita de caparazón tallado—. Enséñasela a la mujer del pabellón comedor y traerá zumo para tu hijo. Asegúrate de que se lo bebe todo, cada mañana.

—Muchos grasias —respondió la mujer con un marcado acento herdaziano. Se abrazó a su hijo y miró a Lirin con ojos afligidos—. Si... si niño... encuentran...

—Me encargaré de que te avisen si llega alguna noticia sobre tus otros hijos —le aseguró Lirin—. Lamento tu pérdida.

La mujer asintió, se secó las mejillas y echó a andar con el niño en brazos hacia la garita de guardia que había a la entrada del pueblo. Allí un grupo de parshmenios armados le levantó la capucha y comparó su rostro con los retratos que les habían hecho llegar los Fusionados. Hesina, la esposa de Lirin, estaba por allí cerca para leerles las descripciones cuando se lo pedían.

Tras ellos, la niebla matutina ocultaba Piedralar, que se veía como un grupo de oscuros bultos ensombrecidos. Como tumores. Lirin apenas alcanzaba a distinguir unas lonas extendidas entre los edificios que ofrecían un exiguo cobijo a los numerosos refugiados que llegaban desde Herdaz. Había calles enteras cerradas y se alzaban sonidos fantasmagóricos —el tintineo de platos, las conversaciones de la gente— entre la niebla.

Aquellas chabolas no resistirían una tormenta, claro, pero podían desmontarse y guardarse deprisa. Era la única manera de albergar a tantos. La gente podía apretujarse en los refugios para tormentas durante unas horas, pero no podía vivir así.

Lirin se volvió y echó un vistazo a las personas que esperaban su turno. La cola se perdía de vista en la niebla, acompañada de hambrespren con forma de insectos y agotaspren que parecían chorros de polvo. Tormentas, ¿cuántos más podían caber en Piedralar? Las poblaciones más cercanas a la frontera debían de estar llenas a rebosar, si había tanta gente desplazándose tan al interior.

Había pasado más de un año desde la llegada de la tormenta eterna y la caída de Alezkar. Un año durante el que el país de Herdaz, el vecino más pequeño y noroccidental de Alezkar, se las había ingeniado para mantener la lucha. Dos meses antes, el enemigo por fin había decidido aplastar el reino de una vez por todas, y fue entonces cuando empezó a crecer la cifra de refugiados. Como siempre, los soldados combatían mientras la gente corriente veía sus campos pisoteados, pasaba hambre y se veía obligada a abandonar sus casas.

Piedralar hacía lo que podía. Aric y los demás, que habían sido guardias en la mansión de Roshone pero tenían prohibido portar armas, organizaban la cola e impedían que entrase nadie en el pueblo antes de que Lirin los hubiera visto. Lirin había convencido a la brillante Abiajan de que era necesario examinarlos a todos. Ella temía las infecciones; él solo quería interceptar a quienes pudieran necesitar tratamiento.

Los soldados de Abiajan recorrían la cola, atentos. Parshmenios armados con espadas. Aprendiendo a leer, insistiendo en que los llamaran «cantores». Un año después de su despertar, Lirin aún encontraba extraños tales conceptos. Pero en realidad, ¿a él qué más le daba? En ciertos sentidos, apenas había cambiado nada. Los parshmenios se dejaban consumir por los mismos antiguos conflictos y con la misma facilidad que los brillantes señores alezi. Quienes saboreaban el poder siempre querían más y se lo procuraban a base de espada. La gente corriente sangraba y entonces le tocaba a Lirin coserles las heridas.

Volvió al trabajo. Lirin aún tenía más de cien refugiados a los que examinar ese día. Oculto entre ellos estaba un hombre que había provocado buena parte de tanto sufrimiento. Era el motivo de que Lirin estuviera tan nervioso. Pero el siguiente de la cola no era él, sino un harapiento alezi que había perdido un brazo en batalla. Lirin inspeccionó la herida del refugiado, pero tenía ya tenía unos meses de antigüedad y no había nada que Lirin pudiera hacer con las extensas cicatrices.

Lirin movió un dedo de un lado a otro delante de la cara del hombre mientras observaba cómo lo seguían sus ojos. «Conmoción», pensó.

—¿Has sufrido alguna herida reciente de la que no sepa?

—Ninguna herida —susurró el hombre—. Pero los forajidos... se llevaron a mi esposa, buen cirujano. Se la llevaron... y me dejaron a mí atado a un árbol. Se marcharon sin más, riéndose...

Vaya, hombre. La conmoción mental no era algo que pudiera extirpar con un bisturí.

—Cuando llegues al pueblo —le dijo Lirin—, busca la tienda número catorce. Diles a las mujeres de allí que vienes de mi parte.

El hombre hizo un débil asentimiento, pero tenía la mirada vacía. ¿Habría interiorizado las palabras? Lirin memorizó la descripción del hombre (pelo entrecano con un remolino en la coronilla, tres grandes verrugas en el pómulo izquierdo y, por supuesto, un brazo de menos) y tomó nota mental de preguntar por él esa noche en la tienda. Allí los ayudantes observaban a los refugiados que pudieran mostrar tendencias suicidas. Habiendo tanta gente de la que ocuparse, era lo máximo que podía hacer Lirin.

—Venga, adelante —dijo, empujando al hombre con suavidad en dirección al pueblo—. Tienda catorce. No lo olvides. Lamento tu pérdida.

El hombre se marchó.

—Con qué facilidad lo dices, cirujano —dijo una voz desde detrás.

Lirin se volvió y al instante hizo una respetuosa inclinación. Abiajan, la nueva consistora, era una parshmenia con la piel muy blanca y unas finas vetas rojas en las mejillas.

—Brillante —saludó Lirin—. ¿Qué decíais?

—Acabas de asegurar a ese hombre que lamentas su pérdida —respondió Abiajan—. Se lo dices a todos con mucha facilidad, pero pareces tener la compasión de una piedra. ¿De verdad lo sientes por esa gente?

—Sí que lo siento, brillante —dijo Lirin—, pero debo tener cuidado para que no me abrume su desgracia. Es una de las primeras reglas cuando uno se hace cirujano.

—Qué curioso. —La parshmenia alzó la mano segura, envuelta en la manga de una havah—. ¿Te acuerdas de cuando me disloqué el brazo de niña y me lo colocaste en su sitio?

—Me acuerdo.

Abiajan había regresado, con un nombre nuevo y una misión encomendada por los Fusionados, después de huir con los demás parshmenios tras la Tormenta Eterna. Había traído consigo a muchos otros, todos ellos oriundos de la región, pero de los parshmenios de la propia Piedralar solo había vuelto Abiajan. Nunca hablaba de lo que había experimentado durante esos meses de ausencia.

—Qué recuerdo más curioso —dijo ella—. Ahora esa vida me parece un sueño. Recuerdo el dolor. La confusión. Una figura severa que me provocó más dolor... aunque ahora sé que pretendías curarme. Fueron muchas molestias las que te tomaste por una niña esclava.

—Nunca me ha preocupado a quién sano, brillante, ya sea un esclavo o un rey.

—Ya, y seguro que el hecho de que Wistiow te pagara una buena suma por mí no tuvo nada que ver con ello. —Miró a Lirin entornando los ojos y, cuando siguió hablando, sus palabras adoptaron una cierta cadencia, como si estuviera recitando la letra de una canción—. ¿Lo sentiste por mí, por la pobre y confundida niña esclava cuya mente le habían robado? ¿Sollozabas por nosotros, cirujano, y por la vida que llevábamos?

—Un cirujano no debe sollozar —respondió Lirin en voz baja—. Un cirujano no puede permitirse el llanto.

—Como una piedra —repitió ella, y negó con la cabeza—. ¿Has visto plagaspren en alguno de estos refugiados? Si esos spren llegan al pueblo, podrían matar a todo el mundo.

—Las enfermedades no las provocan los spren —dijo Lirin—. Se extienden por culpa del agua contaminada, la ausencia de higiene o, a veces, por el aliento de quienes ya la sufren.

—Supersticiones —objetó ella.

—Sabiduría de los Heraldos —replicó Lirin—. Deberíamos ir con cuidado.

Existían fragmentos de antiguos manuscritos, traducciones de traducciones de traducciones, en los que se mencionaban enfermedades que se extendían muy deprisa. No había registros de nada parecido en ningún texto moderno que hubiera leído Lirin, pero sí le habían llegado rumores de algo extraño que sucedía en el oeste: lo llamaban una nueva plaga. Había muy pocos detalles.

Abiajan siguió su camino sin decir más. Sus asistentes, un grupo de parshmenios y parshmenias de alta posición, la siguieron. Aunque el corte de sus ropajes seguía la moda alezi, los colores eran más claros, más apagados. Los Fusionados les habían explicado que los cantores de antaño evitaban los colores vivos para no desviar la atención de las pautas de su piel.

Lirin percibía una búsqueda de identidad en la manera de actuar de Abiajan y los demás parshmenios. Su acento, su ropa, sus ademanes... todo eso era inequívocamente alezi. Pero se quedaban absortos cada vez que los Fusionados les hablaban de sus antepasados y buscaban maneras de emular a aquellos parshmenios muertos mucho tiempo atrás.

Lirin se volvió hacia el siguiente grupo de refugiados, una familia al completo, para variar. Debería alegrarse de verlo, pero no pudo evitar preguntarse lo costoso que iba a ser alimentar a tres niños y sus padres que llegaban desfallecidos por la malnutrición.

Mientras los enviaba hacia el pueblo, vio que una silueta conocida avanzaba junto a la fila de gente hacia él, ahuyentando a los hambrespren. Laral, como de costumbre en los últimos tiempos, llevaba un sencillo vestido de sirvienta y un guante en la mano en vez de manga, y cargaba con un cubo de agua para dar de beber a los refugiados que esperaban. Sin embargo, Laral no caminaba como lo haría un sirviente. En la mujer había... una cierta determinación que ninguna obediencia impuesta podía extinguir. El mismísimo fin del mundo parecía resultarle más o menos igual de molesto que una mala cosecha en otros tiempos.

La joven se detuvo junto a Lirin y le ofreció agua de su odre en un vaso limpio, tal y como él insistía en que lo hiciera, en vez de tomada directamente con un cucharón del cubo.

—Está el tercero de la cola —susurró Laral mientras Lirin daba un sorbo.

Lirin gruñó.

—Es más bajito de lo que esperaba —comentó Lirin—. Se supone que es un gran general, el líder de la resistencia herdaziana, pero se parece más a un mercader ambulante.

—La genialidad no sabe de tallas, Laral —repuso Lirin, y le pidió con un gesto que le rellenara el vaso como excusa para poder seguir hablando.

—Aun así... —dijo ella, pero dejó la frase a medias al ver que pasaba cerca Durnash, un parshmenio alto con la piel veteada en negro y rojo que llevaba una espada a la espalda. Cuando se hubo alejado lo suficiente, Laral siguió hablando en voz baja—. De verdad que me sorprendes, Lirin. No has propuesto ni una vez que entreguemos a este general clandestino.

—Lo ejecutarían —dijo Lirin.

—Pero aun así, lo consideras un criminal, ¿verdad?

—Carga con una responsabilidad terrible: ha perpetuado una guerra contra una fuerza enemiga avasalladora. Ha dilapidado las vidas de sus tropas en una batalla imposible.

—Hay quienes lo llamarían heroísmo.

—El heroísmo es un mito que se cuenta a los jóvenes idealistas, en concreto cuando uno quiere que vayan a sangrar por él. Fue lo que hizo que mataran a un hijo mío y que me arrebataran a otro. Puedes quedarte con tu heroísmo y devolverme a cambio las vidas que se desperdiciaron en conflictos absurdos.

Por lo menos, parecía que aquel conflicto ya estaba a punto de terminar. Con la resistencia de Herdaz derrotada por fin, era de esperar que el flujo de refugiados menguara.

Laral lo miró con sus ojos de color verde claro. Era una mujer muy perspicaz. Cómo desearía Lirin que la vida hubiera tomado un derrotero distinto, que el viejo Wistiow hubiera aguantado con vida unos pocos años más. De ser así, quizá Lirin podría llamar hija a aquella mujer y tener a Tien y a Kaladin junto a él, trabajando como cirujanos.

—No entregaré al general herdaziano —aseguró Lirin—. Deja de mirarme así. Odio la guerra, pero no voy a condenar a tu héroe.

—¿Y tu hijo vendrá a recogerlo pronto?

—Hemos enviado un aviso a Kal. Debería ser suficiente. Asegúrate de que tu marido tiene preparada su maniobra de distracción.

Laral asintió y se marchó a ofrecer agua a los guardias parshmenios apostados a la entrada del pueblo. Lirin atendió a los siguientes refugiados con presteza hasta que llegó el turno a un grupo de figuras envueltas en capas. Se tranquilizó haciendo un breve ejercicio de respiración que había aprendido de su maestro hacía muchos años, en el quirófano. Aunque su interior era una tempestad, a Lirin no le temblaron las manos cuando indicó a los encapuchados que se acercaran.

—Tendré que examinaros —dijo Lirin en voz baja—, para que no llame tanto la atención que luego os saque de la cola.

—Empieza por mí —dijo el hombre más bajito del grupo. Los otros cuatro cambiaron de posición para situarse a su alrededor.

—Que no se note tanto que estáis protegiéndolo, estúpidos —siseó Lirin—. Venga, sentaos en el suelo. A lo mejor así tendréis menos pinta de ser una panda de matones.

Los hombres obedecieron y Lirin acercó su taburete al que parecía el líder. El hombre llevaba un fino bigote entrecano y tendría cincuenta y tantos años. Su piel, curtida por el sol, era más oscura que la de la mayoría de los herdazianos; casi podría haber pasado por azishiano. Tenía los ojos de un tono castaño oscuro y profundo.

—¿Eres él? —susurró Lirin mientras acercaba la oreja al pecho del hombre para comprobarle el pulso.

