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EL RíO GUARDó SILENCIO

Luis Esteban

5


Fragmento

Capítulo uno

26 de agosto, sábado.

Después de quince kilómetros de carrera continua y veinte minutos de estiramientos, el inspector Rosario Roy rezumaba energía. Su preparación para la maratón de las fiestas del Pilar estaba siendo dura, pero gratificante. La satisfacción por haber concluido la sesión de entrenamiento, unida al torrente de endorfinas que anegaba su cerebro, hacía que su estado anímico rayara en la felicidad.

El sol brillaba en las hojas de los magnolios y sobre el rocío del césped. A Rosario le gustaba correr a primera hora, al despuntar el alba, cuando el Parque Grande emergía entre la bruma como una arboleda enigmática, casi mística, cuyos únicos inquilinos eran él mismo y alguna bandada de aves madrugadoras. Aquel sábado, cuando comenzó a trotar, la alborada teñía de malva el horizonte. Hora y media más tarde, tumbado sobre la hierba, su vista reposaba en un firmamento azul eléctrico. A su alrededor, el lugar comenzaba a poblarse de niños en bicicleta y ancianos que arrastraban quedamente sus artrosis.

Su teléfono móvil vibró en el fondo de la riñonera. La zurda de Rosario, abriéndose paso a través de la pistola y los grilletes, asió el aparato.

—Dígame.

—¿El inspector Roy?

—Al habla.

—Le llamo de la guardia de la brigada. Ha aparecido un cadáver en un domicilio del barrio de La Magdalena.

El inspector carraspeó. Sus endorfinas se batieron en retirada y aquella sensación próxima a la felicidad suscitada por el ejercicio se esfumó como una voluta de humo.

—En Zaragoza muere gente todos los días —gruñó.

—Lo sé —replicó su interlocutor—. Pero no a tiros.

—Está bien. —Roy dulcificó la voz—. Contacte con los miembros de Homicidios y cítelos en la Jefatura. Llame también a África Trinidad, la compañera de la Científica.

—Ahora mismo.

Tres cuartos de hora más tarde, tras una ducha rápida y la ingesta de dos magdalenas y medio litro de leche, Rosario Roy presidía la reunión en las dependencias del Grupo de Secuestros y Homicidios, situadas en la cuarta planta de la Jefatura Superior de Policía. Minúsculas gotas de sudor le perlaban la frente. En la oficina común, separada de su despacho por un tabique de pladur, reinaba un murmullo inquieto.

—¿Estamos todos?

El silencio se impuso de inmediato. El inspector Roy destilaba autoridad. Apenas rozaba el metro setenta, pero, a sus treinta y nueve años, mantenía una complexión atlética, casi hercúlea. Tenía una mirada penetrante de ojos oscuros enmarcada por un rostro regular, ni bello ni feo, en el que solo desentonaba la asimetría de la nariz, quebrada durante su último combate de boxeo profesional.

Su voz, ronca y pausada, sonó de nuevo:

—¿Estamos todos, Alexis?

El subinspector Alexis Guzmán asintió.

—Todo el personal en sus puestos, jefe.

Contando a Roy, ocho funcionarios integraban el Grupo de Secuestros y Homicidios, aunque, en aquel final de agosto, dos de ellos disfrutaban de vacaciones. A los seis operativos se sumaba la policía África Trinidad. África prestaba servicio en la Brigada de Policía Científica, pero, en cuanto surgía una muerte sospechosa de criminalidad, se adscribía como miembro de pleno derecho a los hombres del inspector. Nadie recordaba el inicio ni la razón de aquella costumbre; sin embargo, ningún mando cuestionaba su legitimidad. El hecho de que hubiera sido campeona de Europa de judo ayudaba a despejar posibles dudas.

—Tenemos un cadáver tiroteado en una vivienda de La Magdalena —anunció Roy—. Dos patrullas custodian el domicilio y la comisión judicial ya está avisada. —El inspector encaró a África—. ¿Viene alguien más de la Científica?

