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EL SECRETO DE LA CASA DEL RíO

Sarah Lark  

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Fragmento

1

—¿Es muy grave? ¿Cómo ha ocurrido tan de repente?

En el pasillo de la Unidad de Cuidados Intensivos, Ellinor se precipitó sobre el primer médico que se cruzó en su camino. Este, un hombre muy joven y con ojos fatigados, la miró desconcertado.

—¿De quién se trata? —preguntó observando a través del vidrio la cama del paciente que estaba junto a la máquina de diálisis—. Ah, la señora Henning, insuficiencia renal aguda. ¿Es usted pariente suya?

La miró inquisitivo. Por su aspecto no guardaban entre ellas ningún parecido. Ella tenía una tez muy clara, el cabello de un rubio oscuro y los ojos verdes. Karla era más morena.

Ellinor asintió.

—Pues claro... Quiero decir, sí. Somos primas segundas. —Trató de dominarse—. Discúlpeme, por favor, ni siquiera me he presentado. Pero yo... La madre de Karla nos llamó y dijo que estaba en el hospital, he venido enseguida. Es que no sabía que se encontraba en la UCI y luego... Por favor, ¡dígame que no es tan grave como parece!

Cuando preguntó en la recepción del hospital por Karla Henning, la remitieron a la UCI. Allí se encontró a su tía deshecha en llanto en el pasillo, delante de la habitación, incapaz a todas vistas de comprender lo que le sucedía a su hija. Ellinor se dirigió a la hermana que la había ayudado a ponerse la bata de protección antes de entrar a ver a su prima. Fue muy amable, pero no le pudo facilitar ninguna información más precisa sobre el estado de Karla. Ellinor todavía luchaba ahora por superar el shock que había sentido al acercarse a la cama de la enferma. Todos esos tubos que unían a su prima con diversos aparatos le habían infundido menos temor que la visión del rostro hinchado, los edemas y el sonido metálico de la respiración. Karla no parecía estar consciente, solo un leve parpadeo confirmó que la había reconocido. No pudo reaccionar cuando esta le cogió la mano y se la apretó ligeramente.

Ellinor estaba horrorizada ante ese súbito bajón. El día anterior, cuando hablaron por teléfono, Karla parecía estar normal, solo se había quejado de que estaba cansada y de tener unos dolores en el vientre similares a los de un calambre. «Deben de ser los riñones otra vez», había dicho con un suspiro. Era hipertensa y ya había tenido problemas en los riñones con anterioridad. Ellinor le había hecho prometer que al día siguiente iría al médico. Y entonces todo se precipitó.

—Tranquilícese primero —indicó el médico—. Señora...

La mujer se llevó las manos a la frente.

—Sternberg. Ellinor Sternberg —se presentó por fin—. Discúlpeme, por favor. Es que estoy... totalmente trastornada. Mi marido no me ha advertido de lo grave que es...

De hecho, Gernot ni siquiera había considerado necesario ponerse en contacto con ella por el móvil después de atender a la llamada de su tía. Se había limitado a dejar una nota sobre la mesa de la cocina antes de marcharse a su estudio. «Karla en el hospital universitario. Ocúpate de ello.»

Ellinor se había puesto en marcha de inmediato, aunque al principio no había pensado en las molestias que su prima sufría el día anterior, sino más bien en un accidente.

—Es... es grave, ¿no? —preguntó en voz baja.

El joven médico la miró con simpatía.

—Por supuesto no es algo que carezca de importancia —respondió amablemente—. Pero ahora la señora Henning ha iniciado el tratamiento de diálisis y su estado no debería tardar en mejorar. Aunque qué cabe esperar a largo término, sin embargo... —El médico se rascó la frente—. Venga al despacho —invitó a Ellinor—. Es mejor que no hablemos aquí en el pasillo.

Lo siguió a una sala de reuniones, pero se sentía como una tonta. No estaba haciendo un buen papel, y eso que se desenvolvía muy bien a la hora de lidiar con momentos difíciles. Como colaboradora científica de la universidad, desempeñaba diversas tareas administrativas y organizativas, impartía clases y dirigía proyectos. Se relacionaba bien con la gente y tenía gran capacidad para desempeñar diversas tareas a un mismo tiempo. Pero en ese momento no controlaba nada. Para ella, Karla era mucho más que una pariente. Eran como hermanas, casi de la misma edad y amigas íntimas. La idea de perderla le resultaba insoportable.

—¿Qué tiene exactamente? —preguntó cuando el médico, que se había presentado como doctor Bonhoff, le ofreció una silla. Él se sentó al escritorio.

—Su prima padece una glomerulonefritis, una inflamación aguda de los riñones. Eso significa que los glomérulos del riñón ya no consiguen filtrar los productos de desecho de la sangre, lo que provoca síntomas de intoxicación o la formación de edemas. Se deja de orinar. Por desgracia, en el caso de la señora Henning la enfermedad está tomando un rumbo desfavorable, estamos tratando ahora una insuficiencia renal aguda. —El médico jugueteaba con un bolígrafo.

—Pero... pero ¿es reversible? —preguntó Ellinor—. ¿Se recuperará?