—Lo soy —respondió el hombre.

Dieno enne Calah. Dieno «el Visón» en herdaziano antiguo. Hesina había explicado a Lirin que «enne» era un título honorífico que implicaba grandeza.

Habría cabido esperar, como por lo visto era el caso de Laral, que el Visón fuese un guerrero brutal, fraguado en el mismo yunque que hombres como Dalinar Kholin o Meridas Amaram. Sin embargo, Lirin sabía que los asesinos podían adoptar todo tipo de formas. Al Visón tal vez le faltase estatura, y tal vez le faltase un diente, pero había potencia en su complexión esbelta y Lirin descubrió un buen número de cicatrices durante su examen. Las que tenía en las muñecas, de hecho... eran las cicatrices que dejaban los grilletes en la piel de los esclavos.

—Gracias —dijo Dieno— por ofrecernos refugio.

—No fue decisión mía —repuso Lirin.

—Aun así, ayudas a que la resistencia escape para seguir con vida. Que los Heraldos te bendigan, cirujano.

Lirin sacó una venda y empezó a envolver una herida del brazo del hombre que no estaba bien tratada.

—Que los Heraldos nos bendigan a todos con un final rápido para este conflicto.

—Sí, uno que envíe a los invasores corriendo de vuelta a la Condenación, donde se engendraron.

Lirin siguió trabajando.

—¿No estás de acuerdo, cirujano?

—Tu resistencia ha fracasado, general —dijo Lirin mientras apretaba el vendaje—. Tu reino ha caído, igual que el mío. Seguir combatiendo solo servirá para que haya más muertos.

—No pretenderás obedecer a estos monstruos, ¿verdad?

—Obedezco a quien tiene la espada contra mi cuello, general —respondió Lirin—. Igual que he hecho siempre.

Concluyó su examen y luego echó un somero vistazo a los cuatro acompañantes del general. No había mujeres. ¿Cómo iba a leer el Visón los mensajes que le enviaran?

Lirin fingió encontrar una lesión en la pierna de un hombre y, después de darle unas instrucciones, el supuesto paciente empezó a cojear como correspondía y soltó un aullido de dolor. El pinchazo de una aguja hizo que salieran reptando dolorspren del suelo, con forma de pequeñas manos de color naranja.

—Esto requiere cirugía —dijo Lirin en voz alta—, o es posible que pierdas la pierna. No, no quiero oír quejas. Vamos a ocuparnos de ello ahora mismo.

Envió a Aric a traer una camilla. Situar a los otros cuatro soldados, general incluido, como portadores de la camilla proporcionó a Lirin la excusa perfecta para sacarlos a todos de la cola.

Lo único que faltaba era la distracción, que llegó en forma de Toralin Roshone, marido de Laral y exconsistor de Piedralar. El hombre salió trastabillando del pueblo envuelto en niebla, tambaleándose inestable.

Lirin hizo una seña al Visón y a sus soldados y empezó a guiarlos con paso lento hacia la garita de inspección.

—No vais armados, ¿verdad? —siseó entre dientes.

—Hemos dejado atrás las armas más evidentes —respondió el Visón—, pero será mi cara y no nuestras armas lo que nos delate.

—Ya lo hemos tenido en cuenta.

«Recemos al Todopoderoso para que funcione.»

Al ir acercándose, Lirin empezó a distinguir mejor a Roshone entre la niebla. Las mejillas del antiguo consistor colgaban en carrillos desinflados, acusando todavía el peso que había perdido tras la muerte de su hijo, siete años antes. Le habían ordenado afeitarse la barba, quizá por lo mucho que le gustaba llevarla, y ya no vestía con su takama de orgulloso guerrero. En lugar de ella, llevaba las rodilleras y los pantalones cortos de un raspador de crem.

Cargaba con un taburete bajo un brazo, murmuraba farfullando para sí mismo y su pata de palo raspaba la piedra al andar. Lirin no habría podido asegurar si Roshone se había puesto como una cuba para el espectáculo o si estaba fingiendo. En cualquier caso, llamaba la atención. Los parshmenios de la garita de guardia se dieron codazos entre ellos y uno tarareó a un ritmo animado, como solían hacer cuando algo los divertía.

Roshone escogió un edificio cercano y dejó su taburete en el suelo. Luego, para gran deleite de sus espectadores parshmenios, intentó subirse a él, pero erró, tropezó, se balanceó sobre el pie de madera y estuvo a punto de caer.

Les encantaba observarlo. Hasta el último de aquellos nuevos cantores había tenido algún dueño ojos claros adinerado. Ver a un antiguo consistor reducido a borrachuzo torpón que se pasaba el día haciendo el trabajo más miserable de todos era, para ellos, más cautivador que la actuación de cualquier juglar.

Lirin se aproximó al puesto de guardia.

—Este de aquí necesita cirugía inmediata —dijo, señalando al hombre de la camilla—. Si no actúo ya, podría perder una extremidad. Mi esposa pedirá a los demás refugiados que se sienten y esperen a que yo vuelva.

De los tres parshmenios asignados como inspectores, solo Dor se molestó en comprobar la cara del herido contra los retratos. El Visón estaba en los primeros puestos de la lista de refugiados peligrosos, pero Dor ni siquiera se molestó en mirar a los portadores de la camilla. Lirin había reparado unos días antes en aquella peculiaridad: cuando ponía a trabajar a los refugiados de la cola, los inspectores tendían a fijarse únicamente en la persona que iba en la camilla.

Confiaba en que, con Roshone dando espectáculo, los parshmenios se relajarían incluso más. Pero aun así, Lirin se descubrió sudando cuando Dor vaciló al mirar un retrato. Lirin había enviado al Visón una carta, devuelta con el explorador que había llegado pidiendo asilo, advirtiéndole que trajera consigo solo a guardias de bajo nivel, que no figurarían en las listas. ¿Podría ser que...?

Los otros dos parshmenios se echaron a reír mirando a Roshone, que, a pesar de la embriaguez, intentaba llegar al techo del edificio para raspar el crem acumulado allí arriba. Dor se volvió para imitarlos e hizo un gesto distraído a Lirin para indicarle que siguiera adelante.

Lirin cruzó una mirada fugaz con su esposa, que esperaba cerca. Menos mal que no había ningún parshmenio encarado hacia ella, porque estaba pálida como una shin. Lo más probable era que Lirin no tuviera mucho mejor aspecto, pero contuvo un suspiro de alivio mientras hacía avanzar al Visón y sus soldados. El plan era recluirlos en el quirófano, fuera de vista, hasta que...

—¡Que todo el mundo deje lo que está haciendo! —gritó una voz femenina desde atrás—. ¡Preparaos para mostrar respeto!

Lirin sintió una acuciante necesidad de correr. Estuvo a punto de hacerlo, pero los soldados siguieron caminando al mismo ritmo. Sí. Mejor fingir que no lo habían oído.

—¡Eh, cirujano! —le gritó la voz. Era la de Abiajan.

A regañadientes, Lirin se detuvo y empezó a practicar excusas en su mente. ¿Abiajan se creería que Lirin no había identificado al Visón? La consistora ya le tenía bastante ojeriza desde que Lirin había insistido en tratar las heridas de Jeber, después de que el muy idiota se hubiera ganado que lo ataran y lo azotaran.

Dio media vuelta, poniendo todo su empeño en calmar los nervios. Abiajan se acercó a toda prisa y, aunque los cantores no se sonrojaban, saltaba a la vista que estaba aturullada. Cuando habló, sus sílabas salieron rítmicas y marcadas.

—Acompáñame. Tenemos visita.

A Lirin le costó un momento comprenderlo. Abiajan no estaba exigiéndole explicaciones. Aquello era... ¿otra cosa?

—¿Hay algún problema, brillante? —le preguntó.

El Visón y sus soldados se detuvieron también, pero Lirin vio por el rabillo del ojo que movían los brazos bajo sus capas. El Visón le había dicho que no llevaban sus armas «más evidentes». Que el Todopoderoso lo asistiera, porque si aquello terminaba en sangre...

—Ningún problema —respondió Abiajan, hablando con rapidez—. Hemos sido bendecidos. Acompáñame. —Miró a Dor y los otros inspectores—. Haced correr la voz. Que nadie entre ni salga del pueblo hasta nueva orden mía.

—Brillante —dijo Lirin, señalando al hombre de la camilla—. Quizá la herida no parezca grave, pero estoy seguro de que si no lo llevo al quirófano ahora mismo...

—Tendrá que esperar. —Abiajan hizo un gesto al Visón y sus hombres—. Vosotros cinco, esperad. Que todo el mundo espere y punto. Muy bien. Esperad y... tú, cirujano, ven conmigo.

Abiajan echó a andar a zancadas, confiando en que Lirin la seguiría. Él cruzó la mirada con el Visón, le indicó con un movimiento de cabeza que esperara y se apresuró tras la consistora. ¿Qué sería lo que la hacía perder así la compostura? Era evidente que la parshmenia había estado practicando un aire regio, pero en esos momentos lo había abandonado por completo.

Lirin cruzó el campo que había fuera del pueblo, en paralelo a la cola de refugiados, y no tardó en hallar su respuesta. Una figura imponente, de bastante más de dos metros de altura, salió de entre la niebla acompañada de un pequeño pelotón de parshmenios armados. La espantosa criatura tenía barba y pelo largo del color de la sangre seca, que parecían fundirse con la simple franja de tela que la envolvía como si también utilizara el cabello para cubrirse. Su piel era de un negro casi puro, con líneas de veta roja bajo los ojos.

Pero lo que más destacaba era su coraza natural dentada, que no se parecía a ninguna que Lirin hubiera visto antes, con un extraño par de aletas de caparazón, o cuernos, sobre las orejas.

Los ojos del ser emitían un suave brillo rojo. Un Fusionado. Allí, en Piedralar.

Lirin llevaba meses sin ver a ninguno, y había sido solo de pasada, cuando un grupo reducido había hecho un alto de camino hacia el frente de Herdaz. Ese grupo había volado por los aires en sus túnicas vaporosas, empuñando largas lanzas. Aquellos Fusionados habían evocado una belleza etérea, pero el caparazón de la criatura que Lirin tenía delante parecía mucho más letal, como algo que en efecto podría haber emergido de la Condenación.

El Fusionado habló en un idioma rítmico a una figura más pequeña que estaba a su lado, una parshmenia en forma de guerra. «Cantora, no parshmenia —se recordó Lirin a sí mismo—. Usa la palabra correcta hasta en tu cabeza, para no equivocarte cuando hables.»

La cantora en forma de guerra se adelantó para traducir las palabras del Fusionado. Por lo que había oído Lirin, hasta los Fusionados que hablaban alezi solían valerse de intérpretes, como si pronunciar un idioma humano fuese indigno de ellos.

—¿Eres el cirujano? —preguntó la intérprete a Lirin—. ¿Hoy has estado examinando a la gente?

—Sí —dijo Lirin.

El Fusionado habló y, de nuevo, la intérprete tradujo.

—Estamos buscando a un espía. Podría estar oculto entre estos refugiados.

Lirin notó que se le secaba la boca. Aquel ser que se alzaba sobre él parecía una pesadilla que debería haber permanecido como leyenda, como demonio del que susurrar en torno a una hoguera nocturna. Cuando Lirin intentó responder, no le salieron las palabras y tuvo que carraspear.

A una orden ladrada por el Fusionado, los soldados que venían con él se desplegaron hacia la cola de refugiados. Los humanos retrocedieron y algunos intentaron huir corriendo, pero los parshmenios, aunque resultaban menudos en comparación con el Fusionado, llevaban la forma de guerra, que los dotaba de una poderosa energía y una velocidad aterradora. Algunos atraparon a los que escapaban mientras otros empezaban a recorrer la cola, quitar capuchas e inspeccionar rostros.

«No te vuelvas para mirar al Visón, Lirin. Que no se te note el nerviosismo.»

—Bueno —dijo Lirin—, observamos a todas las personas y las comparamos con los retratos que nos entregaron. Te lo prometo. ¡Hemos sido meticulosos! No hay necesidad de aterrorizar a esos pobres refugiados.

La intérprete no tradujo las palabras de Lirin al Fusionado, pero la criatura habló de inmediato en su propio idioma.

—El que nos interesa no figura en esas listas —dijo la intérprete—. Es un hombre joven, un espía de los más peligrosos. Estará en buena forma física y será fuerte comparado con estos refugiados, aunque es posible que finja debilidad.

—Eso... podría ser la descripción de casi cualquiera —repuso Lirin.

¿Era posible que estuviera de suerte? ¿Que todo aquello fuese solo una coincidencia? Tal vez aquel asunto no tuviera nada que ver con el Visón. Lirin sintió una esperanza momentánea, como un rayo de sol intuido entre nubes de tormenta.

—A este hombre lo recordarías —dijo la intérprete—. Es alto para ser humano, con el pelo negro y ondulado, largo hasta los hombros. Irá bien afeitado y tiene una marca de esclavo en la frente que incluye el glifo shash.

Una marca de esclavo.

Shash. Peligroso.

«Oh, no.»

Cerca de allí, un subalterno del Fusionado echó hacia atrás la capucha de la capa de otro refugiado... y reveló una cara que a Lirin debería haberle resultado conocida, íntima. Sin embargo, el hombre endurecido en que se había convertido Kaladin parecía un tosco boceto del joven sensible que Lirin recordaba.

Al instante, Kaladin se iluminó con un fogonazo de energía. A pesar de todos los esfuerzos de Lirin, ese día la muerte había llegado de visita a Piedralar.



2. Hasta la médula


A continuación, hay que permitir que el spren inspeccione la trampa. La gema no puede estar infusa del todo, pero tampoco debe ser opaca del todo. Los experimentos nos llevan a la conclusión de que un setenta por ciento de la capacidad de luz tormentosa máxima es la que mejor funciona.

Si el trabajo se ha realizado correctamente, el spren se quedará fascinado por su futura prisión. Danzará en torno a la gema, la escrutará, flotará a su alrededor.