—El novato está a punto de llegar —respondió la mujer.

—Perfecto. Jonás y un servidor os acompañaremos en la inspección ocular. Alexis —el subinspector alzó la frente—, tú te encargarás con Neira, Ordóñez y Jurado de interrogar a los vecinos y a todo aquel que haya podido ver u oír algo. ¿Entendido?

El subinspector hizo un gesto afirmativo.

—Está bien —concluyó Roy—. En marcha.

La víctima había residido en el único edificio moderno de la plaza de las Tenerías, a pocos metros del Ebro. Dos uniformados guardaban el portal y otros tantos la puerta de entrada al domicilio, ubicado en la cuarta y última planta. Los vecinos de la finca estaban alborotados y los policías se las veían y se las deseaban para que cada cual permaneciera en su hogar. Los maños, en general, se caracterizan por ser inquietos, ruidosos y tendentes a la curiosidad; los del barrio de La Magdalena, en particular, rozan la hiperactividad.

Uno de los agentes de custodia informó al inspector Roy:

—El vecino de enfrente ha visto que la puerta del fallecido estaba entornada. Lo ha llamado a voces y, como no contestaba, ha entrado. Por cierto, es policía nacional en excedencia. Al llegar a la habitación principal, se ha encontrado con el regalo.

El regalo era el fiambre desnudo de un tipo que rondaba la treintena. Estaba postrado sobre la cama con el culo en pompa y las manos engrilletadas a la espalda. Sobre el suelo yacían unos pantalones vaqueros, una camiseta de algodón y unas chanclas con la bandera de Brasil. El muerto era musculoso, de piel morena, estatura media y pelo negro rapado. La nota macabra la ponía una fotografía de John Wayne que reposaba sobre su nalga derecha. Eso y los dos boquetes que le horadaban el cráneo.

El retrato de John Wayne era una imagen de estudio en la que el legendario actor, ataviado con un enorme sombrero, fulminaba al objetivo con su mirada de acero. Feo, fuerte y formal[1], pensó Roy.

La comisión judicial no tardó en personarse en la escena del crimen. Tras un somero examen del piso, doña Elisa Gayarre, titular del juzgado de instrucción número 3 de Zaragoza, autorizó la práctica de las pericias pertinentes y el levantamiento del cadáver. Doña Elisa era una jueza de las de antaño, distante y aséptica, aunque tenía fama de ser competente y no demasiado pejiguera con las peticiones de la Policía. Le gustaba, eso sí, estar minuciosamente informada.

El forense, un individuo menudo y de ojillos microscópicos al que los policías apodaban Don Ratón, inspeccionó el cadáver. A la espera de lo que pudiera deparar la autopsia, aventuró que el fallecimiento se había producido por el impacto de dos proyectiles, y dató la hora del suceso entre las dos y las cinco de la madrugada. Cumplidos los trámites, jueza, secretario y forense abandonaron el lugar.

—¿Sabes por qué a John Wayne le llamaban Duque? —preguntó Alexis.

—¿Tú no tenías que estar interrogando a los vecinos? —le reprochó Roy.

—¿Y perderme esto? —El subinspector hizo un gesto amplio con las manos, abarcando la escena del crimen. Ajenos a la charla, África Trinidad y el novato de la Científica se afanaban en hallar indicios lofoscópicos[2], balísticos y biológicos.

—Vale, dispara —concedió Roy—. ¿Por qué le llamaban Duque?

—Era el nombre del perro que tuvo en su infancia.

—¿Y crees que eso nos ayudará a dar con el asesino?

—Nunca se sabe.

El teléfono del inspector vibró en un bolsillo de sus vaqueros. Comenzaba el carrusel de llamadas. La primera era la de Francisco Javier Badía, inspector jefe al mando de la UDEV[3], sección en la que se encuadraba el Grupo de Secuestros y Homicidios.

—A tus órdenes —saludó Roy.