El doctor Bonhoff cogió entre las manos un talonario de recetas del escritorio.

—Por el momento somos optimistas —contestó con prudencia—. La glomerulonefritis suele curarse. Pero hay casos en los que el tratamiento no surte efecto. Por ahora no vemos que su prima mejore, pero esto todavía no quiere decir nada. En cualquier caso, seguiremos intentándolo.

—¿Y si es que no? ¿Si no sirve? —insistió ella, sobrecogida—. No... no se morirá, ¿verdad?

El doctor Bonhoff negó con la cabeza.

—En un principio no vamos a pensar en eso, todavía podemos hacer muchas otras cosas —contestó—. Si el riñón falla de forma crónica, tenemos la opción de la diálisis periódica. Y si no hay más remedio, un trasplante. Pero primero nos atenderemos al tratamiento que hemos comenzado. Seguramente la señora Henning pronto se sentirá mejor.

—¿Y cuál es la causa de que le haya pasado esto? —preguntó Gernot mientras colgaba el abrigo en el armario.

Había llegado a casa al mismo tiempo que Ellinor, pero, a diferencia de ella, lo había hecho a pie. La típica lluvia de otoño vienesa lo había dejado empapado y, por consiguiente, estaba de mal humor. Pese a eso, ella, alterada como se encontraba, ya le había hablado de Karla en la escalera sin esperar una gran empatía por su parte. Su marido y su prima no se caían demasiado bien.

—No lo saben —respondió ella con un suspiro—. Es una sobrerreacción del sistema inmunitario, quizá causada por una infección... o por tener la tensión alta...

—Siempre he dicho que tiene que hacer más deporte —observó Gernot, cogiendo una cerveza de la nevera—. Está muy gorda.

Ellinor se dispuso a sacar del horno el gratinado que había preparado por la mañana. Pero él movió la cabeza y la hizo salir de la cocina. Unos minutos después le llevó a la sala de estar una bandeja primorosamente presentada con canapés de salmón ahumado y distintos tipos de queso y de encurtidos.

—He pasado por la tienda de delicatessen —dijo al ver la cara de ella—. Y no he podido resistirme. A fin de cuentas nosotros no tenemos problemas de peso. —Sonrió y contempló complacido la silueta de su esposa.

Ella respondió a su sonrisa. Se sentía halagada y, desde luego, la bandeja la había sorprendido gratamente, al menos si no pensaba en lo que tenían que haber costado todas esas exquisiteces. Seguro que con ese dinero habría podido pagar las provisiones de toda una semana. Pero aun así se dejó convencer para abrir una cara botella de vino. Ese día necesitaba algo bueno, la visita al hospital la había dejado por los suelos.

—El que Karla tenga la tensión alta es genético. —Defendió a su prima por enésima vez. Gernot no se cansaba de atribuir la dolencia de la enferma a su estilo de vida—. No fuma y no tiene sobrepeso, no todo el mundo puede tener un cuerpo tan atlético como el tuyo. —Él había tenido suerte en el reparto de genes. Era delgado y musculoso. Con abundante cabello negro, el rostro de rasgos marcados y los ojos castaños y almendrados, era un hombre sumamente guapo—. Karla lleva una alimentación sana —prosiguió Ellinor—. Y casi sin sal. No puede hacer nada contra la tensión alta, tiene esta predisposición.

—¿Y por qué no tienes tú ese mismo problema? —preguntó él, provocador—. A fin de cuentas sois parientes próximas. No, no me vengas con historias. Ahí pasa algo. Algo debe de hacer mal...

Ella suspiró y arrojó la toalla. No lograría convencerlo, solía aferrarse a sus opiniones. Y en cierto modo eso estaba bien. Ella se sentía orgullosa de que su marido se mantuviera fiel a sus convicciones, incluso si eso no siempre le hacía la vida más fácil. Era artista, pintor y escultor, y las galerías y los agentes continuamente le hacían sugerencias respecto a cómo presentar sus obras de modo que gustaran más y pudieran venderse mejor, por ejemplo, utilizando lienzos más pequeños e intentando que sus motivos no fueran tan lúgubres. Y eso que los críticos se expresaban de forma mucho más diplomática que Karla, quien insistía en mofarse del arte de Gernot.

«Si alguien se cuelga esto en la pared, se deprime —había comentado al ver la última exposición—. No me extraña que nadie compre. ¿Quién quiere en la sala de estar un cuadro con unos intestinos de luto? Y más cuando la estancia debería tener como mínimo el tamaño de un salón de baile para colgarlo... El público para el que pinta es “propietario de castillo con riesgo de cometer suicidio”. Y es un objetivo bastante reducido.»

Pero Gernot no se dejaba intimidar ni por las mordaces observaciones de Karla ni por las constructivas críticas de los galeristas. Estaba convencido de que su momento ya llegaría y entonces su arte se impondría. Entretanto permanecía fiel a su estilo. «Soy un artista, no comercio con el arte», solía decir despectivo cuando alguien le preguntaba si podía pintar un retrato de su perro o un cuadro de su casa.