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Navani Kholin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175.



—Ya te he dicho que nos habían descubierto —dijo Syl mientras Kaladin se encendía de refulgente luz tormentosa.

Kaladin respondió con un gruñido. Extendió la mano y Syl adoptó la forma de una majestuosa lanza plateada, cuya apariencia hizo retroceder a los cantores que lo habían estado buscando. Kaladin se preocupó de no mirar a su padre, para no revelar que existía una relación entre ellos. Además, sabía lo que vería en su cara. Decepción.

Es decir, nada nuevo.

Los refugiados salieron corriendo en desbandada, presas del pánico, pero al Fusionado ya no le preocupaban. La gigantesca figura se volvió hacia Kaladin con los brazos cruzados y sonrió.

Te lo he dicho, repitió Syl en la mente de Kaladin. Y te lo seguiré recordando hasta que reconozcas lo inteligente que soy.

—Este es de una variedad nueva —dijo Kaladin, manteniendo su lanza nivelada hacia el Fusionado—. ¿Tú habías visto antes a uno de estos?

No. Parece más feo que casi todos los demás, eso sí.

Durante el año anterior había ido apareciendo un goteo de nuevos tipos de Fusionados en los campos de batalla. Kaladin estaba familiarizado sobre todo con los que volaban como los Corredores del Viento. Habían descubierto que a esos los llamaban los shanay-im, que venía a significar «Aquellos de los Cielos».

Otros Fusionados no podían volar: al igual que sucedía con los Radiantes, cada clase tenía su propio conjunto de poderes. Jasnah postulaba que existirían diez tipos de Fusionados, pero Dalinar, sin dar ninguna explicación de por qué lo sabía, había afirmado que serían solo nueve.

La variedad del que Kaladin tenía delante iba a ser la séptima contra la que combatiera. Y, si los vientos le eran propicios, la séptima a la que mataría. Kaladin alzó su lanza para desafiar al Fusionado a un combate singular, un acto que siempre funcionaba con los Celestiales. Sin embargo, ese Fusionado hizo un gesto a sus compañeros para que atacaran a Kaladin desde todos los lados.

Kaladin reaccionó enlazándose hacia arriba. Mientras ascendía al cielo como una flecha, Syl elongó su forma sin que él tuviera que pedírselo hasta convertirse en una lanza larga, perfecta para atacar desde el aire a objetivos en el suelo. La luz tormentosa se revolvió dentro de Kaladin, retándolo a moverse, a actuar, a luchar. Pero debía tener cuidado. En la zona había civiles, entre ellos varios que le eran muy queridos.

—A ver si podemos alejarlos de aquí —dijo Kaladin.

Se enlazó hacia abajo en ángulo para retroceder descendiendo en picado. Por desgracia, la niebla impedía a Kaladin alejarse o elevarse demasiado si no quería perder de vista a sus enemigos.

Ten cuidado, dijo Syl. No sabemos qué clase de poderes puede tener este nuevo Fus...

En la distancia cercana, la neblinosa silueta cayó de repente y algo salió despedido de su cuerpo, una fina línea de luz violeta rojiza, como un spren. Esa línea llegó hasta Kaladin en un abrir y cerrar de ojos y entonces se expandió hasta adquirir de nuevo la forma del Fusionado con un sonido a medio camino entre el cuero al estirarse y las piedras raspando.

El Fusionado se materializó en el aire justo delante de Kaladin. Antes de que este pudiera reaccionar, el Fusionado lo había aferrado por el cuello con una mano y por la pechera del uniforme con la otra.

Syl dio un gañido y se desvaneció en la niebla, ya que su forma de lanza era demasiado aparatosa para un combate tan próximo. El peso del enorme Fusionado, con su pétreo caparazón y sus gruesos músculos, tiró de Kaladin hacia abajo y lo estampó de espaldas contra el suelo.

La presa del Fusionado estaba dejando sin aliento a Kaladin, pero, con la luz tormentosa bullendo en su interior, no necesitaba respirar. De todos modos, asió las manos del Fusionado para quitárselas del cuello. ¡Por el Padre Tormenta, qué fuerza tenía aquella criatura! Mover sus dedos era como intentar doblar barrotes de acero. Kaladin pudo imponerse al pánico inicial de que lo derribaran del aire, se desembotó e invocó a Syl con forma de daga. Dio un tajo a la mano derecha del Fusionado y luego otro a la izquierda que dejaron muertos sus dedos.

Las heridas sanarían, ya que los Fusionados, al igual que los Radiantes, usaban su luz para curarse. Pero como la criatura tenía los dedos insensibles, Kaladin la apartó de una patada con un gruñido. Se enlazó de nuevo hacia arriba para ascender por los aires. Pero antes de que pudiera recobrar el aliento, una luz violeta rojiza atravesó la niebla de abajo, trazó un bucle y se elevó por detrás de Kaladin.

Un brazo atenazó a Kaladin en otra presa desde su espalda. Un segundo después, Kaladin sintió un dolor punzante entre los hombros cuando el Fusionado lo apuñaló en el cuello.

Kaladin chilló y notó que se le insensibilizaban las extremidades al cercenarse la médula espinal. Su luz tormentosa llegó en avalancha para sanar la herida, pero estaba claro que aquel Fusionado tenía experiencia en combate contra potenciadores, porque siguió clavando el puñal una y otra vez en el cuello de Kaladin, impidiendo que se recuperara.

—¡Kaladin! —exclamó Syl, revoloteando a su alrededor—. ¡Kaladin! ¿Qué hago?

Se transformó en un escudo en su mano, pero los dedos inertes de Kaladin lo dejaron caer y Syl recobró su forma de spren.

Los movimientos del Fusionado eran expertos, precisos mientras pendía de la espalda de Kaladin. No parecía capaz de volar cuando estaba en forma humanoide, solo como cinta de luz. Kaladin sintió su cálido aliento en la mejilla mientras la criatura le propinaba una puñalada tras otra. La parte de Kaladin que había recibido formación de su padre consideró la herida con mente analítica. Columna vertebral partida. Parálisis total infligida repetidas veces. Una forma inteligente de ocuparse de un enemigo capaz de sanar. A ese ritmo, la luz tormentosa de Kaladin no tardaría en agotarse.

El soldado que había en Kaladin funcionaba más por instinto que por pensamiento deliberado, y se dio cuenta, a pesar de estar dando vueltas en el aire y aferrado por un rival temible, de que recuperaba un breve instante de movilidad justo antes de cada nueva puñalada.

Así que, cuando ese cosquilleo le recorrió el cuerpo, Kaladin se dobló y lanzó un cabezazo hacia atrás contra la cara del Fusionado.

Un fogonazo de dolor y luz blanca le desdibujó la visión. Se retorció al notar que el Fusionado aflojaba su presa y se liberó, dejándolo caer. La criatura agarró a Kaladin por la casaca y se quedó colgando de ella, una mera sombra en la visión borrosa de Kaladin. Pero fue suficiente. Kaladin descargó el brazo hacia el cuello de aquel ser mientras Syl adoptaba la forma de una espada ropera. Si le atravesaba la gema corazón, la cabeza o el cuello con una hoja esquirlada, el Fusionado moriría por muchos poderes que tuviera.

La visión de Kaladin se recobró lo suficiente para dejarle entrever una luz violeta rojiza que emergía del pecho del Fusionado. La criatura dejaba atrás un cuerpo cada vez que su alma, o lo que fuera, se transformaba en una cinta de luz roja. La hoja esquirlada de Kaladin decapitó limpiamente el cuerpo, pero la luz ya había huido.

Vientos tormentosos. Aquel ser parecía más un spren que un cantor. El cuerpo descartado cayó entre la niebla y Kaladin lo siguió hacia abajo mientras sus heridas sanaban del todo. Inhaló un segundo saquito de esferas mientras aterrizaba al lado del cadáver caído. ¿Era posible matar a aquel ser? Una hoja esquirlada podía cortar a los spren, pero eso no los mataba. Terminaban recuperando su forma en algún momento.

El sudor caía a chorro por la cara de Kaladin y el corazón le atronaba en el pecho. Aunque la luz tormentosa lo impulsaba a moverse, optó por tranquilizarse y escrutó la niebla en busca de rastros del Fusionado. Se habían alejado lo suficiente del pueblo como para que no hubiera nadie más a la vista. Solo colinas sombrías. Desiertas.

«Tormentas, qué poco ha faltado.» Era lo más cerca de morir que había llegado a estar en mucho, mucho tiempo. Y lo más alarmante de todo era lo deprisa e inesperadamente que lo había vencido aquel Fusionado. Sentir que era dueño de los vientos y el cielo y saber que podía sanar rápido conllevaba sus peligros.

Kaladin giró despacio, sintiendo el suave viento en la piel. Con mucha cautela, regresó hacia los restos que había dejado el Fusionado. El cadáver, o lo que quiera que fuese, parecía seco y frágil, sus colores deslucidos, como la concha de un caracol muerto mucho tiempo atrás. La carne se había transformado en una especie de piedra, porosa y ligera. Kaladin recogió la cabeza cercenada y apretó el pulgar contra la cara, que se deshizo como ceniza. El resto del cuerpo la imitó por sí mismo al poco tiempo, y luego hasta el caparazón se desintegró.

Una línea de luz violeta rojiza llegó como una exhalación desde un lado. Kaladin se lanzó hacia arriba de inmediato, evitando por los pelos la presa del Fusionado que había cobrado forma a partir de la luz por debajo de él. Al instante, sin embargo, el ser dejó caer su nuevo cuerpo y salió disparado hacia arriba, persiguiendo a Kaladin como una luz. En esa ocasión Kaladin tardó un poco demasiado en esquivar y la criatura se materializó de la luz y le aferró una pierna.

El Fusionado se izó, usando su enorme fuerza para trepar por el uniforme de Kaladin. Para cuando la hoja-Syl se hubo formado en la mano de Kaladin, el Fusionado ya lo tenía atenazado en una poderosa presa, con las piernas envolviéndole el torso y la mano izquierda reteniendo a un lado la mano de la espada de Kaladin mientras alzaba el antebrazo derecho y lo apretaba contra el cuello de Kaladin. Eso le echó hacia arriba la cabeza y le dificultó mucho ver al Fusionado, no digamos ya obtener alguna ventaja sobre él.

Pero en realidad no necesitaba ninguna ventaja. Forcejear contra un Corredor del Viento era una empresa arriesgada, porque cualquier cosa que Kaladin alcanzara a tocar, podía enlazarla. Derramó luz tormentosa hacia el interior de su enemigo para enlazar a la criatura y apartarla de él. La luz se resistió, como siempre cuando la aplicaba a Fusionados, pero Kaladin tenía la suficiente para superar esa resistencia.

Kaladin se enlazó a sí mismo en la dirección opuesta y al cabo de un momento fue como si dos manos gigantescas estuvieran separándolos. El Fusionado gruñó y dijo algo en su propio idioma. Kaladin soltó la hoja-Syl y se concentró en intentar apartar a su enemigo. El Fusionado brillaba con luz tormentosa, que se elevaba de su cuerpo como un vaho luminiscente.

Por fin, la mano de su adversario resbaló y el Fusionado salió despedido lejos de Kaladin como una flecha disparada por un arco esquirlado. Una fracción de segundo más tarde, aquella incansable luz violeta rojiza salió despedida del pecho y y voló de nuevo directa hacia él.

Kaladin logró esquivarla por poco enlazándose hacia abajo al mismo tiempo que el Fusionado cobraba forma e intentaba agarrarlo. Después de fracasar, el Fusionado se dejó caer entre la niebla y se perdió de vista. Kaladin se encontró de nuevo escaso de luz tormentosa y con el corazón atronando. Absorbió su tercer saquito de esferas de los cuatro que tenía. Se habían acostumbrado a llevarlos cosidos al interior de sus uniformes, porque los Fusionados sabían que debían intentar robar la reserva de esferas de un Radiante.

—Caramba —dijo Syl, ascendiendo para flotar al lado de Kaladin y adoptando la acostumbrada posición en la que podía vigilar a su espalda—. Es bueno, ¿verdad?

—Es más que eso —respondió Kaladin, buscando entre la monótona niebla—. Ataca siguiendo una táctica distinta a la de casi todos los demás. No he entrenado mucho los agarres.

No se veían muchos forcejeos en el campo de batalla. O al menos, no muchos ejecutados con disciplina. Kaladin tenía práctica con las formaciones y cada vez estaba más confiado en la esgrima, pero habían pasado años desde la última vez que practicara cómo escapar de una presa en el cuello.

—¿Dónde está? —preguntó Syl.

—No lo sé —dijo Kaladin—. Pero no nos hace falta derrotarlo. Solo tenemos que seguir impidiendo que nos atrape hasta que lleguen los demás.

Pasaron unos minutos escrutando la niebla antes de que Syl diera el aviso.

—¡Ahí! —exclamó, formando una cinta de luz que apuntaba hacia lo que había visto.

Kaladin no esperó a recibir más explicaciones. Se enlazó y voló a través de la niebla. El Fusionado apareció, pero solo pudo agarrar el aire vacío mientras Kaladin esquivaba. El cuerpo de la criatura cayó cuando la línea de luz volvió a salir expulsada, pero Kaladin adoptó un errático rumbo en zigzag que le permitió evitar al Fusionado otras dos veces.

Aquel ser utilizaba luz del vacío para, de algún modo, crear nuevos cuerpos. Eran todos idénticos, con pelo que formaba una especie de ropa. No era que renaciese cada vez: se teleportaba, pero utilizando la cinta de luz para trasladarse de una posición a otra. Se habían enfrentado a Fusionados capaces de volar y a otros que tenían poderes similares a los de los Tejedores de Luz. Quizá aquella fuese la variedad cuyos poderes reflejaban, en cierto modo, las capacidades de desplazamiento de los Nominadores de lo Otro.

