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EL SABOR DE TUS HERIDAS (DREAMING SPIRES 3)

Victoria Álvarez  

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Fragmento

 

 

 

Para Marta

Este es el día entre los días —dijo cuando me acerqué—, el día entre los días para vivir o para morir. Es un hermoso día para los hijos de la tierra y de la vida…, ¡ah, más hermoso para las hijas del cielo y de la muerte!

EDGAR ALLAN POE, Morella

Eres como el hielo, dura como la piedra mientras no te fundas; pero, si esto llegara a suceder, no quedaría nada de ti.

IVÁN TURGUÉNEV, Fausto

Una vez más, el deseo nos ha reducido a ruinas.

CAROLE MASO, Beauty is convulsive

Prólogo

Los ancianos decían que era el invierno más frío por el que había pasado Oxford en medio siglo. El estanque del Jardín Botánico se había congelado el mes anterior y los peces se habían quedado atrapados bajo la superficie. Las telarañas colgaban petrificadas de las verjas de los jardines, tan gruesas como hebras de lana. Los carámbanos que resbalaban por las agujas de los colleges envolvían los campanarios como crisálidas de hielo, y cuando por fin se los oía exhalar su aliento, lo hacían con una cadencia de funeral que le encogía a uno el corazón.

Parecía que la muerte se había propuesto extender su manto sobre la ciudad, incluso sobre los territorios que ella misma había conquistado. En el pequeño cementerio de Saint Giles las sepulturas guardaban silencio, demasiado abrumadas por la escarcha para que los epitafios contaran su historia. Pero ni siquiera aquella atmósfera tan desapacible podría haber disuadido de su visita a las dos personas que se acercaban agarradas de la mano.

Llevaban cuatro años y medio haciéndolo, una vez a la semana. Al principio era el hombre el único que avanzaba a pie, con la niña cogida en brazos, pero desde hacía poco había empezado a permitirle recorrer por sí misma la escasa distancia que separaba el cementerio de su casa. Los dos iban envueltos en pesados abrigos negros esa mañana, y la pequeña llevaba además un sombrerito azul sobre los cabellos rubios. Una bufanda a juego le rodeaba la garganta, y lo único que se le veía eran los ojos.

Y eran unos ojos muy hermosos, de un gris tan encapotado como el cielo que parecía cerrarse cada vez más sobre sus cabezas. En aquel momento estaban clavados en los botines con los que daba saltitos mientras canturreaba para sí: primero sobre un pie, luego sobre los dos, luego sobre el otro pie…, hasta que de repente, al alzar la cabeza, se dio cuenta de que acababan de detenerse ante el muro cubierto de hiedra que rodeaba el cementerio, un oasis de cristal y de piedra al norte de Oxford. Entonces la pequeña miró a su padre, que asintió con la cabeza, y entraron en el recinto sin pronunciar una palabra.

No había nadie más que ellos alrededor de la iglesia de Saint Giles. Un sendero unía la entrada del cementerio con la puerta de la parroquia, flanqueado por dos murallas de cipreses tan espolvoreados de escarcha que casi parecían tener las hojas blancas. Entre las losas del sendero también había hielo, y las malas hierbas que crecían en las junturas se quebraban bajo sus zapatos. La niña apretó la cara contra la mano enguantada de su padre.

—¿Seguro que también estará esperándonos hoy? ¿No se habrá ido con otras niñas?

—Nunca lo haría —contestó él en voz baja—. No podría querer a ninguna tanto como te quiere a ti. Hasta ahora no ha faltado nunca a nuestra cita, por mucho frío que hiciera.

Su hija no pareció creerle del todo. De hecho, su expresión no se relajó hasta que dejaron atrás los cipreses y se adentraron en la hierba crujiente, deteniéndose ante una sencilla lápida que se erguía cerca de la iglesia. Entonces, como si le aliviara comprobar que seguía allí, la niña soltó la mano de su padre para ponerse en cuclillas ante la tumba.

Como a casi todas las demás, las lluvias torrenciales de aquel último otoño la habían cubierto con una capa de verdín. La escarcha se había acumulado dentro de las letras cinceladas, haciéndolas resaltar como azúcar glaseado sobre una tarta gris.

—«Co… con…» —empezó a deletrear la niña, pero era demasiado pequeña para seguir.