Ellinor apoyaba que su marido rechazara tales ofertas, aunque no siempre con entusiasmo. Por supuesto se sentía orgullosa cuando los críticos y los periódicos elogiaban una de sus exposiciones, pero también habría celebrado que contribuyera algo más en los ingresos de la familia. En la actualidad ella cargaba con los gastos y de ahí que le resultara casi imposible ahorrar un poco de dinero para llegar a satisfacer tal vez su deseo más urgente. Hacía años que intentaba quedarse embarazada sin éxito y esperaba recurrir a la reproducción asistida antes de que fuera demasiado mayor. Tenía treinta y siete años, le quedaba poco tiempo. Por el momento, sin embargo, no le había resultado factible reunir para ello la suma de dinero, demasiado alta, y se consolaba con la idea de que en su familia los embarazos eran tardíos. A su madre le había ocurrido lo mismo.

—Yo tengo otros problemas —respondió en ese momento—. Es probable que proceda de otra rama de la familia, lo que es una suerte en este caso. Tengo la tensión más bien baja. Y ahora sirve vino y cuéntame cómo te ha ido el día. Seguro que mejor que a mí...

Como era habitual, Gernot habló poco y no contó nada que fuera estimulante. En lugar de trabajar en su taller, como ella suponía, se había reunido por la tarde con su agente para discutir sobre las distintas exposiciones y proyectos que habían planeado. El artista tenía en gran estima a su agente Maja, quien lo asesoraba desde que se había separado del agente y galerista con quien había estado vinculado durante muchos años. Según él, la colaboración con ella era estupenda. Ellinor era más bien escéptica al respecto, pero no se atrevía a señalar que la joven no había podido acordar ni una sola exposición de mayor relieve. A fin de cuentas, interpretaba cualquier opinión crítica como una manifestación de sus celos. Admitía que había tenido una relación con Maja antes de haberse casado con Ellinor, cinco años atrás. A estas alturas insistía en que eso ya había pasado y que ahora eran solo amigos. Pero Karla tenía sus dudas y no tenía pelos en la lengua a la hora de hablar de ello con su prima. «¡Basta con que observes cómo mira a Gernot! Y que no para de decir lo fantásticos que son esos cuadros tan raros. No hace más que dorarle la píldora. Maja quiere algo de tu marido, por eso lo ha incluido en su catálogo. Tarde o temprano, él volverá a morder el anzuelo.»

Naturalmente, ella lo defendía: ¡confiaba en él, quería confiar en él! Era imposible que Maja lo representase porque estuviera enamorada de él. Tenía renombre como agente, también representaba a artistas famosos y no iba a poner en peligro su reputación por un cliente de cuya capacidad no estuviera del todo convencida. Aun así, Ellinor tenía dudas y sospechaba que Gernot lo sabía. En cualquier caso, se guardaría de decir algo contra ella. Su marido podía ser muy mordaz si creía que ella no se fiaba de él.

Al día siguiente, en la universidad, solo la aguardaban trabajos de oficina. No tenía que dirigir ningún seminario y podía tomarse la mañana libre para ir al hospital y visitar a Karla. Por supuesto, esperaba que la evolución fuera positiva, pero el doctor Bonhoff, que volvía a estar o todavía estaba de servicio y aún más agotado que el día anterior, no pudo tranquilizarla. Se lo encontró en el pasillo, delante de la UCI, y él de nuevo le facilitó información con amabilidad.

—Claro que después de la diálisis el estado de su prima ha mejorado algo —explicó—. Pero los riñones todavía no funcionan. En realidad la inflamación está extendiéndose pese al tratamiento. Estamos buscando desesperadamente la causa y tratamos de mejorar la situación con antibióticos por si hubiera una infección. Pero me temo que estamos ante una enfermedad crónica de los riñones...

—¿Tendrá que acabar en una diálisis periódica? —preguntó. Estaba más contenida que el día anterior—. ¿Cada dos días?

El médico asintió apenado.

—Sí —respondió—. El problema, sin embargo, es que la señora Henning tampoco soporta bien la diálisis. Ya en este primer tratamiento han aparecido complicaciones, entre otras una crisis hipertensiva, una subida repentina de la tensión arterial. La hemos controlado, pero a la larga... Su prima también deberá ser muy prudente entre cada tratamiento.

—¿Y un trasplante? —tanteó Ellinor—. ¿Podría considerarse?

El doctor Bonhoff asintió.

—Eso sería lo mejor, aunque no será fácil encontrar un donante. Ya la hemos incluido en prevención en la lista de Eurotransplant, pero su grupo sanguíneo es raro y hay otros factores... En cualquier caso, no será fácil. Lamento darle tan pocas esperanzas.

Ellinor se llevó la mano a la cabeza.

—No hay... Espere... ¿Cómo se llama? ¿Donantes vivos de órganos? ¿Que un amigo o un familiar done un riñón al enfermo? Me refiero a que... bueno... tenemos dos riñones.

El doctor Bonhoff se frotó la sien, al parecer era uno de sus gestos característicos.

—Sería una posibilidad —admitió—. De hecho, ya se ha realizado una prueba a la madre de la señora Henn

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