Después de materializarse por tercera vez, la criatura de nuevo renunció a perseguir a Kaladin. «Solo puede teleportarse tres veces antes de tener que descansar —supuso Kaladin—. Cada vez me ha atacado en una ráfaga de tres intentos. ¿Será que después de eso tiene que esperar a que sus poderes se regeneren? O quizá... No, lo más probable es que tenga que ir a algún sitio para recoger más luz del vacío.»

En efecto, al cabo de unos minutos la luz violeta rojiza regresó. Kaladin se enlazó en dirección contraria a la luz y fue ganando velocidad. El aire rugió a su alrededor y, con el quinto enlace, Kaladin volaba lo bastante rápido como para que la luz roja no pudiera seguirle el ritmo y se atenuara tras él.

«No eres tan peligroso si no logras alcanzarme, ¿verdad?», pensó Kaladin. Fue evidente que el Fusionado llegaba a la misma conclusión, porque la cinta de luz viró hacia abajo en la niebla.

Por desgracia, lo más probable era que el Fusionado supiera que Kaladin regresaría a Piedralar. Así que, en vez de seguir hacia delante, Kaladin descendió también. Se posó en la cima de una colina cubierta de abultados rocabrotes cuyas enredaderas se extendían libres en la humedad.

El Fusionado estaba de pie ante la colina, mirando hacia arriba. Sí, aquella franja como de tela marrón oscura era pelo que salía de su coronilla, estirado y tenso en torno a su cuerpo. El Fusionado arrancó de su brazo un espolón, un arma de caparazón afilada y en sierra, y apuntó con ella hacia Kaladin. Debía de haber usado una como esa a modo de daga cuando lo apuñaló en la espalda.

Aquella espuela y el pelo con que se cubría el cuerpo parecían sugerir que el Fusionado no podía llevar objetos consigo al teleportarse, así que nunca tendría esferas de luz del vacío a mano y se vería obligado a retirarse para recargar.

Syl adoptó su forma de lanza.

—Estoy preparado —vociferó Kaladin—. Atácame.

—¿Para que huyas otra vez? —respondió el Fusionado en alezi, con voz rasposa, como piedras rechinando entre ellas—. Búscame con el rabillo del ojo, Corredor del Viento. Volveremos a encontrarnos pronto.

Se convirtió en una cinta de luz roja, dejando otro cadáver que se desmigajaba, y desapareció entre la niebla.

Kaladin se sentó y dejó escapar una larga bocanada de aire y luz tormentosa que se disolvió entre la bruma. La niebla se disiparía cuando el sol ascendiera más en el cielo, pero de momento seguía cubriendo el terreno y confiriéndole una atmósfera inquietante y desolada. Como si Kaladin se hubiera internado sin darse cuenta en un sueño.

Lo golpeó una repentina oleada de agotamiento. Se notó como amortiguado por la luz tormentosa al extinguirse y desinflado como siempre después de la batalla. Y también había otra cosa. Algo que le ocurría cada vez con más frecuencia en los últimos tiempos.

La lanza se esfumó y Syl cobró forma en el aire, de pie delante de él. Se había acostumbrado a llevar un vestido elegante que bajaba hasta el tobillo con líneas marcadas, en vez del vaporoso e infantil de antes. Al preguntar Kaladin, ella había explicado que Adolin había estado dándole consejos. Su cabello largo y azul claro se disipaba en una neblina y no llevaba una manga que le cubriera la mano segura. ¿Por qué iba a llevarla? Ni siquiera era humana, y mucho menos vorin.

—Bueno —dijo Syl con los brazos en jarras—, le hemos dado una lección.

—Ha estado a punto de matarme dos veces.

—No he dicho qué lección era. —Se volvió para montar guardia por si acaso aquello era una trampa—. ¿Estás bien?

—Sí —dijo Kaladin.

—Pareces cansado.

—Siempre me lo dices.

—Porque siempre pareces cansado, tonto.

Kaladin se levantó.

—Estaré bien cuando empiece a moverme.

—Pero...

—No vamos a discutir esto otra vez. Estoy bien.

En efecto, se sintió mejor al levantarse y absorber un poco más de luz tormentosa. ¿Qué más daba si habían vuelto sus noches de insomnio? Había sobrevivido en otras ocasiones con menos horas de sueño. El esclavo que había sido una vez se habría desternillado de risa si oyera que aquel nuevo Kaladin, el portador de esquirlada ojos claros, un hombre que gozaba de un alojamiento lujoso y comida caliente, se preocupaba por un poco de sueño perdido.

—Vámonos —dijo—. Si nos han visto llegando hacia aquí...

—¿«Si»?

—Como nos han visto llegar, enviarán a más que un solo Fusionado. Vendrán Celestiales a por mí, y eso significa que la misión está en peligro. Volvamos al pueblo.

Ella esperó expectante, con los brazos cruzados.

—Muy bien —dijo Kaladin—. Tenías razón.

—Y deberías hacerme más caso.

—Y debería hacerte más caso.

—Y, por tanto, deberías dormir más.

—Ojalá fuese tan fácil —dijo Kaladin mientras se elevaba en el aire—. Vamos.


*


Velo estaba cada vez más disgustada de que nadie la hubiera secuestrado.

Paseaba por el mercado del campamento de guerra, disfrazada por completo, entreteniéndose en los tenderetes. Llevaba más de un mes poniéndose una cara falsa allí fuera, haciendo justo los comentarios adecuados a justo las personas adecuadas. Y seguía sin haber secuestro. Ni siquiera la habían atracado. Menudo desastre de mundo.

Puedo atizarnos un puñetazo en la cara, si así te sientes mejor, comentó Radiante.

¿Radiante acababa de hacer un chiste? Velo sonrió mientras fingía interesarse en la mercancía de un puesto de fruta. Si Radiante estaba bromeando, era que estaban desesperadas de verdad. Lo normal era que Radiante fuera tan graciosa como... como...

Lo normal es que Radiante sea tan dicharachera como un abismoide, aportó Shallan, calando hasta el frente de la personalidad que compartían. Uno que se haya comido a su propia madre.

Eso, exacto. Velo agradeció la calidez que emanaba de Shallan, e incluso de Radiante, que empezaba a disfrutar del humor. Durante el último año, las tres habían adoptado un cómodo equilibrio. No estaban tan reñidas como antes y cambiaban con facilidad entre personalidades.

Las cosas parecían ir muy bien. Eso preocupaba a Velo, por supuesto. ¿Estarían yendo demasiado bien?

No importaba, por el momento. Velo se apartó del puesto de fruta. Había pasado un mes en los campamentos de guerra llevando la cara de una mujer llamada Chanasha, una mercader ojos claros de baja cuna que gozaba de un modesto éxito alquilando sus tiros de chulls a las caravanas que cruzaban las Llanuras Quebradas. Habían sobornado a la verdadera Chanasha para que prestara su rostro a Velo y la tenían escondida en un lugar seguro.

Velo dobló una esquina y caminó a ritmo de paseo por la siguiente calle. El campamento de Sadeas estaba casi igual que lo recordaba del tiempo que había pasado viviendo por allí, aunque quizá se hubiera vuelto incluso un poco más duro. Al camino le hacía falta un buen raspado: los pólipos de rocabrote hacían que los carros se sacudieran y saltaran al pasar. Casi todos los puestos del mercado tenían a un guardia bien visible cerca del género. Aquel no era un lugar donde confiar en que los soldados hicieran cumplir la ley.

Pasó por delante de muchos puestos de mercaderes de fortuna, que vendían glifoguardas y otros amuletos en tiempos peligrosos. Los predicetormentas ofrecían listas con las tormentas venideras y sus fechas. Velo no hizo caso a ninguno de ellos y llegó a una tienda en concreto que vendía botas recias y calzado para caminatas. Era lo que más éxito tenía en los campamentos de guerra en los últimos tiempos, ya que muchos clientes eran viajeros que estaban de paso. Un vistazo rápido a los puestos de otros mercaderes le contaría la misma historia. Raciones que podían aguantar trayectos largos largos. Talleres de reparación para carros o carretas. Y por supuesto, cualquier cosa que no fuese lo bastante respetable para tener cabida en Urithiru.

También había numerosos rediles de esclavos. Casi tantos como burdeles. Cuando el grueso de la población civil se desplazó a Urithiru, los diez campamentos de guerra se habían transformado a marchas forzadas en un sórdido apeadero para caravanas

A instancias de Radiante, Velo echó un vistazo disimulado hacia atrás en busca de algún soldado de Adolin. No estaban a la vista. Bien. Sí que distinguió a Patrón vigilando desde una pared cercana, preparado para informar a Adolin si era necesario.

Todo estaba en su sitio, y la información que habían recibido indicaba que el secuestro de Velo debería tener lugar ese mismo día. Tal vez tuviera que apretar un poquito más.

Por fin se acercó a ella el zapatero, un tipo corpulento con franjas canosas en la barba. A Shallan le dieron ganas de dibujar ese contraste, así que Velo se retrajo y permitió que Shallan emergiera y tomara una Memoria del hombre para su colección.

—¿Te interesa alguna cosa, brillante? —preguntó él.

Velo recuperó el control.

—¿Cuánto tardarías en conseguirme cien pares como este? —preguntó, dando un golpecito a un zapato con el trozo de caña que Chanasha siempre llevaba en el bolsillo.

—¿Cien pares? —El hombre se animó—. No mucho tiempo, brillante. Cuatro días, si me llega a tiempo el próximo envío.

—Excelente —dijo ella—. Tengo un contrato especial con el viejo Kholin en esa torre ridícula que tiene y puedo moverlos en buenas cantidades si me los proporcionas. Tendrás que hacerme un descuento por comprar al por mayor, por supuesto.

—¿Un descuento?

Velo movió su caña en el aire.

—Claro, cómo no. Si quieres valerte de mis contactos para vender a Urithiru, tendrás que ofrecerme el mejor trato posible.

El mercader se atusó la barba.

—Eres... Chanasha Hasareh, ¿verdad? He oído hablar de ti.

—Bien. Entonces sabes que no me ando con tonterías. —Se inclinó hacia él y le dio un golpecito con la caña en el pecho—. Sé cómo saltarme los aranceles del viejo Kholin, si actuamos deprisa. Cuatro días. ¿Sería posible que estuvieran en tres?

—Podría ser —repuso él—. Pero yo respeto las leyes, brillante. Evitar los aranceles sería ilegal, vaya.

—Solo sería ilegal si aceptamos que Kholin tiene alguna autoridad para exigir esos aranceles. Que yo sepa, no es nuestro rey. Puede afirmar lo que le dé la gana, pero, ahora que las tormentas han cambiado, aparecerán los Heraldos y lo pondrán en su sitio. Lo que yo te diga.

Así me gusta, pensó Radiante. Estás llevándolo bien.

Velo tocó las botas con la caña.

—Cien pares. Tres días. Enviaré a una escriba para negociar los detalles hoy mismo. ¿Trato hecho?

—Trato hecho.

Chanasha no era de las que sonreían, así que Velo no dedicó ninguna expresión amistosa al mercader. Se guardó la caña en la manga e hizo un breve asentimiento antes de retomar su paseo por el mercado.

¿No creéis que me he pasado?, preguntó Velo. Eso último de que Dalinar no es rey me ha parecido un poco descarado.

Radiante no estaba segura, pero a fin de cuentas la sutileza no era su especialidad, y Shallan lo aprobaba. Tenían que apretar más o nunca la secuestrarían. Ni siquiera merodear cerca de un callejón oscuro que sabía que frecuentaban sus objetivos había atraído la menor atención.

Velo contuvo un suspiro y se dirigió a una cantina que había cerca del mercado. Llevaba semanas siendo cliente y los propietarios la conocían bien. Según la información de que disponía Velo, tanto ellos como el comerciante de calzado pertenecían a los Hijos de Honor, el grupo al que estaba dando caza.

La camarera acompañó a Velo desde el aire fresco de fuera a la mesa de un pequeño rincón apartado. Allí podría beber a solas y repasar su libro de cuentas.

Un libro de cuentas. Puaj. Lo sacó de su cartera y lo dejó en la mesa. ¡Cuántas molestias se tomaban para no salirse del personaje! Tenían que mantener la ilusión sin el menor fallo, ya que la verdadera Chanasha no dejaba pasar un solo día sin cuadrar sus cifras. Al parecer, lo encontraba relajante, nada menos.

Por suerte, tenían a Shallan para ocuparse de esa tarea, ya que tenía algo de práctica con las cuentas de Sebarial. Velo se relajó y dejó que Shallan tomara el control. En realidad aquello tampoco estaba tan, tan mal. Hizo unos garabatos en los márgenes del libro mientras trabajaba, aunque no encajase del todo con el personaje. Velo se comportaba como si fuese crucial imitar a la mercader absolutamente a todas horas, pero Shallan sabía que les convenía relajarse un poco de vez en cuando.

Podríamos relajarnos visitando las timbas, pensó Velo.

Un motivo de que debieran ser tan diligentes era que aquellos campamentos de guerra eran un patio de juegos muy tentador para Velo. ¿Apostar sin preocuparse del decoro vorin? ¿Tabernas que servían lo que quisieras sin hacer preguntas? Los campamentos de guerra estaban a una maravillosa tormenta de distancia de la sede del perfecto recato de Dalinar Kholin.

Urithiru estaba demasiado llena de Corredores del Viento, hombres y mujeres que se desvivirían para impedir que alguien se magullara el codo contra una mesa mal colocada. Aquel lugar, en cambio... podría acabar gustando a Velo. Así que al fin y al cabo, quizá sí que fuese mejor ceñirse del todo al personaje.

Shallan intentó concentrarse en las cuentas. Era capaz de hacerlas. Había aprendido contabilidad llevando los libros de su padre. Eso había sido antes de que ella...

Antes de que ella...

Podría ser buen momento, susurró Velo. Para recordar de una vez por todas. Para recordarlo todo.

No, no lo era.

Pero...

Shallan se retiró inmediatamente.