—«Consagrada a la memoria de Ailish Saunders» —leyó su padre por ella—. «Muerta el 2 de julio de 1905 a los veinte años de edad.» —Y, al decir esto, la voz pareció abandonarle.

—La tía Lily todavía no quiere enseñarme los números —comentó la pequeña—. Dice que antes tengo que conocer todas las letras. Pero yo quiero aprender a leerlo todo ya, y saber qué pone en estas piedras. —Alargó un dedo hacia la lápida—. ¿Qué dice ahí abajo?

—«Su pérdida fue como la de la clave de un arco» —concluyó el hombre a media voz.

Durante los siguientes minutos guardaron silencio. Unos grajos cruzaron el cielo sobre sus cabezas, rozando los cipreses con las alas y atrayendo la atención de la niña hasta que desaparecieron detrás de la torre de la iglesia. Cuando volvió la cabeza se dio cuenta de que su padre se había acercado a la lápida para depositar ante ella unas flores.

Eran crisantemos, tan blancos que costaba distinguirlos sobre la hierba escarchada. Los había comprado de camino al cementerio, pero por alguna razón no parecían agradar a su hija.

—¿Estás seguro de que a mamá le parece bien que le traigas esas flores? —preguntó.

—Supongo que sí —contestó él, aunque de repente parecía dubitativo—. Nunca se las regalé cuando aún estaba viva, pero le gustaban todas las flores, así que imagino que…

—Creo que ella habría preferido algo con más color —aseguró la niña—. Cuando vino a vivir a esta ciudad contigo nunca compraba flores blancas. Le recordaban a las que dejó en la tumba de la abuela antes de irse de su isla, y eso la hacía ponerse muy triste.

Entonces una idea pareció cruzar por su dorada cabeza mientras se incorporaba tan rápidamente que casi resbaló sobre la escarcha. Agarró la mano de su padre, sin reparar en lo rígido que se había puesto al oírla, y tiró de él para que la siguiera hasta el sendero.

—¿Por qué no vamos a comprarle un ramo rosa? ¿No le haría mucha más ilusión?

—Espera un momento —contestó él, soltando poco a poco su mano—. Yo nunca te he hablado del entierro de la abuela. ¿Quién te ha contado esa historia de las flores blancas?

Su tono de voz sorprendió tanto a la pequeña que esta se detuvo. Lo miró con la misma confusión que si le hubiera preguntado por qué sabía que su bufanda era de color azul.

—No lo ha hecho nadie, pero lo recuerdo. Como todo lo que tiene que ver con mamá.

Aquellas palabras, pronunciadas en el tono más inocente del mundo, parecieron agarrotar el semblante del hombre. «Mamá lleva más de cuatro años enterrada en este lugar», estuvo tentado de decir. «Mamá murió a la vez que tú nacías. ¡Es imposible que recuerdes algo así!» Durante unos segundos ambos se miraron en silencio, de pie en el sendero desolado, hasta que la niña, impaciente, regresó para agarrar de nuevo la mano de su padre.

—Hace mucho frío, papá. ¿Vamos mejor a tomar un chocolate caliente antes de volver a casa?

Lo único que pudo hacer él fue asentir como un autómata y, mientras caminaban hacia la salida, dejarse enredar por su alegre parloteo para evitar seguir pensando en lo que acababa de oír…, porque comprendía demasiado bien lo que ocurría, como lo había comprendido cuando su pequeña abrió los ojos por primera vez. Cuatro años y medio era muy poco tiempo para acostumbrarse a convivir con un duelo que él sabía eterno. Antes había creído que nada podría causarle más dolor que perder a su otra mitad, pero por desgracia se equivocaba: verla cada día encerrada en un cuerpo ajeno era una tortura mucho peor.

I

Reencuentros

y desencuentros

1

Faltaban tres días para la Navidad de 1909 y la niebla se había apoderado de París como si quisiera retenerlo para siempre en su abrazo. Lejos de las boutiques abarrotadas de los distritos comerciales y de los elegantes bulevares inundados de luz, la isla de Saint-Louis se erguía en medio del Sena como un monstruo demasiado cansado para seguir remontando la corriente. La bruma que se levantaba del río aquella noche desdibujaba los contornos de las casas y convertía la catedral en una masa oscura e informe; lo único que podía distinguirse de ella eran las agujas de piedra con las que trataba de alcanzar el cielo. «Tan cerca, y a la vez tan lejos», re

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