—¿Qué os habéis encontrado?

—Un chico desnudo con dos tiros en la cabeza. Según la documentación de la mesilla, era un marroquí de treinta y dos años llamado Alí Mohamed Hach. Hemos recogido un par de casquillos de nueve milímetros.

—¿Necesitas algo?

—Unas vacaciones.

—Me refiero a algo que esté en mis manos —aclaró Badía.

—Tenemos todo bajo control. La Científica está sacando huellas, la comisión judicial ya pasó por aquí y estamos interrogando a los vecinos.

—Perfecto. Si precisas cualquier cosa, házmelo saber.

En opinión de Roy, Francisco Javier Badía era un buen jefe. Experimentado y transigente. A sus cincuenta primaveras, y después de ocho trienios en el cuerpo, mantenía intactos la vocación y el espíritu de combate. Lo cual no era sencillo.

La siguiente llamada, en estricta observancia del principio de jerarquía, fue la del comisario Bohórquez, alias El Bicho.

—¿Qué hay por allí? —preguntó con sequedad.

—Un palmera[4], todo el Grupo de Homicidios y dos policías de la Científica —respondió Rosario.

—Badía me ha puesto al corriente. ¿Será fácil de resolver, no?

Al comisario Bohórquez, que no había investigado jamás un crimen (ni falta que le había hecho) todos los asesinatos le parecían pan comido. Rosario Roy, que los había resuelto a pares, tendía menos al optimismo.

—Aún es pronto para decirlo. Pero el homicida no se ha dejado el DNI por aquí, si es a lo que se refiere.

El Bicho pasó por alto la ironía. No tragaba a Rosario, pero el inspector le sacaba las castañas del fuego en todo lo referente a homicidios, secuestros y extorsiones, así que le dejaba hacer. Y hablar. Ambos eran policías con, digamos, ambiciones divergentes. Las palabras de Roy no podían frenar la brillante carrera del comisario; un hipotético bajo rendimiento del Grupo de Homicidios, sí.

—Ya sabes, Roy. Aprieta a tu gente al máximo.

A la gente de Roy no hacía falta apretarla demasiado, porque se apretaban ellos solos. África Trinidad y Novato Sin Apellido marcharon al laboratorio de la Brigada de Policía Científica para procesar los vestigios obtenidos. Habían recopilado varias impresiones dactilares, una de ellas sobre la foto de John Wayne, y las lanzaron contra la base de datos del Sistema Automático de Identificación Dactilar (SAID). Esa misma tarde, si alguno de los que habían dejado sus dátiles[5] en el piso tenía antecedentes, el SAID facilitaría su identidad.

Los seis componentes del Grupo de Secuestros y Homicidios se reunieron en la oficina común. El subinspector Alexis Guzmán recapitulaba la información obtenida del registro y de las entrevistas con los vecinos:

—El muerto se llamaba Alí Mohamed Hach, Alí para los amigos. Era un marroquí de treinta y dos años que había llegado en patera a España una década atrás. Su modus vivendi no era muy ortodoxo.

—¿Qué coño significa modus vivendi? —Ordóñez, el policía más joven del grupo, unía a su incultura la procacidad y una actitud permanentemente desafiante.

—El modus vivendi es la forma en que cada uno se gana las judías —respondió el subinspector—. Y modera tu vocabulario.

—No sabía que los gais os preocupabais tanto por el lenguaje.

Alexis ignoró el comentario.

—Alí ofrecía servicios homosexuales —continuó—. Abarcaba diversos palos: sadomaso, bondage y sexo colectivo. Se rumorea que entre sus clientes había empresarios y políticos de renombre. No es de extrañar, era discreto y atractivo.

—¿Te pone el morito? —murmuró Ordóñez.

El estallido de una colleja sobre la nuca del policía retumbó en las paredes de la estancia. El subinspector, con un movimiento de cabeza, agradeció a Jurado la administración del correctivo. Acto

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