No, en eso no podemos pensar. Toma el control.

Velo se reclinó en su asiento mientras llegaba el vino. Pues muy bien. Dio un largo sorbo y trató de fingir que estudiaba los libros de cuentas. En realidad no debería enfadarse con Shallan. Así que canalizó esa emoción hacia Ialai Sadeas. Esa mujer no podía contentarse con dirigir allí su pequeño feudo y sacar provecho de las caravanas sin molestar a nadie. No, claro que no. Tenía que planear una tormentosa traición.

Velo siguió intentando hacer las cuentas y fingir que le gustaba. Dio otro largo sorbo. Al poco tiempo empezó a notarse confusa y estuvo a punto de absorber luz tormentosa para anular el efecto, pero se detuvo. No había pedido nada demasiado embriagante. Por tanto, si se estaba mareando...

Alzó unos ojos que cada vez se desenfocaban más. ¡Habían drogado el vino! «Ya era hora», pensó antes de desmayarse en su asiento.


*


—Es que no entiendo cómo puede ser tan difícil —estaba diciendo Syl mientras Kaladin y ella se aproximaban a Piedralar—. Los humanos dormís literalmente a diario. Lleváis toda la vida practicando.

—Cualquiera pensaría que sí, ¿verdad? —respondió Kaladin mientras aterrizaba con pies ligeros cerca del pueblo.

—Es evidente que lo pensaría, ya que acabo de decirlo —replicó ella, sentada en el hombro de Kaladin mirando hacia atrás. Hablaba con ligereza, pero Kaladin percibió en ella la misma tensión que sentía él, como si el propio aire estuviera tirante.

«Búscame con el rabillo del ojo, Corredor del Viento.» Notó un eco de dolor en la nuca, donde el Fusionado le había clavado la daga en la columna vertebral una y otra vez.

—Hasta los bebés se duermen —insistió Syl—. Solo tú podrías convertir algo tan sencillo en casi imposible.

—¿Ah, sí? —dijo Kaladin—. ¿Y tú puedes hacerlo?

—Te tumbas. Finges que estás muerta un rato. Te levantas. Fácil. Bueno, y tratándose de ti, añadiré un último paso obligatorio: protestar.

Kaladin echó a caminar a zancadas hacia el pueblo. Syl esperaría que respondiera, pero no le apetecía hacerlo. No era porque estuviera molesto, sino por... bueno, por una especie de fatiga generalizada.

—¿Kaladin? —dijo ella.

Sentía una desconexión esos últimos meses. Esos últimos años. Era como si la vida siguiera adelante para todo el mundo pero Kaladin estuviera apartado de ellos, incapaz de relacionarse. Como si fuese un cuadro colgado en un pasillo, viendo pasar la vida.

—Muy bien, ya interpretaré yo tu parte —dijo Syl. Su imagen titiló y se transformó en una réplica perfecta de Kaladin, sentado en su propio hombro—. Vaya, vaya —gruñó en una voz más grave—. Refunfuño, refunfuño. Venga, alineaos. Esta tormentosa lluvia está arruinando un clima que por lo demás era horrible. Además, voy a prohibir los dedos de los pies.

—¿Los dedos de los pies?

—¡La gente no para de tropezarse! —prosiguió ella—. No consentiré que os hagáis daño todos, así que, de ahora en adelante, nada de dedos de los pies. La semana que viene probaremos a no tener pies. Y ahora, largaos de aquí a cenar algo. Mañana vamos a levantarnos antes de que amanezca para practicar a fruncirnos el ceño unos a otros.

—Venga, no soy tan horrible —dijo Kaladin, pero no pudo contener una sonrisa—. Además, tu voz de Kaladin suena más parecida a Teft.

Syl recobró su aspecto habitual y se sentó con delicadeza, a todas luces satisfecha consigo misma. Y él tuvo que reconocer que se notaba más animado. «Tormentas —pensó—, ¿dónde estaría yo si no la hubiera encontrado?».

La respuesta era evidente. Estaría muerto al fondo de un abismo, después de haberse arrojado a la oscuridad.

Al acercarse a Piedralar, encontraron una escena de relativo orden. Los refugiados volvían a estar en fila y los cantores con forma de guerra que habían llegado con el Fusionado esperaban cerca del padre de Kaladin y la nueva consistora con las armas enfundadas. Todos parecían comprender que sus próximos pasos dependerían en gran medida del resultado del duelo de Kaladin.

Kaladin llegó con paso firme, aferró el aire por delante de él y la lanza-Syl se materializó como una majestuosa arma de plata. Los cantores desenfundaron, sobre todo espadas.

—Podéis luchar contra un Radiante vosotros solos si queréis —dijo Kaladin—. Otra opción, si no tenéis ganas de morir hoy, sería reunir a todos los cantores de este pueblo y retiraros hasta media hora a pie en dirección este. Allí hay un refugio de tormentas para la gente de las granjas más apartadas, seguro que Abiajan puede llevaros. Quedaos dentro hasta el ocaso.

Los seis soldados se abalanzaron hacia él.

Kaladin suspiró y absorbió la luz tormentosa de unas pocas esferas más. La escaramuza duró unos treinta segundos, y dejó a una cantora muerta con los ojos calcinados mientras los otros se retiraban con las armas segadas por la mitad.

Algunas personas habrían visto valentía en aquel ataque. Durante gran parte de la historia alezi, se había animado a la tropa rasa a lanzarse contra portadores de esquirlada. Los generales enseñaban que incluso una mínima posibilidad de obtener una esquirla hacía que mereciera la pena el increíble riesgo.

Eso ya era suficiente estupidez, pero es que encima Kaladin no dejaría atrás una esquirla si lo mataban. Era Radiante, y esos soldados lo sabían. Por lo que había visto, la actitud de las tropas cantoras dependía mucho del Fusionado al que servían. Que aquellos estuvieran instruidos para sacrificar sus vidas sin el menor motivo decía muy poco en favor de su amo.

Por suerte, los cinco que quedaban hicieron caso a Abiajan y los demás cantores de Piedralar, quienes, con cierto esfuerzo, los convencieron de que por mucho valor que hubieran puesto en la lucha, estaban derrotados. Al poco tiempo, deambularon todos hacia fuera hasta perderse en la niebla que se desvanecía deprisa.

Kaladin volvió a comprobar el cielo. «Ya debería estar cerca», pensó mientras se acercaba a la garita de guardia donde esperaba su madre, con un pañuelo estampado sobre el pelo sin trenzar hasta los hombros. Rodeó con un brazo a Kaladin y el pequeño Oroden, que ocupaba el otro, extendió las manitas para que Kaladin lo cogiera.

—¡Cómo estás creciendo! —dijo al chico.

—¡Gagadin! —exclamó el niño, y movió los brazos en el aire para intentar atrapar a Syl, que siempre elegía mostrarse a la familia de Kaladin.

Syl hizo su truco de costumbre, adoptar para el pequeño las formas de distintos animales que hacían cabriolas en el aire.

—Bueno —dijo la madre de Kaladin—, ¿cómo está Lyn?

—¿Tiene que ser siempre lo primero que me preguntas?

—Privilegio de madre —dijo Hesina—. ¿Cómo está?

—Rompió con él —intervino Syl, con aspecto de diminuto y resplandeciente sabueso-hacha. Se hacía raro que salieran palabras de sus fauces—. Justo después de nuestra última visita.

—Ay, Kaladin —suspiró su madre, volviendo a rodearlo con un brazo—. ¿Y cómo se lo está tomando él?

—Estuvo enfurruñado más de dos semanas —respondió Syl—, pero creo que ya lo tiene casi superado.

—«Él» está aquí mismo —dijo Kaladin.

—Y él nunca responde a ninguna pregunta sobre su vida personal —replicó Hesina—, con lo que obliga a su pobre madre a informarse de otras fuentes más divinas.

—¿Lo ves? —dijo Syl, que estaba dando brincos con forma de cremlino—. Ella sí que sabe cómo tratarme. Con la dignidad y el respeto que merezco.

—¿Se ha dedicado a ofenderte otra vez, Syl?

—Lleva por lo menos un día sin mencionar lo impresionante que soy.

—Es indudablemente injusto que tenga que tratar con vosotras dos a la vez —dijo Kaladin—. ¿Ese general herdaziano consiguió llegar al pueblo?

Hesina señaló un edificio cercano, enclavado entre dos casas, un cobertizo de madera de los que se usaban para guardar los aperos. No parecía muy robusto: algunos tablones estaban combados y sueltos por alguna tormenta reciente.

—Los he escondido dentro cuando ha empezado la lucha —explicó Hesina.

Kaladin le devolvió a Oroden y echó a andar hacia el cobertizo.

—Trae a Laral y reúne a la gente del pueblo. Hoy va a llegar algo grande y no quiero que monten en pánico.

—¿A qué te refieres cuando dices «grande», hijo?

—Ya lo verás —respondió él.

—¿Vas a ir a hablar con tu padre?

Kaladin vaciló y luego echó una mirada por el campo neblinoso hacia los refugiados. Los lugareños habían empezado a salir de sus casas para ver a qué venía tanto jaleo. No distinguió a su padre.

—¿Adónde ha ido?

—A comprobar si ese parshmenio al que has cortado está muerto de verdad.

—Pues claro que ha ido a hacer eso —dijo Kaladin con un suspiro—. Hablaré con Lirin después.

Dentro del cobertizo, unos herdazianos muy quisquillosos desenvainaron dagas al verlo abrir la puerta. Kaladin respondió absorbiendo un poco de luz tormentosa, lo que hizo que emanaran volutas de humo luminiscente de la piel que tenía al aire.

—Por los Tres Dioses —susurró uno de ellos, un hombre alto con coleta—. Era verdad. Habéis regresado.

La reacción perturbó a Kaladin. Aquel hombre, como revolucionario en Herdaz, ya debería haber visto a Radiantes. En un mundo perfecto, los ejércitos de la coalición de Dalinar llevarían meses colaborando en la liberación herdaziana.

Solo que todo el mundo había renunciado a Herdaz. El pequeño país había parecido estar cerca del colapso, y los ejércitos de Dalinar estaban lamiéndose las heridas tras la Batalla de la Explanada Thayleña. Luego habían empezado a llegar muy poco a poco informes de una resistencia en Herdaz que contraatacaba.

Cada nuevo informe daba la impresión de que los herdazianos estaban casi acabados, por lo que los recursos se destinaban a otros frentes con más posibilidades de victoria. Pero cada vez, Herdaz seguía firme, hostigando sin cesar al enemigo. Los ejércitos de Odium habían perdido a decenas de miles de soldados combatiendo en aquel país pequeño y con poca relevancia estratégica.

Y aunque al final Herdaz había caído, el precio en sangre que había pagado el enemigo había sido notablemente alto.

—¿Quién de vosotros es el Visón? —preguntó Kaladin, y al hablar salió de su boca un vaho de brillante luz tormentosa.

El tipo alto señaló hacia el fondo del cobertizo, donde una figura sombría y embozada en su capa se había sentado contra la pared. Kaladin no alcanzó a verle la cara bajo la capucha.

—Es un honor conocer en persona a la leyenda —dijo Kaladin, acercándose—. Me han encargado extenderte una invitación oficial para unirte al ejército de la coalición. Haremos lo que podamos por tu país, pero de momento el brillante señor Dalinar Kholin y la reina Jasnah Kholin arden en deseos de conocer al hombre que resistió al enemigo durante tanto tiempo.

El Visón no se movió. Se quedó allí sentado, con la cabeza gacha. Al rato, uno de sus hombres fue hasta él y le sacudió el hombro.

La capa se movió y el cuerpo cayó inerte, dejando a la vista unos rollos de lona que alguien había colocado para imitar la forma de una persona vestida con la capa. ¿Un maniquí? Por el nombre desconocido del Padre Tormenta, ¿qué pasaba allí?

Los soldados parecían tan sorprendidos como Kaladin, todos salvo el alto, que se limitó a suspirar y dedicar a Kaladin una mirada de resignación.

—A veces hace estas cosas, brillante señor.

—¿Hace qué? ¿Convertirse en trapos?

—Escabullirse —explicó el hombre—. Le gusta ver si puede hacerlo sin que nos demos cuenta.

Uno de los otros hombres renegó en herdaziano mientras buscaba detrás de unos toneles, y acabó descubriendo uno de varios tablones sueltos. El hueco daba al ensombrecido callejón que separaba los edificios.

—Seguro que al final lo encontramos por el pueblo —dijo el hombre a Kaladin—. Déjanos unos minutos para buscarlo.

—Cualquiera pensaría que lo lógico es evitar los jueguecitos, teniendo en cuenta lo peligroso de la situación.

—Tú... no conoces a nuestro gancho, brillante señor —respondió el hombre—. Así es justo como reacciona a las situaciones peligrosas.

—Él no gusta que atrapen —dijo otro, negando con la cabeza—. Cuando peligro, él es desaparece.

—¿Y abandona a sus hombres? —preguntó Kaladin, horrorizado.

—No se sobrevive como lo ha hecho el Visón sin aprender a escurrir el bulto de situaciones de las que otros no podrían escapar —dijo el herdaziano alto—. Si estuviéramos en peligro, intentaría volver con nosotros. Si no pudiera... en fin, somos sus guardias. Cualquiera de nosotros entregaría su vida para que él pudiera huir.

—No es que necesita mucho nosotros —añadió otro—. ¡Ni la misma Ganlos Riera puedría atraparlo!

—Bueno, pues localizadlo si podéis y transmitidle mi mensaje —pidió Kaladin—. Tenemos que salir rápido de este pueblo. Tengo motivos para sospechar que se aproxima una fuerza más numerosa de Fusionados.

Los herdazianos le hicieron el saludo militar, aunque no fuese necesario ante un oficial del ejército de otro país. La gente hacía cosas raras cuando había Radiantes cerca.

—¡Así me gusta! —exclamó Syl mientras Kaladin salía del cobertizo—. Casi no has puesto mala cara cuando te han llamado brillante señor.

—Soy lo que soy —dijo Kaladin mientras pasaba junto a su madre, que estaba conversando con Laral y el brillante señor Roshone.

Vio a su padre organizando a algunos antiguos soldados de Roshone, que intentaban acorralar a los refugiados. A juzgar por el tamaño reducido de la cola, unos cuantos parecían haber huido.

Lirin vio que Kaladin se acercaba y apretó los labios. El cirujano era un hombre más bajo que Kaladin, que había heredado la altura de su madre. Lirin se apartó del grupo y se secó con un pañuelo el sudor de la frente y la cabeza, que iba perdiendo pelo, antes de quitarse los anteojos y limpiarlos en silencio mientras Kaladin llegaba.

—Padre —dijo Kaladin.

—Había confiado —dijo Lirin con suavidad— en que nuestro mensaje te animara a llegar con disimulo.

—Lo he intentado —respondió Kaladin—, pero los Fusionados han establecido puestos de vigilancia por toda la zona para escrutar el cielo. La niebla se ha dispersado de pronto cerca de uno de esos y ha revelado mi presencia. Esperaba que no me hubieran visto, pero... —Se encogió de hombros.

Lirin volvió a ponerse los anteojos; los dos hombres sabían lo que estaba pensando. Lirin ya había advertido a Kaladin de que, si seguía visitándolos, llevaría la muerte a Piedralar. Ese día había llegado al cantor que lo había atacado. Lirin había envuelto el cadáver con una mortaja.

—Soy soldado, padre —dijo Kaladin—. Lucho por esta gente.

—Cualquier idiota con dos manos puede sostener una lanza. Las tuyas las entrené para que hicieran algo mejor.

—Yo...

Kaladin se mordió la lengua e inhaló una larga y profunda bocanada de aire. Oyó un característico golpeteo en la lejanía. «Por fin.»

—Luego hablaremos de esto —dijo Kaladin—. Empaqueta todo el material que quieras llevarte. Y deprisa. Tenemos que marcharnos.

—¿Marcharnos? —preguntó Lirin—. Ya te lo he dicho. La gente del pueblo me necesita. No voy a abandonarlos.

—Lo sé —dijo Kaladin, señalando hacia el cielo.

—¿De qué estás...?

Lirin dejó la pregunta en el aire mientras de la niebla emergía una gigantesca sombra oscura, un vehículo de un tamaño increíble que volaba despacio por el cielo. Dos docenas de Corredores del Viento, refulgentes de luz tormentosa, surcaban el aire en formación a sus dos lados.

No era tanto un barco como una inmensa plataforma flotante. Pero aun así, alrededor de Lirin se formaron asombrospren, como anillos de humo azul. Bueno, la primera vez que Kaladin había visto a Navani hacer flotar la plataforma, también se había quedado boquiabierto.

El vehículo pasó por delante del sol, sumiendo a Kaladin y su padre en la sombra.

—Me dejaste muy claro —dijo Kaladin— que mi madre y tú no ibais a abandonar a los habitantes de Piedralar. Así que lo he organizado para que nos los llevemos con nosotros.



3. El Cuarto Puente


El último paso para capturar a un spren es el más delicado, ya que debe retirarse la luz tormentosa de la gema. Las técnicas específicas que emplea cada gremio de artifabrianos son secretos guardados con gran celo, confiados solo a sus miembros de mayor rango.

El método más sencillo consiste en emplear un larkin, un tipo de cremlino que devora luz tormentosa. Sería un proceso maravilloso y conveniente, de no ser porque esas criaturas se encuentran al borde de la extinción absoluta. Las guerras de Aimia estuvieron provocadas en parte por la obtención de esas pequeñas criaturas en apariencia inocentes.


Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Navani Kholin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175.



Navani Kholin se asomó por la borda de la plataforma voladora y miró decenas de metros hacia abajo, a las piedras del suelo. Decía mucho del lugar donde había estado residiendo que no dejara de impresionarla lo fértil que era Alezkar. Había acumulaciones de rocabrotes en todas las superficies, excepto allí donde los habían despejado para las viviendas o los cultivos. Había campos enteros de hierbas silvestres que se mecían verdes al viento, vibrantes de vidaspren. Había árboles formando baluartes contra las tormentas, con las ramas entrelazadas tan ceñidas como falanges.

Allí, al contrario que en las Llanuras Quebradas o en Urithiru, las cosas crecían. Era su hogar de la infancia, pero en esos momentos le resultaba casi ajeno del todo.

—Me quedaría mucho más tranquila si no te asomaras tanto, brillante —dijo Velat.

La erudita de mediana edad llevaba el pelo recogido en apretadas trenzas para que no se lo revolviera el viento. Siempre intentaba hacer de madre a todo el mundo.

Navani, por supuesto, se inclinó más hacia fuera. Lo normal sería que, durante sus más de cinco décadas de vida, hubiera encontrado la forma de imponerse a la vena impetuosa que le salía por naturaleza. Pero en vez de eso, lo más alarmante era que había llegado a obtener el poder suficiente para limitarse a hacer lo que le venía en gana.

Por debajo, su plataforma voladora dejaba una satisfactoria sombra geométrica en las piedras. Los lugareños se habían apiñado y miraban embobados hacia arriba mientras Kaladin y los demás Corredores del Viento empezaban a apartarlos de la zona de aterrizaje.

—Brillante señor Dalinar —dijo Velat—, ¿puedes convencerla tú, por favor? Juraría que va a caerse sin remedio.

—Es el barco de Navani, Velat —repuso Dalinar desde detrás, con una voz firme como el acero, inmutable como las matemáticas. Navani adoraba su voz—. Creo que ordenaría que me arrojaran a mí al vacío si intentase impedirle disfrutar de este momento.

—¿No puede disfrutarlo desde el centro de la plataforma? ¿O quizá amarrada a la cubierta? ¿Con dos cuerdas?

Navani sonrió de oreja a oreja mientras el viento le tiraba del cabello suelto. Estaba agarrada a la borda con la mano libre.

—La zona ya está despejada de gente. Escribid la orden: descenso constante hasta el suelo.

Navani había basado el diseño en los puentes que utilizaban para superar los abismos. A fin de cuentas, aquello no era un barco de guerra, sino un transporte cuyo objetivo era desplazar a grandes grupos de personas. La construcción final era poco más que un gran rectángulo de madera de más de treinta metros de largo, veinte de ancho y unos doce metros de grosor para dar cabida a tres cubiertas.

Habían levantado unas paredes altas y techado la parte trasera de la cubierta superior. El tercio frontal estaba descubierto, aunque lo rodeaba un parapeto. Durante casi todo el trayecto, los ingenieros de Navani habían mantenido su puesto de mando en la parte resguardada. Pero ese día iban a llevar a cabo maniobras delicadas, por lo que habían sacado las mesas y las habían clavado al suelo en la esquina frontal derecha de la plataforma.

«Frontal derecha —pensó—. ¿Deberíamos referirnos a estas cosas con términos náuticos? Pero es que esto no es el océano. Estamos volando.»

Volaban. Había funcionado. No solo en las maniobras y las pruebas de las Llanuras Quebradas, sino también en una misión real, recorriendo centenares de kilómetros.

Detrás de ella, más de una docena de ingenieros fervorosos ocupaban el puesto de mando abierto al cielo. Ka, la escriba de un pelotón de Corredores del Viento, envió la orden por vinculacaña a Urithiru. No podían escribir instrucciones detalladas estando en movimiento, porque las vinculacañas daban problemas. Pero sí podían enviar destellos de luz, que a su vez podían interpretarse.

En Urithiru otro grupo de ingenieros manipulaba los complejos mecanismos que mantenían aquella nave en el aire. De hecho, empleaba la misma tecnología en la que se basaban las vinculacañas. Cuando se movía una mitad, la otra se desplazaba en sintonía. Y el caso era que las dos mitades de una gema también podían emparejarse para que cuando se hiciera descender una, la otra mitad se elevara por los aires, estuviera donde estuviese.

La fuerza se transfería: si la mitad alejada estaba debajo de algo pesado, costaría esfuerzo hacer bajar la mitad cercana. Por desgracia, había cierto deterioro adicional: cuanto más alejadas estuvieran las dos mitades, más resistencia ofrecían al movimiento. Pero si se podía mover una caña, ¿por qué no una atalaya? ¿Por qué no un carruaje? ¿Por qué no un barco entero?

Y así, en Urithiru había centenares de personas y chulls operando un sistema de poleas conectado a un amplio entramado de gemas. Cuando soltaban dicho entramado por la pendiente del altiplano sobre el que se alzaba la torre, el barco de Navani se elevaba hacia el cielo.

Tenían otro entramado, bien protegido en las Llanuras Quebradas y atado a chulls para que tiraran de él, que podía usarse entonces para que la nave avanzara o retrocediera. El verdadero avance había sido el descubrimiento de que podían utilizar el aluminio para aislar el movimiento en un solo plano, e incluso para cambiar los vectores de fuerza. El resultado era que podían hacer que los chulls tiraran durante un rato y luego desemparejar un momento las gemas y girar a los animales para regresaran en sentido opuesto, mientras la plataforma seguía avanzando en línea recta.

Alternar entre esos dos entramados, uno para regular la altitud y el otro para controlar el desplazamiento horizontal, permitía que el barco de Navani volara.

Su barco. Su barco. Ojalá pudiera compartir la emoción con Elhokar. Aunque la mayoría de la gente recordaba a su hijo solo como el hombre que había tenido que esforzarse mucho para reemplazar a Gavilar como rey, Navani lo había conocido como el muchacho inquisitivo que adoraba los dibujos de su madre. A Elhokar siempre le habían encantado las alturas. ¡Cómo habría disfrutado de las vistas que tenían desde la cubierta!

Trabajar en aquel transporte había ayudado a Navani a superar los meses posteriores a la muerte de Elhokar. Por supuesto, no habían sido los cálculos de la propia Navani los que por fin habían convertido la nave en realidad. Habían sabido de las interacciones entre los fabriales parejos y el aluminio gracias a los científicos azishianos. La plataforma tampoco era el resultado directo de sus diagramas de ingeniería, y la nave era bastante más prosaica que sus fantasiosos diseños originales.

Navani se limitaba a orientar a personas más listas que ella. Así que tal vez no merecía sonreír como una niña al ver que funcionaba. Lo hizo de todos modos.

Decidirse por un nombre la había tenido debatiéndose durante meses enteros. No obstante, al final se había inspirado en los puentes que ya la habían inspirado. En concreto, en el puente que muchos meses antes había rescatado a Dalinar y Adolin de una muerte segura, algo que esperaba que aquella embarcación pudiera hacer por muchos otros en situaciones igualmente apuradas.

Y así, el primer transporte aéreo que veía el mundo había recibido el nombre de Cuarto Puente. Con permiso del antiguo equipo del alto mariscal Kaladin, Navani había incrustado su viejo puente en el centro de la cubierta a modo de símbolo.

Navani se retiró de la barandilla y se dirigió al puesto de mando. Oyó un suspiro de alivio procedente de Velat, la cartógrafa, que se había amarrado a sí misma a la cubierta. Navani habría preferido llevar consigo a Isasik, pero el hombre había salido a una de sus expediciones para trazar mapas, en esa ocasión de la parte oriental de las Llanuras Quebradas.

Aun así, Navani disponía de una guarnición completa de científicos e ingenieros. El barbudo y canoso Falilar estaba revisando diagramas con Rushu, mientras toda una hueste de asistentes y escribas correteaba de un lado a otro, comprobando la integridad estructural o midiendo los niveles de luz tormentosa en las gemas. Llegados a ese punto, no había gran cosa que Navani pudiera hacer aparte de pasearse por ahí dándoselas de importante. Sonrió al recordar que Dalinar le había dicho algo parecido sobre los generales en el campo de batalla, una vez el plan se había puesto en acción.

El Cuarto Puente se posó en el suelo y las puertas frontales del nivel inferior se abrieron para aceptar pasajeros. Una docena de Danzantes del Filo salieron hacia el pueblo. Refulgentes de luz tormentosa, avanzaban con unos andares extraños, empujándose con pies alternos mientras resbalaban con el otro. Podían deslizarse por la madera o la piedra como si fuesen hielo y daban elegantes saltos para evitar las rocas.

La última Danzante del Filo del grupo, una chica desgarbada que parecía haber crecido treinta centímetros el último año, falló el salto y tropezó contra un pedrusco grande que los demás habían esquivado. Navani cubrió su sonrisa con una mano. Ser Radiante, por desgracia, no inmunizaba a nadie contra la torpeza o la pubertad.

Los Danzantes del Filo acompañarían a los lugareños al transporte y sanarían a quienes estuvieran heridos o enfermos. Los Corredores del Viento surcaban el cielo para vigilar por si había problemas.

Para no molestar a los ingenieros ni a los soldados, Navani se acercó a Kmakl, el príncipe consorte thayleño. El marido de Fen, ya entrado en años, era un hombre de la armada y Navani había pensado que disfrutaría acompañándolos en la primera misión del Cuarto Puente. El príncipe le dedicó una respetuosa inclinación que hizo caer sus cejas y su largo bigote a ambos lados de la cara.

—Debes de pensar que estamos muy mal organizados, almirante —le dijo Navani en thayleño—. No tenemos cabina para el capitán y nuestro puesto de mando es solo un puñado de mesas clavadas al suelo.

—Es una nave extraña, desde luego —respondió el anciano marinero—, pero majestuosa a su propia manera. Estaba oyendo hablar a tus eruditos y calculan que la nave viaja a una velocidad media de cinco nudos.

Navani asintió. La misión había empezado como una prueba de resistencia prolongada, y de hecho ella no había estado a bordo al principio del trayecto. El Cuarto Puente había pasado semanas sobrevolando el océano de las Aguas Hirvientes, refugiándose de las tormentas en ensenadas y cuevas costeras. Durante ese tiempo, la única tripulación de la nave habían sido sus ingenieros y un puñado de marinos.

Luego había llegado la petición de Kaladin. ¿Les gustaría hacer una prueba más rigurosa robando un pueblo entero de Alezkar, y de paso rescatar a un infame general herdaziano? Dalinar había tomado la decisión y el Cuarto Puente había virado en dirección a Alezkar.

Los Corredores del Viento habían trasladado hasta la plataforma al personal de mando, Navani incluida, y a un grupo de Radiantes esa misma mañana.

—Cinco nudos —dijo Navani—. No es demasiado rápida, comparada con tus mejores barcos.

—Perdón, brillante —replicó él—, pero esto viene a ser una barcaza inmensa, y cinco nudos son una velocidad impresionante para una barcaza, incluso si pasamos por alto que esta vuela. —Negó con la cabeza—. Esta nave es más rápida que cualquier ejército viajando a marchas forzadas, y aun así las tropas llegan frescas y proporciona su propio terreno elevado móvil para los arqueros de apoyo.

Navani no pudo contener una amplia sonrisa de orgullo.

—Aún quedan muchos fallos por resolver —afirmó—. Los ventiladores de atrás apenas mejoran la velocidad. Vamos a necesitar algo mejor. La mano de obra que requiere esto es descomunal.

—Si tú lo dices... —repuso él. El anciano adoptó una expresión distante, se volvió y contempló el horizonte.

—¿Almirante? —dijo Navani—. ¿Te encuentras bien?

—Es solo que estoy visualizando el fin de una era. La forma de vida que siempre he conocido, la de los océanos y la armada...

—Seguiremos necesitando armadas —dijo Navani—. Este transporte aéreo no es más que una herramienta adicional.

—Quizá, quizá. Pero imagina por un momento una flota de barcos normales sufriendo el ataque de una nave como esta desde arriba. No necesitarías arqueros entrenados. Los marineros voladores podrían soltar piedras y hundir una flota en cuestión de minutos. —Lanzó una mirada a Navani—. Querida, si estos trastos se popularizan, no serán solo las armadas lo que quede obsoleto. No sé si me alegro de ser lo bastante viejo para despedirme con cariño de mi mundo o si envidio a los jóvenes, que podrán explorar este otro mundo nuevo.

Navani se descubrió sin palabras. Quería dar ánimos al príncipe consorte, pero el pasado que Kmakl apreciaba tanto era... bueno, era como las olas en el agua. Se había disipado, engullido por el océano del tiempo. Era el futuro lo que la emocionaba a ella.

Kmakl pareció notar su titubeo y le sonrió.

—No hagas caso a las divagaciones de viejo marinero gruñón. Mira, el Forjador de Vínculos busca tu atención. Ve y guíanos a todos hacia un nuevo horizonte, brillante. Ahí es donde hallaremos el éxito contra estos invasores.

Navani dio a Kmakl una cariñosa palmadita en el brazo y fue presurosa hacia Dalinar, que estaba por el centro de la parte delantera de cubierta. El alto mariscal Kaladin caminaba hacia él acompañado de un hombre con anteojos. Debía de ser el padre del Corredor del Viento, aunque hizo falta cierta imaginación por parte de Navani para verles el parecido. Kaladin era alto y Lirin bajito. El hombre más joven tenía aquel pelo rebelde cayendo en rizos naturales. Lirin, en cambio, estaba quedándose calvo y llevaba muy corto el pelo que le quedaba.

Sin embargo, cuando Navani llegó junto a Dalinar, miró a los ojos a Lirin y la relación paternal se hizo más evidente. Los dos tenían la misma intensidad calmada, la misma mirada un poco sentenciosa que parecía saber demasiado sobre los demás. En ese instante, Navani vio a dos hombres con una misma alma, a pesar de todas sus diferencias físicas.

—Señor —dijo Kaladin a Dalinar—. Mi padre, el cirujano.

Dalinar saludó con la cabeza.

—Lirin Bendito por la Tormenta. Es un honor.

—¿Bendito por la Tormenta? —preguntó Lirin. No se inclinó, cosa que Navani encontró muy poco diplomática teniendo en cuenta con quién hablaba.

—Había supuesto que adoptarías el nombre de la casa de tu hijo —dijo Dalinar.

Lirin miró a Kaladin, que a todas luces no le había hablado de su encumbramiento. Pero en vez de decir nada más, se volvió para hacer un respetuoso asentimiento en dirección a la nave de Navani.

—Es una creación extraordinaria —dijo Lirin—. ¿Con qué velocidad podría llevar un hospital móvil atendido por cirujanos a un campo de batalla? Las vidas que podrían salvarse de esa forma...

—Una aplicación ingeniosa —respondió Dalinar—. Aunque ahora ese trabajo suele recaer en los Danzantes del Filo.

—Oh. Claro. —Lirin se ajustó los anteojos y por fin pareció encontrar un poco de respeto por Dalinar—. Te agradezco lo que estás haciendo, brillante señor Kholin, pero ¿sabes cuánto tiempo pasará mi gente atrapada en este vehículo?

—Serán varias semanas de vuelo hasta que lleguemos a las Llanuras Quebradas —respondió Dalinar—. Pero repartiremos suministros, mantas y otras comodidades durante el trayecto. Desempeñaréis un cometido importante al ayudarnos a aprender cómo equipar mejor estos transportes. Y además, estamos arrebatando al enemigo un centro de población importante y una comunidad granjera.

Lirin asintió, pensativo.

—¿Por qué no vas a inspeccionar los alojamientos? —propuso Dalinar—. Las bodegas no son muy lujosas, pero hay espacio suficiente para centenares de personas.

Lirin aceptó la indicación de retirarse, pero de nuevo no se inclinó ni ofreció muestra alguna de respeto antes de marcharse con paso firme.

Kaladin se quedó donde estaba.

—Mis disculpas por mi padre, señor. No le sientan bien las sorpresas.

—No pasa nada —dijo Dalinar—. No puedo ni imaginarme por lo que ha pasado esta gente en los últimos tiempos.

—Quizá aún no haya terminado del todo, señor. Me han descubierto mientras exploraba antes. Un Fusionado, de una variedad que no había visto antes, ha venido a Piedralar buscándome. Lo he ahuyentado, pero no me cabe duda de que pronto encontraremos más resistencia.

Dalinar trató de mantenerse estoico, pero Navani percibió su decepción en la curva descendente de sus labios.

—Muy bien —dijo—. Había esperado que la niebla nos ocultara, pero está claro que habría sido demasiada casualidad. Ve a informar a los demás Corredores del Viento y yo avisaré a los Danzantes del Filo para que aceleren la evacuación.

Kaladin asintió.

—Voy escaso de luz tormentosa, señor.

Navani sacó su cuaderno del bolsillo mientras Dalinar alzaba la mano y la apretaba contra el pecho de Kaladin. Hubo una tenue... distorsión del aire que los rodeaba y, por un momento, le pareció entrever Shadesmar. Otro reino de la existencia, lleno de cuentas de cristal y llamas de vela que flotaban donde deberían estar las almas de la gente. Le pareció que, por un instante fugaz, oía un tono en la lejanía. Una nota pura que vibraba a través de ella.

Desapareció al instante, pero ella apuntó sus impresiones de todos modos. Los poderes de Dalinar estaban relacionados con la composición de la luz tormentosa, con los tres reinos y, en el fondo, con la naturaleza misma de la deidad. Allí había secretos que desentrañar.

Al renovarse la luz tormentosa de Kaladin, emanaron volutas de su piel, visibles incluso a plena luz del día. Las esferas que Kaladin llevaba en los bolsillos estarían renovadas también. De algún modo, Dalinar extendía su alcance entre reinos para tocar la mismísima energía del Todopoderoso, una capacidad que antes había estado reservada solo a las tormentas y las cosas que vivían en ellas.

Con aspecto reavivado, el joven Corredor del Viento cruzó la cubierta. Se arrodilló y apoyó la mano en el sector rectangular de madera que destacaba del resto por no estar recién aserrado, sino combado y con marcas de flechazos. El antiguo puente de Kaladin estaba incrustado y nivelado con el resto de la cubierta. Todos los Corredores del Viento que habían pertenecido al Puente Cuatro llevaban a cabo el mismo ritual silencioso siempre que abandonaban la nave aérea. Duró solo un momento y luego Kaladin se lanzó al aire.

Navani terminó de tomar notas y disimuló una sonrisa al descubrir a Dalinar leyendo por encima de su hombro. Seguía siendo una experiencia decididamente rara, por mucho que ella intentara animarlo.

—Ya dejo que Jasnah apunte las cosas que hago —dijo Dalinar—. Y aun así, cada vez sigues sacando ese cuaderno. ¿Qué es lo que estás buscando, gema corazón?

—Todavía no estoy segura —respondió ella—. Hay algo extraño en la naturaleza de Urithiru y creo que los Forjadores de Vínculos podrían estar relacionados con la torre, o eso se deduce de lo que hemos leído sobre los Radiantes de antaño.

Pasó a otra página y le enseñó algunos esquemas que había dibujado. La ciudad-torre de Urithiru tenía una gigantesca construcción de gemas en su núcleo, una columna de cristal, un fabrial muy distinto de cualquiera que hubiese visto jamás Navani. Cada vez estaba más convencida de que ese pilar había proporcionado energía a la torre entera, igual que aquel barco volador se movía gracias a las gemas que sus ingenieros habían engarzado dentro del casco. Pero la torre estaba estropeada y apenas funcionaba.

—Ya probé a infundir esa columna —dijo Dalinar—. No funcionó.

Dalinar podía infundir luz tormentosa en las esferas normales y corrientes, pero las gemas de la torre se le habían resistido.

—Seguro que estamos enfocando mal el problema —dijo ella—. No puedo evitar pensar que, si supiera más sobre la luz tormentosa, la solución sería sencilla.

Sacudió la cabeza. El Cuarto Puente era un logro extraordinario, pero Navani temía estar fracasando en una tarea más importante. Urithiru estaba en lo alto de las montañas, donde hacía demasiado frío para cultivar plantas, y aun así la torre tenía numerosos campos. La gente no solo había sobrevivido en aquel entorno hostil, sino que había medrado.

¿Cómo? Navani sabía que la torre había estado ocupada por un poderoso spren llamado el Hermano. Un spren al nivel de la Vigilante Nocturna o el Padre Tormenta, capaz de crear un Forjador de Vínculos. Tenía que dar por sentado que ese spren, o quizá alguna característica de su relación con un ser humano, había permitido que la torre funcionara. Por desgracia, el Hermano había muerto durante la Traición. Navani no estaba segura de en qué medida estaba «muerto». ¿El Hermano estaba muerto como las almas de las hojas esquirladas, que seguían vagando por ahí? Algunos spren con los que se había entrevistado decían que el Hermano «dormitaba», pero hablaban de ello como si fuese algo definitivo.

Las respuestas no eran claras y eso dejaba a Navani en aprietos, intentando comprender. Estudiaba a Dalinar y su vínculo con el Padre Tormenta, confiando en que hacerlo le proporcionaría alguna otra pista.

—Así que los alezi de verdad han aprendido a volar —dijo una voz con acento desde detrás de ellos—. Debería haberme creído las historias. Solo los vuestros son tan tercos como para intimidar a la misma naturaleza.

Navani se sobresaltó, pero su reacción llegó más lenta que la de Dalinar, que dio la vuelta con la mano en el puño de su espada y se situó de inmediato entre ella y la voz desconocida. Navani tuvo que asomarse a un lado para ver quién había hablado.

Era un hombre bajito, con un diente de menos, la nariz plana y la expresión jovial. Su capa raída y sus pantalones harapientos lo señalaban como refugiado. Estaba al lado del puesto de ingeniería de Navani, de donde había cogido el mapa que cartografiaba el rumbo del Cuarto Puente.

Velat, de pie en el centro de las mesas, aulló al verlo y se apresuró a arrebatar el papel al hombre.

—Los refugiados deben congregarse en las cubiertas inferiores —dijo Navani, señalando hacia la escalera.

—Me alegro por ellos —dijo el herdaziano—. Vuestro chico volador dice que aquí tenéis un sitio para mí. No sé lo que opino de servir a un alezi, la verdad. Llevo toda la vida intentando no acercarme a ninguno. —Miró a Dalinar—. A ti al que menos, Espina Negra. Sin ánimo de ofender.

«Ah», pensó Navani. Ya había oído que el Visón no era lo que la gente esperaba. Ajustó su valoración y luego miró hacia los miembros de la Guardia de Cobalto que, con retraso, habían echado a correr hacia ellos desde los lados de la nave. Parecían disgustados, pero Navani los detuvo con un gesto. Más tarde ya haría preguntas afiladas sobre cómo habían podido relajarse tanto como para permitir que ese hombre subiera inadvertido hasta el puesto de mando.

—Encuentro sabios a quienes decidieron evitar a la persona que fui una vez —dijo Dalinar al Visón—. Pero esta es una nueva era, con nuevos enemigos. Nuestras rencillas pasadas ya no tienen la menor importancia.

—¿Rencillas? —preguntó el hombre—. Conque así lo llamáis los alezi. Claro, claro. Verás, no domino del todo tu idioma. Hasta ahora me equivocaba al referirme a vuestros actos como «violar y quemar a mi pueblo».

Se sacó algo del bolsillo. Otro de los mapas de Velat. Miró hacia atrás para asegurarse de que la cartógrafa no miraba, lo desenrolló y ladeó la cabeza mientras lo inspeccionaba.

—Lo que queda de mi ejército está aislado en cuatro hondonadas distintas entre aquí y Herdaz —dijo—. Solo me quedan unos centenares de hombres. Usa tu máquina voladora para rescatarlos y luego hablaremos. El ansia de sangre alezi me ha costado muchos seres queridos con los años, pero sería idiota si no reconociera el valor que tiene poder apuntarla, como la proverbial punta de espada, hacia otra gente.

—Así se hará —prometió Dalinar.

A ella no le pasó desapercibido que Dalinar, aunque antes hubiera dicho que el Cuarto Puente era «el barco de Navani», estaba aceptando utilizarlo a petición del Visón sin consultarla siquiera. Navani procuraba no molestarse por cosas como esa. No era que su marido no la respetara: había demostrado en numerosas ocasiones que sí. Lo que ocurría era sencillamente que Dalinar Kholin estaba acostumbrado a ser la persona más importante —y casi siempre la más capaz— de las que lo rodeaban. Eso llevaría a cualquiera a embestir hacia delante, como una muralla de tormenta en pleno avance, tomando las decisiones necesarias sobre la marcha.

Aun así, la irritaba más de lo que jamás reconocería en voz alta.

Empezaron empezaron a llegar los primeros refugiados reales a la bodega inferior, dirigidos con delicadeza por los Danzantes del Filo. Navani se centró en el problema que tenían delante: asegurarse de que todas esas personas estuvieran instaladas y cómodas de la manera más económica y ordenada posible. Había trazado un plan. Sin embargo, la bienvenida se interrumpió cuando Lyn, una Corredora del Viento con el pelo largo y oscuro, aterrizó de golpe en la cubierta.

—Vienen Fusionados, señor —informó a Dalinar—. Tres escuadrones al completo.

—Kaladin tenía razón, entonces —dijo él—. Con un poco de suerte, podremos alejarlos. Que las tormentas nos asistan si deciden acosar la nave a lo largo de todo el trayecto a las Llanuras Quebradas.

Ese era el temor más grave de Navani, que unos enemigos voladores pudieran atacar el transporte e incluso inhabilitarlo. Había establecido medidas al respecto, y por lo visto iba a poder presenciar su prueba inicial en persona.



4. Arquitectos del futuro


Yo empleo el método arnista para extraer luz tormentosa de una gema. Consiste en acercar varias gemas grandes y vacías a la gema infusa mientras el spren está examinándola. La luz tormentosa se ve absorbida poco a poco de una gema pequeña por otra de gran tamaño y el mismo tipo, y varias de ellas actuando en conjunción pueden extraer la luz bastante deprisa. La limitación de este método, por supuesto, estriba en que no solo implica adquirir una gema para el fabrial, sino también varias más grandes para absorber la luz tormentosa.

Por fuerza existen otros métodos, como demuestran los fabriales con gemas extremadamente grandes creados por el gremio Vriztl en Thaylenah. Si su majestad aceptara exponer mi solicitud al gremio, este secreto tendría una trascendencia vital para el desarrollo de la guerra.


Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Navani Kholin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175.



Cuando despertaron, Radiante se puso al mando de inmediato y evaluó la situación. Tenía la cabeza cubierta por un saco, así que nadie reparó en lo desorientada que estaba. No se movió ni un ápice para no delatarse ante sus captores. Por por suerte, Shallan había fijado su tejido de luz de forma que mantuviera su rostro ilusorio incluso estando inconsciente.

Radiante no parecía estar atada, aunque alguien estaba cargando con ella al hombro. El hombre olía a chull. O quizá fuese el saco.

Su cuerpo había activado sus poderes, la había sanado y había hecho que despertara antes que si no los tuviera. A Radiante no le gustaban el subterfugio ni los fingimientos, pero confiaba en que Velo y Shallan supieran lo que hacían. Ella cumpliría con su parte: juzgar lo peligrosa que era su situación.

Parecía estar bien, aunque incómoda. Su cabeza no dejaba de rebotar contra la espalda del hombre, haciendo que cada paso le apretara el saco contra la cara. Al fondo de su ser, sintió la satisfacción de Velo. Habían estado a punto de dar por fracasada la misión. Era bueno saber todo el trabajo que habían hecho no había sido en vano.

¿Dónde la estarían llevando? Al final ese había resultado ser uno de los mayores misterios, saber dónde celebraban los Hijos de Honor sus pequeñas reuniones. El equipo de Shallan había logrado infiltrar a un miembro en el grupo hacía meses, pero no había resultado ser una persona lo bastante importante para que le proporcionaran la información que necesitaban. Hacía falta un ojos claros.

Sospechaban que Ialai se había hecho con el control de la secta tras la muerte de Amaram. La facción de Ialai planeaba apoderarse de la Puerta Jurada del centro de las Llanuras Quebradas. Por desgracia, Radiante no podía demostrar nada de aquello, y no actuaría contra Ialai sin tener pruebas concluyentes. Dalinar mantenía esa misma actitud, sobre todo después de lo que había hecho Adolin al marido de Ialai.

Lástima que no encontrara la forma de acabar con los dos, pensó Velo.

Eso no habría estado bien, respondió Radiante con un pensamiento. Por aquel entonces Ialai no suponía una amenaza para él.

Shallan no estaba de acuerdo con ella y, por supuesto, Velo tampoco, así que Radiante no insistió. Con un poco de suerte, Patrón estaría siguiéndola a distancia, según sus instrucciones. Cuando el grupo se detuviera y comenzara la iniciación de Radiante en la secta, el spren traería a Adolin y sus soldados por si era necesario sacarla de allí.

Al cabo de un tiempo sus captores se detuvieron y unas manos rudas la bajaron del hombro. Cerró los ojos y se obligó a permanecer flácida mientras la dejaban en el suelo. Piedra mojada y resbaladiza, en algún lugar fresco. Le quitaron el saco y captó un olor acre. Como tardaba en moverse, alguien le vació un cubo de agua en la cabeza.

Había llegado el momento de que Velo tomara el control. Fingió despertar con un respingo, descartando su primera reacción instintiva, que era coger un puñal y cargarse a quienquiera que la hubiese empapado. Velo se secó los ojos con la manga de la mano segura y vio que estaba en un sitio frío y húmedo. Las plantas que había en las paredes de piedra se habían retraído con el ajetreo y el cielo era una grieta lejana en lo alto. Había muchas plantas gruesas y enredaderas en torno a las cuales flotaban vidaspren.

Estaba en un abismo. ¡Por el aliento de Kelek! ¿Cómo habían bajado a los abismos cargando con ella sin que nadie los viera?

A su alrededor había un grupo de personas ataviadas con túnicas negras, cada una sosteniendo en la palma de la mano un brillante broam de diamante. Parpadeó, deslumbrada. Los capuchones que llevaban parecían bastante más cómodos que su saco. Las túnicas tenían bordado el Doble Ojo del Todopoderoso, y Shallan tuvo un pensamiento fugaz sobre la costurera a la que hubieran contratado para hacer todo ese trabajo. ¿Qué le habrían dicho? «Pues sí, sí, queremos veinte túnicas idénticas y misteriosas, con antiguos símbolos arcanos cosidos. Son para... para fiestas.»

Obligándose a interpretar al personaje, Velo alzó unos ojos maravillados y confusos antes de retroceder asustada contra la pared del abismo, espantando a un cremlino de oscura coloración púrpura.

Un hombre de la primera fila fue el primero en hablar, con voz profunda y resonante.

—Chanasha Hasareh, tienes un nombre magnífico y respetable. En honor al legado de Chanaranach’Elin, la Heraldo del Hombre Corriente. ¿De verdad anhelas el regreso de los Heraldos?

—Eh... —Velo alzó la mano para escudarse de la luz de las esferas—. ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?

«¿Y cuál de vosotros es Ialai Sadeas?».

—Somos los Hijos de Honor —dijo otra persona. Mujer en esa ocasión, pero no Ialai—. Es nuestro juramento y nuestro deber sagrado favorecer el regreso de los Heraldos, el regreso de las tormentas y el regreso de nuestro dios, el Todopoderoso.

—Yo... —Velo se lamió los labios—. No lo entiendo.

—Lo harás —dijo la primera voz—. Hemos estado observándote, y concluimos que tu pasión es digna. ¿Deseas derrocar al falso rey, al Espina Negra, y que el reino vuelva como debe a los altos príncipes? ¿Deseas que la justicia del Todopoderoso caiga sobre los malvados?

—Por supuesto —respondió Velo.

—Excelente —dijo la mujer—. Nuestra fe en ti era acertada.

Velo estaba bastante segura de que se trataba de Ulina, una mujer del círculo interno de Ialai. Había empezado siendo una escriba ojos claros poco importante, pero estaba medrando con gran rapidez en la nueva dinámica del poder en los campamentos de guerra.

Por desgracia, si Ulina estaba allí, era improbable que también estuviera Ialai. La alta princesa acostumbraba a enviar a Ulina para hacer las cosas que no le apetecían a ella. Lo cual indicaba que Velo había fracasado al menos en uno de sus objetivos: no había logrado que «Chanasha» pareciera lo bastante importante para merecer una atención especial.

—Nosotros somos quienes provocaron el regreso de los Radiantes —dijo el hombre—. ¿No te has preguntado por qué aparecieron? ¿Por qué está ocurriendo todo esto, la tormenta eterna, el despertar de los parshmenios? Nosotros lo orquestamos todo. Nosotros somos los grandes arquitectos del futuro de Roshar.

A Patrón le habría encantado esa mentira. A Velo le supo a poco. Una buena mentira, una de las deliciosas, tenía que insinuar la oculta grandeza de secretos aún más recónditos. Sin embargo, aquella era el embuste tabernero de un borracho muy venido a menos, tratando de suscitar la suficiente lástima para que alguien le invitara a una copa. Despertaba más pena que interés.

Mraize les había hablado de ese grupo y sus esfuerzos para hacer que regresaran los Heraldos, que en realidad nunca habían desaparecido. Gavilar los había manipulado y había aprovechado los recursos y el fanatismo de la secta para sus propios intereses. Durante esa breve época, habían movido muchos hilos en el mundo.

Pero gran parte de esa gloria había decaído cuando murió el antiguo rey, y Amaram había dilapidado la que quedaba. Aquellos restos dispersos no eran arquitectos de ningún futuro. Eran un cabo suelto, y hasta Radiante coincidía en que aquella tarea, encomendada tanto por Dalinar como por Mraize en secreto, era digna. Había llegado el momento de acabar con los Hijos de Honor de una vez por todas.

Velo alzó la mirada hacia los sectarios, manteniendo un cuidadoso equilibrio entre aparentar cautela y adularlos.

—Los Radiantes. ¿Sois Radiantes?

—Somos algo más grandioso —dijo el hombre—. Pero antes de que te revelemos más, debes ser iniciada.

—Agradezco cualquier oportunidad de servir —les aseguró Velo—, pero esto... es muy repentino. ¿Cómo sé que no sois agentes del falso rey tendiendo una trampa a personas como yo?

—Todo quedará claro a su debido tiempo —dijo la mujer.

—¿Y si insisto en que necesito pruebas? —preguntó Velo.

Las figuras se miraron entre ellas. Velo tenía la sensación de que no habían encontrado demasiada resistencia en sus anteriores reclutamientos.

—Nosotros servimos a la legítima reina de Alezkar —dijo por fin la mujer.

—¿Ialai? —preguntó Velo con un hilo de voz—. ¿Está aquí?

—Antes, la iniciación —dijo el hombre, haciendo un gesto a otros dos encapuchados.

Se acercaron ambos a Velo. Uno era un hombre alto cuya túnica le llegaba solo a media pantorrilla. Se pasó de brusco al cogerla por los brazos e izarla para luego volver a colocarla en el suelo de rodillas.

«Acuérdate de este», pensó Velo mientras el otro encapuchado sacaba un dispositivo resplandeciente de un saco negro. El fabrial tenía incrustados dos brillantes granates y mostraba una serie de complicados bucles de alambre.

Shallan estaba muy orgullosa de aquel diseño. Y aunque a Velo al principio le había parecido un poco ostentoso, tenía que reconocer que era lo adecuado para ese grupo. Parecían confiar en él sin fisuras cuando lo apuntaron hacia ella y pulsaron unos botones. Los granates se oscurecieron y la persona que estaba utilizándolo proclamó:

—No lleva ninguna ilusión.

Venderles aquel aparato había sido divertido y delicioso. Disfrazada de mística, Velo había utilizado el dispositivo para «desenmascarar» a otro de sus Tejedores de Luz en un engaño meticulosamente planeado. Después Velo les había cobrado el doble de lo que pretendía Shallan, y ese precio exagerado había tenido como único efecto que los Hijos creyeran incluso más en su poder. Que el Todopoderoso los bendijera.

—¡Vamos a iniciarte! —exclamó el hombre—. Jura que ayudarás a restaurar a los Heraldos, la iglesia y al Todopoderoso.

—Lo juro —dijo Velo.

—Jura que servirás a los Hijos de Honor y defenderás su obra sagrada.

—Lo juro.

—Jura lealtad a la verdadera reina de Alezkar, Ialai Sadeas.

—La juro.

—Jura que no sirves a los falsos spren que se inclinan ante Dalinar Kholin.

—Lo juro.

—¿Lo ves? —dijo la mujer, mirando a un compañero suyo—. Si hubiera sido una Radiante, no podría haber jurado en falso.

«Ay, dulce y suave brisa —pensó Velo—. Bendita inocencia. No todos somos Forjadores de Vínculos o cosas por el estilo.» Para los Corredores del Viento o los Rompedores del Cielo quizá fuese un problema ir dejando caer por ahí promesas falsas, pero la orden de Shallan se cimentaba precisamente en la idea de que todo el mundo mentía, sobre todo a sí mismos.

Ella no podía incumplir un juramento hecho a su spren sin afrontar las consecuencias. Pero ¿a aquella panda de despojos humanos? Lo haría sin dudarlo ni un momento, aunque Radiante sí que expresó cierta insatisfacción.

—Levántate, hija de Honor —dijo el hombre—. Ahora debemos cubrirte la cabeza de nuevo y devolverte al lugar del que te tomamos. Mas no temas: uno de nosotros se pondrá en contacto contigo pronto para darte más instrucciones y entrenamiento.

—Esperad —dijo Velo—. La reina Ialai. Tengo que verla para demostrarme a

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